Bajo
la oscuridad del tétrico bosque nocturno,
apenas sí podía vislumbrarse el avance de una sibilina
figura, vacilante, quien sujetaba un bulto envuelto en
trapos entre sus anchos brazos.
Coníferas
gigantes, de una altura que impedía dis-
cernir sus copas, se cerraban en torno al lugar; prote-
giéndolo de los peligros de la tierra y ocultándolo a la
vista de los cielos. Ante las maltrechas escaleras del
templo, de proporciones antaño gigantescas, ahora de-
gradado y deslustrado por el paso de los siglos, el des-
conocido se pasó la manga de lino por la frente, que se
hallaba perlada de un sudor frío, y ajustó la capucha que
cubría su rostro; que tenía como cometido protegerlo
tanto de la helada como de ser reconocido.
Luego
de unos instantes de aparente indecisión, el
sujeto apretó el bulto contra su pecho de forma firme,
aunque con suavidad, y llamó a la puerta sacudiendo la
gran aldaba de bronce ennegrecido, que colgaba pesa-
damente de ella, contra la vieja pero todavía resistente
madera de Lavka; la cual giró fácilmente sobre sus goz-
nes con aquel leve impulso. Frente a él, se abría un largo
y sinuoso pasillo, precariamente iluminado por unas
cuantas bolas de Leudo, que desembocaba en una am-
plia estancia de forma circular que se encontraba en
total penumbra.
Una
vez hubo llegado al centro de la sala, donde la
luminiscencia proyectada por los orbes azulados se des-
vanecía entre las tinieblas, aparecieron de la nada dos
pequeños núcleos de luz dorada, a la altura de su rostro.
Por
unos instantes, el hombre sintió flaquear sus
fuerzas; pero no dejó traslucir su estado anímico ante
los conocidos ojos que lo observaban de forma altiva, sin
ninguna emoción discernible en la mirada.
Las
pupilas del misterioso sujeto, oculto por la oscu-
ridad, parecían brillar con luz propia mientras servían
como vórtice a sendos remolinos que se desdibujaban,
ondulantes y etéreos, como si de un brillante gas se tra-
tase, a través del iris.
-¿A
qué has venido?
La
voz del "pupilas brillantes", suave y de timbre re-
lativamente alto para un hombre, contrastaba con el
amenazador aspecto que ofrecía su oscura silueta; ilu-
minada tan solo por los áureos remolinos de sus ojos.
-Ya
lo sabes -Proclamó el hombre encapuchado
tendiéndole a su interlocutor el bulto de tela.- Te lo rue-
go; hazte cargo de...
-¿Qué
derecho tiene alguien de tu posición a ro-
garme nada?
-Po...
por favor. Me trago mi orgullo y te suplico
que...
-¡Silencio!
-Los brillantes vórtices iluminaron fugaz-
mente la estancia antes de regresar a su tenue y fan-
tasmagórico resplandor habitual.- No existe pretexto
alguno para esta osadía; y no creas que te tendré una
mayor consideración a partir de ahora tan solo por los
lazos que nos unen.
-Si
tan solo quisieras escuchar. No es lo que piensas;
lo que ocurre es...
Alrededor
del suplicante encapuchado, ocho nuevos
vórtices de escintilante luz ambarina comenzaron a girar
a diferentes alturas.
-Estabas
avisado.
-¡Espera,
no...!
Apenas
un leve destello acerado, y el sonido de la
sangre al salpicar sobre el desgastado suelo, fueron
prueba de los múltiples mandobles que el intruso aca-
baba de recibir en la oscuridad, de mano de los cuatro
hombres que ahora limpiaban sus largas y relativamente
delgadas espadas; ligeramente curvas, de doble filo, en
la capa del cadáver.
-Fuiste
un inútil y un estúpido... mas, aún así, tu
desaparición es una pérdida... ¡Garned!
-¿Si,
mi señor? -El más alto de los hombres, a juzgar
por la posición de los ondulantes remolinos en la oscuri-
dad, se arrodilló ante el que había conversado con el
difunto.- ¿Deseáis que me deshaga del cuerpo?
-Por
supuesto... pero que tenga un funeral relati-
vamente digno; no quiero revueltas. Diremos que ocu-
rrió en una misión de alto secreto. Además, sería conve-
niente que buscases un nuevo comandante para los "Os-
curos"... Creo que Yeichi, segundo al
mando, sería una
buena opción. No es muy inteligente, pero su fuerza no
tiene parangón, según tengo oído.
-Vuestros
deseos son...
Antes
de que Garned hubiese terminado con su ha-
bitual despedida protocolaria, el bulto de tela comenzó
a revolverse en el suelo mientras un leve sollozo salía de
él.
-Ah,
sí; lo había olvidado. -El sombrío líder del grupo
se agachó y recogió al bebé envuelto en trapos del sue-
lo.- ¿Qué hacer contigo...?
-Deberíamos
acabar también con él, mi señor; es
sangre de la sangre de...
Los
vórtices refulgentes del líder de los "pupilas bri-
llantes" ganaron en intensidad hasta hacer trastabillar al
insolente subordinado, el de menor edad; apenas un
adolescente teniendo en cuenta su voz, altura y descaro
al hablar.
-¿Algo
que decir en contra de la sangre del niño,
Lanjy?
-N...
No, mi señor; solo que...
-Bien,
como tú quieras. Dejo al infante en tu custo-
dia. Haz lo que te plazca con él. Yo me retiro por hoy...
Ha sido un día productivo en varios aspectos.
Luego
de chasquear los dedos, el misterioso y som-
brío personaje salió de la estancia acompañado por los
otros tres sujetos. Lanjy, sosteniendo al bebé en su bra-
zo izquierdo, se llevó la mano derecha a la lisa empuña-
dura de madera sin guarda de su arma, cuya vaina se
veía sujeta a la cadera, aproximadamente en el punto
donde la espalda se unía a la pelvis, en paralelo al suelo.
La levantó en el aire y, luego de un instante en que el
acero escintiló con un brillo dorado ante la luz de sus
globos oculares, la dejó caer sobre el pequeño.
Ashelayd
se despertó de un respingo, empapada
en sudor y temblando todavía a causa del horrible es-
pectáculo que acababa de presenciar. Miró al cielo tras
el impoluto cristal del ventanal de su habitación. Jira, la
luna blanca, permanecía en lo alto; seguida de cerca por
Jiraha, el satélite de menor tamaño de los dos que orbi-
taban el planeta, de pálido color verduzco, semioculta
por un extraviado grupo de nubes; plateadas, debido al
reflejo de su intensa luz.
La
joven, temblorosa, algo inquieta y destemplada
todavía, se frotó los brazos por culpa de los sudores fríos
que le habían causado aquella horrorosa pesadilla. Se
incorporó en la sencilla cama de robusta estructura me-
tálica, bordadas sábanas blancas y almohada de plumas
para coger, de su mesilla de madera maciza, un grueso
libro encuadernado en cuero, ligeramente gastado a
causa del constante uso, cuyo título rezaba "Hechicería
general de grado medio, cursos IV-VI". Buscó de nuevo,
en el índice, el apartado "sueños y visiones" como tantas
otras noches y, una vez más, se vio defraudada ante lo
inexplicable de su recurrente pesadilla.
Algo
más calmada, la joven estudiante de magia
se dispuso a tomar un baño relajante, con cuidado de no
despertar a su compañera de habitación; quien dormía,
con la boca abierta e indecorosamente despatarrada, en
la cama que se encontraba al otro lado de la acogedora
estancia. Ya acomodada sobre la cóncava superficie de
piedra pulida adornada por ondulantes figuras talladas,
que se veía colmada de agua caliente surgida de los
manantiales subterráneos, Áshelayd dejó flotar su larga
y lisa melena verde azulada sobre la superficie del líqui-
do mientras, con los ojos cerrados, repasaba mental-
mente cada detalle de la odiosa pesadilla que la había
atormentado durante cada una de las noches que ha-
bían transcurrido desde el mes anterior.
Horas
después, una inesperada sacudida la desper-
tó.
-¿Se
puede saber por qué no has ido hoy a clase de
historia, Áshel?
Yarlai,
su compañera de habitación, se encontraba
frente a ella; asiéndola por los hombros.
-¿Eh?
-La joven, todavía algo confusa, miró en todas
direcciones hasta que logró encontrarse con el rostro de
su amiga, de aspecto malhumorado; tan próximo al suyo
propio que prácticamente se tocaban sus narices.-
¿...Qué dices?
-Digo
que por qué diablos has faltado a las primeras
tres horas de clase. El profesor Handschmud preguntó
por ti y le mentí... pero me pilló y, ahora, si no vas a dis-
culparte antes de que termine la hora de descanso, me
castigará a mí también.
-¿Cómo
que las...? ¿Por qué no me despertaste?
-¡Me
levanté otra vez algo más tarde de la hora y
pensé que ya habrías salido! ¡Perdona por no imaginar
que habías decidido dormir en la bañera! Y ahora, si ha-
ces el favor, bonita... ¡VE A DISCULPARTE DE UNA VEZ!
Tan
rápido como pudo, Áshelayd se secó, colocó el
corto camisón de lino y vestido abierto de cuero regla-
mentario, que cerró y sujetó con un oscuro fajín mien-
tras salía a toda prisa de la habitación, con las sandalias
de paja sostenidas en la boca; y corrió por el largo pasi-
llo en dirección a la estancia del profesor. Una vez hubo
llegado al despacho del director Handschmud, la joven
se alisó el vestido, puso las sandalias y recogió la larga
melena en una alta coleta, que le caía por la espalda
hasta las rodillas, justo antes de llamar.
-Adelante,
Áshelayd.
-Disculpe,
profesor. -La estudiante entró, lentamen-
te y sin atreverse a cruzar una sola mirada con su maes-
tro.- Yarlai no tuvo nada que ver con mi falta de asisten-
cia. Yo... bueno, dormí mal y...
-Tranquila,
pequeña, no hace falta que te justifi-
ques; entiendo tu situación. -El anciano director rubricó
en un pergamino, lo ocultó en el interior de un pequeño
cilindro de marfil que lucía extraños símbolos tallados
sobre su contorno y se levantó de la silla con sorpren-
dente agilidad. Luego de guardarse el escrito en el bolsi-
llo interior de la manga de la túnica, al tiempo que mira-
ba por la ventana, mientras se mesaba la larga barba
plateada, se dirigió a la joven.- No es fácil soportar una
carga cómo la tuya, lo sé muy bien... La de los sueños es
una magia extraña y difícil de controlar. Mucho me temo
que no exista una fácil solución a tu problema.
-Entonces...
-Comenzó a decir Áshelayd, habiendo
olvidado ya el motivo de la visita a causa de la mala noti-
cia.- ¿Perderé el sueño para siempre?
El
imponente hechicero puso los ojos en blanco y se
pasó una mano por la incipiente calva, en señal de exas-
peración.
-Me
pregunto si a tu edad yo sería tan impaciente...
¿Quién ha dicho tal cosa, si puede saberse? No he dicho
que tu mal sea incurable. Yo tan solo te he informado de
que no hallarás respuesta fácil a tus malos sueños; y
menos entre estas paredes. No te espera una feliz solu-
ción si te quedas aquí sin hacer nada.
-Pero,
señor, ¿Insinuáis acaso que, para curarme,
debería abandonar vuestra escuela y el aprendizaje de la
magia?
Handschmud
giró sobre sí mismo de pronto y, como
si una intensa batalla interior hubiese dado inicio, empe-
zó a caminar por la sala, hablando a toda velocidad; más
para sí que para la muchacha.
-¡Ya
estamos...! Espero que algún día abras lo sufi-
ciente tu mente como para aprender a interpretar las
múltiples posibilidades que encierran los consejos. ¿Por
qué sería necesario abandonar el estudio de la magia
solo por estar fuera de aquí? ¿Crees acaso que los anti-
guos hechiceros hacían exámenes, evaluaciones y daban
clase en cómodos pupitres? ¡No! Ellos luchaban cada día
por sobrevivir y proteger a quienes les importaban... Ahí
radicaba en otros tiempos la fuerza... -El anciano parecía
haberse perdido entre las sombras de sus recuerdos
hasta que, sin previo aviso, regresó a su comprensiva y
amable forma de ser habitual; como si nada hubiese
ocurrido.- Mira, Áshelayd, no te he mandado venir aquí
para regañarte y, si he amenazado a tu amiga, ha sido
tan solo para asegurarme de que el mensaje te llegaría
lo antes posible. Lo que te voy a pedir es algo muy, pero
que muy importante...
-Vos
diréis, maestro.
-Creo
que la solución a tus problemas, así como a
otros tantos de los que no tienes, ni debes tener, cono-
cimiento alguno, pero que son de vital importancia, ha
llegado a mis manos.
Luego
de varias décadas de búsqueda, finalmente
he encontrado una leyenda verídica que habla de un
hombre capaz de comprender la magia.
El
profesor pareció sorprendido ante la pasividad
con que la joven había escuchado sus palabras.
-¿Y?
-¿Cómo
que "y"?
-También
yo puedo comprender la magia... y vos
sois reconocido en todo el mundo como uno de los más
grandes Hechiceros de la historia; muchos os consideran
el mago vivo más poderoso sobre la faz de la tierra
¿Acaso no la comprendéis?
El
anciano sonrió para sí y lanzó una cálida aunque
penetrante mirada a la estudiante con sus extraños ojos,
uno grisáceo y el otro de un color verde claro, aunque
intenso; surcado este último en diagonal por una fina
cicatriz que atravesaba el párpado y dividía su ceja dere-
cha en dos.
-No
tienes idea de lo que dices, Áshelayd. No te ha-
blo de comprender los fundamentos básicos de la magia
elemental y espiritual, o de cómo ejecutar los hechizos
mediante cánticos... te estoy hablando de comprender
la propia esencia de la magia; sus secretos más inhóspi-
tos e increíbles... es decir: su origen, su naturaleza; lo
que realmente es.
No
obstante, y cómo tú muy bien has dicho, soy un
mago famoso, que no puede ya moverse sin ser visto, y
mi edad y responsabilidades me atan a este lugar... Tú,
sin embargo, eres joven, talentosa y, aunque no siempre
lo demuestres, despierta de mente.
-¿Pretendéis,
acaso, encomendarme la búsqueda de
ese hombre?
Áshelayd
parecía extrañada ante la actitud del di-
rector, que no debía estar en sus cabales si era esto lo
que le estaba sugiriendo.
-Por
supuesto que no. Incluso la estupidez de este
anciano senil posee un límite... -Bromeó el hechicero.-
Aunque sí me gustaría pedirte que fueses al pueblo de
Árdell a reunirte con un amigo mío que posee una in-
formación interesante acerca de este sujeto... Le prome-
tí ir yo mismo; pero me es imposible. Tengo muchísimo
papeleo atrasado... -El anciano señaló, con la mano
abierta, las seis pilas de papeles que ocupaban la super-
ficie de su mesa casi por completo.- ¿Qué me dices,
Áshelayd? ¿Te apetece vivir una pequeña aventura ex-
traescolar?
La
joven, sorprendida, se vio a si misma asintiendo y
dándole las gracias al director del centro por la oportu-
nidad, a pesar de estar completamente aterrada.
-Y,
por cierto, pequeña...
-¿Si,
maestro?
La
alumna se detuvo en el quicio de la puerta para
escuchar las palabras de su mentor.
-...A ver si
cuidas algo más esas sandalias, que pare-
ce que les hayan dado un mordisco.
-¿En
serio te vas de la escuela? -Yarlai parecía tre-
mendamente consternada ante la perspectiva de perder
a una de las pocas amigas que tenía en el internado.-
...No es que te vaya a echar de menos ni nada de eso,
pero ¿Volverás algún día a hacerme una visita...?
-Por
última vez: ¡Que no me voy!
-Ya,
ya, o sea que el director te expulsó... ¡Vaya se-
veridad! Iré con cuidado de no quedarme dormida a
partir de ahora.
La
joven hechicera fulminó a su amiga con la mira-
da.
-Solo
serán unos días. Handschmud me ha encarga-
do un recado; eso es todo.
-Ay,
pero qué inocente es mi niña... Eso te lo dijo
para que te fueses sin montar un escándalo... Luego,
simplemente, le bastará con no dejarte volver a entrar.
Dejando
a la otra joven con la palabra en la boca (y
ligeramente preocupada a causa de la posibilidad que
ésta le acababa de plantear), Áshelayd salió de la estan-
cia sin despedirse y fue a parar al pasillo principal que
daba a las habitaciones del ala femenina.
Antes
de ir al despacho del director, se miró en el
espejo de cuerpo entero situado en el baño para muje-
res más cercano, con la intención de comprobar si su
aspecto era el más adecuado para compensar la impre-
sión que debía haber causado en el anciano aquella ma-
ñana.
Áshelayd
era una adolescente de estatura algo
mayor que la media en su edad, de ojos grandes almen-
drados, de color violáceo claro, y mirada cándida e
inocente. Su rostro destacaba entre los demás por unos
dulces y suaves rasgos, mejillas sonrosadas, blanca den-
tadura perfecta y afilada, finas cejas y brillante pelo ver-
doso azulado; que ella solía recoger, con una cinta roja,
en una larga coleta cuya base se encontraba casi en la
coronilla y le llegaba a las piernas.
La
figura de la joven, proporcionada, estilizada y sin
prominentes curvas todavía, denotaba una constitución
atlética. Vestía un fino y suave vestido compuesto por
un chaleco largo de seda azulada, de bordes anchos de
tono más oscuro, liso a la derecha y con motivos florales
hacia el hombro izquierdo, cruzado bajo la sujeción de
un grueso fajín azul marino, sobresaliendo una parte de
la prenda por debajo de éste; haciéndose servir tam-
bién, de este modo, como una corta falda.
Desde
la base de las rodillas, y fijadas con un par de
lazos cortos, bajaban unos calentadores verdosos de
algodón que llegaban a cubrir incluso una parte de las
negras botas de viaje que la muchacha había tomado la
precaución de ponerse.
Satisfecha
con su aspecto, la joven giró la cara para
verse mejor los aros dorados de las orejas, se colocó el
flequillo, que caía sobre su frente en sueltos mechones,
unos centímetros por encima de los ojos, y salió al pasi-
llo mientras se ajustaba las gruesas muñequeras rojas.
-¡Áshelayd! -La joven se volvió, sobresaltada.- ¡Qué
bueno que te encuentro aquí! Temí que ya te hubieses
ido.
Handschmud
avanzaba a grandes zancadas por el
pasillo, con un alargado objeto envuelto en trapos entre
las manos y una sonrisa en la cara sudada.
-Claro
que no me he ido, profesor. Todavía tenía
que haceros una última visita para preguntaros por el
lugar del encuentro y despedirme.
-Bien.
Me alegro de oírlo. No sé cómo pude no re-
parar en ello... Habrán sido los nervios. -El anciano he-
chicero, que parecía agotado a causa de la carrera, le
ofreció una pequeña tarjeta en que había escrito la hora
y lugar de la cita, así como la descripción del sujeto con
quien debía hablar.- Verás... el contacto de Árdell piensa
que seré yo quien vaya a verlo; y no creo que le dé por
confiar en una niña que afirme ir de mi parte... Así que,
como no sabe leer y no podría reconocer mi firma ni
aunque me viese escribiéndola, toma esto para confir-
mar que gozas de mi total confianza. Espero que, ade-
más, te traiga buena suerte y sea de utilidad por el ca-
mino.
Áshelayd
cogió el delgado y alargado objeto de
forma irregular que su maestro le había tendido y ape-
nas pudo reprimir un ahogado grito de emoción al com-
probar qué era lo que la tela escondía. Sobre las manos
de la joven reposaba ahora una nudosa vara cuyo ex-
tremo superior se bifurcaba en dos finas extensiones
que se arremolinaban sobre un translúcido orbe de color
verde oscuro.
-¡Es
la Vara de Raya! Dice la leyenda que la reina
Raya la recibió del espíritu del bosque
de Yariojira du-
rante la "Guerra de los once años" y, con ella...
-Sí,
sí; es ésa misma. No hace falta que me des una
lección de historia sobre cómo acabó la segunda era de
los reinos; yo estaba allí cuando la princesa me la dio
en reconocimiento a mi labor ¿Sabes?
Te deseo mucha suerte en tu
viaje, Áshelayd.
-Gracias, maestro.
Con
una amplia sonrisa en la cara, y habiéndose co-
locado la vara a la espalda, sujeta con una deteriorada
correa negra de cuero, la muchacha salió del gigantesco
edificio por el puente levadizo para, con la mirada pues-
ta sobre el sol que despuntaba y el bastón mágico en
alto, proclamar a viva voz:
-¡Aquí
empieza mi aventura!
-¡Shhht!
Aquí no se grita, pequeña.
-Perdón,
profesora.
III
- EN EL BOSQUE DE SEISRÍOS
El
bosque de Seisríos era una vasta extensión de
árboles que habían germinado de forma artificial duran-
te los últimos cien años, luego de que la ciudad de
Lorhn, antiguo fortín que se había mantenido inexpug-
nable desde el fin de la primera era de los reinos, trans-
currida cinco siglos atrás, cayese durante la "Guerra de
los once años" como resultado de la batalla en que los
clanes de la raza de las serpientes-dragón, fieles al rey
usurpador, fueron derrotados por el ejército de la resis-
tencia.
Aquí
y allá, Áshelayd se encontraba con evidencias
de las antiguas estructuras que en aquel lugar se habían
asentado tanto tiempo atrás: Restos de la enorme mura-
lla de seis metros de espesor y casi quince de alto; ci-
mientos de casas; vestigios de algunas estructuras béli-
cas fabricadas con lavka, el material vegetal más duro y
resistente que creaba la naturaleza; así como grandes
monolitos dedicados a la memoria de nombres olvida-
dos hacía ya mucho tiempo.
El
bosque se había creado por orden expresa del
Harte, o general superior, de la antigua reina Raya;
y
recibía su nombre de la confluencia de los seis ríos que
se unían, al llegar al valle en que éste se encontraba,
desde las montañas colindantes.
La
joven arboleda, que era transitada con frecue n-
cia por mercaderes, peregrinos y viajeros, se veía surca-
da por un tortuoso entramado de caminos que podía
llegar a inducir a errores a la hora de ubicarse.
Para
evitar perderse, Áshelayd había decidido se-
guir el cauce del río hacia abajo, ignorando los senderos,
y así llegar a Árdell lo antes posible.
Cuál
fue su frustración al comprobar que lo que
ella había creído hasta entonces el Río de Árdell resultó
ser el Río de Fannay; uno de los otros afluentes que sur-
gían de la montaña, y que, de alguna manera, se había
alejado del camino que había estado siguiendo.
La
joven procuró tranquilizarse. Seisríos estaba
lleno de senderos. No era posible perderse. Extraviarse
sí; pero no perderse. Luego de unos instantes, concluyó
que, si bien siguiendo las aguas del Fannay acabaría lle-
gando al pueblo igualmente, desplazándose tan solo
unos kilómetros hacia su derecha en la foresta, encon-
traría el camino recto que ofrecía el Río de Árdell; evi-
tándose así una larga e innecesaria caminata a través de
la parte más frondosa y poco practicada del bosque.
Orgullosa de sus conocimientos geográficos, la mucha-
cha emprendió de nuevo la marcha sin pensárselo dos
veces.
A
la mañana siguiente, algo preocupada, tanto por
la cantidad de víveres que le quedaban con respecto al
tiempo que permanecería en el bosque, que no le dura-
rían más de cuatro días, como por la aparente ausencia
de senderos, la joven concluyó que, probablemente, se
había extraviado. Pero ese no era momento de perder la
sangra fría. Debía presentarse en Árdell en cuatro días y
el tortuoso bosque se atravesaba a pie en unos tres y
medio. Todavía tenía tiempo y alimentos de sobra; así
que no había de qué preocuparse. Encontraría la forma
de llegar, sin duda.
Luego
de pasar un par de horas llorando por pu-
ra desesperación, la joven hechicera se levantó, decidida
a encontrar el camino. Para ello, decidió, lo mejor sería
subir a un lugar elevado; como un árbol o una roca.
Unos
minutos de búsqueda más tarde, Áshelayd se
encontró frente a un gigantesco monolito rocoso de ex-
traña forma aguzada; que parecía reposar tumbado.
Con
cierta dificultad, la joven fue asiéndose a la ás-
pera superficie de roca, casi totalmente recubierta por la
tierra acumulada tras largos años, hasta llegar a la cima.
Una vez llegado a la cumbre, Áshelayd maldijo su mala
suerte por partida doble: Por un lado, no se veía ni ras-
tro de río o sendero alguno y, por otro, la escamada su-
perficie de la roca le había producido numerosas lacera-
ciones en los dedos.
Furiosa,
la joven comenzó a bajar por dónde había
subido, con tan mala suerte que resbaló en el musgo y
cayó rodando por la zona con pendiente de menor incli-
nación.
Completamente
ofuscada a causa del dolor y de la
rabia, Áshelayd cogió la Vara de Raya
con ambas manos
y golpeó el extraño monolito con todas sus fuerzas.
El
eco del grito de la muchacha entre los árboles,
que asustó a unas cuantas ardillas, y algunas esquirlas de
roca que cayeron al suelo, parecieron ser la única conse-
cuencia del irreflexivo acto de la joven, quien, todavía
dolorida, se había dejado caer de rodillas, rendida; pen-
sando, tan solo, en cómo le gustaría volver al internado
y proseguir con su vida normal.
-No
sé por qué la gente habla tan bien de las aven-
turas... -La joven se levantó y sacudió el polvo y hojas
secas de los calentadores.- ...son un asco. ¿Y qué hago
yo ahora?
Tras
ella, un aterrador gruñido estremeció el bos-
que. Se volvió y comprobó que, a su espalda, tan solo se
encontraba, tumbado y semienterrado, el mismo mono-
lito de forma alargada. Apenas se hubo comenzado a
girar otra vez, un nuevo gruñido siseante, más fuerte en
esta ocasión, retumbó en la foresta.
La
joven sintió vibrar su pecho y vio caer las hojas
de los árboles más cercanos. No se lo estaba imaginan-
do: el potente sonido provenía de la extraña "formación
natural".
Áshelayd
se acercó de nuevo y pasó la mano con
cuidado por la verdosa superficie, cuyas grietas escama-
das en forma de tridente se asemejaban tan afiladas
como navajas, hasta llegar a una veta negruzca y alarga-
da que parecía tener una textura muy diferente a la del
resto. Pasó sus dedos por ella y pudo sentir que cedía
bajo su fuerza. Era un material similar al caucho, pero
muchísimo más duro y rígido.
Curiosa
por naturaleza, la joven decidió intentar ex-
traer el material de la roca; así que volvió a asir el cetro
mágico con ambas manos y golpeó cuan fuerte pudo.
En
los segundos siguientes, apenas logró soste-
nerse en pie debido al poderoso rugido que el misterio-
so monolito había desprendido al impactar el orbe verde
de la vara sobre su superficie. Áshelayd, completamente
intrigada por la misteriosa roca, se percató de que la
tierra acumulada durante décadas, así como las plantas
y líquenes que habían comenzado a crecer sobre ella
durante ese tiempo, se habían desprendido de la piedra,
la cual, desnuda, se parecía sorprendentemente a...
-¿...Una
cabeza de serpiente?
De
pronto, la veta negruzca se abrió; mostrando un
enorme globo ocular, amarillento, cuya pupila formaba
un delgado surco, oscuro como la pez, que lo dividía de
arriba a abajo.
Acto
seguido, la tierra comenzó a temblar y agrie-
tarse. La bestia pugnaba por sacarse de encima las tone-
ladas de sedimento que cubrían su cuerpo, pero parecía
ser incapaz de moverse.
De
entre sus enormes fauces surgió una húmeda y
flexible lengua bífida, con la que el monstruo se lamió la
profunda cicatriz que atravesaba en vertical lo que otro-
ra había sido su ojo derecho, y forcejeó de nuevo. Vien-
do lo inútil de sus esfuerzos, fue cuando comenzó a mi-
rar a su al rededor con su único globo ocular hasta que
detectó a la muchacha; quien se había quedado parali-
zada a causa del miedo.
-Mira
lo que tenemos por aquí... ¿Cuál es tu nom-
bre, humana?
-Á...Á...Áshe...
-Bien,
"Ashe". Libérame de mi yugo.
-¿Co... cómo decís...?
-¡Obedece,
humana! Si me haces esperar un se-
gundo más, comunicaré al rey de Dothe
tu insolencia y
serás castigada... o, mejor aún: si no te das prisa en libe-
rarme, te engulliré. La batalla me ha agotado más de lo
previsto... siento como si no hubiese comido desde ha-
ce siglos.
-¿El rey de Dothe?
-No
juegues conmigo, insignificante insecto... ¿O
acaso no es ese tu señor? -El gigantesco reptil pareció
sorprenderse de repente e intento escapar de nuevo,
forcejeando con ansia, sin éxito alguno.- ¿Acaso
perte-
neces a la resistencia? ¡Sois todos unos malditos traido-
res! ¿Has venido a sonsacarme los secretos del reino?
¡He sido un iluso al confiarme por ver esa vara en otras
manos...!
-Yo
no pertenezco a ninguna resistencia, señor ser-
piente. Pero mucho me temo que ya no exista ese reino
del que me habláis...
El
monstruoso ser se pasó la lengua de nuevo por su
cuenca ciega y, luego de unos instantes de nerviosa me-
ditación, observó el paisaje con detenimiento; reparan-
do sobre todo en las frondosas copas de los altos árbo-
les.
-...Niña...
dime en qué año estamos.
-¿Cómo?
Eh... estamos en el ciento tres; a día seis
de la época de la caída de hojas.
-¿Ciento
tres? No, no... Dime en qué año estamos
según el calendario de Rosan.
-¿El
calendario de Rosan? -La muchacha dudó du-
rante unos instantes, tratando de recordar.- Creo que
dejó de usarse hace ya cien años; al comienzo de la ter-
cera era de los reinos.
La
serpiente pareció quedar paralizada a causa del
impacto que le había producido escuchar este último
dato.
-Cien... cien años...
perdimos la guerra... -El colo-
sal ofidio reanudó sus intentos de huida removiendo
todavía más el suelo y dejando a la vista parte de su co-
la.- ¡Pero
qué diablos me pasa! ¡Debería poder sacudir-
me esta tierra sin esfuerzo! ¡Un siglo sin comer
no es
tiempo suficiente como para debilitarme así!
-Creo
que no es vuestra falta de fuerza la que os
impide moveros... -Áshelayd señaló hacia la lejana cola
del reptil.- ...Os habéis quedado atrapado entre las raí-
ces de todos estos árboles.
-¿Qué?
El lavka no crece así; nunca forma bosques.
¿Y cómo es que son tan largas sus raíces? ¡No pertene-
cen a un clima seco...!
-Es
que este bosque no es natural; los árboles no
son lavka. Fue creado por orden del Harte de la reina
Raya; y los magos...
-¿Cómo?
¡Ese maldito criajo blancuzco! ¡Te mataré,
enano de orejas puntiagudas! ¿Me oyes? ¡Me lo has
vuelto a hacer! ¡AAAAAAARRGH! -La gran serpiente
se revolvió y tomó una gigantesca bocanada de aire,
haciendo crujir las raíces de los árboles híbridos al hin-
charse su cuerpo.- Saldré de aquí por las buenas
o por
las malas. Utiliza la vara con que esa maldita bruja me
selló para liberarme, "Ashe", o atente a las consecuen-
cias.
Alejándose
del radio de alcance de la lengua bífida y
terribles hileras de dientes aserrados del monstruo,
Áshelayd replicó:
-He
cometido el error de despertarte de tu letargo
al golpearte con el arma que, por lo visto, te había sella-
do; y, quizás, por ello no merezca ya la confianza que mi
maestro depositó en mi al dejarme el cetro... Pero no
soy tan estúpida como para liberarte, bestia inmunda.
En
la franja negra que constituía el párpado del úni-
co ojo de la serpiente-dragón se hizo visible el profundo
odio que el monstruo profesaba por quienes lo habían
encerrado y, ahora, canalizaba hacia la joven estudiante
de magia.
-Sea.
De
sus gigantescas fauces, luego de chasquear unas
oscuras muelas de pedernal que produjeron una peque-
ña chispa en lo más hondo de su garganta, brotó un ex-
tenso chorro de fuego azulado que calcinó casi una dé-
cima parte del bosque. Luego de un poderoso rugido,
una nueva lengua de fuego, esta vez de mucho menor
tamaño, envolvió a la propia serpiente; que forcejeaba
mientras los árboles que la retenían se desmoronaban,
convertidos en carbonilla.
Áshelayd intentaba no mirar atrás. Huía a toda
prisa
haciendo lo posible por no pensar en el mal que acababa
de desatar y sin encontrar forma alguna de repararlo. No
obstante, el colosal rey de las serpiente-dragón todavía
tardaría días en lograr liberarse por completo para, lue-
go, hambriento y herido tanto en cuerpo como en orgu-
llo, retirarse a las profundidades del antiguo bosque de
Yariojira; su hogar primigenio.
Varias
horas más tarde, exhausta, la joven todavía
continuaba abriéndose camino, como podía, por entre la
espesura; intentando evitar los golpes con las ramas y
pinchazos de las zarzas. El hambre, la sed y el agota-
miento la habían mareado, así que la muchacha, más
desesperada que nunca por encontrar agua, perdió pre-
caución y se aventuró en la oscuridad; tropezando con
unas raíces y cayendo aparatosamente de nuevo.
Ante
ella, en un claro, tumbado de lado en el
suelo, reposaba la figura de un joven vestido con un fino
kimono de color rojo claro, aunque de tono bastante
intenso, adornado con una gruesa faja amarilla de algo-
dón, pantalones holgados con los bajos sujetos desde los
gemelos por unas vendas blancas que le cubrían hasta
los pies y calzado con unas sencillas sandalias negras,
atadas con firmeza mediante numerosas tiras de cuero.
Áshelayd
se le acercó, sintiéndose salvada, y lo co-
gió del oscuro dobladillo de la chaqueta del kimono para
volverlo hacia ella. Al hacerlo, la lívida cara del mucha-
cho cayó a un lado, inerte. El potente grito de la joven
resonó por el bosque; el costado del desconocido estaba
atravesado por una certera flecha que parecía haberle
perforado el pulmón.
IV
- YIN, EL MISTERIOSO
DESCONOCIDO
Ashelayd
se había quedado conmocionada al ver el
costado ensartado del muchacho, del que brotaba un
fino hilo de sangre que se derramaba sobre el suelo;
donde ya había comenzado a formar un pequeño char-
co. El primer impulso de la joven, en cuanto recuperó el
control sobre su cuerpo, fue seguir huyendo; pero no
podía abandonar a una persona malherida de esa forma,
y menos habiendo un gigantesco monstruo escupefuego
tan cerca de ese lugar.
La
hechicera, haciendo uso de todo su valor, co-
menzó a bajar la gruesa faja elástica de algodón del des-
conocido y, con sumo cuidado para evitar retorcer la
flecha en la herida, abrió la chaqueta del kimono.
A
duras penas pudo reprimir una arcada al ver el
deplorable estado en que se encontraba el cuerpo del
muchacho: Tres tajos paralelos surcaban su pectoral
izquierdo mientras que, otras tres profundas hendiduras
en el vientre, delataban lo fino y afilado de lo que fuese
que lo hubiera herido.
No
obstante, la laceración más grave era, sin duda,
la producida por una flecha que, a juzgar por la pesada
respiración del muchacho; que sonaba casi burbujeante,
parecía haber perforado el pulmón derecho. Recordan-
do toda clase de primeros auxilios que había recibido,
así como cualquier texto sobre curaciones de emergen-
cia que hubiese podido leer, Áshelayd sacó su pequeño
cuchillo de caza y murmuró unas melódicas palabras que
no necesitó consultar en su libro de texto; pues había
sido uno de los primeros hechizos que había aprendi-
do. Al momento, la hoja de acero se calentó y toda la
suciedad y microorganismos que había sobre ella caye-
ron al suelo en forma de polvo negruzco, dotando al
metal de un brillo refulgente.
La
madre de Áshelayd era una experta en las artes
médicas, heredera de una larga tradición de curanderos
y, de pequeña, le había enseñado algunas bases antes
de ingresar en el internado.
Con
el cuchillo ya desinfectado, produjo una pro-
funda incisión que prolongó la abertura que el filo irre-
gular del proyectil había originado; haciendo posible su
extracción sin peligro. La punta triangular de la flecha
estaba diseñada para entrar lo más fácilmente posible
en la carne pero también para que, debido a la forma
dentada de su cabeza, al extraerla los tejidos se desga-
rrasen. De esta forma, Áshelayd logró, luego de force-
jear un buen rato, sacarla del pulmón sin dañarlo toda-
vía más y, luego, con facilidad en comparación, extraerla
de la herida. Ahora venía lo peor.
Dando
gracias por que el muchacho estuviese in-
consciente, la joven introdujo la hoja de nuevo en la he-
rida y masculló otra vez los mismos musicales siseos
ininteligibles; luego de lo cual el acero se puso al rojo
vivo y un horrible sonido silbante salió de la abertura en
el costado, junto con un chorro de vapor que llenó el
ambiente de un nauseabundo olor a carne quemada.
Apenas hubo extraído el cuchillo de la herida cauteriza-
da, Áshelayd sacó de su boca el conjunto de hojas medi-
cinales que, luego de sacar de su bolsa, había estado
masticando, e introdujo la pulpa en la castigada oque-
dad.
Una vez hubo vendado el costado con gasa y papel
adhesivo, así como tratado la herida del vientre y desin-
fectado los cortes del pecho con otras hierbas, Áshelayd
se dejó recostada, con las manos temblando, sobre el
árbol más cercano. Comenzó a reírse de pura histeria y,
más tarde, a llorar desconsoladamente. Por más que
hiciese, no lograba quitarse los restos de sangre de las
manos; y sentía como si el olor de la carne quemada se
hubiese quedado impregnado para siempre en su nariz.
Así, mientras la contrariada muchacha desahogaba la
tensión acumulada durante el día, se hizo de noche.
-¿Por
qué sigo vivo?
La
ronca voz del herido rompió la continuidad del
llanto de la muchacha; quien se incorporó de inmediato,
sobresaltada.
-¡Estás
vivo! Lo... lo conseguí... Te encontré desma-
yado en el suelo. Dime ¿Estás bien? ¿Quién eres? ¿Qué
te pasó?
El
muchacho cerró los ojos un instante, como inten-
tando organizar sus dispersas ideas y, luego de pasarse
la mano por la encarnada melena, acorde con el color de
su ropa, dejó caer el brazo pesadamente sobre el suelo y
comenzó a hablar como si no hubiese nadie más allí.
-No
puedo haber sobrevivido; es imposible. Esto
debe ser... -El muchacho abrió los semirasgados ojos por
completo y giró su cabeza hacia Áshelayd- ¿Qué preten-
déis? ¿Qué clase de magia es esta? No sé lo que queréis;
yo siempre os había sido fiel ¿A qué clase de tortura
pretendéis someterme?
La
joven estudiante de magia dudó sobre la cohe-
rencia de las palabras del desconocido. Había perdido
mucha sangre y, a pesar de sus cuidados, era un milagro
que hubiese logrado sobrevivir.
-Yo
me llamo Áshelayd -La muchacha intentó cal-
marlo con una actitud respetuosa, pausada y relajada.-
Os he encontrado aquí, joven, y he sanado vuestras he-
ridas. Habéis estado cerca de la muerte, pero mis medi-
cinas y vuestra fortaleza os han salvado. ¿Cual es vuestro
nombre?
El
muchacho miró lentamente hacia las estrellas,
con aire distraído, como sopesando la situación, y se fijó
en su constelación favorita, la del relámpago; cuya luz
siempre lo dotaba de fuerzas suficientes para continuar
en los momentos más adversos. Cerró los ojos de nuevo
y, antes de abrirlos, susurró.
-...Yin.
Mi nombre es Yin.
Animada
por el éxito, la joven continuó preguntan-
do.
-¿Y
qué es lo que os ha traído, Yin, a este bosque?
-¿No
había nadie más aquí cuando habéis llegado,
doncella?
-Pues
no. Tan solo vos estabais aquí. De haber esta-
do acompañado, mis operaciones de urgencia no ha-
brían sido precisas.
En
el impasible rostro del pelirrojo se vislumbró al-
go similar a una sonrisa irónica.
-Cierto.
No habría sido necesaria ninguna opera-
ción. Y vos, curandera ¿Qué hacéis en este despoblado
paraje? ¿Acaso sois una hechicera asceta?
-Una
tarea me fue encargada y, para cumplirla, de-
bía cruzar el bosque... -Áshelayd, hasta ahora encantada
por que la hubiesen llamado sanadora, y sintiéndose
aún poderosa al haber sido comparada con una "hechi-
cera asceta", no pudo evitar que el desánimo se apode-
rase de ella.- Pero no creo que pueda ya lograrlo a tiem-
po. Por cierto, aún no me habéis contestado por qué...
-Os
debo la vida, mi señora... una vida que, sin em-
bargo ya no existe como tal. De todas formas, sí hay en-
tre nosotros una deuda que debe ser saldada. A partir
de hoy me pongo a vuestro servicio. Seré vuestro guía y
fiel guardaespaldas hasta que dejéis de precisarme, o mi
cuerpo perezca en tanto que mi existencia.
La
muchacha se sintió algo confusa a causa de las
palabras del joven y su primera reacción fue el rechazar
la oferta pero, al oír dicha declaración de intenciones y,
a pesar del deplorable estado físico de su supuesto
"guardaespaldas", se sintió ligeramente segura y prote-
gida por primera vez desde que se había perdido en
Seisríos; y esto la reconfortó.
-Está
bien, Yin. Pero no creo que pueda esperaros,
pues mi encargo tiene fecha límite; y vos estáis dema-
siado enfermo para la travesía a través del bosque.
-Quizás
sí, o quizás no. No voy a negaros que, en es-
tos momentos, dar un paso me resultaría imposible.
Pero podré acompañaros siempre y cuando os dirijáis
hacia el Norte.
-Ciertamente,
mi dirección es esa, pero... ¿Por qué
os iba a resultar más fácil desplazaros hacia Árdell que
en sentido contrario?
El
muchacho le dirigió una penetrante mirada de
soslayo con sus claros ojos marrones.
-Escuchad
en silencio y lo entenderéis.
Ashelayd
estaba agotada. Su pequeño cuchillo de
caza, ya completamente mellado, había dejado de cortar
por sí solo hacía un buen rato y, una vez agotados sus
infructuosos intentos de seguir cortando con magia, la
muchacha se había visto obligada a devolverle de nuevo
el borde cortante a la hoja con una piedra de afilar que
Yin le había proporcionado. Por lo visto, llevaba un com-
pleto conjunto de herramientas destinadas al manteni-
miento de las armas escondido bajo la faja, lo cual la
había hecho sospechar de la verdadera identidad del
joven; quien, por otra parte, carecía de armas o instru-
mentos que afilar.
Tomando
una gran bocanada de aire que soltó de
inmediato en forma de hondo suspiro, Áshelayd levantó
la mirada de las chispas que salían del metal cada vez
que frotaba la piedra contra él y comprobó sus progre-
sos. El ancho árbol en que antes se había apoyado pre-
sentaba ahora un aspecto bastante diferente: Un enor-
me rectángulo irregular de corteza se separaba del tron-
co por la mayor parte, aunque todavía no estaba cortada
del todo. La forma del contorno del árbol era ideal para
lo que tenían pensado y, mientras ella se partía el espi-
nazo con el casco de la nave, Yin, todavía convaleciente,
trenzaba las finas raíces que servirían de cuerdas.
Hasta el momento en que el joven se lo había
hecho
ver, Áshelayd no había reparado en el sonido del río;
situado tras unos arbustos cercanos. Con una pequeña
embarcación, no tardarían en llegar, bajando por las
embravecidas aguas, hasta su destino.
-Vale,
esto ya está, Yin. ¿Ahora qué hago?
-Bien.
Ahora colocad la tabla combada en el suelo y
medid la distancia entre ambas esquinas de un mismo
extremo. Con una cuerda o similar, hallad el arco de ca-
da uno de los extremos y haced otro corte en la corteza
siguiendo estas medidas para que, al instalar las nuevas
piezas, el casco de la canoa quede cerrado. Luego habrá
que agujerear la madera y atar las partes con las cuer-
das. Sellaremos las grietas y huecos con una mezcla de
arcilla, ceniza y resina y podremos botarla luego de que
yo le coloque el timón y la estructura interna para que
mantenga la forma a pesar de los envites del agua.
Mientras
trabajaba, con la inquietante duda ron-
dándole la cabeza, la muchacha se decidió a preguntar
finalmente al joven:
-¿Seguro
que una canoa de corteza podrá navegar
por el río? Yo la veo muy endeble.
-No
os preocupéis, mi señora. Estos árboles híbridos
son mucho menos duros que el lavka, pero su corteza,
aunque blanda, es muy resistente y elástica. Podríamos
navegar sobre rápidos con ella y tendríamos más proba-
bilidades de llegar vivos a la desembocadura que con
una canoa de madera rígida y, supuestamente, "bue-
na"... aunque tendremos que ir achicando.
La
construcción de la embarcación les llevó lo que
quedaba de noche y medio día; pero cuando estuvo fi-
nalmente acabada, el joven ya era capaz de ponerse en
vertical de nuevo.
-No
puedo creer que podáis teneros por vuestro
propio pié con esas terribles heridas... ¿Seguro que no
queréis reposar un poco más, Yin? Aún hay tiempo.
-Estaré
bien, mi señora. Reposaré tanto sobre las
aguas como en tierra, ya que ese extraño ser continúa
haciendo retumbar el suelo mientras calcina el bosque.
Quedarse aquí durante más tiempo del estrictamente
necesario sería arriesgado en exceso.
Con
un último esfuerzo, el guardaespaldas se irguió
por completo, dejando atrás la estabilidad que el apoyo
del tronco pelado le ofrecía, y respiró hondo.
Tosió
unas cuantas veces, escupiendo algo de san-
gre al principio y sintió que se le iba un poco la cabeza;
pero esto no se vio reflejado en su comportamiento.
Ignorando el apoyo que Áshelayd le ofrecía para llegar al
bote que se encontraba frente a él, trastabilló hacia el
lado contrario y comenzó a apartar arbustos con el pie.
-¿Qué
hacéis? ¿Acaso no debíamos marchar sin
demora?
-Estoy
buscando algo que... perdí... al caer...
El
muchacho, que rebuscaba con aire dubitativo y
distraído, miró hacia arriba y vio cómo, colgando de una
rama por la correa, un alargado fardo de desgastado
cuero pendía a varios metros por encima de sus cabezas.
Evitando agacharse, debido a la herida del vientre, co-
gió, con los dedos al aire del pie derecho, el mellado
cuchillo, ahora en apariencia inservible, que Áshelayd
había tirado al ver que el arreglo saldría más caro que la
compra de uno nuevo al llegar al Pueblo. Error que no
volvería a cometer luego de la reprimenda que Yin tenía
pensado darle acerca de no abandonar utensilios tan
útiles como podía llegar a serlo una navaja.
Una
vez se lo hubo pasado del pie a la mano, alzó
el brazo con gran velocidad y el cuchillo, invisible, cortó
la delgada rama limpiamente sin dejar ni una muesca. En
el último momento, el joven alargó el brazo y agarró el
fardo antes de que éste impactase contra el suelo. Yin,
ayudado por la muchacha, se sentó en la improvisada
canoa y, con el brazo izquierdo, tomó el timón.
-Preparaos.
Voy a empujarla ya.
-Hacedlo
con fuerza, mi señora. El lecho del río es
muy fangoso y, si vais poco a poco, podría encallarse.
Una
vez en el agua, la nave comenzó a bajar, cada
vez más rápido, siguiendo el cauce del río.
Varias
horas después, los dos jóvenes ya habían re-
corrido un gran trecho.
Áshelayd
veía pasar los árboles a toda velocidad
frente a ella; lo que le producía un gran mareo. Había
probado ya a mirar a un punto fijo en la lejanía, meter la
cabeza entre las rodillas, echarse agua fría por la nuca...
y, el único momento en que había logrado olvidar las
nauseas, había sido durante el cambio de los vendajes
de Yin; en el que pudo comprobar, asombrada, que los
cortes del pectoral ya se habían cerrado y la costra más
superficial comenzaba a desprenderse. La eficacia de sus
medicinas era mucho mayor de lo que esperaba. Satisfe-
cha con sus habilidades mágicas y curativas, y probando
ahora a mirar al cielo, la joven no pudo retener durante
más tiempo su curiosidad.
-Oídme,
Yin...
-No.
-¿Cómo
que "no"? ¡Si aún no os he dicho lo que os
quería preguntar!
-Ibais
a preguntarme acerca de mi historia ¿Me
equivoco?
-Bueno...
no del todo.
-El
pasado es algo privado. No tengo obligación de
relatárselo a nadie ajeno a él cuando ya estoy cumplien-
do mi deuda de otro modo.
-Pero
ahora existe una parte de vuestro pasado
compartida por mi ¿O no?
-Bien.
Pues entonces, conformaos con eso.
Áshelayd,
sin ningunas ganas de discutir, se colocó
el brazo frente la cara para protegerse de la luz y, mien-
tras se recostaba, avisó a Yin de que la despertase al
llegar a Árdell.
-Mi
señora... Despertad, mi señora...
La
estudiante de magia tardó un buen rato en ubi-
carse. Los árboles tapaban el sol y, al principio, creyó
que había caído la noche.
-¿Ya
hemos llegado?
-...
No. Y creo que no lo tendremos fácil para lograr-
lo.
Un
pequeño hilillo de sangre resbalaba desde la bo-
ca de Yin, quien, ojeroso y empapado en sudor frío, se
agarraba el costado ensangrentado.
-¡Pero
qué...!
La
fuerte mano del joven tapó la boca de la mucha-
cha; la cual observó, aterrada, cómo el bote se había
estrellado en la orilla. Pero lo peor no era el hecho en sí,
sino sus aparentes causas. Dos grandes rocas redondea-
das, de las que solían ser utilizadas en las catapultas, lo
habían aplastado; y un reguero de flechas marcaba la
estela que llevaba a los arbustos entre los que se habían
escondido.
Áshelayd
no pudo sino sentirse impresionada ante
la gran habilidad de su guardián; quien había sido capaz
de esquivar las rocas y flechas y de llevarla con él, a pe-
sar de sus graves lesiones, con la delicadeza suficiente
como para no despertarla.
-No
os preocupéis, mi señora, la herida no se ha
abierto. -Comenzó a decir el muchacho para tranquilizar-
la, adelantándose a su pregunta.- La sangre de la ropa es
la misma de antes y esto -Se limpió la boca.- ha sido por
el esfuerzo; que me ha hecho soltar algo del líquido que
todavía quedaba en los pulmones.
-¿Y
ahora qué vamos a hacer? ¿Quién nos ha ataca-
do?
-Ignoro
la identidad de nuestros agresores, pero
podemos intentar conocerla ahora. ¿Tenéis algún
enemigo?
Áshelayd
no pudo evitar pensar en uno de los niños
de su aldea natal; que solía tirarle de las coletas cuando
era pequeña.
-No.
Creo que no. Pero ¿No serán quienes os hirie-
ron?
-Si
fuesen ellos, no estaríamos ya aquí. Ellos nunca
fallan.
-Con
vos fallaron.
-O
eso creemos, pero hay algo muy raro en todo
est...
-¡Atención,
grumetillos! -Una potente voz masculina
surgió de entre los árboles, dejando la frase de Yin sin
terminar.- La transacción es sencilla: Si tenéis algo de
valor, nos lo dais. Si no tenéis lo suficiente, mis mucha-
chos se divertirán con la chica y, yo, con el chico. -
Múltiples voces comenzaron a reír la gracia al unísono.-
Si decidís luchar, moriréis.
-Yin...
¿Qué hacemos? ¿Has oído esas risas? ¡Son
muchísimos! Y yo no tengo apenas nada con valor mo-
netario...
-No
os preocupéis, mi señora. No pienso dejar que
esos bandidos mancillen vuestro cuerpo... ni el mío. -
Precisó.
El
joven guerrero se levantó con el fardo en la
mano.
-¡Siéntate,
inconsciente! ¡No podrás contra ellos sin
armas!
-Por
eso, precisamente, necesitaba encontrar mis
cosas.
El
rostro de Yin, ya de por si frío e inexpresivo, se
volvió completamente inescrutable. El muchacho respiró
hondo y sacó algo del fardo, que se metió en los bolsillos
interiores de la chaqueta, produciendo un sonido metá-
lico. A continuación, abrió el recipiente de cuero por
completo y cogió, de su interior, una espada curva de
madera, sin guarda; que se veía surcada, por el centro,
por una fina depresión que iba de extremo a extremo.
-¿Vais
a luchar con ese palo? -A Áshelayd no le ca-
bía duda: La pérdida de sangre lo había vuelto loco.-
Escapemos, por favor. Todavía estamos a tiempo.
-No
tardarían en atraparnos. Estamos en su territo-
rio. Además, en el otro sentido, está ese extraño ser que
produce los temblores de tierra. -El joven se ató la espa-
da a la cadera con una cuerda, por la espalda, dejándola
casi en paralelo al suelo y con la empuñadura hacia la
izquierda.- Así terminaremos más rápido. Pase lo que
pase, no os mováis de aquí.
Rápido
y ágil como un gato, a pesar de sus heridas,
Yin se subió a la copa del árbol más cercano y se perdió
de vista entre las verdosas hojas; que todavía no habían
empezado a amarillear a pesar de la fecha.
En
cuanto el muchacho hubo desaparecido, Áshe-
layd se vio presa del pánico. Se agarró con todas sus
fuerzas a la vara de Raya y comenzó a
buscar, frenética-
mente, algún tipo de hechizo defensivo en su libro.
Apenas
hubo empezado a pasar las páginas, el últi-
mo grito de un moribundo se proyectó por el río
-¿Yin...?
Estaba
casi segura de que no había sido su voz, pero
la preocupación y el miedo acabaron por convencerla de
que sí lo había sido. No obstante, cuando ya casi habían
comenzado a aflorar las primeras lágrimas de desespe-
ración a sus ojos, un segundo alarido cortó el aire. Los
bandidos de Seisríos, que servían bajo las órdenes de un
antiguo capitán pirata, no estaban acostumbrados a sen-
tir miedo; pero habían comenzado a notar que algo ex-
traño pasaba.
Un
tercer grito los alertó. El cuarto causó nerviosis-
mo. El quinto los desquició. El sexto los hizo rezar, abra-
zados a sus armas. El séptimo hizo huir de sus posiciones
a varios de ellos, quienes resultaron ser el octavo, el
noveno, el décimo y el undécimo; que gritaron con ape-
nas unos segundos de diferencia. El asesino debía ser
increíblemente rápido, certero y letal. El capitán no po-
día consentir que sus hombres continuasen cayendo
como moscas de aquella manera.
-¡Rápido!
¡Reuníos en el lecho del río! En campo
abierto no podrán atacarnos sin ser vistos.
Al
momento, más por instinto de supervivencia
que por obediencia, los siete hombres restantes y el
capitán se habían aglutinado a toda prisa, espalda contra
espalda, esperando un nuevo ataque del enemigo.
Sobre
ellos, el sonido de las hojas delató la presen-
cia del atacante; que ahora caía sobre ellos, a contraluz,
como si de una sombra maldita venida del mismo sol se
tratase.
-¡Arqueros!
Una
lluvia de flechas acribilló el cuerpo del miste-
rioso guerrero y cayó secamente en el suelo, levantando
una densa nube de polvo.
-Sorpresa.
Yin
movió los brazos hacia los lados a toda veloci-
dad, desde los nueve metros de distancia que lo separa-
ban del grupo de bandidos, y el capitán pudo ver cómo
todos sus hombres caían al suelo, algunos heridos de
gravedad; otros sin vida.
-No...
no es posible... ¡Estás muerto...!
-Yo
ya estaba muerto antes de venir aquí... -
Lentamente, el muchacho pelirrojo levantó hasta la altu-
ra de su cara un extraño cuchillo de alargada hoja de
corte triangular, del tamaño de su mano. Poseía un del-
gado y corto mango, también metálico, más ancho hacia
el extremo inferior; con un hueco en forma de círculo
donde éste se encontraba con la hoja, para ser blandido
y lanzado con mayor precisión.- Así que no creas que
unas cuantas flechas podrán arañarme siquiera.
Bajo
los pies de Yin, oculto por la nube de polvo, re-
posaba el cadáver, acribillado de flechas, de uno de los
hombres del capitán.
-¡Por
favor, no me mates, espíritu! -De rodillas, el
antiguo pirata suplicaba mientras una sospechosa man-
cha oscura se iba formando en sus pantalones.- Haré lo
que me pidas, pero no me mates, por favor...
-Dame
tu barco.
-¡No
puedo hacer eso, me quedaría aquí atrapado
con ese monstruo que lleva haciendo retumbar la tierra
desde ayer y...!
El cuchillo de Yin cortó certeramente un mechón
de
pelo de la patilla del capitán; dejándosela rapada. No fue
necesario más.
Al
final del día, Áshelayd y Yin se encontraban atan-
do su nueva embarcación en los muelles de Árdell.
Yin
y Áshelayd habían atravesado el bosque de
Seisríos en mucho menos tiempo del previsto, y todavía
faltaban dos días para la cita con el amigo de Handsch-
mud, así que deberían pasar la noche durmiendo al raso
en el interior de la nave hasta la fecha indicada pues, ya
que a la joven, quien provenía de una familia humilde en
recursos económicos, apenas sí le llegaba el dinero para
comprar bastante comida para ella, teniéndose que ha-
cer cargo también de su nuevo compañero, no le salían
las cuentas.
Por
si los problemas económicos no fuesen suficien-
te, el exceso de ejercicio estando aún convaleciente ha-
bía subido la fiebre del guardaespaldas; quien se revol-
vía en agobiantes pesadillas, balbuceando cosas sin sen-
tido aparente acerca de espadas brillantes y traiciones.
Esa
noche, la joven la había pasado haciendo guar-
dia en el barco, cuidando de su compañero, pero debía
encontrar pronto a un médico capacitado o no sobrevivi-
ría durante mucho más tiempo pues, aunque ninguna de
las heridas parecía haberse infectado e, incluso, la del
pecho casi había desaparecido ya, la fiebre y sudores
fríos delataban el mal estado de salud del muchacho.
-Yin,
no sé si me oyes, pero tengo que ir a por un
médico. Nos costará los ahorros, pero no podría haber
llegado hasta aquí sin ti, así que te lo debo.
Áshelayd
se sentía dividida. Por una parte, tenía an-
te ella a un joven atento, culto e ingenioso que la cuida-
ba mejor de lo que nadie lo había hecho en mucho
tiempo y se preocupaba sinceramente por ella... pero,
por la otra, se trataba también de un sanguinario gue-
rrero capaz de utilizar un cadáver como escudo y col-
choneta a un tiempo; así como de matar sin pestañear
con sus extraños cuchillos voladores.
No
obstante, ahora la joven solo veía a, como solía
decir su madre, "un paciente que necesitaba ayuda" y,
de todas formas, no podía criticar su actuación; pues
simplemente pensar en la alternativa, la hacía estreme-
cerse.
-Mirad...
en mi bolsa... -El sudoroso muchacho la
había cogido del brazo en el último momento y, entre
jadeos, le había indicado que se acercara.- Tengo dinero,
para emergencias. Usad el que necesitéis.
Acto
seguido, se durmió profundamente y comenzó
a quejarse en sueños de nuevo.
Ya
en el pueblo, Áshelayd se dispuso a encontrar el
dispensario zonal para pedir la ayuda de un médico.
El
de Árdell era uno de los pueblos más grandes e
interesantes del país. Su gran afluencia turística era de-
bida, por una parte, a sus amables gentes; famosas por
su cordialidad, hospitalidad y educación y, por otra, al
tenebroso pasado del lugar. En el anteriormente conoci-
do como "valle escarpado" había tenido lugar una de las
más colosales batallas de la historia. Árdell, el último
dragón nórdico, había dado su vida por vencer a la más
poderosa facción del ejército de las serpiente-dragón;
asegurando la victoria de la resistencia en la batalla y
causando, al inmolarse, un gran cráter; que redujo los
peñascos a arena y removió la fértil tierra, la cual jamás
había sido cultivada, e hizo aflorar un acuífero de agua
potable; posibilitando la creación de un pueblo y no solo
de pequeños asentamientos junto al río como hasta
entonces.
La
visión de la estatua a tamaño natural del dra-
gón que el Harte de la princesa Raya
había mandado
construir, labrada en pulido bronce macizo, era sobreco-
gedora. La bestia medía más de quince metros de alto,
sostenida sobre cuatro fuertes patas de aspecto más de
felino que de reptil, a pesar de las escamas, y sus alas,
aunque plegadas, se percibían enormes. La cola, que se
doblaba para terminar, junto a sus dentadas zarpas de-
lanteras, en una enorme protuberancia en forma de hoz,
afilada como un hacha, medía tanto o más que el resto
del cuerpo. Áshelayd quedó hipnotizada durante unos
segundos al encontrarse con la mirada de la gigantesca
criatura; diferente a cualquier otro dragón que hubiese
visto en sus libros de texto. Los ojos de la escultura de-
notaban fiereza y nobleza a partes iguales. La mirada
altiva del dragón inspiraba respeto y, a un tiempo,
transmitían una gran sensación de tristeza. Se decía,
aunque nadie sabía si era verdad, que el mismo general
superior los había tallado con su propia espada.
Árdell,
"el grande", había sido el último ejemplar de
la especie primigenia; de donde derivaron las demás
razas de dragones de la actualidad. Aunque se corrían
rumores acerca de la reaparición de estos seres de for-
ma periódica, lo cierto era que ninguna de las expedi-
ciones que habían partido hacia las heladas tierras del
norte había hallado evidencia alguna de que así fuese.
-El
último dragón nórdico...
Áshelayd
se secó, sorprendida, una lágrima que
acababa de aflorar a sus ojos por razones desconocidas.
Sin poder soportar durante un segundo más la visión del
que era considerado por los lugareños como el mayor
héroe de la historia de la región, luego del propio Ean,
por supuesto, la joven comenzó a preguntar a los tran-
seúntes por la casa de curas más próxima.
Una
enfermera vestida con una túnica gris la recibió
educadamente y le preguntó por los motivos de su visi-
ta.
-Veréis,
es que mi... guardaespaldas, supongo, está
muy enfermo, y necesitaría ayuda. Tiene mucha fiebre y
una herida de flecha en el costado que llega hasta el
pulmón.
-Bien.
Necesito ciertos datos. ¿Sexo y edad?
-Varón.
No creo que sobrepase los dieciséis, pero es
mayor de quince años.
-Entendido.
¿Raza?
-Humana.
-Te
he preguntado por la raza, no la especie.
Áshelayd
pareció algo confusa.
-Yo
no creía que...
-
En cuestión de medicina no valen filosofías; cada
uno es lo que es y necesita un tratamiento diferente -
Respondió la enfermera, algo irritada; aunque esto no
era del todo cierto. La casa de curas de Árdell, frente a la
actitud positiva de los demás vecinos, era famosa por su
discriminación racial exagerada desde que ésta hubo
sido anexionada a los Cadrelicios.- Mira, por ejemplo, tú
eres de especie humana, pero tienes los ojos violeta y el
pelo verdoso azulado; así que eres, seguramente, un
tercio de demonio ¿Verdad? Pues dime, ¿Qué es tu
guardaespaldas? ¿Otro demonio?
Áshelayd
se sentía muy incómoda cada vez que al-
guien mencionaba su ascendencia. Debido a su partici-
pación histórica en bandos perdedores que, ahora, se
veían como los malvados, los demonios eran considera-
dos como seres crueles y sádicos que, en realidad, no
solían resultar más que magos y druidas conocedores de
los secretos de la naturaleza a los que sus líderes; quie-
nes tradicionalmente llegaban al cargo por herencia y no
por elección popular, habían llevado a la perdición a
causa de la codicia.
La
estirpe de los Raiden'shi, últimos gobernantes
demoníacos conocidos, desaparecía en los caóticos re-
gistros de la "Guerra de los once años". Luego de aliarse
al rey usurpador, la familia real de los demonios cayó
junto a él, traicionada por su propio pueblo, producto de
una revolución interna que llevó al grueso de la pobla-
ción a unirse a la resistencia.
-Cre...
creo que es de raza eana
"pura". Aunque tie-
ne el pelo rojo como el fuego y los ojos algo rasgados...
pero no mucho; casi no se notaría si no tuviese siempre
esa mirada como de...
-Está
bien; eso es normal. Seguramente esté teñido.
Espera unos instantes y enviaremos a un médico para
que lo atienda. ¿Dirección...?
Una
vez en el barco de nuevo, el doctor, un hombre
muy miope al que los años no habían tratado bien en
cuanto al físico, le puso mala cara a la joven.
-Conque
humano de raza eana pura ¿Eh?
-Lo
siento. ¿Acaso no lo es?
Parece
mentira que, habiendo contratado como
guardaespaldas a un "mercenario" no sepas lo que es. La
propia palabra tiene ese significado.
-¿Qué
palabra?
-No
te hagas la tonta, niña. Si no tienes dinero, es-
to te perjudica. Es más fácil curar a un "mercenario" que
a cualquier otro tipo de humano; así que...
-Pero
¿De dónde sacáis vos que Yin sea un merce-
nario?
-Por
favor, qué sino podría ser un Yajin'e.
-Un...
¿Qué?
El
doctor, mientras comprobaba el estado de su pa-
ciente, comenzó con su explicación; extrañado ante la
aparente ignorancia de la joven acerca de la verdadera
naturaleza de su acompañante.
-Yajin'e.
Significa mercenario. Se trata de un pueblo
reservado y orgulloso, especialmente dotado para la
actividad física. "Lo que tres hombres fornidos podrían
hacer torpemente, un Yajin'e lo realiza sin problema" o,
al menos, es lo que rezaba su propaganda en mis tiem-
pos de médico militar, en que sus servicios eran contra-
tados con frecuencia por los capitanes y tenientes para
las misiones más peligrosas; aunque se les suelen atri-
buir proezas exageradas que éstos no se molestan en
desmentir.
De
todas formas, según dicen, son entrenados sin
descanso desde los tres o cuatro años para convertirse
en poderosos guerreros. Algunos son mandados a la
guerra al cumplir los doce solo para fortalecerles el ca-
rácter y, curiosamente, suelen sobrevivir aún cuando los
más valerosos y reconocidos héroes perecen. Su poder
regenerativo es mucho mayor que el de cualquier otra
raza humana y, por ello, son los más baratos de curar.
Se
dice que son fríos y calculadores... Incluso se
cuentan historias acerca de grupos enteros de bandidos
que han sucumbido ante uno solo de ellos; pues tam-
bién son maestros de la estrategia y el sigilo. Y también
hay rumores acerca de un misterioso grupo selecto, ele-
gido de entre sus mejores hombres, cuyos integrantes
visten todos de negro, y que se dedican a asesinar por
encargo como actividad principal; sin importar el sexo,
edad, o posición social de la víctima.
Si
quieres un consejo, pequeña, sepárate de él lo
antes posible o te arrepentirás. Atraen la mala suerte;
son solo instrumentos de guerra que venden sus sucios
cuerpos al mejor postor... Son una raza inferior.
Áshelayd
sintió como si le hubiesen atravesado el
pecho con un témpano de hielo.
-Ya,
como los demonios...
-¡Jajaja,
muy bien traída! -El doctor se levantó y sa-
có un pañuelo para limpiarse las manos del ungüento
que había utilizado.- Bueno, pues esto ya está. Le he
dado a beber un medicamento y le he puesto una medi-
cina en las heridas que le curarán la fiebre y la inflama-
ción. Le escocerá bastante, pero así te saldrá aún más
barato. No hace falta que me lo agradezcas, bonita; que
uno es un caballero. Adiós.
Luego
de pagar al doctor, con lágrimas de rabia en
los ojos, Áshelayd se sintió más unida que nunca a su
guardaespaldas. No solo la había salvado, sino que se
veía en la misma situación que ella había sufrido durante
toda su vida... o incluso peor.
El
médico todavía no se había alejado mucho, así
que la joven tomó una decisión.
-Raza
inferior ¿Eh?
De
lo más hondo de su pecho, brotó un siseo vi-
brante y melódico que generó una pequeña condensa-
ción de vapor de agua destilada, absorbida del ambien-
te; la cual comenzó a perseguir al doctor soltando una
leve llovizna que éste se volvió loco intentando evitar
durante los siguientes tres días.
-Hola
¿Ya os habéis despertado?
El
Yajin'e entreabrió los ojos, algo confuso, y se mi-
ró hacia el costado sin que su rostro denotase el sufri-
miento de ningún tipo de molestia.
-Mi
señora ¿Es normal que vuestra medicina escue-
za así? Antes no lo hacía. Quizás las heridas se hayan
visto infectadas por algún mal.
-El
mal que os tortura no es debido a las heridas de
vuestro cuerpo; sino a la estupidez humana. -La joven se
levantó y alisó el bajo de la chaqueta; que le servía como
falda.- Haríais bien en ir a los baños y lavaros la sangre,
suciedad y sudor a conciencia para evitar infecciones
mientras yo me dirijo a la cita con el hombre al que debo
ver.
-De
ningún modo. Mi lugar está junto a vos; prote-
giéndoos.
-Tranquilo.
El hombre del que hablamos es amigo
de confianza de Handschmud, el hechicero. Es un mago
muy famoso que...
-Lo
sé. -La voz del muchacho adquirió un tono di-
dáctico.- Handschmud, "el valiente", logró la victoria en
el que desde entonces se conoce como valle de la gloria;
a las puertas del antiguo reino de Dothe.
A pesar de su
juventud, creó un grupo de magos y guerreros que logró
desbaratar las defensas del ejército de Dothe
y demos-
tró a sus compañeros de la resistencia, en numerosas
ocasiones, que una mayor fuerza militar podía ser venci-
da con la astucia. Por sus servicios prestados, la reina
Raya le dio en custodia su famosa vara
y le concedió el
título oficial de Zetz, "el valiente"; así como la presi-
dencia oficial del grupo estatal de hechiceros que aca-
baba de formarse en el País de Raya, en el que nos en-
contramos; aunque no tardó en abandonarlo. Aún hoy,
cuando un pequeño grupo vence a otro muy superior en
número y recursos se dice que "han hecho un Handsch-
mud".
Áshelayd
no podía creer lo que estaba oyendo.
¿Cómo podía ser posible que nada de esto hubiese lle-
gado jamás a sus oídos cuando había pasado los últimos
años de su vida conviviendo en el mismo castillo que él?
La joven comprendió, entonces, que esto no había sido
una bendición para el mago, precisamente. "La normali-
zación de la magia acabará con ella", solía decir; frase
que extrañaba bastante a los alumnos, pues era preci-
samente él quien les obligaba a estudiar dichas normas.
Todo
cobraba sentido si se pensaba en Handsch-
mud como un guerrero que lo había aprendido todo a lo
largo de un sinfín de batallas y, solo por salir victorioso,
había sobrevivido; pero cuyo espíritu libre y aventurero
ahora se veía atrapado por las reglas y la burocracia.
Conociendo la forma de pensar del maestro, Áshelayd se
sintió realmente agradecida por la estima que éste le
debía tener; ya que la había mandado "a correr una
aventura".
-Entonces,
imagino que no habrá problemas con el
amigo de mi maestro ¿Verdad?
-Ciertamente,
ahora entiendo que lograseis curar-
me, siendo alumna de tan insigne mago; pero no es con
él con quien os vais a reunir. No me fiaré de ningún
"amigo de mi amigo"; pues no por ello ha de ser tam-
bién necesariamente mi amigo.
-Yin, os ordeno que vayáis a
la casa de baños. No
les hará bien, ni a la fiebre ni a vuestras heridas, queda-
ros aquí o ir conmigo. Como médico os sugiero que re-
poséis pero, ya que no lo vais a hacer, por lo menos da-
ros un baño reparador.
Ante la insistencia de la
joven, Yin tuvo que acep-
tar, aunque por supuesto, a regañadientes.
VII
- ÁNID NID, EL NERVIOSO
HOSTALERO
La
taberna "Hálito Draco" era la más famosa y de
mayor tamaño del lugar; llamada así, como no podía ser
de otro modo, en honor al dragón que daba nombre al
pueblo. El local ocupaba una calle por completo; dando
sus entradas a parar a las zonas principales del lugar.
Detrás de él, se agrupaban un cúmulo de pequeños co-
mercios y demás negocios; entre ellos la posada en que
Áshelayd debía encontrarse con el amigo de Handsch-
mud para obtener la información que éste poseía acerca
del misterioso personaje que, por lo visto, tendría la
solución a sus respectivos problemas.
De
repente, la joven se paró en seco. Esa noche no
había tenido la pesadilla de costumbre.
Intrigada,
comenzó a sopesar las distintas posibili-
dades: Quizás el problema hubiese sido la falta de ener-
gía. Llevaba dos días sin dormir apenas y había agotado
toda su magia curando a Yin y construyendo la canoa.
Otra causa podría haber sido el ambiente del pueblo;
según se rumoreaba era una de las zonas de más intensa
actividad paranormal del país. La mayor parte de la gen-
te solía creer que esto era debido a la energía residual
que el dragón había dejado en el lugar como protección,
ya que la extraña fuerza invisible parecía anular todo
tipo de hechizo maligno que fuese lanzado a distancia;
pero, en realidad, esto no era posible pues, si bien éstos
eran unas de las criaturas más increíbles y poderosas
que jamás habían existido en la tierra, los dragones de-
bían sus asombrosas facultades a la evolución; y la ma-
yoría (aunque no todos) desconocían por completo el
uso de la magia. Árdell incluido.
Un
nuevo temblor de tierra sacó a la muchacha de
su ensoñación. Los terremotos, junto a los repentinos
incendios del bosque, se habían vuelto tan frecuentes
durante esos últimos días que, a pesar del miedo inicial
de los pueblerinos, todo el mundo se había acostumbra-
do a ellos; aunque los ya de por sí comunes rumores
sobre dragones no hacían más que aumentar.
Apenas
hubo puesto un pie en el mugriento suelo
de la maltrecha posada, tres hombres que jugaban con
unos desgastados naipes, probablemente mineros traba-
jadores de la industria metalúrgica del lugar, comenza-
ron a susurrar lanzándole miradas lascivas.
Intentando
ignorarlos, Áshelayd se sentó en una
mesa de la pequeña taberna que se encontraba en la
sala de recepción, la cual parecía ser una fuente de in-
gresos más rentable que el simple alquiler de camas;
que seguramente se encontraban a rebosar de chinches,
pulgas y piojos... o incluso cosas
peores.
-Oye,
preciosa. -Uno de los mineros, el de mayor
edad y, al mismo tiempo, el que se encontraba en más
avanzado estado de embriaguez, se había dejado caer
en la silla de al lado y la había cogido de la mano.- He
apostado con mis amigos ¿A que eres una hechicera?
Poniendo
buena cara y sin inmutarse ante la cada
vez mayor proximidad del nauseabundo sujeto que
apestaba a alcohol barato, la muchacha contestó con
voz melodiosa.
-Pues
sí.
-¿Y
podrías enseñarme... -El minero hizo una mal
disimulada seña de complicidad a sus amigos.- ...algún
"truquito"?
-Claro;
no hay problema. ¿Ves la pulsera de acero
de la mano con que sujetas la mía? -El ebrio trabajador
asintió con cara bobalicona y aprovechó para arrimar su
cadera todavía más a la de la muchacha.- Pues ahora te
enseñaré uno de los primeros trucos que aprendí.
Luego
de unos segundos de leve melódico siseo, el
minero, hasta entonces ocupado mirándole el casi
inexistente escote e intentando rozarse con la mucha-
cha, notó un calor que nada tenía que ver con la ingesta
de bebidas espirituosas o la cercanía de la joven. Mo-
mentos después, se veía a sí mismo corriendo de un lado
a otro por todo el establecimiento, chillando como un
cerdo durante la matanza, mientras agitaba el brazo
sobre su cabeza a toda velocidad. Su plateada pulsera de
casado, que la muchacha había reconocido como tal,
estaba al rojo vivo.
Alertado
por el escándalo que estaban formando el
hombre y sus dos amigos, a quienes el episodio había
resultado hilarante y ahora reían con fuerza, el dueño
del local acudió, con aire nervioso; mirando hacia todas
partes. Sus ojos no tardaron en posarse sobre Áshelayd,
quien, nada más verlo, se había levantado y plantado
ante él, con la vara de Raya en las
manos.
-Handschmud
me envía a por cierta información.
-¡Shhht!
Calla, pequeña. -El nervioso hombre con la
voz de pito y rostro sudoroso, de estatura menuda y
cuerpo rubicundo, cara mal afeitada, calva brillante y
ropa ajada y sucia, la cogió del brazo con una mano
temblorosa y se la llevó de la zona de bebedores. Visi-
blemente más calmado y aparentando un alivio mayor
del que tendría por qué sentir, el posadero comenzó a
hablar.- Soy Ánid, de la casa de los Nid. En otros tiempos
mi familia fue noble pero de eso, ahora, ya tan solo nos
queda el nombre. Bien ¿Qué os trae a vos, y no a mi vie-
jo amigo, a este mi "humilde tugurio infernal de mala
muerte"?
-Por
lo visto, el maestro Handschmud tenía impor-
tantes asuntos que atender en el internado y no le ha
sido posible venir aquí como habíais convenido en un
principio.
El
posadero trastabilló hacia atrás, asiéndose con la
mugrienta mano a la mesa de su habitación, cerrando
los ojos con fuerza y comenzando a sudar de nuevo, con
aire preocupado.
-En...
¿En el internado...?
-Pues
sí. ¿Os ocurre algo?
-No,
doncella; nada en absoluto.
Evidentemente
decaído, el grasiento individuo indi-
có a la joven que lo siguiese a los establos.
Luego
de unos instantes de lento avance entre los
objetos apilados en el almacén, que debían cruzar para
llegar a su destino, la joven no pudo reprimir su gran
curiosidad durante más tiempo.
-¿Qué
es eso que sabéis acerca del hombre que
"comprende" la magia?
-Ah,
sí. -Ánid sonrió en la penumbra y se pasó la
mano por el áspero rostro- Os referís al "Guardián de los
Secretos" ¿Verdad? Se dice que, hace ya más de nove-
cientos años, antes o durante el comienzo de la primera
era de los reinos, quizás incluso cuando el propio Ean no
era más que un joven espadachín de cierto renombre y
el dios Jyulark reinaba todavía en el desierto blanco,
uno de los más poderosos hechiceros de la historia... el
padre de la hechicería clásica, en realidad, tuvo un hijo
que nació ciego.
Intentando
curarlo por todos los medios posibles,
llegó a profundizar en la esencia de la magia en un grado
mucho mayor de lo que jamás se había hecho (ni volvió
a hacerse) y, por lo visto, dio con su naturaleza real. Tan-
to la de la magia elemental como la espiritual; pasando
por la hechicería.
Para
sanar a su primogénito, que por aquel enton-
ces había cumplido ya la mayoría de edad, e incluso se
había casado, tuvo que recurrir a todo su poder y cono-
cimiento... pero, por desgracia, a pesar de la preparación
física, mental y espiritual a la que lo había sometido du-
rante los años anteriores, la energía requerida para el
hechizo, así como la potencia de éste, fueron demasiado
para los dos hombres.
Ambos
murieron a causa del intento y, lo que en
principio fue acto de amor, se tornó en una maldición
que se hizo patente al nacer el nieto del mago seis me-
ses después.
Desde
entonces, todos los descendientes de esta
estirpe maldita sufren las consecuencias del fallido in-
tento de cura.
-Interesante
historia pero, sin ánimo de ofenderos
¿En qué consiste esta maldición y cómo podría ayudar-
nos a mi maestro y a mí?
-En
principio, según dicha leyenda, estos descen-
dientes de estirpe maldita, instruidos en el arte o no,
poseen el mismo poder de "comprender la magia" que
alcanzó su antepasado. Esto es todo lo que yo sé acer-
ca del tema.
-¿Y
ya está? ¿Tanto lío para esto?
-No
exactamente, jovencita. Handschmud debería
ser quien estuviese aquí -Llegados al establo, Ánid Nid se
apretó los ojos con fuerza y reprimió un sollozo.- Y, en
caso de sobrevivir, le habría dicho que se dirigiese a la
gran biblioteca de Ordenayl, a la tercera planta, ala sud-
este, sección "C", a continuar con la investigación.
-En
caso de... ¿Qué?
-Lo
siento.
En
ese instante, la joven cayó al suelo, dolorida, no-
tando como la sangre comenzaba a resbalar por su bra-
zo.
-¿Qué
ocurre?
-¡No
es culpa mía, me obligaron!
De
entre las sombras, surgió un hombre completa-
mente cubierto de ropas negras, con un nuevo cuchillo
de lanzador en la mano.
-Has
hecho un buen trabajo, Ánid. Tu querida nieta
conservará la vida.
-¿Quién
eres?
Áshelayd
se arrastraba poco a poco por el suelo, in-
tentando acercarse a la vara; que se le había caído de
entre las manos al impactar la navaja voladora contra su
brazo.
-No
intentéis distraerme, niña. Bastante ofendido
estoy ya. ¡Quién se creerá que es ese Handschmud para
mandarte a ti, una cría, a cumplir con el trabajo de un
hombre...! En fin. De todos modos, a estas alturas ya
estará muerto, sea como fuere.
-¿Cómo?
¡Dime de qué estás hablando!
-¿Para
qué? si vais a morir, chiquilla...
Con
un movimiento seco, el encapuchado lanzó un
segundo cuchillo contra la joven.
Áshelayd
cerró los ojos. Pudo sentir cómo su san-
gre, caliente y espesa, le salpicaba en la cara luego de oír
cómo se le clavaba el cuchillo; así como el grito de júbilo
del asesino... Pero, ese grito, no había sido de júbilo.
Al
abrir los ojos, se encontró con que era el miste-
rioso asesino quien se encontraba tumbado en el suelo,
en posición fetal y, la navaja, no había acertado sino que
se había clavado en el suelo a un palmo escaso de ella.
Desde
el otro lado de la calle, un joven corría a toda
velocidad hacia ellos mientras cogía un nuevo cuchillo
del interior de la chaqueta roja de su kimono.
Áshelayd,
al ver a Yin, se sintió salvada y, abando-
nando toda precaución, se abalanzó contra el atacante
con intención de reducirlo. Pero éste, para desgracia de
la joven, en ese mismo momento, acababa de recoger el
cuchillo con que el Yajin'e había desviado la trayectoria
del suyo propio y, de paso, le había ocasionado un pro-
fundo corte en el antebrazo izquierdo.
-¡No
te muevas, chico, o la degüello!
Yin
se paró en seco, a apenas unos metros del esta-
blo. Ahora, su encrespada melena rojiza se veía sujeta
por una coleta que, junto con el flequillo que le tapaba
ligeramente los ojos semi-rasgados, le daba un aspecto
todavía más fiero y amenazador que antes.
-Así
no conseguiréis nada, maleante. Puedo acerta-
ros entre los ojos desde la otra punta del pueblo; solo
retrasáis vuestra agonía al obligarme a esperar a que os
distraigáis para atacar.
El
asesino a sueldo, leyendo la verdad de los claros
ojos del joven, no lo dudó más y, luego de lanzar a la
muchacha contra él, huyó trepando por la fachada.
-¿Estáis
bien, mi señora?
-Sí,
sí ¡Ve tras él!
-Si
le ocurre algo mientras no estoy, vuestra muerte
no será dulce, posadero.
Apenas
hubo proferido su amenaza, el Yajin'e saltó
al tejado con pasmosa agilidad y se perdió en la oscuri-
dad de la joven noche.
VIII - INTERROGANDO AL
ENEMIGO
-¡Inconsciente!
¿Por qué has mandado a ese mu-
chacho tras los pasos del asesino? ¿Acaso no has visto
los ropajes oscuros y su habilidad con una técnica de
asesinato silencioso como lo es el lanzamiento de cuchi-
llo? ¡Era un "mercenario"; un Yajin'e del cuerpo de élite
de los asesinos; enviado para acabar con Handschmud!
¡Aunque antes lo atacase por sorpresa, ese joven no
tendrá nada que hacer contra él...!
-Mucho
me temo que sois vos quien no conoce la
verdadera naturaleza de los Yajin'e. -A Áshelayd la pala-
bra "mercenario" le sonaba extrañamente despectiva
mientras que, el otro término, le inspiraba incluso ro-
manticismo.- Ese hombre que nos ha atacado era hábil
pero, al fin y al cabo, no se trataba más que de un ase-
sino cualquiera. Es él quien no tiene nada que hacer con-
tra Yin.
-¿Yin?
-Sí,
mi amigo; el chico del cabello rojo que ha salva-
do mi vida.
-Qué
extraño... Tu amigo lleva por nombre la pala-
bra arcana que, escribiéndose "jin", significaría "relám-
pago". Aunque también podría hacer referencia a Jhyn,
uno de los cuatro dioses de la energía de la mitología
occidental; del que derivó el término...
-Por
favor, no cambiéis de tema, que ya estoy bas-
tante fastidiada. ¿De qué va todo esto?
El
tímido individuo carraspeó y, sin atreverse a mi-
rarla a los ojos, comenzó a hablar.
-Veréis,
señorita... no conozco muchos detalles pe-
ro, por lo poco de lo que me he podido enterar, alguien
pretende descabezar al Alto Consejo.
-¡Pero
eso es absurdo! -Áshelayd no cabía en sí de
su asombro. El Alto Consejo estaba constituido por las
mentes más preeminentes del momento: Técnicos, cien-
tíficos, filósofos, ingenieros y, por descontado, hechice-
ros. Se trataba de un selecto grupo de gran trascenden-
cia política y social que, en la práctica, se hallaba por
encima de las leyes y fronteras y, en cierto modo, ser-
vían de guía hacia la paz y el progreso cuando los países
vecinos se enzarzaban en conflictos. Los mandatarios
eran elegidos indirectamente mediante un proceso de-
mocrático en que las diferentes órdenes menores y
gremios seleccionaban a sus respectivos Depositarios,
quienes designaban, entre los candidatos, a aquel que
ostentaría el cargo de Sabio Mayor durante los siguien-
tes diez años.- ¿Quién podría querer destruirlos... o,
simplemente, ser tan estúpido como para creer que
puedan ser vencidos?
-Pecáis
de ingenuidad, jovencita. Entiendo que,
desde vuestra posición, el Alto Consejo pueda parecer
un mecanismo perfecto e invencible pero, cuando los
años os den perspectiva, comprenderéis que ninguna
asociación carece de rencillas internas y otros diversos
puntos débiles. -La joven se sentía extrañamente cómo-
da con el hostelero a pesar de lo que había ocurrido ha-
cía tan solo unos instantes. Su forma de hablar le recor-
daba increíblemente a la del director del internado.-
...Sin Handschmud, que es reconocido oficialmente co-
mo el mago vivo más poderoso de toda la región de Ean
y, discutiblemente, del mundo, comenzarían los enfren-
tamientos entre los otros poderosos e influyentes he-
chiceros; que desembocarían en una serie de altercados,
que terminarían por incluir a otros sectores que apoya-
sen a uno u otro candidato. En cuestión de meses, toda
la región de Ean se vería fragmentada
en un sinfín de
"micro-países" en constante enfrentamiento...
-Esperad
un momento... -A Áshelayd había comen-
zado a dolerle la cabeza.- ¿Qué clase de sistema permite
algo así? Handschmud tiene ya más de cien años y, aun-
que me pese por el aprecio que le tengo, podría dejar-
nos en cualquier momento. Todos deben haberse prepa-
rado ya para...
Ánid
comenzó a reír estruendosamente; haciendo
bailar los irregulares pellejos de su papada, así como su
enorme panza, debido a las contracciones espasmódicas
de su pecho.
-Cierto,
lo olvidaba; sois muy joven para recordarlo
y, probablemente, no os afectó si vivíais alejada de la
civilización en aquel momento... -El desaliñado hostelero
cruzó una comprensiva mirada con la joven y, bajando el
tono, comenzó a explicarse.- La teoría que os acabo de
exponer no es tal; sino un hecho. Hace doce años, a la
muerte de la reina Raya; por aquel entonces Sabia Ma-
yor, a pesar de su estatus aristocrático, ocurrió algo te-
rrible. La codicia del que entonces fuera considerado
como el más poderoso hechicero, Valdemaíd, lo impulsó
a pretender hacerse con el cargo de Gran Sabio por la
fuerza y, a causa de ello, dio comienzo a una terrible
guerra que, en sus escasos siete años de duración, pro-
vocó algunos de los sucesos más sorprendentes de nues-
tra era: La alianza entre los Trolls y humanos, el auge de
la iglesia Cadrelicia, el acuerdo entre Indo y magos, la
caída de la dinastía Vanyner a manos de
dos únicos
guerreros... -Áshelayd carraspeó, con la intención de
indicarle a su interlocutor que retomase la historia.-
Como iba diciendo, la caída de los Vanyner
dejó sin
mando a gran parte de la infantería a favor de Valde-
maíd; pero éste seguía contando con un importante sé-
quito de magos bajo sus órdenes. Este grupo recibió el
nombre de "Los siete Yanos'a"...
-Eso
vendría a significar algo así como... -La mucha-
cha dudó unos instantes.- ...¿Los siete espíritus defenso-
res del diablo?
-Casi.
Yanos'a se traduciría a nuestro idioma como
"sacerdote del diablo". -La joven asintió; sorprendida
ante el hecho de que la combinación entre las palabras
"'a/defensor" y "Ya/espíritu" formasen
"sacerdote" en la
antigua lengua arcana creada por los elfos.- ...Lo poco
que quedaba del país de Raya invirtió sus fondos restan-
tes en la contratación del más selecto grupo de asesinos
que se podían comprar y, gracias a ello, todos los Ya-
nos'a fueron derrotados uno tras otro a manos de aque-
llos que se autodenominan los "Oscuros".
Valdemaíd,
acosado por las tropas enemigas, luego
de ver caer al último de sus hombres de confianza, tomó
la decisión de abandonar su fortaleza en la sitiada Orde-
nayl y atacar directamente a la ciudad
de Endia, capital
del país de Raya; donde se encontraban los dirigentes de
los ejércitos fieles al antiguo régimen.
Jamás
en toda la historia conocida se ha dado una
situación parecida, en la que Endia haya estado tan cer-
ca de ser tomada por las tropas enemigas. Afortunada-
mente, alguien logró detener al malvado hechicero. La
persona que lo hizo no se trataba más que de un humil-
de
viajero errante que, en su larga vida, había sufrido y
librado más batallas de las que el malvado atacante hu-
biese podido llegar a soñar.
Handschmud
Zetz, "el valiente", logró derrotar a
Valdemaíd en un épico combate que duró seis días y
siete noches.
Luego
de esto, todos los bandos decidieron crear
una débil relación de alianza basada en una política de
"no represalias" en que todos los territorios y presos
políticos fueron devueltos. Las elecciones a Gran Sabio
revelaron a Handschmud con un histórico ciento por
cien de los votos a su favor y, durante los siguientes tres
años, éste se dedicó en cuerpo y alma a recomponer los
deshilachados jirones de nuestra civilización, al mismo
tiempo que se iba interesando cada vez más por un
hermoso castillo dedicado a la enseñanza de magia cer-
ca del bosque de Seisríos; que restauró ayudado por un
arquitecto amigo suyo. En cuanto la situación se estabili-
zó, dimitió; realizando su cuarta acción histórica al con-
vertirse en el Gran Sabio que menos tiempo había osten-
tado el cargo...
-Y
entonces fue cuando se convirtió en director del
internado.
-Exacto.
El viejo Handschmud nunca ha sido muy
dado a...
Súbitamente,
un golpe seco alertó a la pareja. A sus
pies, un muchacho se revolvía, gimiendo, sin atreverse
del todo a tocar su pierna izquierda; que permanecía
doblada por la rodilla en un ángulo antinatural.
Apenas
unos segundos después, Yin apareció tras
ellos dejando, como única evidencia de su caída, una
leve onda de polvo, desprendida del árido suelo de la
calle, bajo sus pies.
-Lamento
haber tardado tanto, mi señora, pero no
quería arriesgarme a matarlo y es difícil atrapar vivo a
alguien de sus características... parece conocer muy bien
la distribución de los tejados del pueblo.
El
joven Yajin'e comenzó a avanzar hacia el encapu-
chado que, al verlo, comenzó a revolverse y a gritar de-
sesperado.
-¡Que
no se acerque, por favor! ¡Es un monstruo!
¡Un diablo! ¡SOCOROOOO! ¡A MI LA GUARDIAAA...!
Yin,
tranquilo y pausado, colocó su pie sobre la
pierna rota del asesino y le lanzó una despiadada mira-
da.
-¿Que
pretendíais atacando a mi señora?
El
enmascarado, viendo cómo se encendían las lu-
ces en las ventanas y algunos vecinos curiosos salían de
sus casas, se sintió envalentonado y, quitándose la tela
de la cara, mostró su joven rostro.
-¡No
te diré nada, hijo de perrahAAAAAAAAH!
El muchacho,
que no se había visto afectado ante la
juventud del asesino o la presencia de los vecinos, relajó
la presión de su pie para volver a preguntar.
-¿Por
qué habéis atacado a mi señora?
-Po...
por favor... a mí la guard... ¡AAAAAHH!
Yin,
luego de reducir de nuevo la fuerza con que
había comprimido la herida del asesino frustrado, se
dirigió a las confusas gentes de Árdell con una voz tan
potente como serena.
-Este
muchacho que aquí veis ha cometido un terri-
ble delito. Solo mi intervención ha podido evitar un ho-
micidio esta noche y, apelando a los derechos de defen-
sa del honor que las leyes del País de Raya
me otorgan,
solicito a las autoridades que me permitan hallar la ra-
zón de dicho intento de asesinato por los medios que yo
considere convenientes; tomando la deuda como salda-
da una vez cumplido mi propósito.
Un
hombre rudo, acompañado de un joven que re-
sollaba mientras cargaba con un gran espadón y un pe-
sado escudo, apareció de pronto entre la multitud y se
detuvo ante Yin.
Lo
miró durante unos instantes, como intentando
recordar si lo había visto antes; pero no tardó en negar
con la cabeza al concluir que no era así.
-Cierto
es, forastero, que la defensa del honor es un
derecho que os permite detener y castigar, siempre que
sea con buen criterio, acorde con el delito, al criminal.
Pero yo, el Capitán Hal Gard, alcalde de este pueblo, os
pregunto ¿Fue a vos a quien atacó este muchacho? Ha-
bláis de "evitar un homicidio"; pero no habéis especifi-
cado.
-Ca...
capitán... ayudadme...
-¡Silencio,
Jolhann! Bastante decepcionado estoy ya
contigo.
-Pe...
pero, señor... yo... Era tanto dinero; y mi fami-
lia... llevamos días sin comer...
-Siempre
hubo trabajo para ti en el pueblo, Jolhann.
No tienes derecho a apelar compasión en ese sentido. A
pesar de ello, os vuelvo a preguntar, viajero ¿Fue a vos a
quién este muchacho atacó?
-No,
capitán; pero como si lo fuera.
-Explicaos.
-Yo
soy el guardaespaldas de la doncella Áshelayd;
víctima del altercado.
-Eso
no os da derecho a cobraros una deuda de
honor. Pelear por trabajo lo hacen los mercenarios y, si
además el ataque es contra un muchacho de un humilde
pueblo en tiempos de paz, he de ser tajante... Según la
ley, debería ser vuestro cliente quien luchase contra el
joven.
-Mi
cometido está lejos de poder ser considerado
un trabajo, capitán. La razón de que yo proteja a mi se-
ñora no es económica sino que se trata de una conexión
mucho más profunda -Áshelayd notó cómo un ligero
rubor acudía a sus mejillas; aunque sabía que la frase no
iba a terminar de la forma en que los presentes espera-
ban.- Tengo una deuda de honor con ella, ya que salvó
mi vida. Siendo que mi vida le pertenece ahora, su honor
es el mío y, si su persona es deshonrada, mía es la res-
ponsabilidad de solucionar el asunto.
El
capitán miró hacia Áshelayd; quien se puso rígida
al instante, ante la intensa mirada de sus brillantes ojos
zarcos.
-¿Es
eso cierto, doncella?
-S...
sí, señor.
-Y
tú, Jolhann ¿Tienes algo más que añadir en tu de-
fensa?
-Yo...
señor, por favor, no volveré a...
-Lo
lamento en el alma, Jolhann... Pero debiste ha-
berlo pensado bien antes de cometer este crimen. Os
recuerdo, forasteros, que el castigo debe ser acorde con
el delito y éste ha sido tan solo una tentativa; así que no
debéis matarlo o lisiarlo de por vida. -Hal Gard dirigió
una mirada de preocupación hacia la amoratada rodilla
del joven; que podía verse a través de la tela desgarra-
da.- ¡Vamos, todo el mundo a sus casas; aquí no se os
ha perdido nada!
Una
vez se hubieron ido el capitán y los demás habi-
tantes del pueblo, Jolhann comenzó a sollozar, suplican-
do.
-Cállate
ya, mocoso. -Yin se agachó, agarró por el
pelo al joven criminal, que no debía pasar de los trece
años, y lo obligó a mirarlo fijamente a los ojos.- Si no me
dices quién te contrató para matar a mi señora y por qué
lo hizo, te llevaré hasta donde está tu familia y los mata-
ré a todos, uno por uno. A los niños los dejaré de últimos
para que vean perecer a los demás y, cuando haya aca-
bado con todos, iré cortándote en pedacitos poco a po-
co hasta que, al final, al no quedarte ya extremidades, te
abriré el pecho y sacaré el corazón con el cuidado nece-
sario como para que vivas lo suficiente para ver cómo
me lo como.
Las
amenazas de Yin, a pesar de haber funcionado,
habían surtido un efecto exagerado. Áshelayd luchaba
por mantener el contenido de su estómago en su lugar
mientras que, Ánid, yacía inconsciente en el suelo.
-Me...
me pagó un encapuchado. No sé quien era...
-Está
bien. Mi señora, por favor, sostenedlo mien-
tras voy a preguntar dónde vive la familia de este...
-¡No!
¡Os lo juro; solo sé que ese tipo tenía una voz
desquiciada y no dejaba de moverse; como si tuviese tics
nerviosos...!
-Continúa;
quizás no haga falta llegar a tanto como
yo pensaba.
Visiblemente
emocionado ante la posibilidad de li-
brarse del horrible castigo que, de todas formas, jamás
habría llegado a recibir, el muchacho continuó expli-
cando:
-Llevaba
un gran paquete alargado, de algo más que
metro y sesenta y cinco centímetros de largo, y sus sal-
tones ojos vidriosos, de un pálido azul fantasmal y pupi-
las contraídas, resaltaban sobre la oscuridad... Dijo que
debía atacar a una organización "impura", regida por un
malvado anciano llamado Handschmud, y que yo debía
acabar con él para que su poderoso ejército lograse to-
mar la fortaleza mientras tanto...
-¡No!
-Áshelayd estaba horrorizada.- Yin, tenemos
que volver al internado. Si el ataque debía ser contra
Handschmud y "su organización" de forma simultánea,
ahora mismo...
El
muchacho asintió. Lo más probable era que, en
esos instantes, se estuviese llevando a cabo una terrible
lucha al otro lado de Seisríos.
IX
- RÁPIDA TRAVESÍA POR
SEISRÍOS
El
crepitar de los cascos de los caballos contra el
suelo, junto a los desbocados latidos de su corazón, im-
pedía a Áshelayd pensar con claridad. No podía creer
que algo tan terrible pudiese ocurrir en realidad y, a pe-
sar de la presencia de Handschmud en el internado, se
sentía extrañamente intranquila.
Yin
avanzaba unos metros por delante de ella,
abriendo camino, ya que su experiencia a caballo parecía
ser mucho mayor que la de Áshelayd; la cual solo había
tomado las riendas en las clases de equitación de la es-
cuela y, por lo tanto, jamás había cabalgado por un bos-
que a tal velocidad.
Las
dos magníficas bestias, dignas de un noble de la
más alta alcurnia, habían sido cedidas por Ánid; quien se
había negado a revelarles su procedencia, luego de curar
el brazo de la joven hechicera y de que Yin lograse son-
sacarle al muchacho del pueblo la ubicación de la nieta
del hostelero. Al Yajin'e no le costó mucho echar la
puerta abajo y someter al robusto cómplice del joven;
quien describió de forma similar, aunque mucho menos
elocuente, al hombre que los había contratado.
De
todas formas, aunque estuviesen robándoles
los caballos al mismo rey y su séquito (quienes, por otra
parte, jamás se hubiesen hospedado en aquel tugurio de
mala muerte), Áshelayd sentía que debía hacerlo si con
ello aumentaban las posibilidades de ayudar a sus com-
pañeros
-¿Qué
ocurre ahora? -Yin se había parado en seco
y, extendiendo el brazo izquierdo con la palma abierta y
los dedos juntos, había indicado a la muchacha que hi-
ciese lo propio.- Por favor, Yin, tenemos que...
-¡Callad! -Susurró el joven.- No podemos seguir
avanzando por aquí.
-¿Por
qué no? -Respondió la muchacha en el mismo
tono de voz.- ¿Acaso no hemos dado este tremendo
rodeo para evitar a la...?
En
ese momento, un ligero sonido de fricción inun-
dó el ambiente. El olor a carne quemada dominaba a
cualquier otro que pudiese flotar en el aire, lo que, uni-
do a las trazas de humo, hizo salir a cuanto animal había
de su madriguera. A unos sesenta metros, semioculta
por el follaje, una alargada silueta se desplazaba con
lentitud, reptando, mientras desprendía numerosas hile-
ras de humo; pretendiendo mantener de forma constan-
te su agitada respiración.
Por
fortuna, el hollín había entumecido el prodigio-
so sentido del olfato de la gigantesca serpiente, así como
los sensores térmicos de su hocico; por lo que continuó
alejándose poco a poco hasta que se perdieron de vista
los últimos jirones de la abrasada piel de su cola.
Áshelayd
había contenido la respiración durante
casi todo aquel intervalo de tiempo, no tanto a causa del
mal olor sino por el miedo. Sin embargo, al relajarse una
vez se hubo ido el monstruo, se sintió realmente agota-
da. Llevaba ya mucho sin dormir del tirón y, durante
todo lo que quedaba de noche, no le esperaba más que
una interminable cabalgata a través del bosque... pero
era un sacrificio necesario. Con la idea de cumplir su
misión, retomó el camino, luego de lo cual, Yin volvió a
ponerse en cabeza y continuó su carrera, esta vez en
línea recta, hacia su destino. El monstruo jamás llegaría
a saberlo pero, en su marcha a través del bosque, había
apartado la mayor parte de los obstáculos que entorpe-
cían el viaje de los muchachos, quienes, gracias a ello,
lograrían llegar al internado al amanecer con toda segu-
ridad.
La ascendente
columna de humo y hollín se hizo
visible mucho antes de llegar al gigantesco castillo. Áshe-
layd sintió cómo se desvanecían sus últimas esperanzas.
Había llegado tarde. No había nada que pudiese hacer ya
por ayudar.
Yin,
perspicaz, deceleró para ponerse a la misma al-
tura que ella.
-Se
en lo que estáis pensando, mi señora... -
Áshelayd regresó a la realidad al oír la voz de su acom-
pañante.- "Donde hay humo, hay fuego", pero no nece-
sariamente ha de haber muerte o derrota. Esperad a
haber llegado para preocuparos.
-Sí...
Tenéis razón.
Algo
más animada, la joven espoleó al caballo para
aumentar la velocidad. Finalmente, el muchacho deseó
no haber abierto la boca.
De
lo que había sido un icono en la arquitectura
del país, así como centro a la vanguardia de estudios
sobre la hechicería, apenas quedaban algunos muros
derruidos junto a los escombros.
Áshelayd,
sintiendo que su alma había quedado tan
destrozada como el edificio, bajó torpemente del caballo
y comenzó a llorar.
Yin,
por su parte, no daba crédito. Todo un castillo,
de semejante tamaño, hecho añicos... ¿Qué clase de
poder permitía hacer algo así? Aún con ello, la magnitud
del ataque jamás habría podido ser lo suficientemente
grande como para acabar con todo el grupo de magos
expertos que eran los profesores de aquel internado.
Menos todavía como para vencer al mismo tiempo a
Handschmud Zetz sin darle a éste la oportunidad de de-
fenderse; en cuyo caso, las señales serían evidentes: Una
buena pila de cadáveres enemigos.
En
ese instante, una luz pareció parpadear en los
ojos del muchacho; al percatarse éste de una posibili-
dad.
-Quizás...
Mientras
la estudiante de hechicería continuaba llo-
rando, el guardaespaldas comenzó a rebuscar entre los
restos de la estructura destruida.
Unos
veinte minutos después, el joven comprendió
que su teoría era correcta.
De
un monumental salto, que amortiguó con una
voltereta al llegar al suelo, el Yajin'e se plantó ante
Áshelayd quien, todavía desconsolada, apenas se perca-
tó de su presencia.
-¿Qué
quieres...?
-Animaos,
mi señora. He estado buscando supervi-
vientes, pero no he encontrado ninguno...
La
muchacha arrancó a llorar de nuevo; con mayor
desconsuelo en esta ocasión.
-¡Muchas
gracias! ¡Ahora ya me siento mucho me-
jor, imbécil...!
-...No,
no. No me habéis dejado terminar. Lo que os
quería decir es que tampoco he encontrado cadáveres.
No queda ningún resto humano aquí.
El
rostro de Áshelayd pareció iluminarse de pronto.
-Entonces...
¡Están vivos!
-Bueno...
eso no es del todo...
-¡Están vivos! -La muchacha se abalanzó sobre el
cuello del joven y lo abrazó con todas sus fuerzas.- ¡Se-
guro que han logrado escapar! ¡Gracias, Yin!
A
pesar de la reacción de la joven, el muchacho no
las tenía todas consigo. Era cierto que no había encon-
trado ningún cadáver o señal de haber habido alguno
por los alrededores; pero eso, precisamente, era lo que
no encajaba. ¿Desde cuándo una batalla de tal magnitud
podía decidirse sin cobrarse ni una sola vida en ninguno
de los bandos? No. No solo no había víctimas mortales;
tampoco había logrado encontrar señales de que nadie
hubiese luchado o resultado herido. Aunque, por otra
parte, el ruinoso estado carbonizado del edificio tampo-
co ofrecía una superficie adecuada para realizar sus pes-
quisas de rastreador.
En
cualquier caso, la idea de que, una vez procla-
mados vencedores, los sitiados se llevasen los cadáveres
de los enemigos, era casi tan ridícula como pensar que,
una vez vencidos los sitiados, los atacantes se llevasen
sus restos consigo.
No
existía ninguna razón para llevarse los cuerpos...
incluso si el ataque hubiese tenido algo que ver con el
cobro de alguna recompensa, lo cual no encajaría con lo
que sabían hasta el momento, habría bastado con llevar-
se únicamente la cabeza del sujeto en cuestión o cual-
quier otra prenda requerida por el contratante. De todas
formas, en ninguna situación que se le ocurriese sería
necesario llevarse los cuerpos de los alumnos...
Definitivamente,
solo había una posibilidad: "Se los
han llevado como prisioneros".
-Mi
señora, creo que deberíamos dirigirnos a En-
dia, la capital.
-Pero
lo más seguro es que los heridos se hayan en-
caminado al pueblo más cercano; el de Árdell. Seguro
que lo rodearon por el lado contrario al nuestro y, por
eso, no nos los encontramos por el camino.
Yin
sabía que los secuestradores jamás se dirigirían
hacia un bosque habitado por un monstruo escupefuego
y, por si esto fuese poco, había descartado ya (y con
buenas razones) que el lugar de destino de los atacantes
pudiese ser la zona norte de la región.
Desde
el reparto de tierras, las gentes del Desierto
Blanco, en el nordeste, se habían aislado del país de
Raya y sus múltiples enfrentamientos
por el agua los
tenían verdaderamente ocupados. La otra posibilidad
relacionada con la zona superior de la península era que
la procedencia del enemigo fuese el noroeste; el archi-
piélago Hane (Yin se estremeció al pensar en ello) pero,
aunque éste fuera el caso, no se habrían llevado a la
comitiva a los puentes de Hasslyn; sino que los habrían
guiado al lugar en que estuviesen aquellos que habían
contratado sus servicios.
Lo
más probable era que este lugar fuese Endia, la
ciudad más grande y bulliciosa del país; donde, como él
bien sabía, este tipo de encargos prosperaban.
No
le quedaba otra. Debía convencer a la muchacha
de que lo mejor era dirigirse al suroeste.
-Quizás
la lucha los obligó a huir. No sabemos qué
pasó con exactitud pero, de ser así, se habrían puesto de
camino hacia la capital; donde hay mayor seguridad. La
prioridad habrá sido la protección de los alumnos.
Aunque
no parecía del todo convencida, Áshelayd
decidió confiar en su compañero, que hasta ahora no le
había fallado, y montó de nuevo en su agotado corcel.
Una vez más, los dos jóvenes corrieron por la foresta
mientras una leve duda comenzaba a rondar la mente
de Yin. ¿Realmente había tomado su decisión llevado
por la lógica o, quizás, por el miedo?
La
capital del País de Raya, Endia, situada en el
suroeste del país, era punto de convergencia de todas
las rutas marinas que pasaban por el extremo norte del
continente; donde se encontraba la gran península que
era la región de Ean; llamada por muchos
"la cabeza de
caballo", debido a la curiosa forma que su relieve dibu-
jaba en la intersección del Océano Piral con el Inedal.
Edificada
sobre tierra fértil, rodeada de puros
manantiales y protegida por las murallas élficas que la
habían resguardado de múltiples ataques, según conta-
ban las leyendas, desde antes de los albores mismos de
la humanidad, la ciudad resultaba por completo autosu-
ficiente aún sin contar con su proximidad al inagotable
Océano Piral, quien, con sus maravillas y alimento, nu-
tría vientres y bolsillos de los habitantes; entre los que
se contaban numerosos comerciantes que enviaban y
recibían sus mercancías por las vías marítimas.
Ajeno
al bullicioso ambiente del exterior de una
de las opulentas sedes de la iglesia Cadrelicia, un hom-
bre anciano y encorvado, cuyo rostro se veía cubierto
por la capucha de un hábito de esparto, renqueaba
ayudado por otro sujeto vestido de forma similar, de
aspecto joven y enclenque este último; quien llevaba,
bajo el otro brazo, un paquete alargado que daba toda
la impresión de contener algo muy pesado en su inte-
rior.
-Hadí...
-La voz del anciano, cascada, cansada y
hueca, parecía rasgar el aire a medida que se propagaba
por las altas bóvedas del lugar, en forma de eco.- ...ya
muy pronto lograremos cumplir con nuestro cometi-
do... -El anciano se paró unos instantes a recobrar el
aliento y continuó su inestable marcha.- Con la "reliquia
sagrada", símbolo de la iglesia, en nuestro poder, tu
comunión con Dios será ya completa y mis... "nuestros"
planes para tu futuro estarán más cerca de cumplirse
que nunca...
-Gracias,
Gran Sacerdote... -De la boca del joven
surgía una dulce voz, casi angelical y cantarina que, por
otra parte, parecía poseer un deje de absoluto desqui-
ciamiento y fanatismo.- Pero yo todavía no soy digno
de...
-¡Tonterías! -El Gran Sacerdote comenzó a toser se-
camente debido al esfuerzo que su débil garganta había
sufrido al gritar.- tú, Hadí Belforell, fuiste seleccionado
por Dios entre todos aquellos niños... Eres el elegido; el
que heredó la fuerza de su primer enviado a nuestro
mundo. Su poder es el tuyo, por lo tanto ahora deberás
demostrar tu condición de nuevo Mesías ante el resto
de altos cargos de la congregación... -El anciano cogió el
largo paquete y, apoyándolo en el suelo para evitar que
el peso lo desequilibrase, lo abrió.- ...Y, para ello, debe-
rás pasar la prueba del "Guerrero Santo".
Del
interior del paquete, cayó una alargada silueta,
perfectamente reconocible, envuelta en una delicada
tela de inmaculada seda blanca.
Hadí,
sin esfuerzo, agarró el objeto antes de que
éste impactase contra el suelo y lo observó entre sus
manos con el mismo cuidado que habría tenido de ha-
ber estado sosteniendo a un bebé recién nacido.
Incapaz
de resistir la tentación, luego de percatarse
de la emocionada mirada de su maestro y mentor, el
joven tiró de una de las cintas que mantenían la tela
plegada sobre el objeto; que se hizo visible al momento.
La
larga y blanca empuñadura envuelta en cinta de
"cabello de elfa", la cual encajaba a la perfección entre
los largos y huesudos dedos de sus fuertes manos, ter-
minaba en un contundente pomo, con un rubí engarza-
do en un lado y un zafiro al otro. Una extraña guarda
dorada, adornada en el centro por el símbolo de la igle-
sia Cadrelicia (un trapecio dividido en dos triángulos a
los lados y otro abajo, apuntando hacia arriba, sobre el
que se encontraba un rombo alargado), protegido bajo
una lámina de cristal diamantino, se prolongaba a los
dos lados de la espada de forma similar a las alas de un
pájaro; resultando el canto interior un filo cortante. De
ella surgía una hoja gruesa y contundente que, con su
aproximadamente metro y medio de largo, iba disminu-
yendo progresivamente de anchura hasta formar un
amenazante aguijón.
Hadí
la blandió, lentamente al principio; con fuerza
al final. El delicado filo silbaba al cortar el aire, que pa-
recía ondular a su alrededor; mientras que el peso de la
hoja lo dotaba de una fuerza asesina. Estas característi-
cas por sí solas ya convertían a la espada en el arma más
magnífica que el joven hubiese contemplado en su vida;
pero había más: La curiosa distribución del peso del
pomo, guarda y hoja creaban una inestabilidad en el
equilibrio de la espada que permitía cambiar brusca-
mente de dirección o táctica en medio de un tajo, con-
servando tanto la fuerza como la velocidad iniciales al
hacerlo, con tan solo modificar ligeramente el ángulo en
que se sujetaba la empuñadura.
-Es...
es magnífica. Tan solo un genio podría haber
creado algo así...
-Es
la espada de Cadrael, la mano derecha de Dios y
fundador de la única iglesia verdadera... Es el producto
de la inspiración que Dios imbuyó en la mente de los
más habilidosos herreros de la era... quienes, conve-
nientemente, se llevaron el secreto de su perfección a la
tumba. Es la última arma en que se aplicó el proceso de
refinado de aquel metal legendario...
El
muchacho, embelesado ante el fantástico brillo
casi espejado de la espada, vio resueltas todas sus du-
das.
-Gran
Sacerdote... Estoy preparado para la prueba.
Los
rasgos del anciano parecieron dulcificarse du-
rante unos instantes. Su voz resonó algo más ronca de
lo habitual y, sus amarillentos ojos, brillaban también
más que de costumbre.
-Desde
el día en que te salvé de aquellos diablos
supe que me harías sentir orgulloso, Hadí... llamado de
apellido Belforell, aún sin ser noble, por ser éste el
nombre de la mano izquierda de Dios; a quien sin duda
representas tú en la tierra del mismo modo en que lo
hizo Cadrael con su diestra... Muchos años ha, luchando
en la "Guerra de los once años", un desafortunado gol-
pe me privó de la capacidad de engendrar hijos pro-
pios... pero Dios, en su sabiduría, supo recompensar el
sacrificio de mi hombría con un hijo del que me habría
de sentir tremendamente agradecido... ¡Luce bien esa
marca infligida por los descreídos, hijo mío! ¡Luce bien
el símbolo de su ciencia ignorante; tan orgulloso de él
como yo lo estoy de ti pues, sin saberlo, esos diablos
disfrazados de hombres te dotaron del número sagra-
do; el que te muestra como indiscutible elegido!
-Gracias,
padre, por todo lo que habéis hecho... Ha-
ré que os sintáis más feliz de haberme adoptado que
nunca; y luciré el "santo seis" con la cabeza bien alta;
nunca más con vergüenza.
-Bien
Dicho, Hadí... Ahora retírate a tus aposentos a
descansar. Come sin excesos, bebe solo agua y no pien-
ses hoy en mujeres. Debes estar en plena forma para la
prueba de esta noche.
Hadí
Belforell, sentado sobre un taburete, man-
tenía su mirada fija en la magnífica espada, que perma-
necía apoyada contra la pared, ignorando el frío de la
grasa y la sensualidad con que las manos de las sirvien-
tas se la untaban por brazos, piernas y torso.
Vistiendo
un simple calzón blanco, los tensos
músculos del flaco guerrero, que aparentaba, debido a
su delgadez, ser varios años menor de lo que realmente
era, relucían a la luz de las antorchas; dotándolo de un
aspecto amenazador en el claroscuro que desdibujaba
sus contornos. Las voces de los guerreros que coreaban
fuera de la estancia e, incluso, al otro lado de los grue-
sos muros, turbaban al joven. Pero nada de eso impor-
taba. Esa noche debía concentrarse tan solo en cumplir
con lo que su padre adoptivo esperaba de él.
Una
vez las muchachas hubieron terminado con su
trabajo, lo levantaron y guiaron, entre risitas, ante un
espejo.
El
propio Hadí se sorprendió. Su figura, que aunaba
una apariencia de muchacho enclenque con la de un
hombre musculoso, resultaba, en su contraste, aterra-
dora. Los saltones ojos de color azul celeste del joven
guerrero poseían la cualidad de causar desagrado a to-
dos aquellos que los contemplasen; ya que solía mante-
ner un párpado algo más caído que el otro, dándole el
aspecto de un trastornado, y parecían siempre algo sali-
dos de sus órbitas. Sus finos labios permanecían cons-
tantemente en una mueca impasible, tensos; pero nun-
ca debido a la rabia o al miedo. El pelo azabache lo lle-
vaba corto y de punta. Algunos finos mechones rebel-
des, algo más largos, caían sobre su frente mientras
que, la nuca, se veía adornada por una fina trenza, de
unos veinticinco centímetros de largo, que caía sobre su
hombro izquierdo.
Ninguna
de estas características intrigaría tanto a
los presentes como el sobrio tatuaje negro que el joven
llevaba en el pectoral izquierdo: "6"; sobre el que tantos
rumores corrían, a cual, más disparatado.
El
griterío había aumentado. Era el momento de sa-
lir al campo de batalla y convertirse en el nuevo símbolo
que la iglesia Cadrelicia tanto necesitaba en una era de
"falsa paz" como la que se estaba viviendo en aquellos
momentos.
Hadí
Belforell se ató una cinta blanca a la frente,
besó apasionadamente en los labios a cada una de las
cinco jóvenes sirvientas y, luego de coger la espada con
fuerza, salió a la iluminada estancia contigua.
-Sostenéis,
pues, Gran Sacerdote, que vuestro pro-
tegido, Hadí Bel... -El portavoz del consejo mal disimuló
una mueca al leer el nombre del joven.- ...Hadí Belforell,
está capacitado para pasar la prueba y convertirse en
uno de los "Guerreros Santos" ¿No es así?
-No
solo lo sostengo; sino que sé que, una vez fina-
lizada, la prueba lo revelará como el mayor "Guerrero
Santo" habido desde el mismísimo Cadrael.
El
griterío del público aumentó de forma conside-
rable al oír las atrevidas palabras del anciano.
-No...
¡A pesar de vuestra posición, no consentire-
mos este tipo de blasf...!
-¡No
es blasfemia predicar con la verdad!
-Pues,
ya que la fe se reserva a Dios, que se nos
demuestre esta "verdad".
-¿Acaso
no está para ello esta prueba...?
En
ese instante, el joven emergió de la penumbra
en que se encontraba la habitación de preparación y
sustituyó al anciano en el puesto de honor ante el con-
sejo.
-¿Cu...
cuál es vuestro nombre, joven adepto? -
Comenzó a preguntar el portavoz, dando comienzo así
con el ritual; sorprendido ante la escuálida figura del
interesado.- Por favor, contestad a las preguntas con
brevedad y de forma clara.
-Hadí
Belforell.
-¿Vuestra
edad?
-Veinte
años.
-¿Habéis
incumplido desde vuestra entrada en la
iglesia, o pensáis incumplir, los sagrados preceptos de
ésta, la única fe verdadera?
-No.
-De
ser aceptado ¿Protegeréis a la fe verdadera,
aún con vuestra vida, y la predicaréis por el mundo en
vuestros viajes, acabando con aquellos, en apariencia
hostiles o no, que la amenacen?
-Sí.
-¿Por
qué deseáis el cargo de "Guerrero Santo"?
-Para
ayudar a mi iglesia en estos momentos acia-
gos en que el inculto pueblo olvida la virtud del sacrifi-
cio y se abandona a la plácida existencia que los astutos
diablos, disfrazados de hombres sabios, de magia y de
ciencia, les ofrecen.
La
respuesta había sido mucho mejor de lo que el
consejo esperaba. Sin duda, el muchacho había sido
bien instruido por el Gran Sacerdote Lahyrún.
-¿Aceptáis,
entonces, las responsabilidades que
acarrean esta prueba tanto si es superada como si no?
-Sí.
Las acepto.
-Bien.
De no ser superada, deberéis peregrinar a
tierra santa y recluiros por cinco años de meditación y
entrenamiento condicionados por el inicio de algún con-
flicto en que se os precise. -El alto consejo al completo
se alzó del elevado banco presidencial. Alzando las ma-
nos, el grupo de insignes miembros de la iglesia procla-
mó.- ¡Que comience la prueba! -Del gran portón de ma-
dera aparecieron, uno tras otro, cinco fornidos guerre-
ros, vestidos de la misma guisa que el joven, armados
con espadas, hachas, lanzas y mazas.- Deberéis luchar
contra los cinco "Guerreros Santos" que a nuestra con-
gregación protegen hasta ahora. Por supuesto, no espe-
ramos que venzáis; pero en función de vuestra actua-
ción os declararemos apto o no. -El portavoz se sentó
luciendo una socarrona sonrisa y añadió.- Deberéis lle-
var cuidado ya que en este combate, al igual que en una
batalla real, todo está permitido y podríais perder algu-
na extremidad o, incluso, la vida.
Las
cinco moles comenzaron a rodear a Hadí quien,
impasible, no se movió ni un ápice.
Algo
nervioso a causa del apático comportamiento
del muchacho, a modo de tanteo, uno de ellos decidió
atacarlo con la maza. Sin mirarlo siquiera, el joven detu-
vo la bola de hierro templado con la mano izquierda y,
en un rápido movimiento de espada, realizó un profun-
do corte en el brazo de su adversario.
El
guerrero cayó al suelo, gimiendo y agarrándose
la sangrante herida, mientras Hadí contemplaba, embe-
lesado, el brillante filo argénteo de su arma. Estaba tan
afilada que ni siquiera se había manchado con la sangre.
Tal le había parecido que, el propio aire que la rodeaba
durante el mandoble, hubiese sido quien había realiza-
do el daño.
Tras
unos instantes de incredulidad, los otros cua-
tro "Guerreros Santos" se abalanzaron sobre él. El mu-
chacho parecía volar entre los musculosos cuerpos de
los guerreros. Cada vez que era atacado, esquivaba a su
adversario, lo hería y escapaba de nuevo.
El
enorme peso de la espada, lejos de resultar un
problema, permitía al joven aplicar más del doble de su
fuerza habitual (que no era poca) en casi todo tipo de
técnicas. Podía, incluso, lanzar un golpe hacia abajo y,
una vez destruida el arma de su adversario, mover lige-
ramente la muñeca para redirigir la hoja hacia el vien-
tre, piernas, brazos, cabeza o cualquier otra parte del
cuerpo de cualquier otro enemigo que se estuviese
acercando sin que el movimiento perdiese fluidez ni,
por lo tanto, velocidad o fuerza.
Una
vez se hubo habituado al uso de la espada, Ha-
dí no parecía ya humano. Se movía con velocidad y pre-
cisión imposibles de seguir con la vista. La continua rela-
jación y contracción de los músculos contra su esquelé-
tica figura parecía deformar su cuerpo, que, en su cons-
tante y flexible movimiento, se asemejaba al de una
serpiente danzarina. De un solo mandoble, logró rom-
per las astas de las dos últimas lanzas y, de paso, cortar
el muslo de uno de los atacantes.
El
combate se prolongó por unos minutos más has-
ta que ya solo un jadeante espadachín estaba en condi-
ciones de hacerle frente.
-Eres...
un cobarde... ¿Lo sabías...?
-Tan
solo he empleado la técnica más eficaz en un
combate contra múltiples adversarios.
-Sí...
seguro... Si tan solo pudiese atraparte...
Hadí
esbozó, con sus finos labios, algo parecido a
una sonrisa.
-Creo
que no lo habéis entendido... Por el respeto
que os profeso como "Guerreros Santos" que sois no he
querido mataros ni lisiaros de por vida... de no ser así ya
estaríais todos muertos y yo no habría tenido ni que
sudar.
El
adversario, indignado, se lanzó contra el mucha-
cho al grito de:
-¡INTENTA
MATARME SI PUEDEEEEEEEEES!
-¿Renunciáis
a ser útil a la congregación a causa de
vuestro propio ego? Pues sea vuestra voluntad.
Parando
en seco el avance del adversario con el
lomo de su espada, Hadí demostró a su musculoso
enemigo que, en fuerza, estaban no menos que iguala-
dos.
Pasaron
los minutos, que se convirtieron en horas;
y los presentes continuaban contemplando el duelo de
resistencia con abrumada expectación. El filo de la es-
pada de Hadí se acercaba cada vez más al cuello de su
enemigo; quien ya había comenzado a sudar a gotero-
nes.
El
muchacho no dudó ni siquiera al ver la suplicante
mirada del guerrero. En cuanto sintió que las fuerzas de
éste flaqueaban, aplicó todo su poder en el corte y, jun-
to con la cabeza del enemigo, hizo volar medio filo de la
espada de éste. El portavoz tardó más de tres minutos
en recordar que era él quien debía hablar en ese mo-
mento.
-Ha...
Hadí Belforell es digno de pertenecer al grupo
de "Caballeros Santos" que, ahora sin capitán... será
dirigido por él luego de un periodo de prueba e instruc-
ción de tres meses. ¿Alguna objeción?
Todos
los presentes negaron con la cabeza, como
un solo organismo.
Hadí,
hinchando el pecho para lucir todo lo posible
la marca de su piel, alzó la espada y, mirando al Gran
sacerdote, que lo observaba orgulloso desde la tribuna
reservada a su cargo, profirió un poderoso alarido que
los demás no tardaron en comenzar a imitar. Había na-
cido una nueva leyenda.
Hadí
llevaba ya un buen rato admirando su aspec-
to en el espejo a cuerpo completo de los aposentos que
le habían habilitado, pero todavía no podía creer que
sus ojos no lo estuviesen engañando.
Ataviado
con el uniforme de "Guerrero Santo", su
raquítico cuerpo parecía ganar volumen e imponencia.
Hecho a medida, le quedaba como un guante.
Sus
ropajes estaban constituidos por una camisa
interior, reforzada con cuero, sobre la que se había colo-
cado una cota de malla de manga corta, tapada, a su
vez, por un grueso camisón color azul claro e intenso, de
holgado cuello vuelto. Los pantalones, algo más oscuros
y de tonalidad mate, los llevaba sujetos por un fajín rojo
carmesí. Encima de todo ello, dejando a la vista el volu-
minoso cuello de tela y sujeto también por el fajín, lle-
vaba un peto de color claro, con el símbolo de la iglesia
Cadrelicia cosido al pecho con hilo de oro y, los bordes,
dorados también. Un simple par de confortables botas
de cuero, adaptadas tanto para las largas caminatas co-
mo para rápidos combates, sin embargo, era lo que más
le había gustado al muchacho. Como simple iniciado que
había sido hasta entonces, no se le había permitido usar
más que sencillas sandalias de paja desde niño... Antes
de que Lahyrún lo recogiese, no había podido ni vestirse.
El
Gran Sacerdote entró sin llamar a la habitación
del muchacho; habiéndose quitado ya el hábito de es-
parto que había utilizado para viajar de incógnito y lle-
vando ahora puesta una holgada túnica azul claro con el
símbolo de su iglesia bordado en el pecho junto a otras
diversas ostentaciones.
-Has
estado fantástico en la prueba, Hadí...
-Muchas
gracias, Gran Sacerdote. Mañana tenemos
una misión y estaba probándome el uniforme... aunque,
de todos modos, quizás no tenga oportunidad de lucirlo.
-Espero
que sea de tu agrado.
-Lo
es. Jamás había llevado una ropa tan cómoda,
aunque da algo de calor.
El
anciano se acercó al muchacho para verlo mejor
con sus ojos lechosos y sonrió, triunfante.
-Sé
que acabarás con esos descreídos, hijo mío... no
dudes ante los niños y mujeres que, sin duda, utilizarán
para escudarse. Son todos iguales... debemos destruir el
pilar central de esa torre que es la depravación; personi-
ficada por aquel "Alto Consejo"... -El Gran Sacerdote
escupió estas palabras con odio.- ...que pretende ignorar
nuestras verdades buscando el sentido a la obra de
Dios... ¿Para qué? ¿Acaso no basta con seguir sus nor-
mas tal y como Cadrael lo especificó...?
-Tranquilizaos,
padre. Muy pronto, todo este in-
fierno habrá terminado... aunque no para ellos.
-Mi
señor, las tropas están situadas.
-Bien. -Hadí, vestido ahora de incógnito,
llevando su
antiguo hábito de esparto, y con la espada convenien-
temente escondida en su paquete, pues se sentía inca-
paz de separarse de ella, se colocó la capucha y comenzó
a bajar la colina que lo llevaría al pueblo más cercano a
esa posición; seguido de cerca por uno de sus soldados.-
En cuanto me ocupe de buscar el contacto que, según
nuestro espía, tiene Handschmud en Árdell, y encuentre
a algún imbécil lo suficientemente estúpido o desespe-
rado como para querer enfrentarse a él, y así consiga-
mos que se vea motivado a investigar y permanezca le-
jos tiempo suficiente, iremos al castillo. Mientras tanto,
que todos mantengan sus posiciones... Y aseguraos de
tratar con delicadeza esas vasijas si no queréis perderos
la acción. -El muchacho sonrió con aire desquiciado.-
Esos ateos jamás hubiesen pensado que su querida cien-
cia les haría perder la guerra que tanto se habían esfor-
zado por iniciar.
El
día había amanecido tan oscuro y ruidoso como
lo habían sido los anteriores. Por alguna razón, el bos-
que parecía ponerse a arder y volverse a apagar de
pronto al mismo tiempo que, de su interior, provenían
unos desgarradores alaridos más propios de un diablo
que de una bestia de este mundo.
Yarlai,
como siempre, se había levantado tarde esa
mañana. Mientras corría a toda prisa por los laberínticos
pasillos del edificio, sus pensamientos se encontraban
muy lejos de allí. "¿Qué estará haciendo Áshel...? ¿Esta-
rá bien...? ¿Cuándo volverá...? ¿Me traerá algo boni-
to...?"
Absorta
como estaba, la joven, que sabía el camino
de memoria y podría haberlo atravesado incluso con los
ojos cerrados, chocó contra un obstáculo inesperado.
-¡Lo
sien...!
Sorprendida,
comprobó que no había nadie en el
corredor; había tropezado contra un gran recipiente.
Tan irremediablemente curiosa como su compañera de
cuarto, Yarlai no pudo evitar olvidar la hora que era pa-
ra, sin mayor parsimonia, ponerse a examinar la gigan-
tesca vasija; del tamaño de un enorme tonel. El recipien-
te, de barro cocido, no parecía tener nada en especial.
No estaba pintado, pulido, tallado o decorado de ningu-
na forma. Tapado con un prieto corcho, de unos veinte
centímetros de diámetro, el único detalle que hacía des-
tacar al objeto, quitando su desproporcionado tamaño,
era un pequeño reloj de lata, inusualmente pequeño
para la tecnología que utilizaba la gente común, que
alguien parecía haber olvidado sobre el tapón.
Sin
otra intención que devolverlo a su propietario,
la joven cogió el "reloj de bolsillo" y se dispuso a conti-
nuar con su camino cuando algo la detuvo. Realmente,
no podía seguir adelante, ya que el cronómetro estaba
unido a un mecanismo que, atravesando el corcho, daba
al interior de la vasija. Asustada, al comprobar que las
agujas del reloj estaban a punto de alinearse en las doce
en punto cuando apenas eran las ocho y media, el instin-
to de la muchacha la hizo saltar por uno de los enormes
ventanales.
Ya
en el aire, comprendiendo lo estúpido de su
reacción, Yarlai logró controlarse y comenzó a recitar
una serie de sonidos vibrantes que no tardaron en llenar
el ambiente.
Como
si de una pluma se tratase, el cuerpo de la jo-
ven comenzó a balancearse sobre las corrientes de aire
para, luego de unos instantes de lento descenso, co-
menzar a ascender de nuevo.
Cuando
ya casi había llegado hasta su destino, y con
sumo cuidado, pues la más mínima pérdida de concen-
tración podría hacer que se estampase contra el suelo
o uno de los muros, la muchacha alzó la vista para en-
contrarse con que el aire comenzaba a teñirse de un
violeta claro.
Decidida
a comprobar el origen del extraño olor
agrio, la joven estudiante de hechicería alargó el brazo
para asirse al alfeizar de la ventana; pero sin ningún éxi-
to.
El
gas de olor acre inundaba sus pulmones; causán-
dole una extraña sensación de insensibilidad y torpeza.
Incapaz de mover ni un solo músculo, la joven sintió co-
mo el hechizo comenzaba a perder efecto y una fuerza
invisible la atraía irremediablemente hacia el suelo. Por
fortuna, no con la suficiente rapidez como para partirle
ningún hueso.
Postrada
en la mullida hierba de los jardines, la jo-
ven tan solo pudo ver avanzar a la niebla violácea que,
con cada vez mayor espesor, iba cubriendo al castillo
desde dentro. Durante unos instantes, justo antes de
quedarse inconsciente, logró discernir la imagen de un
desconocido de abultados ojos de loco, vestido con un
peto azul que lucía un extraño símbolo amarillo en el
pecho, parecido a una espada, quien colocó su cara fren-
te a la suya y, con una seca mueca en los labios, le hizo
cerrar los ojos de puro pavor.
XIII - ALTERCADO EN EL
BOSQUE DE ANAFAE
Los
altos muros de la capital recortaban ya el cielo
anaranjado del atardecer cuando Yin y Áshelayd alcanza-
ron a divisarlos por fin.
Todavía
estaban bastante lejos, a medio camino,
cruzando el denso bosque de Anafae; y pronto volverían
a perder su destino de vista, al bajar por la otra cara de
la colina que tanto esfuerzo les había costado subir a los
agotados caballos.
-Mi
señora, las bestias están sin aliento.
-Tenéis
razón, pero, si no nos damos prisa...
-Un
viejo proverbio dice: "Más conejos caza el lobo
tranquilo que el desesperado".
La
agarrotada y somnolienta joven pareció meditar
durante unos instantes.
-¿...Significa
que debemos evitar a los animales de
la zona?
Yin
guardó unos segundos de silencio; como sope-
sando la posibilidad de que realmente la muchacha hu-
biese podido llegar a una conclusión tan errónea acerca
de sus palabras.
-En...
en este caso lo interpretaríamos como que, si
dejamos descansar a los caballos, podrán cabalgar a ma-
yor velocidad dentro de un rato pero, si seguimos for-
zándolos, al final no podrán correr mucho más rápido de
lo que iríamos a pie.
La joven estudiante de hechicería suspiró,
rendida
ante la evidencia. No podían seguir presionando así a sus
monturas, ni a sí mismos; los cuatro debían descansar.
-¿Os
parece bien aquí, entonces?
-Todavía
no, mi señora. En el centro de este bosque
hay un lago en forma de herradura llamado "Fuente Se-
llada" donde podremos abrevarlos; así que lo mejor se-
ría continuar un poco más. Pero debéis tener cuidado en
dónde pisáis, ya que está justo al borde de "La Gran
Grieta": una enorme fisura que se extiende desde el
acantilado hasta varios kilómetros hacia el interior del
bosque... Es tan profunda que todavía no ha podido me-
dirse la caída y, por supuesto, de todos los que han ba-
jado, ya fuese por voluntad propia o porque se han des-
peñado, no ha vuelto ni uno.
Apenas
unos minutos más tarde, la verdosa orilla
del lago, iluminada tanto por los débiles haces de luz
que atravesaban el denso follaje como por una especie
de tenue luminiscencia propia, encandiló a los mucha-
chos. Durante unos segundos, quedaron hipnotizados
ante el etéreo resplandor que se reflejaba en el fondo
desde la superficie ondulante; así como de la imponente
aura que desprendía. Por tan solo unos instantes, la sua-
ve brisa pareció traer consigo un sonido similar al dulce
tarareo de una niña; pero éste cesó de inmediato.
Aunque
algo intranquila, la muchacha bajó de su
caballo y lo llevó al agua. La bestia se lanzó y comenzó a
chapotear y relinchar; más feliz de lo que lo había estado
en su vida.
El
caballo de Yin, quien todavía no había salido de
su estupor, comenzó a impacientarse. No tardó en se-
guir los pasos de su compañero en cuanto el joven bajó
de su lomo y dejó el equipaje en el suelo.
-¿Qué
os parece?
-Es
casi "demasiado bonito"... Me pone los pelos
de punta.
Por
favor, Yin, no seáis así. Si a los caballos les gus-
ta, no creo que haya peligro.
-Sí...
-El muchacho contempló la enorme roca de
forma irregular que, disminuyendo notablemente la be-
lleza del lago, había cambiado su forma circular original
por la que ahora tenía hacia el inicio de la primera era de
los reinos.- Supongo que no habrá problema.
-Vale.
Pues ahora, id a preparar las cosas para co-
mer mientras yo me voy al otro lado de la roca y me doy
un baño...
El
muchacho la agarró del brazo antes de que se
fuese.
-De
eso nada. Quedaos donde yo os vea... -Un par
de hojas arrastradas por la repentina ráfaga de viento
acentuaron todavía más el incómodo silencio que se
había formado entre los dos jóvenes.- ...Me... me habéis
malinterpretado, yo... lo que yo quería de... decir...
Áshelayd,
colorada como un tomate, se sentía inca-
paz de levantar la vista del suelo. ¿Cómo no se había
dado cuenta antes? Estaba viajando a solas con un hom-
bre tremendamente atractivo, de casi su misma edad,
que apenas conocía... "La situación mejoraba por mo-
mentos".
-Ya...
ya... ya lo sé, hombre... Aunque, a lo mejor, sí
que debería...
Repentinamente,
Yin tensó la espalda, atrasó los
hombros y le dedicó una gran sonrisa, "tan falsa como
un espejo de madera", pensó Áshelayd.
-Vale,
me alegro de que todo haya quedado acla-
rado. Podéis iros a la otra orilla y yo os espero. No tar-
déis ¿De acuerdo?
La joven, confusa, se fue al lado contrario para
ba-
ñarse tras la roca sin replicar; insultándose a sí misma
una y otra vez. "Pero qué cosas se me ocurren..."
El
mercenario, con aire distraído, había comenzado
a lanzar piedras aplanadas contra el agua para hacerlas
rebotar. Desde el otro lado, podía oírse el tarareo de la
muchacha mientras nadaba en las cristalinas aguas del
lago. Yin se preguntó de dónde habría venido la melodía
que habían oído al llegar. "Ese no era lugar para que las
niñas pequeñas jugasen"... Quizás la leyenda de la fuen-
te fuese cierta y, realmente, el misterioso lago era el
lugar en que un mago de la antigüedad había resucitado
gracias a la magia de la fuente... ¿Y eso que tenía que
ver?, pensó, ¿Acaso había resucitado en forma de niña
cantarina invisible?
-En
fin... no creo que vaya a conocer la respuesta a
ese misterio.- El muchacho lanzo otra roca.- ...Lo que sí
me gustaría saber... -Mientras hablaba, arrojó una nueva
piedra.- ...¡Es tu nombre!
En
lugar de lanzar el siguiente proyectil al lago, ha-
bía continuado el movimiento hasta darse la media vuel-
ta para mandar al certero fragmento aplanado de roca
contra la copa de un árbol cercano. De entre las ramas,
un hombre cayó aparatosamente y con fuerza contra el
suelo para, cuando quiso darse cuenta, percatarse de
que Yin le estaba apuntando por la espalda con uno de
sus cuchillos.
-Eres
rápido, chico...
-Y
tú muy tonto, viejo. ¿Quién eres y qué quieres?
-Nada
que te interese...
El
desconocido sintió cómo el filo se clavaba en la
piel de su espalda luego de atravesar el oscuro manto
morado y la casaca de cuero que llevaba.
-Entonces
ya no hay razón para prolongar esta con-
versación ¿Verdad?
-He,
he, he... Me gusta tu estilo, chiquillo... Solo soy
un cazador que viaja en pos de su presa.
-¿Un
cazador armado con una pica? ¿Sin arco? ¿Sin
cuchillo? Te daré otra oportunidad solo porque, alguien
tan viejo, ha de ser listo por fuerza... o ya se lo habrían
cargado hace tiempo, teniendo en cuenta su falta de
habilidad.
-Está
bien, chico. -El desconocido sonrió.- No soy un
cazador "al uso". Mi presa no es animal... sino humana.
-¿Un
caza recompensas?
-¿Caza
recompensas? Cielos, no; nada tan despre-
ciable... yo sirvo directamente a la casa real. Mi misión
es atrapar a una peligrosa hechicera que no estaba don-
de debía estar cuando atrapamos a su grupo y que tiene
en su poder algo que no le pertenece a ella, sino al rey.
-Bueno,
pues yo soy solo un muchacho al que han
echado del circo y no tengo nada que ver con esa histo-
ria que me cuentas.
-¿El
circo? ¿Por eso llevas el pelo teñido de ese co-
lor?
-¿Que
creías acaso? ¿Que soy un campesino con
ganas de burlarme de la estirpe del rey?
-Claro
que no. Es solo que, cuando vi tu aspecto y
sentí tu cuchillo en la espalda, llegué a pensar que quizás
eras...
-Pues
no. Solo soy un lanzador de cuchillos sin tra-
bajo.
-Está
bien; puedes soltarme. Si vieses a esa mucha-
cha, indícaselo a las autoridades...
Yin
soltó al cazador con cautela y dio dos pasos
atrás.
-Entonces
vete. No quiero líos con el gobierno ofi-
cial.
-Tranquilo,
chico. Yo no formo parte del gobierno
"oficial" ¡Jajajajaja! Bueno, ya te dejo en paz...
Yin
estaba ahora absolutamente convencido de la
verdadera identidad del cazador. Desde luego, las cosas
se iban a complicar sobremanera de ahí en adelante
pero, al menos, habían salvado el tipo en esa ocasión...
-¡Yin!
¿Se puede saber con quién habláis? ¡Si es un
hombre, que no se acerque!
El
joven suspiró, resignado. Todavía le dolía el pe-
cho al respirar hondo; pero ya no había forma de librar-
se de una buena pelea.
Apenas
hubo terminado Áshelayd la frase, el caza-
dor blandió su pica hacia Yin con una velocidad inespe-
rada, pero éste, haciendo gala de unos reflejos felinos,
se lanzó hacia atrás para, luego de completar la voltere-
ta, lanzar dos cuchillos directos al pecho de su adversa-
rio. Con gran habilidad, el desconocido paró ambos filos
con la vara de la pica; no obstante, para cuando volvió a
posar la mirada en donde el muchacho había estado
hasta hacía un segundo, éste ya se había puesto de nue-
vo a su espalda.
En
el breve intervalo de tiempo en que lo había
perdido de vista, Yin había logrado hacerse con la espa-
da de madera que había guardado antes en una de las
alforjas.
-Me
sorprendes, chico... Pudiendo aprovechar para
lanzarme otro de tus cuchillos, has preferido pararte a
recoger una inservible espada de madera... ¿Eres un
suicida?
-Lanzándoos
otro cuchillo yonbai, vista vuestra de-
fensa anterior, corro el riesgo de que lo esquivéis y con-
traataquéis. Con esta espada en las manos ya no debo
preocuparme por nada.
El
cazador no cabía en sí de su asombro.
-¡Estarás
de broma! Todo guerrero que se precie
conoce la jerarquía de armas... y es que hasta un niño
sabría que, para el espadachín medio, sobre todo utili-
zando una espada de madera, es necesario ser unas cin-
co veces más fuerte y hábil que el contrincante si éste
domina el arte de la lanza... ¡Y yo soy "La Pica"; uno de
los "cazadores de renegados", así que necesitarías ser
como diez veces más hábil y fuerte que yo para vencer-
me con ese palillo!
Yin,
mientras formaba un ángulo recto entre la es-
pada y el suelo, con ambos brazos extendidos sujetando
a la vez la empuñadura, lanzó una despiadada mirada a
su interlocutor.
-¿Cual
es el problema, entonces?
A
una velocidad pasmosa, el joven se situó junto a
su adversario y le lanzó un fuerte mandoble. El cazador,
quien logró esquivarlo a duras penas, al momento tuvo
que contorsionar su cuerpo para evitar un nuevo tajo
que se dirigía hacia el flanco contrario.
Desequilibrado,
"La Pica" había quedado con la es-
palda arqueada y el vientre expuesto, y Yin, tan veloz
que solo podía seguirse su movimiento gracias a la es-
tela que iba dejando en el lecho de hojas caídas, se dis-
ponía a atravesárselo.
-¡NO
ME GANARÁ UN NIÑO CON UN PALO!
Haciendo
acopio de todas sus fuerzas, el cazador
había logrado echar el cuerpo hacia delante, en un nue-
vo intento por golpear al muchacho con su pica a modo
de maza.
Yin
había salido despedido hacia atrás a pesar de
haber logrado detener el golpe con la espada. La fuerza
del enemigo era algo a tener en cuenta.
-Tenéis
razón; quizás os he subestimado... -"La Pica"
sonrió, soberbio.- ...Supongo que no voy a poder pararos
los pies sin ponerme serio.
El
cazador sintió que se le helaba la sangre al ver la
posición que había adoptado el muchacho: Con la mano
izquierda sujetaba la empuñadura de la espada mientras
que, con la derecha, hacía lo propio con el centro de la
misma. Su cuerpo estaba ligeramente doblado y se había
colocado de perfil; con ambas piernas sensiblemente
flexionadas, la que dirigía hacia él en perpendicular a su
cuerpo y, la otra, algo más estirada hacia atrás.
-Tú...
tú sí que eres...
-¡YAAAAAH!
Áshelayd,
alertada por el ruido de la lucha, se había
apresurado a nadar hacia el otro lado de la gran roca
para comprobar qué estaba ocurriendo. Lo que vio no
habría podido sorprenderla más: Un hombre vestido con
un manto aterciopelado de color morado, muy oscuro,
se mantenía en pie a duras penas, sangrando profusa-
mente por el vientre, apoyado en una lanza; mientras
que Yin, tras él, le daba la espalda mientras guardaba la
hoja de su espada en la vaina. Lo que en principio había
hecho que el objeto le pareciese una espada de madera
roja esmaltada, no era sino un efecto creado por la au-
sencia de guarda y perfecto encaje entre empuñadura y
vaina. El arma del muchacho era, en realidad, una mortí-
fera espada de acero con empuñadura y vaina de made-
ra, carente de guarda.
-Ma...
maldito asesino... ¡Te voy a matar, Yajin'e de
los cojones!
Yin
sacó uno de sus yonbai y retrasó el
brazo.
-Pues,
si esas son vuestras intenciones, no me lo
tengáis en cuenta...
En
el último momento, cuando ya se veía pasto de
los gusanos, "La Pica" encontró una forma de salvarse.
Tirándose
hacia el lago, esquivó el cuchillo. Luego, a
pesar de la profunda herida, que atravesaba su costado
izquierdo desde el estómago, giró en el suelo, se levantó
y se dirigió hacia la joven con su arma en alto.
Más
rápido incluso de lo que se había movido hasta
entonces, Yin desenvainó su espada y la lanzó, en un
mismo movimiento, hacia el brazo del enemigo.
El
cazador, con un grito triunfal, a pesar del dolor
del brazo, cogió en el aire con la mano izquierda el arma
que acababa de resbalársele de la derecha y se giró en
redondo. Con todas sus fuerzas, clavó la pica en el vien-
tre de Yin; quien se dobló al instante a causa del impacto
y sujetó el arma, entre jadeos, mientras escupía sangre
al tiempo que tosía de forma espeluznante.
Todo
había acabado al fin. Se lo había puesto difícil,
pero uno de esos malditos mercenarios jamás habría
podido acabar con él.
Ahora,
tan solo era cuestión de ir a por la mucha-
cha y coger...
-¿Qué
pasa?
La
pica no salía del cuerpo del muchacho quien, to-
davía en pie, continuaba sujetándola entre sus manos.
-Gracias...
-El rostro de Yin, pálido, ojeroso, perlado
de sudor y con los labios ensangrentados, hizo estreme-
cerse al cazador.- ...ahora me siento muchísimo mejor.
Haciendo
acopio de una fuerza sobrehumana, el
muchacho tiró de la vara hacia sí, haciendo servir su
propio abdomen como soporte, hasta levantar el enor-
me cuerpo del adversario sobre su cabeza, para luego,
con un último esfuerzo, lanzarlo hacia "La Gran Grieta".
Por desgracia, al caer su enemigo, el cambio en la distri-
bución del peso hizo resbalar al joven sobre las rocas
cubiertas de musgo, con lo que él también fue a parar a
la gigantesca falla.
Áshelayd
corrió a toda velocidad hasta el borde; pe-
ro tan solo logró ver la impenetrable oscuridad que
ofrecía el colosal abismo.
XIV
- UNA ARMADURA MUY
FLEXIBLE
Ashelayd
sintió como la desesperación la embar-
gaba de nuevo. Yin había muerto. Estaba sola en ese
bosque, de camino a un lugar en el que no sabía si en-
contraría a alguien conocido, sin dinero, y sin ningún
tipo de protección ante los bandidos de la zona.
Súbitamente,
algo la hizo reaccionar. A pesar de
sus sollozos, le había parecido oír una voz proveniente
de "La Gran Grieta".
En
principio, pensó que habría sido el viento al sil-
bar entre las escarpadas rocas pero, algo más atenta,
volvió a oírla. Ignorando si se trataba de algún tipo de
eco o de una voz real, la muchacha se descolgó por el
precipicio; encontrándose así con una inusual escena.
El
joven guerrero pelirrojo pendía del abismo, su-
jeto tan solo por la pica del cazador; que había logrado
encajar entre dos rocas en plena caída.
Aunque
parecía estar gritando, Áshelayd casi no lo
oía. Intrigada, mientras se estiraba para coger su mano,
sintió un leve chisporroteo en los oídos. Después co-
menzó a oír con total claridad la voz del muchacho.
-¿Por
qué habéis tardado tanto?
-Lo
siento, pero... -La joven se había puesto colora-
da al percatarse del problema.- ...creo que se me habían
taponado los oídos con el agua y no podía oíros... ¡Espe-
rad un instante! -Yin, confuso, casi perdió el equilibrio al
retirar la muchacha su mano justo cuando éste iba a
asirla.- ¡ Esperadme aquí, que ahora vuelvo!
-... Y yo que tenía pensado ponerme a practicar
senderismo...
Una
vez se hubo envuelto en una de las mantas que
llevaban en las alforjas, Áshelayd ayudó a subir a su
guardaespaldas.
-Tenemos
que llegar rápido a Endia; con esta heri-
da, no... -Absolutamente perpleja, la hechicera se perca-
tó de que, en la faja amarilla del joven, no había ningún
rastro de sangre. Como si pudiese haber algún daño no
visible, la joven arrancó la chaqueta del kimono al mu-
chacho, así como una camisa interior azul, y comprobó
que no había ningún tipo de herida a parte de una marca
enrojecida en su vientre.- ...no hay corte.
Como
única respuesta a la expresión de confusión
que la muchacha mantenía en su rostro, el joven sacó
uno de sus yonbai y, en un rápido
movimiento, la apuña-
ló con él.
Áshelayd
sintió que había llegado a su límite. ¿Có-
mo podía estar ocurriendo todo aquello? ¿Serpientes
gigantes, asesinos, bandidos, mercenarios, castillos de-
rruidos...? Y, ahora, encima, la mataban; justo lo que le
faltaba. En cualquier caso, no estaba sufriendo tanto
como había esperado. Si bien el impacto no había sido
agradable, ahora ya casi no sentía dolor. "Está claro que
no me queda mucho..."
Yin,
por su parte, se había levantado con la chaque-
ta en la mano.
-¿Vais
a seguir ahí tirada mucho rato? Porque nece-
sito mi camisa.
Fue
entonces cuando, maldiciéndose por lo estúpi-
do de su reacción, Áshelayd se dio cuenta de que el
yonbai no había llegado a perforar su
piel, ni mucho
menos.
Sobre
su regazo reposaba todavía la camisa, que, de
manga larga y color oscuro, podía mantenerse cerrada
en torno al cuerpo del usuario mediante un par de cin-
tas; quedando oculta bajo el kimono. Al examinarla aho-
ra con detenimiento, la muchacha vio cómo, en las zo-
nas más desgastadas, o en donde la tela había sufrido
algún que otro corte, podía distinguirse un entramado
interior de material plateado y brillante, de tacto gomo-
so, que, con su forma de red, permitía una máxima flexi-
bilidad y movilidad con un peso mínimo; protegiendo al
guerrero de todo tipo de mandobles, aunque no del im-
pacto, e impidiendo la entrada de cualquier hoja con
más de medio centímetro de ancho a la hora de sufrir
una estocada o apuñalamiento.
-Sabéis
que existen otras muchas formas de demos-
trar vuestra defensa que ésta ¿Verdad?
-Ninguna
tan explicativa.
-¿De
qué está hecho este material?
-Lo
ignoro. Preguntad a las arañas del norte.
Áshelayd
se estremeció. Esos artrópodos poseían
un tamaño similar al de los jabalíes y, según decían, eran
capaces de atrapar incluso a osos entre sus irrompibles
redes.
-¿Quién
era el tipo de la lanza?
Yin,
una vez recuperada su ropa, recobró su sem-
blante serio habitual.
-"El
tipo cuya aparición va a causar que nos ande-
mos con mucho cuidado a partir de ahora".
XV
- ENDIA, LA CAPITAL DEL
REINO
Pasados
tres días de agotadora cabalgata, al fin
podía divisarse cómo la tenue luz rosada del amanecer
iluminaba los blanquecinos muros élficos que protegían
la capital, mientras Yin y Áshelayd, casi tan agotada esta
última como las monturas, llegaban al monumental por-
tón.
-¿Se
puede saber cómo hacéis para estar tan fresco,
Yin?
-Es
cuestión de concentrarse y redirigir las energías
restantes, en lugar de pensar en las perdidas.
Por
mucho que intentase mantener la mente cen-
trada en sus fuerzas, la muchacha solo lograba cansarse
todavía más, debido al esfuerzo que esto le suponía.
El
puente levadizo había terminado de bajar hacía
apenas unos minutos; por lo que los viajeros que habían
llegado durante la noche, quienes se habían visto obli-
gados a acampar, todavía se veían recogiendo sus bártu-
los. Gracias a ello, los muchachos no tuvieron que guar-
dar la habitual cola para entrar.
Los
guardias, que acababan de comenzar el turno,
se sorprendieron al ver la rojiza melena del muchacho,
quien se había deshecho la coleta para llamar menos la
atención; pero los dejaron pasar tras oír su convincente
explicación acerca de su condición circenses sin trabajo.
Al fin y al cabo "¿Un chico con el pelo rojo y una mucha-
cha de cabello azul viajando juntos con esas dispares
vestimentas? Solo faltaban los domadores y sus bestias".
De todos modos, se despojaron por completo de toda
duda tras ver realizar al muchacho un par de saltos
mortales sobre su caballo en marcha; prueba que le ha-
bían impuesto más para entretenerse que por dudar
realmente de su historia.
Una
vez se hubieron alejado lo suficiente, Áshelayd
le comentó a su compañero, algo molesta, que no le
había gustado mucho que éste se hubiese presentado a
sí mismo como acróbata y, a ella, como "aprendiz de
payaso".
Alrededor
de la calle principal de la ciudad, que se
bifurcaba en tres desvíos de tamaño similar, se ramifica-
ban las demás calles y avenidas. Era un bullicioso lugar
donde tenían lugar actos tan importantes como la lectu-
ra de nuevos decretos y nombramientos reales; así co-
mo las ejecuciones y humillaciones públicas.
Guiado
como por instinto, Yin fluía entre la gente
sin rozarla ni llamar la atención en absoluto a pesar de
su llamativo aspecto; mientras que Áshelayd, acostum-
brada a un ambiente más tranquilo, ya había chocado y
caído al suelo tres veces desde el momento en que se
había bajado del caballo.
Habiendo
dejado a las monturas en el lugar habili-
tado para ello, ambos muchachos torcieron por uno de
los tres desvíos principales hasta llegar a un sombrío
edificio frente al que, sorprendentemente, no había ni
un alma. La solución al misterio de por qué la gente evi-
taba ese lugar se hallaba en un sobrio cartel colocado
sobre las puertas "C.R.R.: Casa Real de Recompensas".
-Esperadme
aquí unos instantes, mi señora. He de
investigar un poco acerca de unos asuntos.
-¿Por
qué estamos aquí...? ¿Y por qué no puedo ir
con vos?
-Esperadme
solo unos instantes, por favor...
-Pero es que yo...
Súbitamente,
el muchacho levantó la mano para
hacerla callar y, mirando a algún punto incierto de la
lejanía, comenzó a murmurar.
-Seis...
cinco... cuatro... tres... dos... uno... -Yin se
tapó los oídos.- ¡...Cero!
Una
estruendosa campanada hizo temblar a la ciu-
dad hasta los cimientos.
-¿Qué
ha sido...?
Áshelayd,
medio sorda a causa de las vibraciones,
apenas sí pudo oír la explicación de su guardaespaldas
acerca de la campanada que sonaba cada hora en la ciu-
dad, desde el amanecer al anochecer, para avisar a to-
dos sus habitantes del momento del día que era.
-...En
esa torre de allí.
La
muchacha había comenzado a oír de nuevo con
algo de claridad.
-Eso
está muy bien, pero ¿Por qué no puedo acom-
pañaros?
-¿Una
bella muchacha así vestida? Este no es lugar
para vos.
Aunque
fastidiada por no poder entrar con Yin, así
como por la crítica hacia lo provocativo de su vestimen-
ta, la joven aceptó; halagada ante el hecho de que la
hubiesen calificado de "bella muchacha". De todos mo-
dos, pasado un rato comenzó a sospechar que tan solo
se lo había dicho para tenerla contenta y que le hiciese
caso.
Lo
que, según Yin, no serían más que "unos instan-
tes" llegaron a convertirse en más de veinte minutos.
Aburrida,
Áshelayd, luego de recorrer una y otra
vez la calle de un lado para otro, amplió su radio de ex-
ploración hasta dar con un pequeño bulto andante de
harapos que chocó con ella.
-¡Perdón,
estaba distra...!
De
entre una deshilachada capucha emergió la ca-
beza de una anciana de orejas largas, anchas y puntia-
gudas. Su arrugada piel estaba cubierta de manchas y
una fina pelusa blanquecina, que se hacía más abundan-
te en la punta de la nariz, barbilla y labio superior; don-
de podía contarse incluso algún que otro pelo grueso y
oscuro.
Al
levantarse, la anciana le mostró unos ciegos ojos
grises con que pareció atravesarla.
-Eres
tú... Al fin eres tú...
-¿Cómo
dic...?
Cogiendo
a la muchacha por la muñeca con una
inusitada fuerza, la misteriosa figura envuelta en trapos
deshilachados se llevó a Áshelayd a un callejón cercano;
donde abrió una chirriante puerta desvencijada e hizo
entrar a la joven al oscuro recinto, de aspecto acogedor
a pesar del olor a cerrado. Aunque no debía pasar del
metro de alto, la mujer poseía una fuerza endiablada.
-Perdona
que te haya hecho venir de tan malos
modos, pequeña... -La anciana, luego de sentarse junto a
una baja mesita, hizo un ademán con la mano mientras
hablaba para invitarla a hacer lo mismo. Haciendo a un
lado un diminuto taburete, la muchacha se sentó en el
suelo con las piernas cruzadas.- ...pero estás en peligro.
Disculpa mis modales, hija; estoy tan vieja y llevo tanto
tiempo sola que ya he olvidado cómo tratar a la gente...
Soy la última vidente del reino. Mi nombre no importa;
pero pertenezco a la especie de los duendes, así que
harás bien en dar por ciertas mis palabras... incluso sin
ser vidente, con todos los años que he vivido, deberías
tener en cuenta cualquier consejo que decida darte.
Pero me estoy desviando del tema... Te ha traído aquí
una búsqueda muy importante ¿Verdad?
Áshelayd,
que todavía no se había repuesto de la
impresión inicial, se encontró contestando con total na-
turalidad.
-En
efecto. Estoy buscando a mis compañeros; que
han desaparecido misteriosamen...
La
anciana soltó una seca carcajada que se le medio
atragantó.
-No...
No "esa" búsqueda; sino otra mucho más im-
portante... aquella que empezó hace casi mil años y que
tantos han iniciado sin lograr llevarla a término...
-¿Os
referís...? -Áshelayd dudó un instante antes de
continuar y bajó el tono de su voz; como si pudiese ha-
ber alguien escuchándolos.- ¿...a lo del "Guardián de los
Secretos"?.
El
arrugado rostro de la anciana duende se contor-
sionó en una benévola sonrisa.
-Muy
bien, pequeña. Me gusta tu sinceridad pero,
en lo sucesivo... será mejor que no andes comentando
tus intenciones tan alegremente o podrías meterte en
algunos líos. -Percibiendo la vergüenza de la joven a pe-
sar de su ceguera, la vidente se apresuró en tranquilizar-
la.- No te preocupes: "no hay dragón que nazca volan-
do"... Llevo muchos años esperándote, Áxeraide.
-Mi...
Mi nombre es Áshelayd...
La
anciana pareció dudar por unos instantes ante la
nueva información.
-Disculpa.
En mis visiones no aparecía tu nombre
exactamente, sino una representación sobre ti. Áxeraide
es la palabra que os definen a ti y a tu destino... Pero
Áshelayd, desde luego, es mucho más bonito para una
niña de tu edad. Lo otro ya te vendrá después...
En
cualquier caso, no es este tema aquel del que
debemos hablar... -La anciana cogió a la muchacha de
las manos.- Escucha tus predicciones y actúa sabiamente
en consecuencia...: "En la torre dorada, hallarás la guía
hacia el camino que te llevará a la llave del sendero ha-
cia tu destino. Un tesoro aguarda tu llegada en el anti-
guo bosque del espíritu de la luna, de ti depende lo que
éste llegue a desvelar. Lejos de aquí, al otro lado de la
estrella de doce puntas, deberás escoger valientemente
si seguir o no adelante y regresar al inicio. Cuando pier-
das aquello que te define ahora, y nadie quede a tu al-
rededor, encontrarás tu verdadera naturaleza. Al final de
tu viaje, solo una gran desgracia podrá salvarte; deberás
decidir si tu vida es más importante que la del príncipe
con quien te has de unir".
Una
vez terminado el recital, con aspecto agotado
por alguna razón, la anciana se dirigió jadeando hacia la
entrada.
-No
puedo decirte nada más, hija... Ahora escapa
por la puerta de atrás.
De
entre todas las dudas que la trastornaban, que
no eran pocas, a la joven solo se le ocurrió preguntar:
-¿Escapar
de qué?
La
campanilla que servía de llamada tintineó al otro
lado de la puerta.
-De
mi fin, hija; que no ha de ser también el tuyo.
Apenas
hubo dicho esto, una enorme alabarda re-
dujo a astillas la puerta, permitiendo la vista del miste-
rioso atacante: un hombre de casi dos metros de alto y
músculos ejercitados hasta el extremo, quien, sin dejar
de sonreír, con aire satisfecho, preguntó:
-¿Dónde está la zorra a la que tengo que matar?
XVI
- LA LUCHA DEL ESPÍRITU
ANIMAL
Ashelayd
se había quedado petrificada ante la sú-
bita aparición del musculoso guerrero, de aspecto simi-
lar al de un oso, tanto por el tamaño como por lo pelu-
do, quien vestía una aterciopelada túnica morada idénti-
ca a la del individuo que había luchado contra Yin en el
bosque de Anafae, así como un sencillo casco de hierro
que protegía su gran cabeza.
Al
acercárseles, la muchacha pudo comprobar que
el hombre de la alabarda poseía una cualidad más en
común con los osos: el olor.
-Hum...
Se supone que busco a una "peligrosa he-
chicera..." -El desconocido se guardó en el bolsillo una
piedra translúcida que emitía un brillo leve.- ...pero yo
aquí no veo más que a una niña asustada y a un carca-
mal que no levanta tres palmos del suelo... -El individuo
miró de arriba a abajo a ambas mujeres; deteniéndose
sobre todo en las piernas desnudas de la muchacha.-
Eres tú ¿Verdad?
-¡Corre,
Áxeraide!
Sin
saber muy bien por qué, la joven hechicera sin-
tió un irrefrenable deseo de cumplir las órdenes de la
anciana; a pesar de que su intención inicial había sido
intentar ayudarla a escapar con ella.
Como
si su cuerpo y mente hubiesen perdido todo
contacto, Áshelayd corría por las calles a una velocidad
de la que hasta entonces se creía incapaz; esquivando
múltiples obstáculos con una habilidad que nada tenía
que envidiarle a la anteriormente demostrada por su
guardaespaldas.
-Corre
que se las pela... ¿Tanto miedo impongo,
o...? -El guerrero lanzó una inquisitiva mirada a la ancia-
na.- Cómo no... Eres una duende, me temo.
-Sí.
-Entonces
supongo que, no solo has anulado su li-
bre albedrío, sino que también habrás hecho esa cosa de
desactivar las limitaciones auto impuestas por el cerebro
de esa chica sobre su cuerpo para que pueda utilizar su
fuerza latente ¿No?
-Se
llama "liberar el espíritu". Esa jovencita tiene
mucha energía interior.
-Pero
su físico, por bonito que sea, no la acompaña,
me temo... -El hombre del manto púrpura se llevó al
hombro la formidable espada, de casi dos metros de
largo y cincuenta centímetros de ancho, y se dirigió a la
puerta trasera para perseguir a la joven.- Y puedo imagi-
nar que no sabe utilizar "eso" que lleva consigo o ya lo
habría hecho. Esta va a ser una "cacería" poco interesan-
te, me temo.
-¿A
dónde crees que vas, jovencito?
El
individuo reaccionó con sorpresa ante las pala-
bras de la anciana.
-¿Cómo
osa un decrépito amasijo de piel arrugada
dirigirse así a "Bracamarte"; el más fuerte de los "caza-
dores de renegados"?
-Osando.
"Bracamarte"
sostuvo durante unos instantes la
desafiante mirada vacía de la duende.
-Sois
ciega. Y vieja. No podéis vencer. Agradeced mi
piedad al dejaros con vida.
-Aquí
no hay otro que vea el futuro que no sea yo,
jovencito; que tengo más poder que cualquier humano.
¿Y por qué iba a querer ver dónde estás si puedo saber
con exactitud dónde vas a estar y lo que vas a hacer?
Sin
mediar otra palabra, el guerrero se lanzó contra
la anciana; quien se puso a su espalda y saltó sobre él
antes de que la alabarda tuviese tiempo de estrellarse
contra el suelo.
Un
conjunto de golpes encadenados hicieron caer al
temible luchador, encogido de dolor, mientras la anciana
se retiraba lentamente; adoptando una posición defen-
siva orientada al contraataque.
-Entiendo...
-"Bracamarte" no había tardado mucho
en recuperarse por completo de la contundente serie de
golpes.- ...Sois una maestra del Kunjichi-Ya-jinbae
o "lu-
cha del espíritu animal"; esa misteriosa forma de comba-
te que tan solo los duendes son capaces de ejecutar,
reduciendo al máximo las limitaciones auto impuestas o,
como tú dices, "liberando el espíritu"... aunque esas li-
mitaciones están por algo. Si vuestra mente y cuerpo no
realizan los movimientos en perfecta sintonía, este últi-
mo se ve afectado ¿Verdad? vuestro organismo se so-
brecarga y cada golpe degrada un poco más el conjunto
hasta que, incapaz de soportar la tensión... el cuerpo se
muere. Sería como... llevar un carro podrido tirado por
los caballos más rápidos del reino; por rápido que vaya
al principio, al final, se acabará rompiendo ¿Me equivo-
co?
-En
absoluto, jovencito... -La anciana se limpió con
la manga un fino hilillo de sangre que le resbalaba desde
la nariz.- ...pareces saber bastante más que la mayoría
sobre los duendes; así que me imagino que posees acce-
so a los archivos reales. Pero, aún con todo, debes sa-
ber que no me importaría perecer llevando a cabo mi
destino... aunque, en cualquier caso, visto lo visto, creo
que podré vencerte sin necesidad de llegar a morir pese
a lo deteriorado que mi cuerpo ha quedado con los
años.
El
ego de "Bracamarte" había sufrido un duro golpe.
Sintiendo cómo la rabia se apoderaba de él, el gigantes-
co guerrero blandió de nuevo la alabarda y comenzó a
dar vueltas sobre sí mismo, aumentando la velocidad a
cada giro; debido a la enorme inercia de la que lo dotaba
el gran peso de la espada.
Con
una melancólica sonrisa en el rostro, la anciana
suspiró y, liberando su espíritu hasta el límite, lo que
desencadenó un intenso fulgor rosado que rodeó todo
su cuerpo, se lanzó hacia el enemigo.
Del
titánico choque se había desprendido una fuer-
za que había hecho vibrar las ventanas y asustado a las
alimañas de la zona; haciéndolas huir entre los pies de
los sobresaltados transeúntes.
En
el interior del destrozado habitáculo de la duen-
de, "Bracamarte" permanecía
en pie, sosteniéndose a
duras penas apoyado sobre su alabarda, mientras un
fino surco de sangre brotaba de su boca para desapare-
cer en el cincelado mentón mal afeitado.
Con
una sonrisa de superioridad, el cazador alzó la
otra mano; poniendo a la luz el cuerpo de la anciana
quien, empapada en su propia sangre, que le brotaba
hasta de los poros de la piel, apenas lograba mantener la
respiración.
-Jamás
hubiese pensado que vuestra fuerza llegaría
a tal extremo, duende... No solo habéis detenido todos
mis mandobles con las manos desnudas; sino que ha-
béis sido capaz de golpearme repetidamente en el es-
tómago, al mismo tiempo, hasta el punto de hacerme
escupir sangre... Ciertamente impresionante. Pero, iro-
nías del destino, vos, que sois más fuerte que yo, pere-
ceréis debido a vuestra poderosa mente; mientras que
vuestros golpes no han podido derribar a mi colosal
cuerpo, me temo.
La
anciana, sonriendo con unos dientes teñidos de
rojo, agarró la mano del guerrero con unos dedos fríos y
huesudos.
-T...
tú... morirás por... culpa de tu co... losal cuerpo.
"Bracamarte"
dejó caer sin miramientos el cuerpo
inerte de la anciana y salió de la estancia por la misma
puerta que Áshelayd había utilizado para escapar.
Sacó
una pequeña botella, de grueso cristal verde
translúcido, del interior de uno de los numerosos bolsi-
llos interiores de la túnica, y bebió su contenido: un lí-
quido algo más espeso que el agua y de color amarillen-
to y oscuro. Al momento, luego de respirar hondo, su
rostro recuperó el buen color y la inflamación de la cara
provocada por los golpes de la duende pareció comenzar
a reducirse a cada segundo que pasaba. Con la otra
mano, sacó de nuevo la piedra brillante.
-Ahora
te toca a ti, pequeña furcia.
XVII - SIN ESCAPATORIA
POSIBLE
A pesar
del laberíntico entramado de las calles de
la ciudad, Áshelayd parecía dirigirse a un lugar concreto,
siguiendo algún tipo de camino predeterminado.
Aunque
sabía que corría hacia lugar seguro, la
muchacha intentaba detenerse por todos los medios
que podía, que no eran muchos; ya que ninguna parte
de su cuerpo parecía obedecerla.
Llevaba
un ritmo cardiorrespiratorio perfecto a pe-
sar de la velocidad con que se desplazaba. Sin duda, la
anciana sabía cómo utilizar su cuerpo mejor que ella
misma.
Al
principio no había estado muy segura de lo que
hacer pero, luego de oír el gran estruendo que había
ocasionado la lucha entre el guerrero y la vidente, no le
había costado tomar una decisión. Poniendo todo su
empeño en detenerse, recordó el consejo de Yin y se
concentró en dominar la fuerza de la energía que la mo-
vía; en lugar de intentar hacerla desaparecer.
De
pronto, luego de un destello verdoso, que la des-
lumbró a pesar de haber cerrado los ojos para concen-
trarse mejor, las piernas comenzaron a pesarle y un pro-
fundo dolor le aguijoneó los pulmones. Instintivamente,
se llevó la mano al pecho, sorprendida ante el hecho de
haber recuperado el control (y algo decepcionada por la
aparente pérdida de sus nuevas habilidades físicas). Al
alzar la cabeza, la muchacha se encontró a sí misma en
unos preciosos jardines que se extendían hasta donde
alcanzaba la vista.
Frente
a la joven, un enorme tejo presidía, majes-
tuoso, el lugar. No le costó reconocerlo. Era aquel bajo
el que, según contaban las leyendas, se encontraba en-
terrado el último emperador de los elfos.
Al
comenzar a levantarse, notó que antes de recu-
perar el control había agarrado algo frío y áspero con la
mano. Una anilla oxidada salía de entre las verdes hier-
bas, como si hubiese brotado de la misma tierra; deján-
dole la palma de la mano teñida de un color naranja os-
curo con trazos rojizos y marrones.
Mientras
corría de nuevo por el camino que llevaba
al lugar del que había estado escapando, no pudo evitar
la tentación de limpiarse la mano llena de óxido en una
sábana que alguien había colgado a secar.
Una
vez hubo vuelto al conjunto de desordenados
callejones que constituían aquella zona, Áshelayd no
tuvo duda alguna: se había perdido.
Confiando
en que su instinto la guiaría, se había
metido a toda velocidad por las callejuelas sin fijarse en
por dónde iba y, ahora, no solo no sabía cómo volver a
los jardines o a la casa de la vidente; sino que ignoraba
por completo el lugar de la ciudad en que se encontraba.
Las cosas no podían ponerse peor.
-¡Por
fin! Corres mucho ¿Sabes, niña?
-...O
quizás sí puedan ponerse peor...
-¿Qué
dices? Bah, como si me importasen tus súpli-
cas... Entrégame lo que le pertenece al rey y quizás te
deje ir... luego de pasar un buen rato, por supuesto.
La
joven, indignada, se puso roja de pura vergüenza.
-¡Cochino!
-¿Cochino?
¡Hahahahaha! No solo estás tan plana
como una cría sino que hablas como una, me temo. Y yo
que te hacía el cumplido de hacerte sentir como una
mujer deseable... "Pse", como quieras: Primero te mato
y luego lo cojo yo mismo.
-¡AAAAAAAAAH!
El
grito de la joven alertó a los transeúntes; quienes
miraron aterrorizados hacia la alabarda del cazador. Le-
jos de ayudar a Áshelayd, todos huyeron despavoridos
hacia sus casas.
Sonriendo
ante el hecho de no tener que llevarse a
la muchacha a ningún lugar apartado para acabar con
ella, "Bracamarte" alzó su tremenda arma en el aire con
un solo brazo, mientras, con la otra mano, se agarraba la
visera del casco simulando una cortés despedida de
sombrero.
-Hoy
no ha sido tu día, me temo...
-¡AYUDAAAAAAAA!
El
ensordecedor restallido de la hoja de la alabarda
al chocar contra el suelo llenó el ambiente, junto al des-
prendimiento de polvo y pequeñas esquirlas de roca
salidas del pavimento.
Sin
poder creer lo que acababa de ocurrir, "Braca-
marte" giró con lentitud sobre sí mismo para ver lo que
sucedía a su espalda.
Lanzándole
una mirada asesina, cargada de una
hostilidad que tan solo quien ha causado incontables
muertes con sus propias manos puede originar, un joven
pelirrojo vestido con un llamativo kimono encarnado
permanecía en una postura relajada, con una espada de
madera rojiza sostenida con la mano izquierda, apoyada
sobre el mismo hombro; y con la muchacha agarrada
como un saco sobre el otro.
-¿Qu... quién...?
-"Bracamarte" postró una rodilla
en suelo al sufrir un repentino mareo. Al abrir los ojos de
nuevo, pudo ver como las dos mitades de su casco toda-
vía se balanceaban suavemente en el suelo; separadas
por un limpio tajo.- Nadie había logrado hacerme algo
así desde hacía años... He bajado la guardia al ver aco-
rralada a mi "presa", me temo.
-Y
te voy a hacer muchas otras cosas... "me temo".
Yin,
quien ya había bajado a la muchacha, que se
había puesto todavía más colorada debido a su com-
prometida posición, había vuelto a recogerse el pelo en
una coleta, luego de lo cual, adoptó la misma postura
que cuando había luchado en el bosque de Anafae.
El
guerrero reaccionó como si le hubiesen dado una
bofetada que, de algún modo, le había hecho muchísima
ilusión.
-Eres...
¿Así que este era vuestro verdadero ros-
tro...? ¡Estaba deseando encontrarme de nuevo con vos,
"Obagashy"!
XVIII
- EL DESCUIDO DE
“BRACAMARTE”
No era posible. Simplemente, no
podía ser.
A
Áshelayd no se le daba demasiado bien el lengua-
je arcano pero, debido a la gran cantidad de libros y tex-
tos antiguos que había leído durante sus años de estu-
dio, no le cabía duda del significado de la palabra "Oba-
gashy": "oba/alma" "ga/oscuro" "shy/segar".
El oscuro
segador de almas... "asesino".
¿Por
qué había llamado ese hombre a Yin "ase-
sino"? ¿Cómo era que lo conocía? La muchacha sentía
que nada tenía sentido. Quizás Yin fuese un mercenario
algo brusco y con bastante fuerza pero, de ahí a llamarlo
"Obagashy"...
-Veo
que seguís tan lento de reflejos como siempre,
Anuji. No pensé volvería a encontrarme con vos... lo
normal habría sido que ya os hubiesen finiquitado en
algún campo de batalla.
El
guerrero se levantó, frotándose la cabeza, irra-
diando rabia por los ojos.
-¡Vos...!
Maldito seáis, "Obagashy"... ¡No me creo
que fuese un simple crío quien derrotó a mi escuadrón!
Fui despojado de mi posición por eso.
-Y
es que no fue un simple crío... Fui yo.
"Bracamarte" retrocedió un paso de
forma involun-
taria ante la nueva oleada de aquella aura llena de hosti-
lidad del joven. Al instante se arrepintió de haber mos-
trado ese acceso de debilidad e intentó disimularlo
echándose a reír mientras comenzaba a andar; rodean-
do al muchacho.
-Aquella
vez me pillasteis por sorpresa, Yajin'e. Pe-
ro ahora estoy preparado. He invertido mucho tiempo y
esfuerzo en lograr una fuerza superior a la vuestra... No
os sintáis importante; tampoco es que me haya obsesio-
nado con venceros... es solo que sois una de las perso-
nas a las que más ganas tenía de enfrentarme y, para
ello, debía "subir de categoría".
-Entiendo.
Por eso habéis ingresado en el escuadrón
de "cazadores de renegados" a las órdenes del rey... Lo
que me intriga es qué tiene de "peligroso malhechor
que, por su fuerza desmedida y deslealtad a la corona,
supone un riesgo para la misma" esta doncella; teniendo
en cuenta que ésta es la definición que vuestro código
recoge como "renegado".
-No
te hagas el tonto, "Obagashy". Sabes perfecta-
mente que también nos ocupamos de cumplirle ciertos
caprichos al rey Edwah; tales como
perseguir a gente de
distinta ideología para silenciarla o, como es este el ca-
so, recuperar antiguos tesoros que, por derecho suceso-
rio, pertenecen a la corona.
Al
momento, Áshelayd lo vio todo claro.
-¡Viene
a por mi vara, Yin!
-¿Vuestra
vara?
-La
muchacha ha acertado casi por completo... pero
esa no es "su" vara; sino la "Vara de Raya", me temo. Ese
poderoso instrumento mágico pertenece a la casa real
de Ean ya que fue un regalo del
espíritu del bosque, Ya-
rio, hacia la difunta reina durante la "Guerra de los once
años".
-¡Pero
la reina le cedió la vara a mi maestro, Hands-
chmud, en reconocimiento por su implicación en dicha
guerra!
-¿Y
eso que más da? Una vez muerto Handsch-
mud, la vara debía pasar a sus descendientes o, de no
haberlos tenido, como es el caso, a su legítimo propieta-
rio: La familia real.
Aunque
Áshelayd no sabía cómo seguir defendien-
do su argumento, fue ahora Yin quien, con una confiada
mueca de superioridad en el rostro, comenzó a hablar.
-Aún
obviando el dudoso hecho de que, legalmente,
esto sea como vos decís, teniendo en cuenta el prece-
dente de que la vara ya había sido cedida una vez y, por
lo tanto, el que en ese momento era su propietario po-
dría habérsela regalado a quien quisiera antes de mo-
rir... ¿De dónde sacáis vos, Anuji, que Handschmud ha
muerto?
Tanto
la muchacha como el guerrero sintieron una
punzada en el pecho, aunque por razones bien diferen-
tes.
-Tan
agudo como siempre, "Obagashy". He vuelto a
hablar de más, me temo... "Pse" ahora no tiene sentido
negarlo: La gloriosa casa real se ha visto implicada en la
destrucción del internado de hechiceros que ese tipo
regentaba... no de forma directa, por supuesto, pero sí
ha ayudado a los ejecutores; esos
fanáticos de la "reli-
gión única y verdadera"... aunque a mí no me interesan
esas cosas. En cualquier caso, se nos ha confirmado que
Handschmud continuaba en el edificio cuando no-sé-qué
gas se inflamó a causa de una inesperada llamarada pro-
veniente del cercano bosque de Seisríos.
Áshelayd,
con los ojos llorosos, intentaba contener
el irrefrenable cauce de emociones que la desbordaban.
Pero ahora no había tiempo para entristecerse, sino que
era el momento de pensar en el peor y más terrible
hechizo ofensivo que hubiese aprendido.
Como
si le hubiese leído la mente, Yin le indicó con
la mano derecha, oculta de la vista de "Bracamarte" por
su propio cuerpo, que se detuviese.
-Y
supongo que todos los que estaban con él, tam-
bién habrán sido calcinados ¿Verdad? Los aficionados no
tenéis ni idea de cómo se hacen las cosas...
-¡Idiota!
Te acabo de decir que, ni fuimos nosotros,
ni la explosión fue intencionada. Los prisioneros están...
"Bracamarte" puso los ojos en blanco y se golpeó la
cara con la palma abierta.
-Esa
lengua tuya será tu perdición, Anuji... Si quie-
res, puedo hacerte el favor de arrancártela de cuajo.
-¡No
vuelvas a llamarme Anuji nunca más! ¡MI
NOMBRE ES "BRACAMARTE"! Y ahora pertenezco a los
"cazadores de renegados". No soy tan débil como crees.
-Quizás
seas más fuerte que antes... Pero el tipo al
que maté en el bosque también se lo tenía muy creído y
su pica no me hizo ni cosquillas.
La
táctica de desestabilización psicológica de Yin no
solo parecía no haber surtido efecto; sino que el enemi-
go se echó a reír.
-¿"La
Pica"? ¿Has matado a "La Pica"? Ese tipo no
era más que un maldito pelota que se había ganado la
fama de invencible porque siempre se las apañaba para
conseguir las misiones más fáciles. Tenía unas ganas
tremendas de que, algún día, en una de esas misiones
"facilonas" sufriese de algún imprevisto y se lo carga-
sen... Muchísimas gracias. Ahora mi placer al matarte
será doble; ya que será como acabar con los dos al mis-
mo tiempo.
Yin,
habiendo aceptado que su técnica no había
resultado ser más que un fiasco, adoptó su tranquila
actitud habitual.
-Veo
que no decidiréis huir... En cualquier caso, esto
no terminará bien para vos.
Una
vez el muchacho se hubo colocado de nuevo en
su posición de combate, "Bracamarte alzó su espada y
comenzó a girar a más revoluciones por segundo incluso
de lo que lo había hecho al luchar con la anciana; al
mismo tiempo que hacía oscilar la alabarda arriba y aba-
jo creando un efecto visual ondulatorio que imposibili-
taba el ataque a distancia por cualquier flanco.
-¡Esta
vez no podrás vencerme, "Obagashy"! ¡Es
imposible que logres esquivar esto!
-¿Qué
razón hay para que me habléis con tan poco
respeto...? En cualquier caso, no necesito esquivar nada.
Vuestro ataque tiene tres fallos bien importantes que lo
hacen inútil contra mí.
La
alabarda de "Bracamarte" creaba un impene-
trable remolino a su alrededor, sin embargo, Yin no pa-
recía preocupado en absoluto.
Veloz
como el rayo, el muchacho comenzó a correr
en el mismo sentido en que giraba su enemigo; aumen-
tando el ritmo de forma progresiva hasta llegar al punto
en que su imagen pareció multiplicarse tras él.
Lanzando
un ataque con su espada envainada en
igual dirección que la llevada por la alabarda, "Braca-
marte" se desestabilizó por unos instantes; por lo que
apenas sí pudo evitar el yonbai que le
había lanzado el
muchacho con algo menos que un rasguño en la mejilla.
-Primer
fallo: Falta de equilibrio y estabilidad.
-¡Cállate!
"Bracamarte"
se lanzó contra su enemigo realizan-
do una serie de giros más rápidos todavía que los ante-
riores.
Yin,
quien había saltado sobre el guerrero para es-
quivar el envite, se lanzó ahora contra él por detrás, es-
pada en mano.
Al
sentir el choque del arma del muchacho contra la
alabarda, el cazador supo que había ganado. Parándose
en seco, lanzó toda la fuerza acumulada gracias a la
inercia sobre el punto del que había provenido el golpe;
pero ahí no había nadie. Un solitario yonbai
seguía gi-
rando en el aire luego de haber impactado contra su
hoja.
Sabiendo
lo que venía a continuación, "Bracamar-
te" solo tuvo tiempo de ladear la cabeza para evitar un
golpe directo. La espada envainada de Yin cayó desde
arriba, como una maza, sobre el hombro izquierdo del
cazador.
Luego
de girar en el aire para equilibrarse, el mu-
chacho adoptó una postura chulesca, similar a la que
había lucido al aparecer, y continuó la cuenta.
-Segundo
fallo: Tu propia velocidad te impide ver al
enemigo. Si te guías de la posición de éste solo por sus
ataques, le será tremendamente sencillo tenderte una
trampa. ¿Vas a intentarlo de nuevo, aún con el hombro
izquierdo dislocado?
"Bracamarte"
sonrió.
-¿Acaso
lo dudas?
Un
último ataque desesperado, a gran velocidad a
pesar de haber sido realizado con una sola mano, sirvió
para convencer a Yin de que no habría manera de ven-
cerlo sin dejarlo incapacitado.
-Tercer
fallo... -Súbitamente, "Bracamarte" cesó de
girar; al verse su brazo atrapado por algo.- ...Creer que
tu ataque más veloz es más rápido que yo.
Yin
había penetrado en el radio de acción del caza-
dor y lo había detenido en pleno movimiento.
"Bracamarte"
dejó caer la espada y se postró de ro-
dillas, rendido.
-Sois...
más fuerte que antes ¿Verdad?
-¿Ahora
me volvéis a tratar de vos...? No importa.
Lo cierto es que he mejorado más de lo usual en estos
últimos años; pero no utilicé todos mis recursos la pri-
mera vez que nos vimos... Ni he llegado a hacerlo en
esta ocasión, la verdad.
Una
vez el Yajin'e le hubo dado la espalda, el ca-
zador levantó la cabeza y, mostrando una mirada repleta
de odio, proclamó.
-¡PUES
ESTA VEZ TE VERÁS OBLIGADO A USAR
HASTA EL ÚLTIMO DE TUS TRUCOS PARA GANAR,
"OBAGASHY"!
Arrancándose
el manto, "Bracamarte mostró a los
dos muchachos su torso desnudo; en el que, además de
una densa mata de pelo, podían verse diversas marcas
oscuras de forma irregular unidas entre ellas por otras
señales más finas, similares a hilos o raíces que se hubie-
sen fundido con sus vasos sanguíneos.
-Anuji...
No me digáis que vos...
-¡QUE
EMPIECE EL DUELO DE VERDAD!
-¡Escapad,
mi señora!
Comprendiendo
que su presencia tan solo resultaría
un estorbo para el guardaespaldas, la muchacha corrió
calle abajo sin mirar atrás.
Yin,
por su parte, permanecía frente a "Bracamar-
te", en posición de combate, esperando a que éste diese
el primer paso.
Las
marcas del cuerpo del cazador habían comenza-
do a iluminarse con un brillo dorado y a recorrer todo su
cuerpo como si tuviesen vida propia. Del mismo modo
que los gusanos bajo la tierra, las marcas luminosas se
desplazaban bajo la piel del guerrero, metiéndosele por
las venas, vasos sanguíneos y arterias; abultándolas y
haciéndolas brillar a su vez al desperdigar por todo el
cuerpo las finas ramificaciones que surgían de ellas.
Una
vez terminado el proceso, la totalidad del cuer-
po de "Bracamarte" se veía surcado por las finas marcas
ondulantes, sus músculos habían aumentado considera-
blemente de tamaño y sus ojos resplandecían tenue-
mente. Con un horrible chasquido, el brazo del guerrero
se recolocó de pronto. Luego de girar la articulación del
hombro un par de veces, "Bracamarte", satisfecho, lanzó
una triunfal mirada a su adversario.
-¿Sorprendido,
"Obagashy"? Creí haberos dicho que
había hecho grandes esfuerzos por ponerme a la altura
de los más fuertes... Para alguien como yo, que había
llegado al límite de su habilidad, esta era la salida lógica
¿No te parece?
-Vender
vuestro cuerpo a un "Soguhikán"; a un co-
medor de cuerpos... Esta batalla ha llegado demasiado
lejos para no tener trascendencia. Dejémoslo aquí.
-¿Qué
ocurre, "Obagashy"? ¿Acaso os asusta el que
ahora esté a vuestra altura? ¿No os gusta pelear si no
tenéis más fuerza que el enemigo? ¡Sois patético!
-¡Lo
que pretendo no es sino evitar que os suicidéis
sin motivo!
-¡PUES
ESO NO OS INCUMBE!
Yin
apenas logró interponer su espada entre él y el
puño de "Bracamarte a tiempo. El tremendo golpe lo
lanzó por los aires hasta que se cruzó con un muro, que
detuvo su trayectoria con contundencia; dejándolo mo-
mentáneamente sin respiración.
-...Mo...
moriréis si... continuáis con esto...
-¡Escúchate
a ti mismo, pedazo de mierda! Ya no
eres rival para mí. ¿Qué importa un pequeño precio por
masacrar a un enemigo de tu calibre?
-¿Pequeño
precio? ¿Acaso no sabéis que los "So-
guhikán" son parásitos que se alimentan del cuerpo de
su anfitrión?
-Sí.
Pero también sé que, como resultado de este
proceso, segregan numerosas sustancias que dotan de
enorme resistencia física a dicho anfitrión. En otras pa-
labras: Desde ahora hasta que el proceso se detenga,
soy invencible, me temo.
-No
es tan fácil detener al parásito como despertar-
lo, Anuji. Muy pocos lo han logrado y, aún así, no han
salido bien parados luego de hacerlo.
-Entonces
será mejor que termine contigo lo antes
posible.
Moviéndose
con gran rapidez, "Bracamarte" se co-
locó frente a Yin en una fracción de segundo.
El
poderoso puñetazo dirigido hacia el joven abrió
un boquete en el muro.
Al
mirar hacia arriba, el guerrero vio cómo el mu-
chacho se alejaba saltando de tejado en tejado. Ésta sí
iba a ser una cacería divertida.
A
toda velocidad, Yin saltaba de un lado a otro in-
tentando pensar en una estrategia viable. Aunque ataca-
se al enemigo con uno de sus cuchillos, el incremento de
su masa muscular impediría que la herida fuese mortal
en la mayor parte de la superficie de su cuerpo pero, con
la gran velocidad que éste había adquirido, tampoco le
sería posible acertar en una zona de tamaño tan reduci-
do como la cabeza o el cuello, donde la densa capa de
tejidos no lo protegería.
Súbitamente,
se vio alertado por unos restos de
musgo seco que habían caído sobre su hombro. Saltando
hacia atrás, logró evitar el mandoble que "Bracamarte"
le había lanzado desde arriba con su alabarda.
-¿Lo
has visto, "Obagashy"? Ahora soy más rápido y
fuerte que tú. ¡Prepárate a morir!
Yin
saltaba y corría por los tejados y terrazas de la
zona antigua mientras su adversario se divertía adelan-
tándosele y atacando de vez en cuando sin verdadero
ánimo de derrotarlo; como un gato que acorrala a un
ratón y disfruta atormentándolo antes de darle el golpe
de gracia.
Una
vez hubieron llegado a la parte de la zona anti-
gua de la ciudad, que estaba siendo restaurada, Yin se
detuvo sobre uno de los andamios de caña.
-No
voy a continuar con esto.
-¿Al
fin te decides a luchar conmigo, cobarde?
-Veo
que no podré hacerte reconsiderar tu posi-
ción; así que tendré que matarte para proteger a mi se-
ñora. Lo siento.
-¿Lo
sientes? ¿Que lo sientes? ¿Quién diablos eres y
qué has hecho con ese temible guerrero al que todos
conocen como "el oscuro segador de almas"? Siempre
has sido un asesino despiadado y sanguinario; así que no
entiendo a que viene ahora esta muestra de debilidad.
-...
El ser un mercenario me ha convertido en ase-
sino; y no al contrario, tal y como ocurre en tu caso. Si
alguna vez he matado ha sido por necesidad y para
cumplir con mi deber. Nunca he acabado por gusto con
la vida de nadie. Últimamente he tenido tiempo para
replantearme mis principios... y he
decidido evitar matar
en la medida de lo posible.
-...
Patético... Me decepcionas, mercenario. No me-
rece la pena que pierda más tiempo con alguien que...
Antes
de que "Bracamarte" hubiese terminado la
frase, Yin comenzó a rodearlo a toda velocidad; confun-
diéndolo con su imagen residual.
-¡Eso
me lo dirás después de probar mi técnica: Is-
hin-yonbai; "Yonbai
espejismo"!
Todas
las figuras lanzaron un cuchillo al mismo
tiempo. El guerrero, sabiendo que no le quedaba tiempo
para decidir cuál de ellos era el real, lanzó un mandoble
giratorio hacia todos para no arriesgarse. Al momento,
comprendió la naturaleza de la táctica del muchacho.
Todos los cuchillos eran reales. No obstante, ninguno
habría podido acabar con su vida; todos habían ido de-
masiado bajos... por lo tanto, la intención del Yajin'e era
obligarlo a bajar la espada para abrirle la cabeza como
un melón.
Subiendo
la alabarda con todas sus fuerzas, "Bra-
camarte" se encontró con su enemigo justo encima de
él. Con una mueca de felicidad, barrió el aire con su ala-
barda, partiendo al chico por la mitad... o, más bien, a su
imagen.
Yin,
en algún momento, se había colocado a sus pies
y, ahora, se preparaba para desenvainar la espada direc-
tamente hacia su estómago.
A
pesar de lo desequilibrado de la posición, el caza-
dor logró propinar un contundente puntapié a su
enemigo; quien salió volando por los aires. Creyéndose
salvado, "Bracamarte" se dispuso a seguirlo, pero un
sonido metálico a su espalda lo detuvo.
Por
apenas unos milímetros, el guerrero logro es-
quivar los ocho yonbai que el muchacho
le había lanzado
antes, recibiendo, tan solo, una serie de superficiales
cortes paralelos en el pecho.
Sin
comprender cómo lo había hecho, el cazador
miró hacia su espalda; pero no había nadie. Al darse la
vuelta de nuevo, tuvo el tiempo justo para evitar el filo
de la espada enemiga y de lanzarla hacia atrás con un
nuevo envite de su propia arma.
Mientras
Yin se levantaba otra vez como si nada, el
guerrero comprendió lo que había sucedido. De la mu-
ñeca del joven surgían varios cables, casi invisibles, ata-
dos a los cuchillos. Los cortó sin esfuerzo con su espa-
dón.
-Ha
sido una táctica fantástica, mercenario... Casi a
la altura del nombre de "Obagashy". Pero contra este
nuevo cuerpo no puedes hacer nada. Ni siquiera esas
técnicas súper rápidas tuyas de desenvainar en el aire
alcanzan una velocidad suficiente para cogerme por la
espalda.
-Entonces,
quizás debería intentar un ataque fron-
tal.
El
rostro del cazador, trastornado a causa del au-
mento de su poder, se deformó todavía más al mostrar
una gran sonrisa.
-Eso
me encantaría.
Una
vez devuelta la hoja a su vaina, Yin se colocó en
posición para desenvainar. "Bracamarte", por su parte,
retrasó la alabarda y comenzó a correr hacia el mucha-
cho lanzando un potente bramido.
Del
choque resultante salió un fuerte chispazo.
Una
vez se hubo detenido el movimiento, el cazador
permanecía con el brazo estirado, apuntando con la ala-
barda en dirección al muchacho mientras que, Yin, per-
plejo, comprobó cómo su espada había quedado clavada
en lo alto de una lejana torre.
A pesar
de haber logrado desarmar a Yin, "Braca-
marte" no había salido del todo bien parado. No solo
había dejado de sentir nada del codo para abajo, sino
que le temblaba todo el cuerpo. A causa de los espas-
mos del brazo debilitado, la alabarda cayó plana sobre el
suelo. Entonces pudo verlo: había un profundo tajo en el
lomo de la hoja de su espadón que llegaba casi hasta el
nervio de la misma.
-Parece
que realmente tu fama de "Obagashy" es
merecida, me temo...
Yin,
quien hasta entonces se había estado sujetando
el dolorido brazo izquierdo, alzó ahora la solitaria vaina,
sosteniéndola con la otra mano.
-Detén
esta maldita locura ahora mismo, o me veré
obligado a...
-¿A
qué? Has perdido casi todos tus cuchillos "llu-
nabi", o como se llamen, así como tu espada. Quizás sí
puedas darme algo de guerra con la vaina todavía, pero
no serás rival para mi alabarda durante mucho rato más.
-Mira
tu brazo.
Con
prudencia, el guerrero dirigió su vista hacia la
extremidad dolorida sin dejar de controlar a su adversa-
rio por el rabillo del ojo.
-¡Ja!
Un truco muy infantil por tu parte ¿No te pare-
ce? A mi brazo no le pasa nada; se me irá el dolor en
unos...
-¡El otro brazo!
Al
comprobar su apéndice izquierdo, el cazador no
pudo evitar dejar escapar un respingo. La carne y la piel
se habían secado y contraído; dándole a la mitad inferior
del mismo el aspecto de un tronco seco.
-¡Ugh...l
-El
parásito te está consumiendo... Si sigues así,
aunque ganes, no podrás volver a combatir en tu vida.
-¡No
seas idiota! ¿Crees realmente que soy tan es-
túpido como para despertar al "Soguhikán" sin tener
preparado un remedio contra este tipo de problemas?
Llevo los dos últimos años utilizando esta técnica y no
me he consumido en absoluto ¿Cómo crees que es posi-
ble, genio...? ¡Con esto!
"Bracamarte"
sacó de su bolsillo una botellita verde
en cuyo interior bailaba un liquido de color amarillo os-
curo.
-¿Es
eso lo que creo que...?
-Sí.
Sangre de unicornio. El mejor remedio contra
cualquier enfermedad... mientras no pierda la extremi-
dad, se recuperará casi al instante, pase lo que le pase.
-Solo
los elfos podían beber sangre de unicornio.
-Sí,
lo sé. Si un humano, Indo, gigante, etc. la bebie-
se, en principio, no solo no se curaría sino que sufriría de
unos cólicos tremendos y podría llegar a morir... Pero
esta está tratada. Tengo acceso a las mejores medicinas
extraídas de los mejores ingredientes. Ventajas de servir
al rey... ¿Qué tienes tú?
-La
habilidad necesaria para matarte.
-Ya
me he hartado de tus bravuconadas... con esa
vaina no podrás atacar; solo detener algunos golpes. Vas
a morir, me temo.
Yin,
por alguna razón, adoptó su típica postura de
combate a pesar de tener solo la vaina.
-Entonces,
atácame de nuevo.
"Bracamarte",
incapaz de soportar la insolencia de
su enemigo, apuró la poción de sangre de unicornio y,
sintiendo cómo sus fuerzas perdidas regresaban, se lan-
zó hacia el muchacho.
El
movimiento escogido esta vez, para evitar la téc-
nica de Yin, fue un barrido horizontal de izquierda a de-
recha. El joven sonrió.
En
lugar de atacar hacia delante directamente, Yin
se pasó la vaina por la espalda hacia la mano izquierda
mientras saltaba para, una vez esquivado el golpe del
enemigo, dirigir el arma hacia su cabeza con la inercia
del golpe intacta.
El
cazador, rápido de reflejos aunque con la mano
derecha ocupada en dominar la pesada alabarda, se pro-
tegió con su brazo afectado; cuya piel escamada se res-
quebrajó con el impacto, al no estar todavía recuperada
del todo. El instante de duda ocasionado por el intenso
dolor fue suficiente para que Yin se colocase bajo el
cuerpo inclinado de su enemigo, con las manos en el
tejado del edificio en que se encontraban y los pies en el
aire, con la intención de propinarle al cazador una con-
tundente patada doble.
A
pesar de los intentos del guerrero por evitarlo, las
piernas del muchacho fueron más rápidas y golpearon
su mentón con dureza.
Mientras
"Bracamarte" caía hacia
atrás, su alabarda
permanecía inmóvil en la mano. Ése era el momento que
Yin había estado esperando. Girando sobre sus hombros
apoyados en el suelo a gran velocidad, logró enganchar
la empuñadura del espadón con una pierna mientras
que, con la otra, golpeó la muñeca del cazador.
Cuando
éste llegó al suelo, su alabarda todavía se
encontraba girando en el aire. Haciendo un último es-
fuerzo, Yin se volteó hacia atrás y fue a por ella de un
salto. Al ver que "Bracamarte" se había repuesto y pre-
tendía también hacerse con el arma, tomó una arriesga-
da decisión: en lugar de alargar el brazo para coger el
objeto que ambos ambicionaban, lanzó la pierna para
golpear su rajada hoja. La alabarda quedó clavada a dos
metros por encima de su propia arma; en la misma to-
rre.
-Eres...
un maldito bastardo... ¿Lo sabías?
El
cazador se sujetaba el reseco brazo ensangrenta-
do, aunque la hemorragia ya había cesado gracias a la
poción.
-Mírate,
Anuji... se te está consumiendo el cuerpo.
No dudo que hayas utilizado esta técnica en varias oca-
siones, pero tienes que darte cuenta de algo importante:
A medida que el parásito se alimenta de tu carne, aun-
que aumente la cantidad de ese producto que dota de
mayor fuerza a tus prodigiosos músculos, al no quedarte
músculos que aumentar, no recibes más fuerza. Al inicio
de la batalla podías jugar conmigo como el gato con el
ratón... pero ahora ya nos hemos puesto casi al mismo
nivel. Quizás yo me haya vuelto algo más fuerte luchan-
do con alguien de tu calibre, mi pueblo es así... pero de-
bes haberte percatado de que eres notablemente me-
nos poderoso que antes.
-Cállate...
¡Cállate...! ¡CÁLLATE YA! ¡Me importa una
mierda mi cuerpo! ¡NO VOY A PERDER ESTA PELEA, PASE
LO QUE PASE!
Desesperado,
el cazador sacó tres botellas repletas
del líquido amarillo y se las tomó de golpe.
Los
efectos reparadores de la sangre de unicornio,
unido a los potenciadores químicos del "Soguhikán",
provocaron una reacción desmedida.
Los
músculos del guerrero, así como su propio es-
queleto, parecieron aumentar tres veces su tamaño an-
terior entre terribles crujidos y borboteos. "Bracamarte"
gritaba, no se podría decir si del terrible dolor que la
metamorfosis le infligía o del sublime placer por saberse
el más fuerte ahora.
-Imagino
que ya no te queda sangre de unicornio
para recuperarte al terminar la pelea...
-Eso a ti ya... -"Bracamarte había comenzado
a san-
grar por las fosas nasales, oídos, lacrimales, uñas y algu-
nos poros de la piel; que se le había vuelto gris.- ...te va a
dar igual, me temo.
Con
una potencia imposible, el guerrero lanzó un
contundente puñetazo hacia el Yajin'e que llegó incluso
a desprender algunas baldosas bajo sus pies; debido al
impulso del impacto. A la merced total del golpe, Yin,
quien esta vez no había tenido tiempo ni de cubrirse con
la vaina, salió volando hacia el otro lado de la calle.
Luego
de aterrizar como un peso muerto sobre un
tejado cercano a la torre, el joven intentó levantarse
para recuperar alguna de las espadas y tener así una
mínima oportunidad; pero no pudo hacerlo. El terrible
golpe recibido en el estómago lo había dejado mareado
y sin fuerzas. Por mucho que lo intentase, no podía mo-
ver ni un brazo siquiera.
El
contundente temblor del tejado le indicó que su
adversario acababa de llegar ¿Había saltado esa distan-
141
cia?
Visto lo visto, no le sorprendería. Sintió cómo el
poderoso brazo, de venas abultadas y brillantes, tiraba
de la chaqueta de su kimono hacia arriba. Ahora se en-
contraba suspendido, con la cabeza colgando, pues no
tenía fuerzas ni para tensar el cuello, frente a la enorme
mole que, hacía un rato, había sido humana.
-Ah...
hu... n... hiah...
-Ya
no puedes ni decir tonterías ¿Eh, pequeñajo?
Tranquilo, que en seguida me ocuparé de que no sien-
tas más dolor...
Echando
el brazo hacia atrás con teatralidad, delei-
tándose con el momento, el monstruoso guerrero retra-
só el golpe lo suficiente para que el cerebro de Yin vol-
viese a activarse.
Liberándose
de la chaqueta en el último instante,
logro evitar el puñetazo por parte del cazador quien, al
quedar estirado sobre él, presentaba un blanco perfec-
to.
Una
vez lo hubo apuñalado hasta el fondo en el es-
tómago con un yonbai, lo que provocó la
caída de la mi-
tad de un fino gusanillo dorado, Yin creyó que todo ha-
bía terminado... Pero la gran cantidad de sangre de uni-
cornio ingerida por el enemigo hizo inútil el esfuerzo.
De
una monumental patada, que al estar tan cerca
no llegó a dañarlo tanto como el puñetazo anterior, el
Yajin'e llegó hasta el muro en que habían quedado cla-
vadas las espadas.
Aunque
el arma del muchacho estaba al alcance de
su mano, e incluso llegó a rozar la empuñadura, el cuer-
po del joven había vuelto a dejar de obedecerle; por lo
que fue resbalando hasta caer pesadamente sobre una
de las cornisas de la torre.
Mientras
"Bracamarte" se entretenía sacando su
alabarda de entre las rocas, Yin comenzó a arrastrarse
hasta llegar a entrar por una pequeña abertura sin puer-
ta que llevaba a una gran sala iluminada por cuatro
enormes aberturas en el muro, unos metros más arriba.
-Sé
que estás ahí, asesino de pacotilla... no creas
que porque la entrada sea muy pequeña voy a dejar de
entrar para rematarte... -De un solo golpe de alabarda,
los grandes bloques de piedra se hicieron añicos; dejan-
do un hueco lo suficientemente grande como para po-
der pasar aún con su imponente tamaño.- Ahora
deja ya
que te mate, que me he cansado de esto, me temo.
En
un último y desesperado intento, Yin lanzó el
yonbai restante, que cayó al suelo con
un tintineo metá-
lico antes de llegar a su objetivo, lo cual hizo ver al mu-
chacho que el golpe había fallado. De todos modos, sa-
bía que, de acertar, no habría logrado hacer nada a
aquel monstruo.
- ...inco, cuatro, tres...
Bracamarte,
divertido, se detuvo antes de asestar el
golpe de gracia.
-¿Qué
es lo que dices, pequeño? ¿Acaso suplicas
clemencia?
-...Cero.
Anuji
no tuvo tiempo ni de preguntarse qué había
significado aquello. El badajo de la campana, con sus
varias toneladas de peso, se llevó la cabeza del mons-
truo por delante, haciendo saltar por los aires múltiples
hebras doradas que el muchacho se cuidó de esquivar
rodando por el suelo.
El fuerte sonido de la campanada hizo que el
debi-
litado mercenario estuviese a punto de desmayarse;
pero la amortiguación que la cabeza de su enemigo ha-
bía ofrecido al golpearse las dos piezas de metal, así co-
mo su enorme fuerza de voluntad, lo evitaron.
Luego
de un rato de merecido descanso, en cuanto
comprobó que podía volver a oír, se levantó a duras pe-
nas y miró el cuerpo decapitado del hombre que había
estado a punto de matarlo. No sintió nada salvo, quizás,
cierta diversión ante el hecho de que el haber crecido de
esa forma, volviéndose con ello más fuerte que él, hu-
biese sido la causa de su derrota. "Si hubieses sido tan
solo unos centímetros más pequeño..."
Ahora,
una vez recuperada la espada, que había
caído al suelo al sacar Anuji su alabarda del muro, tan
solo era cuestión de encontrar la chaqueta y los cuchillos
y buscar a su señora... En ese momento, Yin se dio cuen-
ta de lo terriblemente cansado que estaba.
XXI
- BONI, LA SIMPÁTICA
HECHICERA
Ashelayd
había empezado a correr con todas sus
fuerzas en cuanto su guardaespaldas se lo hubo ordena-
do. No obstante, desorientada como estaba, no lograría
encontrar la entrada principal de la ciudad ni, mucho
menos, a los caballos.
Consciente
de ello, la muchacha había decidido to-
mar el primer desvío con el que se encontró. Este ca-
mino la llevó al pequeño portón de suministros que
abastecía a la ciudad desde el sur y la conectaba con la
zona rural, donde las grandes extensiones de policultivos
eran atendidas por jornaleros y, en menor medida, ya
que la mayor parte del terreno estaba en manos de la
nobleza, por algunos propietarios pertenecientes a la
clase campesina. En caso de enfrentamientos, el portón
no resultaba ser un punto débil; ya que podía ser retraí-
do e integrado a la muralla con una técnica dotada de
una precisión que murió con quienes la construyeron.
Una
vez se hubo alejado lo suficiente como para
sentirse segura, la muchacha se detuvo, jadeante, para
recuperar el aliento.
Al
comenzar a caminar de nuevo, aunque con la
mente algo dispersa debido a la preocupación que sentía
por su compañero de viaje, pudo comprobar que a los
jornaleros y campesinos de la zona, a pesar de estar tan
cerca de la capital del país, no les iba demasiado bien.
La
mayoría de ellos vestían con ropas ajadas, anta-
ño de gran calidad y buena costura, pero que se habían
ido desgastando con el uso. No tenía sentido. Si bien la
crisis económica sufrida hacía unos años por el País de
Raya, que ahora Áshelayd sabía producto de la guerra,
había mermado los bolsillos de todos, a la muchacha no
se le había escapado que en la zona pudiente de la ciu-
dad la gente vivía sin ahogos y con lujo. La joven no en-
tendía de ninguna manera cómo podía el rey actual ser
tan imbécil. La dinastía de Ean
descendía del primer rey
de la historia humana; un valiente guerrero que, hacía
casi mil años, según se contaba en libros y leyendas de
transmisión oral, había sepultado al diablo en el infra-
mundo y había logrado unificar a todos los pueblos de la
península, desde el desierto blanco hasta el bosque de
Yariojira; conformando así una región que pasó a llevar
su nombre. Desde él, todos los reyes habían sido media-
namente competentes, incluso sin contar con Hunnan II
y Raya III; considerados como los
mejores gobernantes
desde el mismísimo Ean. No obstante, en
esta ocasión,
el país estaba en manos de un hombre avaro, soberbio e
inepto; que lo había llevado al extremo: por una parte, la
nobleza gozaba de gran riqueza; por el otro, la clase tra-
bajadora debían sufrir lo indecible para sobrevivir. La
buena calidad de vida que diferenciaba a aquella región
de las demás parecía irse desvaneciendo año a año.
Se
extendía año tras año la opinión de que este
hombre, Edwah, no era quien debería
haber alcanzado
el trono, sino su primo hermano. La razón del conflicto
era que el primogénito de Raya III
había sido un hijo bas-
tardo, de padre desconocido, que además carecía de
uno de los principales vínculos físicos con la familia real:
según los rumores, su pelo y ojos no eran del mismo
distintivo color que el de los demás; por lo que las leyes
y el juicio de la alta nobleza tan solo contemplaban co-
mo legítimo sucesor al primogénito de su segundo hijo;
producto de un matrimonio noble. Había, incluso, quien
sostenía que una línea sucesoria paralela a la del propio
Ean, que partía de un hipotético
hermano mayor, era
quien tenía el verdadero derecho sucesorio.
En
cualquier caso, Áshelayd odiaba a Edwah
con to-
do su ser. Contribuir a la destrucción de su hogar por
algo tan mísero como una vara mágica... Si bien este tipo
de arma no abundaba, no podía merecer la pena. Una
vara mágica tan solo era un instrumento que servía para
canalizar el poder del mago o hechicero, a la hora de
conjurar o utilizar magia espiritual, y evitar que parte de
dicha energía se malgastase, al ser requerido un menor
esfuerzo para realizar el proceso. No era admisible el
causar tanto daño solo para conseguir algo que, por si
esto fuese poco, al rey solo le serviría como trofeo; pues,
al contrario que su padre, no había heredado el poder
de su abuela.
Absorta
como estaba en echar pestes sobre el mo-
narca, Áshelayd chocó con otra anciana. Jamás en toda
su vida había tropezado tantas veces como ese día.
-Disculpadme,
por favor. Andaba distraída y...
-No
es nada, pequeña ¿Ayudarás a esta viejecita a
levantarse?
Áshelayd
se quedó asombrada ante el aspecto de la
desconocida: A pesar de sus espesas y gruesas cejas, que
la dotaban de un aspecto algo salvaje, así como de las
numerosas arrugas por las que se veía surcado su rostro,
la anciana resultó ser una de las mujeres más bellas con
las que la joven se hubiese cruzado jamás.
Una
vez la hubo ayudado a levantarse, la muchacha
pudo comprobar que, a pesar de su edad, la desconoci-
da poseía un talle envidiable y un aspecto, en conjunto,
sano. Lo que más destacaba, en cualquier caso, eran
unos ojos grandes y redondos, del claro color de la miel,
que destilaban una inteligencia y sabiduría que Áshelayd
tan solo había vislumbrado hasta entonces en la mirada
de Handschmud.
-Vos
sois una hechicera.
Áshelayd
se sorprendió a sí misma, casi tanto por el
hecho de haber dicho algo así, como por la seriedad con
que lo había hecho.
-Tienes
buen ojo para reconocer a los de tu misma
clase, pequeña. ¿Te apetece tomar unas pastas de gun-
na y una infusión de frí?
Antes
de entender cómo había ocurrido, la mucha-
cha se vio aceptando la invitación. Por segunda vez en
ese mismo día, sintió como si su voluntad le hubiese sido
arrebatada.
La
casa de la anciana resultó ser mucho más aco-
gedora de lo que Áshelayd se había esperado; luego de
haber visto la pocilga en que vivía la pobre duende. Al
recordarla se entristeció. No había llegado a conocerla,
pero, quizás todavía más a causa de ello, le daba mucha
pena que hubiese sufrido por protegerla. Esperaba que
estuviese viva... pero sabía que no era así.
-Tenéis
un hogar francamente agradable... este...
-Llámame
Boni. -La anciana retiró una sucia capa
gris de viaje que reposaba sobre el respaldo de una silla
y, ocultándola, con aire avergonzado ante el desorden,
invitó a la joven a sentarse.- Y dime ¿Qué te trae por
aquí?
Áshelayd,
pensando en que lo mejor para todos
sería contarle alguna mentira, la miró a los ojos y co-
menzó a hablar.
-Veréis...
Mi maestro me pidió que cumpliese un re-
cado en el pueblo de Árdell, ya que él no podía; pero al
final resultó que era una trampa que le habían tendido.
Afortunadamente, yo me había encontrado con un Ya-
jin'e en el bosque de Seisríos y me salvó del chaval aquel
que habían contratado como asesino. Luego, al enterar-
nos de que habían atacado a mi maestro mientras yo
estaba ausente, Yin y yo vinimos aquí; aunque nos vol-
vieron a atacar en el bosque de Anafae, pero Yin macha-
có a aquel tipo. Como él tardaba mucho en encontrar
información al llegar aquí, me puse a pasear y fui yo
quien se encontró con alguien: una duende que me leyó
el futuro. Pero entonces, llegó un tipo con pinta de oso y
que llevaba una espada gigante y atacó a la duende. Y
luego intentó matarme a mí. Yin apareció de pronto y se
lo impidió ¡Fue genial! pero, aunque iba ganando, "Bra-
zomate", o como se llame, hizo algo raro y empezó a
brillar y Yin se asustó y me dijo que escapase y yo esca-
pé.
Una
vez hubo terminado, la muchacha tardó un
buen rato en recuperar el aliento. No solo por haber
soltado semejante perorata de corrido; sino porque, a
pesar de su intención de mentir, había contado todo tal
y como lo recordaba; lo cual la había sorprendido enor-
memente.
-Vaya...
Tu capacidad narrativa deja mucho que
desear, jovencita... -Mientras hablaba, la anciana colocó
frente a Áshelayd un cuenco de barro, de color verdoso,
que contenía unas galletas circulares y rugosas, con la
superficie tostada y crujiente, todavía calientes. A con-
tinuación, apartó un pequeño tapete decorativo de gan-
chillo e hizo sitio también para una bandeja del mismo
material cocido, en que reposaban dos tazas de alfarería
repletas hasta la mitad de agua hirviendo.- Te aconseja-
ría que, en principio, no mirases a los ojos a un mago si
pretendes mentirle... claro que, con ello, estarás dando
a entender que no dices la verdad; pero al menos no
llegarás a contarle aquello que no quieres que sepa.
-Es
cierto, creo que he oído algo acerca de eso...
"Los ojos no ven. Solo son ventanas hacia el cerebro; por
lo que existen formas de llegar a la mente de alguien
solo con mirarlo".
-Y
esto vale para todos los sentidos. Técnicamente,
este tipo de magia se conoce como "Amagaki", es decir,
"alucinógena" o también "de control". Consiste en pro-
yectar la energía del primer punto, "sentido", hacia el
cerebro de tu rival; provocándole una pérdida de control
sobre su propio "sentido".
-¿Sen...
sentido?
La
anciana, que había cogido un recipiente de arcilla
en forma de jarra ancha, lleno de agua, en que flotaban
unas hojas rojas, vertió algo de éste líquido en ambas
tazas, así como una hoja en cada una de ellas, y comen-
zó a remover el contenido con una varilla de madera
terminada en una pequeña protuberancia cóncava.
-Veo
que todavía no has estudiado los "cinco pun-
tos", también llamados "Gan'shi". -"Ga/alma",
"n'/lugar/residencia", "shi/cinco" tradujo la muchacha
para sí; "los cinco emplazamientos del alma".- Resu-
miendo, estos puntos se encuentran en la cabeza, cora-
zón, vientre, genitales y espalda; y son llamados, respec-
tivamente, "sentido", "fortaleza", "Sentimiento",
"Vi-
da" y "Resistencia". Estos cinco "Gan'shi" deben
actuar
en armonía para que una persona viva sana. Si se con-
trolan de forma correcta, puede llegarse a vivir más de
cien años... por el contrario, si una destaca sobre las
otras en exceso, el sujeto se descontrola y no solo pierde
el norte; sino que jamás logrará encontrar su verdadero
poder. Controlar los "Gan'shi" no es algo tan difícil o
extraño como pareces pensar, tal y como se deduce de
la expresión de tu rostro. La activación de los mismos es
la que llevas a cabo cada vez que lanzas un conjuro.
Entiendo
que no os hayan hablado de ellos todavía
en tu escuela... es un tema complicado que, posiblemen-
te, los chiquillos no podréis comprender a una edad tan
difícil... Y, si te lo he contado, es porque el estudio de los
"Gan'shi" está relacionado con el estudio del origen y
naturaleza de la magia; por lo que he pensado que te
sería útil en tu búsqueda, pequeña.
-¿Y
qué pasa si haces magia sin estar en comunión
total los puntos?
La
anciana sonrió mientras daba un nuevo sorbo a
la infusión para ayudar a pasar a la pasta por el esófago.
-Nadie
ha logrado esa comunión perfecta que tú di-
ces. Toda persona posee defectos y cualidades... No se
puede, en principio, alcanzar tal grado de perfección.
Durante siglos, muchos han intentado hallar la solución
a esta cuestión; pero nadie lo ha logrado salvo, quizás,
aquel a quien estás buscando...
"El
guardián de los secretos", pensó la muchacha.
No cabía duda de que ambas historias coincidían en ese
punto: Ánid le había contado que, debido a una serie de
conjuros, un poderoso mago había intentado hacer ver a
su hijo ciego luego de obrar en su cuerpo numerosas
modificaciones para soportar el efecto de su magia;
aunque al final resultaron insuficientes... quizás lo hu-
biese intentado manipulando el punto "sentido" de for-
ma directa o, a lo mejor, había puesto al mismo nivel a
los otros cuatro para que la coincidencia de los mismos
obrase el milagro... En cualquier caso, la secuencia de
hechos parecía comenzar a tener sentido.
-Entonces,
existe la posibilidad... ¿Pero cómo saber
qué hay que mejorar? ¿Es esto parte del problema a la
hora de unificar los puntos?
-En
absoluto. Existen diversas formas de conocer el
poder de una persona. La mejor y más explicativa es
utilizar uno de los pergaminos que Leudo, el famoso
alquimista, creó tiempo atrás para tal fin... pero, a falta
de uno, siendo una hechicera medianamente eficiente
como soy, creo que algo podré hacer. -La mujer se le-
vantó y colocó frente a la muchacha.- Desnúdate, por
favor.
Áshelayd
se sobresaltó. No se le había ocurrido que
tendría que hacer algo así para conocer el alcance de sus
fuerzas.
-¿Por
qué tengo que...?
-No
seas vergonzosa, muchacha, que todo cuanto
puedas tener yo ya lo he visto en más ocasiones que tú.
Además, me bastará con que te quedes en ropa interior,
si lo prefieres.
Tomando
la palabra de Boni, la muchacha se quitó
el vestido de seda y conservó el taparrabos; así como la
tela cruzada con que se sujetaba innecesariamente el
incipiente pecho, todavía poco desarrollado a pesar de
su edad.
Avergonzada
y con frío, siguió las indicaciones de
la anciana y ambas se sentaron en el suelo, con las ma-
nos extendidas, tocándose las puntas de los dedos la
una a la otra.
-Bien. Ahora, mírame a los ojos e intenta no
pensar
en nada.
De
cualquier modo, Áshelayd no habría sido capaz
de centrar su mente en nada más aparte de los dos dis-
cos claros que constituían los irises de los ojos de la an-
ciana. A pesar de su edad, conservaban un brillo de vita-
lidad que la hacía aparentar ser mucho más joven de lo
que en realidad era.
-¡AH!
¿Qué ha sido eso?
La
muchacha, sorprendida, había sentido de pronto
como si le hubiesen atravesado cada uno de los cinco
puntos con algo ardiente y vibrante; como un rayo de
energía.
-No
te preocupes, jovencita. Ya te puedes vestir. -La
anciana se levantó ayudada por la estudiante y comenzó
a hablar de nuevo mientras se sentaba en la mesa y vol-
vía a coger otra pasta.- Tal y como te decía, a pesar de
ser una hechicera, careces de uniformidad en cuanto a
tus "Gan'shi" se refiere. Tus puntos de "sentimiento" y
"resistencia" son excepcionalmente fuertes, mientras
que "fortaleza" y "sentido" están más en la media.
"Vi-
da", por último, es especialmente débil.
-Entonces
¿Cómo podría mejorar mis habilidades?
-Bien.
Por ahora, al tener una menor proporción de
"fortaleza", "vida" y "sentido", no puedes
utilizar tu po-
der latente en su totalidad. -Áshelayd recordó cómo
había corrido cuando la duende se lo había ordenado.-
Piensa en ello como si se tratase de una mezcla de co-
lores: Imagina que "sentimiento" y "resistencia" son el
color azul mientras que, "vida", "fortaleza" y "sentido",
son amarillo. La fuerza del hechizo, mezcla de éstos, será
verde... pero no puede ser verde azulado. Tiene que ser
verde. Por lo tanto, podrás utilizar todo el amarillo hasta
que se agote... pero como la proporción del verde que
buscas es de amarillo y azul a partes iguales, nunca po-
drás utilizar todo el azul; solo una parte equivalente a la
del amarillo que dispones, que es poco.
-O
sea... que, para poder utilizar todo mi poder, de-
bo aumentar la capacidad de los puntos menos desarro-
llados.
-Exacto.
De nada te servirá aumentar "sentido" sin
aumentar "vida", ni "resistencia" sin aumentar
"sentido"
a su vez.
-Creo
que ya lo he entendido. ¿Cómo pueden en-
trenarse estas cualidades?
-Cuerpo
y mente están conectados. Una persona es-
tá conformada por ambos elementos; que resultan inúti-
les sin el otro. Para aumentar "fortaleza", debes hacer
ejercicio y hacerte fuerte de carácter; para mejorar en
"sentido", debes meditar y observar el entorno, buscan-
do el por qué de las cosas y comunicándote con la natu-
raleza. Por último, para potenciar el punto "vida", tan
solo debes...
-Vale,
vale. Me hago una idea... -La muchacha, con
las mejillas rojas de pura vergüenza, había decidido que
no soportaría oír a la anciana terminar la frase.- ...se
hará lo que se pueda.
Bien. Por cierto ¿Dónde está ahora ese amigo
tuyo?
Áshelayd se sobresaltó y tiró la silla al levantarse.
-¡Yin!
¡Oh, no! lo había olvidado por completo...
Todavía no ha vuelto... es más ¿Cómo va a encontrarme
aunque gane la pelea? Debo irme. Gracias por todo, Bo-
ni.
-Espera.
-La joven, desesperada, lanzó una mirada
apremiante a la anciana para que se diese prisa en decir-
le lo que fuera.- Te olvidas de esto.
Áshelayd,
sintiéndose de nuevo tan tonta como el
tomate que lo colorado de sus mejillas la hacía parecer,
tomó su ropa de manos de la anciana y comenzó a ves-
tirse. Ahora comprendía la razón de que Boni le hubiese
dicho que se quitase la ropa: El escrutinio había aumen-
tado notablemente la temperatura de su cuerpo. Tanto,
que ni se había percatado de su desnudez.
-Gracias.
-De
nada. Buen via... ¿Qué es eso? -La anciana, con
expresión seria, había cogido un largo pelo de color en-
carnado del vestido de la muchacha.- ¿Es acaso un cabe-
llo de ese tal Yin?
-Pues...
-La muchacha lo examinó durante unos ins-
tantes.- ...sí. Yo diría que sí; de todos modos es la única
persona que conozco con un pelo de ese color.
Recuperando
su semblante amable, Boni se dirigió
de nuevo a la joven con su tranquila voz.
-Entonces,
creo que no hará falta que salgas a bus-
car a tu amigo.
Ashelayd,
cansada de esperar, había comenzado a
hacer girar la vara entre sus dedos, tumbada en el suelo
y con el brazo derecho en alto. Boni se había ido hacía ya
un buen rato a la habitación de al lado para hacer "algo
que la ayudaría a encontrar a su compañero" y no pare-
cía tener intención de regresar en un futuro próximo.
De
pronto, la anciana apareció de nuevo junto a
ella; llevando entre sus manos un par de pulseras.
-Aquí
están.
-¿Qué
son...? ¿Y por qué me arrancaste un pelo a mi
también?
-Calma,
pequeña, calma... Ten, póntela.
Áshelayd
cogió el adorno que la mujer le tendía. Era
como una de esas famosas pulseras de la amistad que
tan de moda estaban entre los críos de los primeros cur-
sos. Hecha de finas tiras de material trenzado, poseía un
vivo color rojo. Las finas hebras destinadas a ser atadas
para servir de cierre terminaban en sendos nudos abul-
tados.
-Es...
muy bonita, pero... ¿De qué me sirve?
-Paciencia.
Tú póntela.
La
muchacha se la ató en la muñeca izquierda, utili-
zando los dientes, luego de subirse la muñequera.
-¿Y
ahora qué?
-Piensa
en ese tal Yin.
No
muy convencida, la joven se centró en su ima-
gen mental del mercenario. Pensó en él saltando a los
árboles, corriendo, lanzando cuchillos, multiplicando su
imagen... súbitamente, una pequeña descarga la sacu-
dió.
-Pero
¿Qué...?
Las
puntas de la pulsera, que habían quedado col-
gando, caían ahora de forma antinatural, apuntando,
con sus dos nudos, hacia la derecha; como si estuviesen
magnetizados.
-Si
ahora le das a tu amigo esta otra pulsera, hecha
a partir de la extracción de la esencia de un pelo tuyo, él
también podrá encontrarte estés donde estés.
-¿Entonces...?
-Sí.
La pulsera está señalando hacia el muchacho.
-¿Y
eso significa que...?
-En
efecto: está vivo. Si hubiese muerto, no habría
forma de hacer señalar a la pulsera. Si sigues esa direc-
ción, sin duda hallarás...
Súbitamente,
las cuerdas comenzaron a girar en el
sentido de las agujas del reloj.
-Eso
es que se está moviendo ¿No?
-No
solo eso sino que, para que giren a esa veloci-
dad... -Alguien llamó a la puerta con los nudillos.- ...es
que el sujeto en cuestión debe estar muy cerca. Ve a
abrir, anda.
Áshelayd,
emocionada, corrió hacia la puerta y soltó
un grito de felicidad al ver al muchacho; sentimiento que
no tardó en borrársele de la cara al comprobar el deplo-
rable aspecto que tenía.
Manteniéndose
en pie a duras penas, utilizando la
espada envainada como apoyo, el joven tenía la cara
abultada por numerosos hematomas y había pocas zo-
nas de su piel que no se viesen surcadas por pequeños
cortes y arañazos. Los pantalones estaban llenos de pol-
vo y, la chaqueta del kimono, la llevaba abierta y por
fuera de la faja, dándole un aspecto, junto a su mirada
penetrante, tremendamente fiero y amenazador; como
si de una bestia herida se tratase.
-¡Yin!
¿Qué os ha...?
-El
enemigo tenía más de un as en la manga... pero
vencerlo fue tan solo cuestión de "tiempo". -El mucha-
cho pareció sonreír durante un segundo a causa del chis-
te; pero no tardó más en recuperar su semblante serio
de costumbre para dirigirse a Boni.- Os agradezco mu-
cho que os hayáis ocupado de cuidar de mi señora. Si
puedo hacer algo por vos antes de irnos...
-Sí,
puedes hacer algo: venir aquí para que pueda
hacerte unas curas ¿Se puede saber en qué estás pen-
sando, chiquillo? ¿Cómo es que andas peleándote así a
tu edad con el "Brazotomate" ese?
-¿Brazoqué...?
Bueno, no importa. Pelear por de-
fender a mi señora es mi misión y lo haré contra quien
sea. No importa lo grande o fuerte que sea.
-Razón
de más para que dejes que te cure ¿No?
Dando
el argumento por válido y aceptado, el mu-
chacho cojeó hasta una de las sillas y comenzó a desves-
tirse de cintura para arriba.
Mientras
la anciana recogía de la alacena todo lo
necesario para sanar las heridas del joven, Áshelayd se
percató de un detalle.
-Yin
¿Cómo me habéis encontrado? ¿Ha sido por la
pulsera?
-¿Pulsera?
No conozco esa técnica de búsqueda. Yo
tan solo os he seguido el rastro desde la ciudad gracias a
las huellas de vuestras botas.
-¡Imposible!
¡Había un montón de gente pasando
por el mismo camino; no hay modo de que...!
-Pues
lo hay. Llevabais las suelas mojadas y llenas
de tierra; así que me bastó con encontrar una huella
medianamente decente para ver que habíais ido co-
rriendo hacia el sur. Ya que estabais escapando, supuse
que habríais tomado la vía más fácil, cuesta abajo; don-
de logré hallar más huellas parciales sobre la tierra del
camino. Algo más adelante, pude comprobar que habíais
chocado con otra mujer, seguramente una anciana, ya
que la habíais acompañado del brazo hasta esta casa; lo
cual se deduce de la cercanía de las huellas y de la anti-
natural distribución del peso de vuestros cuerpos.
-...
¿Cómo...?
-Es
cuestión de práctica.
-Vaya,
parece que todo lo que dicen de los Yajin'e
es cierto, después de todo... -La anciana había estado
escuchando, con una sonrisa en la cara, el método de
seguimiento del mercenario. Al rato, mientras se pelea-
ba con una tira de papel adhesivo, no pudo evitar pre-
guntar.- ¿Se puede saber con qué te han dado? Me sor-
prende que no se te haya roto ninguna costilla. Parece
como si te hubiesen golpeado con una de esas mazas
con forma de puño...
-Es
que fue lo que lo que pasó... salvo por lo de la
maza.
Arqueando
las anchas cejas en señal de sorpresa,
Boni se dirigió ahora hacia la muchacha.
-Parece
que tu novio es un chico duro... ¿Y ahora
hacia dónde os dirigiréis?
-Vamos
hacia Ordenayl para buscar más informa-
ción sobre el secreto de la magia.
-Ah,
pues os convendría...
-¡Hey!
¡Yin no es mi novio!
El
joven y la anciana se quedaron mirando para la
estudiante de hechicería; quien se había arrepentido al
instante de haberlo dicho tan alto y a destiempo.
-Co...
Como decía... no os conviene ir directamente
hacia la península de Ordenayl sino que deberíais pasar
por Yariojira, rodear el cabo cercano al valle de la gloria,
pasando por la cantera abandonada, y tomar el gran
puente para llegar desde allí. Tened cuidado de no me-
teros en las dominios de los Indo... -La anciana sonrió,
nostálgica, al recordar algo.- Y procurad evitar a los es-
corpiones.
-Así lo haremos, anciana. Lo mejor será tomar un
Wikerno. Ahora estamos en la época de
cría y los encon-
traremos cerca de la sierra Draconia.
Una
vez vendados torso, cabeza y brazos del Ya-
jin'e, luego de que la mujer le explicase el funcionamien-
to de la pulsera verde azulada, aunque Yin no pareció
creérselo del todo, ambos muchachos salieron de la casa
acompañados por la anciana.
-Muchas
gracias por todo, Boni. Y gracias también
por la receta de las pastas.
-No
es nada, pequeña... Cuidad bien de ella, Yin; os
dirigís hacia un lugar peligroso.
-Descuidad.
Lucharé con gran fiereza por defender-
la.
-Bien.
Disfrutad del viaje y... bueno, supongo que,
con lo guapo que es, no tendrás problemas para aumen-
tar tu "Gan'shi" "vida" ¿Verdad?
-¡Boni!
La
anciana rió con ganas.
-Perdona,
perdona... Espero que encuentres sin
problema al "Guardián de los Secretos".
-¡Adióooooos!
Apenas
hubieron dado la espalda a la casa, Yin se
dirigió hacia Áshelayd.
-¿Cómo
es que habéis inmiscuido a alguien ajeno al
problema en la búsqueda del "Guardián de los Secre-
tos"?
-Pero...
si yo no se lo he mencionado en ningún
momento...
-¿Y
entonces...?
A
un tiempo, los dos jóvenes se giraron en redondo.
Tras ellos tan solo había un bello conjunto de multicolo-
res campos de policultivos hasta donde alcanzaba la vis-
ta.
-¿Pero
dónde...?
Yin,
por su parte, había comenzado a quitarse las
vendas. No sabía cómo, pero todas sus heridas habían
desaparecido.
XXIV - UNA PAUSA POCO
DURADERA
A pesar
de que sus lesiones se habían curado, a
Áshelayd no se le escapaba que Yin estaba completa-
mente agotado. Andaba arrastrando los pies, con la mi-
rada perdida en el suelo, y su respiración se agitaba por
el mero hecho de subir la débil pendiente que los sepa-
raba del portón sur de la ciudad.
-No
podéis seguir así, Yin... Parad un momento a
reponer fuerzas, os lo ruego.
-Ahora
no podemos, mi señora. El cuerpo de élite
de cazadores del rey anda tras nosotros; lo último que
nos conviene es quedarnos quietos en su propio territo-
rio. No tardarán en enterarse de la derrota de Anuji, ya
que mucha gente nos vio luchar desde abajo; así que,
teniendo en cuenta que saben dónde estamos, debemos
partir de inmediato si queremos tener... alguna... posi-
bi... lidad.
El
joven había reducido perceptiblemente el ritmo
de la subida, junto con su aliento, mientras hablaba.
Áshelayd, preocupada, no pensaba permitirle dar un
paso más hasta que repusiese sus fuerzas.
-¿Acaso
debo recordaros que los animales...? No.
Que los lobos rápidos... no. Que, si te desesperas... No,
no... ¿Que "si te mueves como un conejo tranquilo te
cazará un lobo desesperado"?
Yin arqueó una ceja.
-No
es mal consejo... supongo... ¿Pero a cuento de
qué viene eso ahora?
-
...
-...
¿Qué más da? ¡El caso es que os ordeno que os
detengáis ahora mismo!
-No
tenemos tiempo para...
-¡A-HO-RA!
El
muchacho lanzó un suspiro al aire y, mirando a
ambos lados, encontró una solución al problema.
-¿Os
parece si comemos algo de la carne y queso
famosos de la ciudad en esa taberna y luego nos vamos?
El
estómago de ambos rugió al unísono. La joven
apenas sí había comido un par de pastas en casa de Boni
e incluso había dejado sin terminar la primera taza de frí.
Por su parte, la idea de llenarse el estómago luego de un
día tan duro, para el muchacho, resultaba una perspec-
tiva bastante más que agradable.
Sin
mediar ninguna otra palabra, ambos dieron por
buena la sugerencia y entraron en el establecimiento.
El
ambiente estaba poco animado. Como taberna
para gentes de humilde condición económica que era,
debido a los tiempos de crisis, los clientes iban allí más
para mitigar sus penas con alcohol que a mejorar sus
relaciones sociales. La escasa luz era agradecida por un
grupo de jornaleros que, sucios y borrachos, dormitaban
en un rincón apartado, recostados los unos sobre los
otros, despertando de vez en cuando, durante unos se-
gundos, cuando se les comenzaba a despejar la cabeza,
solo para pedir y beber otra jarra de vino agrio o cerveza
caliente.
Sobre
el encargado del establecimiento, un hom-
bre calvo y de piel amarillenta, con la cara picada por
alguna enfermedad de su juventud, reposaban, colgados
de unos ganchos de hierro unidos al techo, varios jamo-
nes curados a la sal.
Yin
fue el primero en acercarse. Dejando tres mo-
nedas pequeñas de cobre con una oquedad de forma
romboide en el medio, hizo su pedido.
-Dame
dos raciones de jamón y medio queso de ni-
ga bien curado.
El
tabernero levantó la vista de la jarra que estaba
limpiando con la manga y enfocó con esfuerzo su vista
sobre el muchacho.
-¿Quién
eres tú?
-El
que te va a pagar cuando le des lo que ha pedi-
do.
-No
me gusta tu aspecto, chico... con esa ropa y esa
coleta más bien pareces una cría.
Los
pocos clientes que estaban lo suficientemente
sobrios como para oír el chiste echaron a reír. Yin, por su
parte, se reclinó sobre la barra y lanzó al hostelero una
desafiante mirada.
-Pregúntale
a tu mujer todo lo hombre que soy.
A
regañadientes, y tratando de ignorar las estriden-
tes carcajadas que el comentario había ocasionado en
sus habituales, el sujeto comenzó a cortar uno de los
jamones en cortas láminas.
En
cuanto hubo terminado de transformar las dos
cuñas de queso en pequeños tacos que cupiesen fácil-
mente en la boca, el tabernero colocó ambos platos
frente al muchacho y les escupió encima.
Yin,
con una falsa sonrisa, le devolvió al hostelero
la jarra con que había detenido el esputo; en cuyo inte-
rior se encontraban las tres monedas.
Murmurando pestes sobre el joven mientras éste se
dirigía con la comida hacia la mesa que Áshelayd había
elegido, el tabernero decidió que no merecía la pena
molestarse en lavar la jarra luego de recoger el dinero;
así que simplemente la dejó con las demás.
Aunque
ya habían terminado de comer hacía un
buen rato y el ambiente no era precisamente "agrada-
ble", los dos jóvenes se habían visto invadidos por una
repentina modorra en cuanto sus respectivos estómagos
hubieron estado repletos. Para llenarse, Yin había tenido
que pedir otras tres raciones más para él solo. Áshelayd
jamás había visto a nadie comer así; ni tan rápido, ni en
tal cantidad.
Ocupados
como estaban en la complicada tarea que
era el intentar mantenerse despiertos, las horas comen-
zaron a pasar sin hacerse notar su presencia hasta que,
súbitamente, las recias puertas de madera se abrieron
de golpe.
-¡Tabernero,
la penúltima; que acabo de cumphlir
una misssshión!
Tambaleándose,
un muchacho de apenas dieciséis
años llegó hasta la mesa en que Yin y Áshelayd conti-
nuaban reposando.
-¿Queréis
algo?
-Sí,
tú... -El joven miró hacia atrás y le dijo a alguien
inexistente que se callase.- ...¿Por dhónde iba...? ¡Ah,
shí! Tú, chorva, ya thestás quitando de mi shiiiiitioooo.
Al
borracho le dio un repentino ataque de risa.
-¿Os
encontráis bien...?
-¡NO
ME TOQUEEEEEEEESH!
Sin
darle tiempo a la hechicera para reaccionar, el
joven lanzó un puñetazo a la gruesa mesa de madera;
reduciéndola a astillas en un instante.
Medio
desequilibrado, el ebrio desconocido se dio
la vuelta como pudo y comenzó a reír de nuevo al ver
que Yin no solo había salvado a la muchacha del golpe
sino que se había puesto a su espalda en cuestión de
segundos.
-¿Se
puede saber qué es lo que os ocurre?
-Nnnnn...
nnnn... nadaaa, nadaaaa ¿Quién ha disho
que...? ¡Tú, el de atrashh, no hablesh, que the he vissss-
to! ¿Quién ha disho que me pasha alguoooo? -El mucha-
cho chocó con la pared al intentar apoyarse en ella y
comenzó a reír de nuevo.- Ha sido tu piba, que s'ha
sen-
ta'o en mi shittio.
-Volved
a levantar vuestro puño en mi presencia y
pagaréis caro el capricho.
El
joven recién llegado, con una sonrisa en la cara,
se dirigió hacia la barra haciendo eses.
A
la luz del ventanuco, Yin pudo comprobar que tres
largas cicatrices paralelas recorrían el torso del mucha-
cho: La primera iba de la cadera derecha al hombro iz-
quierdo; la segunda, del pectoral al cuello; la tercera, se
cruzaba con su hombro derecho. Como si hubiese esta-
do mirando hacia la izquierda en el momento de recibir
el corte, la mejilla derecha del muchacho también lucía
una marca alargada que seguía la misma dirección. En
conjunto, las cuatro cicatrices daban la impresión de
haber sido producto del brutal zarpazo de un animal
gigante.
Su
pelo era de color castaño y la mayor parte del
flequillo caía hacia la izquierda, tapándole los ojos. Una
gorra roja de duende, similar a un saco rectangular de
tela que caía hasta sus hombros, sujeta por una correa,
llamaba casi tanto la atención como la ausencia de cami-
sa o chaqueta que cubriese su fibroso cuerpo. El torso
desnudo se veía tapado tan solo por un protector pecto-
ral de acero colocado sobre el corazón y las correas que
lo sujetaban, quienes, a su vez, sostenían los holgados
pantalones de desgastado cuero claro, cuyas perneras le
llegaban tan solo hasta la mitad de los gemelos, y que se
veían surcadas por una franja azul a cada lado. Si bien las
botas no tenían nada de especial, los guantes sin dedos
del muchacho, del mismo vivo color rojo que su gorra,
no solo le llegaban hasta el codo; sino que estaban re-
forzados con placas de deteriorado metal.
Una
vez se hubo plantado ante el tabernero, miró
de nuevo hacia el Yajin'e y preguntó.
-¿Pasha
algo si lo vuelvo a bajarrrrrápido?
Antes
de que Yin pudiese reaccionar, la barra ya ha-
bía sido transformada en un montón de polvo y astillas.
El joven no podía permitir que el desconocido continua-
se haciendo lo que le venía en gana. Cogiendo su espada
envainada, se lanzó a por él.
De
inmediato, se percató que debería andarse con
mucho cuidado. A pesar de que acababa de llenar el
estómago con una buena cantidad carne y un queso
muy graso, y aunque sus heridas habían desaparecido
casi por completo, las piernas le flaqueaban y todavía no
podía desarrollar ni la mitad de su velocidad habitual de
tanteo. El enemigo, por su parte, aún estando borracho
como una cuba, no solo poseía una fuerza prodigiosa,
sino también una técnica lo suficientemente depurada
como para lograr ejecutarla incluso padeciendo tal esta-
do de embriaguez.
El
primer golpe de la espada del mercenario acertó
de pleno en el estómago del desconocido, quien, a
trompicones, logró llegar hasta un rincón para vomitar.
Una vez vaciado el contenido de su estómago, furioso,
se levantó y, luego de quitarse la gorra, vació el conteni-
do del cubo de agua para los perros sobre su cabeza.
Ya
despejado, dirigió una mirada de profundo odio
hacia el Yajin'e; a la que éste respondió con un irónico...
-¿"Pasha
algo"?
-Sí,
tío, sí... Nadie se mete con "Jahí, el relámpago
rojo", y sale de ella sin una buena patada en el culo.
El
luchador parecía haber transformado su perso-
nalidad por completo. Donde antes había risas inconte-
nibles y tambaleo, ahora tan solo podían encontrarse
músculos tensos y una intensa mirada asesina.
Yin,
consciente del peligro, se había alejado de los
demás presentes y había alzado su espada, con ambos
brazos estirados, en paralelo al suelo; en su posición
defensiva favorita para el combate "uno contra uno".
-Te
vas a enterar de lo que pasa con los tíos como
tú, tío... Un tío no puede ponerse chulo conmigo y pen-
sar que no le voy a devolver todo lo que m'ha
hecho
¿Captas, o no captas?
-...
Si me habéis preguntado si os entiendo... creo
que no "capto".
-¡Pues
a ver si te lo meto a leches en esa cabezota
roja, cerilla!
-¡Alto!
-En el momento en que Jahí había empezado
a correr hacia Yin, el desdentado hostelero se había in-
terpuesto entre los dos muchachos.- Por favor, no des-
truyáis mi local... os lo ruego...
El
luchador, con evidente desagrado a causa de ha-
berse visto obligado a detenerse en medio de un ataque,
chasqueó la lengua y salió fuera del establecimiento,
seguido de cerca por el mercenario. Áshelayd no pudo
sino sorprenderse ante lo disciplinado de los mucha-
chos. Jamás había tenido constancia de una pelea de
tasca en que los contendientes se retirasen tan pacífi-
camente y sin atacarse, por petición del dueño del local,
para seguir combatiendo fuera.
Una
vez en medio de la ruinosa calle, ambos jóve-
nes recrearon el momento en que los habían detenido.
Jahí,
corriendo a gran velocidad, lanzó un puñetazo
hacia su oponente.
Yin,
afortunadamente, decidió esquivar el golpe en
lugar de detenerlo con su espada. El muro que se encon-
traba tras él, vestigio de la casa que había sostenido jun-
to a sus tres hermanos desaparecidos hacía ya mucho,
cayó convertido en polvo.
La
réplica del Yajin'e no se hizo esperar. En absoluto
impresionado ante el poder destructivo de los puños del
luchador, Yin lanzó un contundente golpe hacia su cos-
tado izquierdo. El otro joven, sin embargo, pareció no
haber notado siquiera el impacto; y detuvo el avance del
enemigo con un fuerte codazo.
Yin
rodó por el suelo, ágil a pesar de la pérdida de
equilibrio; y se levantó, algo más alejado, para limpiarse
los labios de sangre con la manga mientras sopesaba la
fuerza de su adversario.
-¿Qué
miras, cerilla? ¿Te arrepientes ya de haberme
chulea'o, no? Pues se siente por ti... te voy a machacar.
Fíjate: un solo golpe y ya no te aguantas de...
-Seis.
-¿Qué?
Jahí
retrocedió un paso, sorprendido en exceso ante
la palabra que acababa de salir de los hinchados labios
del joven del kimono rojo.
-No
me habéis dado un golpe con el codo, sino seis.
-El muchacho escupió algo de sangre al suelo.- Me pare-
ció muy raro que la mesa y la barra se deshiciesen en
astillas en lugar de partirse... pero en ese antro, lo más
probable es que la madera estuviese podrida o llena de
termitas. Por otra parte, tampoco podía fiarme de la
solidez del muro que acabas de convertir en polvo, ya
que formaba parte de una casa en ruinas, en una zona
húmeda, cercana al mar, donde el sol no llega...
-¿Me...
m'estás contando que...?
-La
única forma de saber a qué me enfrentaba, lue-
go de ver que mi golpe no os había afectado, era recibir
el vuestro. Me disteis seis codazos en la boca; y lo sé
porque me estaba desplazando mientras me golpeabais.
Tengo seis pequeñas heridas distribuidas entre el labio
superior e inferior, así que, probablemente, éste sea el
número de codazos que me habéis asestado en un tiem-
po que mis ojos han sido incapaces de captar. Esto me
lleva a la conclusión de que lleváis vuestra fuerza a un
nivel superior a la simple habilidad. Controláis el flujo de
espíritu ¿Verdad?
Una
leve sonrisa, mezcla entre orgullo propio y ad-
miración ajena, asomó en el rostro del muchacho de la
gorra carmesí.
-En
todo el tiempo que llevo metiéndome en bu-
llas... nadie se había entera'o de qué iba mi rollo... Así
es, soy un maestro del Kunjichi-Ya-jinbae.
Me lo enseñó
un duende de las montañas. Desde aquella, todos me
conocen como "Jahí, el halcón letal".
-...No
dudo de que seáis un ser especial... pero no
sois un duende. No podéis utilizar el Kunjichi-Ya-jinbae.
Un humano jamás podría llegar a forzar tanto los canales
del espíritu como para realizar las técnicas propias de un
maestro. Sí, sabéis golpear con gran fuerza y velocidad...
pero en el tiempo que vos asestáis seis golpes, un ver-
dadero maestro de la lucha del espíritu animal lograría
realizar más de cincuenta... y uno solo habría bastado
para tumbarme.
Se
hizo un incómodo silencio en que Áshelayd, to-
davía sorprendida ante la asombrosa capacidad de lucha
de los pequeños duendes, trató de evitar la mirada car-
gada de ira que el luchador parecía destinar a un lugar
impreciso.
-Vale.
Si t'empeñas en que yo, "Jahí, el mata-
gigantes", te machaque en serio, mira a ver si te mola
esto: ¡TIGRE!
Tan
rápido que Áshelayd no pudo ni seguir el mo-
vimiento, Jahí saltó al aire con piernas encogidas y bra-
zos en alto. Al llegar hasta Yin, descargó sobre él la fuer-
za de ambas manos para, luego de haber sido éstas es-
quivadas, lanzar las piernas en continuación de una rá-
pida voltereta. Habiendo quedado el mercenario en el
punto justo en que el luchador había esperado que se
colocase para esquivarlo de nuevo, la victoria pareció,
para éste último, un hecho seguro.
Yin
sentía que, como la presa del tigre, había sido
acorralado en una emboscada en la que no había tenido
más remedio que caer. Sucedió, sin embargo, un hecho
que logró salvarle la vida. Durante unos breves instan-
tes, estuvo tentado de esquivar hacia la derecha la mano
del enemigo, quien, con los dedos semiflexionados, pa-
recía simular la zarpa del animal al cual estaba imitando.
No obstante, de forma repentina, y durante tan solo
unas milésimas de segundo, el Yajin'e pudo ver con cla-
ridad unos finos filos azulados, que parecían surgir de un
aura de igual color, que rodeaba la mano del luchador,
justo frente a su cara.
Como
pudo, logró desviarse en el último momento
y el golpe lo recibió un letrero; que cayó partido en pe-
dazos como si alguien lo hubiese cortado con la más
precisa de entre las más afiladas herramientas.
-
¿...Qué eran esas cosas azules?
El
enemigo, todavía perplejo ante el hecho de que
su adversario hubiese podido zafarse de su ataque, es-
taba todavía menos preparado para escuchar estas pa-
labras.
-¿Has
visto...? No. Tú estás intentando confundir-
me, cerilla, pero te no voy a dejar que me tomes por
imbécil... ¡Yo soy la caña, tío! ¡Soy el gran "Jahí, el lucha-
dor legendario"! Voy a hacer que te tragues tu chulería...
¡Tus mierdas no valen conmigo!
El
joven unió sus manos entrecruzando los dedos y,
con evidente esfuerzo, concentró todo el espíritu que
pudo; lo cual desembocó en una pequeña brisa arremo-
linada que lo envolvió; haciendo volar el polvo bajo sus
pies.
-Casi
puede sentirse vuestra fuerza... Realmente
impresionante.
-¡Y
aún no has visto nada! ¡SERPIENTE!
Luego
de lanzar ambos brazos hacia delante, con las
muñecas juntas y las manos separadas, entrecruzó los
dedos de nuevo en un rápido movimiento que no pare-
ció repercutir en absoluto en el ambiente.
Una
vez más, a pesar de ello, Yin, completamente
concentrado en seguir los veloces movimientos de su
adversario, pudo ver cómo las azules fauces de una ser-
piente espectral, conectada a los brazos del luchador por
la misma aura translúcida de la vez anterior, se dirigía
hacia él.
Con
un leve giro, logró esquivarla; luego de lo cual
dejó de ver nuevamente la extraña energía del mucha-
cho.
-¿Qué
ha pasado con la serpiente?
Áshelayd,
confusa, se encogió de hombros, no por
desconocer la respuesta a la pregunta, que así era, sino
por ser incapaz de entender a qué se refería su acompa-
ñante siquiera.
El
luchador, por su parte, parecía a punto de sufrir
un colapso nervioso.
-No...
No, tío... Me estás tomando el pelo... -Jahí co-
locó una palma sobre la otra y dobló ambos pulgares,
enganchándolos.- El espíritu solo lo pueden ver el tipo
del que sale, u otro maestro de la lucha del espíritu ani-
mal, o algo por el estilo, si a él no le da la gana de que lo
vean otros... y yo no quería que lo vieses... ¡Deja de chu-
learme! ¡MONO!
Una
repentina ráfaga de puñetazos a velocidad im-
posible cortó el aire, llegando a calentarlo. El suelo vio
sus baldosas agrietadas, las paredes adyacentes se res-
quebrajaron y el polvo inundó el ambiente. Para cuando
las nubes de detritus se hubieron depositado de nuevo
en el suelo, Yin se hizo visible. Sin un rasguño, el merce-
nario, sorprendido, miraba hacia sus propias manos;
como intentando hallar ahí una respuesta a su milagrosa
supervivencia.
-Eran...
¿Concentraciones de espíritu voladoras?
Jahí,
con los ojos desorbitados, trastabilló y cayó
hacia atrás.
-Lo...
lo he visto... Ya sé cómo lo haces... Mi maestro
me contó chorradas de eso y yo pensé que iba de coña...
¡Pero ahora va a dar igual que veas el ataque! ¡TORO!
Luego
de entrelazar todos los dedos, dejando esti-
rados tan solo el índice y meñique de cada mano, el lu-
chador re envolvió a sí mismo en una densa nube azul de
energía, en esta ocasión perfectamente visible, de la que
brotaron dos afiladas protuberancias a la altura de su
cabeza, y echó a correr hacia su adversario.
Aunque
se sentía tremendamente cansado, casi
tanto como confuso, Yin colocó la vaina de su espada en
el costado, a la altura del el cinturón, y sujetó la empu-
ñadura con la mano derecha.
-No
podemos seguir así todo el día... Pienso acabar
con esto ahora mismo utilizando mi propia técnica espe-
cial.
Aunque
Jahí se encontraba todavía a más de dos
metros, Yin desenvainó. El luchador, sin motivo aparen-
te, cayó hacia atrás, inconsciente; como si hubiese cho-
cado contra algo, y el aura azul se dispersó de inmediato
apenas hubo tocado éste el suelo.
Mientras
sentía los fuertes latidos de su corazón re-
tumbándole en la cabeza, que le dolía más a cada mo-
mento, el mercenario pudo distinguir con total claridad
un extraño símbolo tatuado en el pectoral del joven. En
el lugar que había mantenido oculto la protección de
acero, la cual ahora permanecía segada a la mitad sobre
el suelo, ambos muchachos contemplaron las inconfun-
dibles líneas que conformaban el número diez.
A
pesar de la curiosidad que sentía, Yin se vio obli-
gado a dejar de pensar en el asunto de inmediato. Aca-
baba de perder también la consciencia.
XXVI - EN DIRECCIÓN A
YARIOJIRA
El
traqueteo incesante provocado por el cabalgar
de la montura hizo despertar al agotado muchacho
quien, confuso, se llevó la mano a la cabeza. Al igual que
en cada ocasión anterior en la que había realizado aque-
lla técnica, sus reservas de energía habían mermado
considerablemente. Como éstas ya habían permanecido
bajo mínimos desde un principio, su consciencia lo había
abandonado junto a los últimos retazos de las mismas.
En ese momento, una duda le comenzó a rondar por la
cabeza, que palpitaba dolorosamente cada vez que su
corazón latía: "¿Dónde estaba?"
Al
abrir los ojos, vio la crin oscura de su caballo. Eso
explicaba todo el movimiento que percibía; y que en un
principio había creído producto del mareo. Luego de
volverse hacia atrás, chocó contra el pecho de la mucha-
cha, la cual, sobresaltada, hizo frenar al caballo.
-Por
fin te despiertas... ¿Qué diablos te pasó? Luego
de vencer al "gran relámpago halcón gigante" ese te
caíste redondo...
-Yo...
-La voz del muchacho sonaba débil y afónica.-
...no podía seguirle el ritmo en mi estado; así que, al ver
que mis golpes no le afectaban, me vi obligado a utilizar
una "técnica prohibida".
La
joven asió con fuerza las riendas de su caballo,
que guiaba desde la montura de Yin, y comenzó a cabal-
gar de nuevo.
-No
sé qué es eso de la "técnica prohibida"; pero si
es tan peligrosa para vos no creo que debierais usarla.
Yin
intentó incorporarse; pero se desplomó de
nuevo contra el cuello de la bestia.
-No
habréis pensado que realmente me dejé gol-
pear a propósito... Fue una mentira que utilicé para des-
estabilizarlo psicológicamente. Más de la mitad de una
batalla se decide por el estado de ánimo del combatien-
te. Si piensas en la derrota, estás muerto. Tan solo cen-
trarse en la victoria te acerca a ella... y, vista la diferencia
de fuerzas, era necesario recurrir a un tipo de poder que
me pusiese a su nivel.
-¿Y
qué clase de poder es ese que os deja tan ago-
tado?
-Seguro
que, como hechicera que sois, conocéis ese
tipo de magia llamada "espiritual".
-Sí,
por supuesto. A diferencia de los hechizos o de
la magia elemental, no puede usarse por sí sola. Es una
especie de estabilizador que ayuda a controlar y dotar
de mayor potencia a las otras dos clases. Por ejemplo,
sirve para dar forma de bola a una llama de magia ele-
mental y evitar que se disperse su fuerza al lanzarla, o
para poder apuntar con un rayo y que no se desvíe hacia
algún conductor.
-Eso
es cierto en parte. Los magos la llamáis "magia
espiritual", pero no es magia propiamente dicha. Ten-
déis a asociar que sí lo es porque funciona de forma si-
milar y puede fusionarse con ella; pero
no es "magia"
exactamente.
Mi
pueblo nombra a esto "energía" y su verdadera
naturaleza es ser producto de la unión entre las fuerzas
que podemos obtener de los "Gan'shi", que utilizáis los
hechiceros, y del "espíritu", que era usado tanto por ese
muchacho contra el que nos hemos enfrentado antes
como por los magos elementales.
Simplificando,
podríamos decir que, mientras que
los "Gan'shi" permanecen
estáticos, el espíritu recorre
permanentemente el cuerpo en el mismo sentido que la
circulación sanguínea. Se subdivide en innumerables
micro-canales que llegan hasta cualquier parte del cuer-
po; pero el canal... llamémosle "principal", coincide en
su recorrido con los cinco puntos antes citados.
Si
concentramos la energía de los "Gan'shi"
hasta el
máximo, al mismo tiempo que aumentamos y acelera-
mos el flujo del espíritu, el poder de los cinco puntos
"desborda" y ve forzada su entrada en los canales, que
lo absorben; y se mezcla con el otro tipo de energía.
El
poder resultante no puede ser utilizado como los
otros dos. Si sale del cuerpo, pierde la mayor parte de su
potencia, no obstante, si se sabe utilizar, puede conver-
tirse en "fuerza".
La
joven sentía que le iba a estallar la cabeza. Si ya
le había costado entender lo que le había explicado Boni
con ejemplos, la interrumpida cháchara del muchacho le
había parecido casi incomprensible.
-Entonces...
Si no se puede sacar del cuerpo ¿Cómo
es que pudisteis vencer al "mata halcones rojo legenda-
rio" sin tan siquiera tocarlo?
-Sí
que se puede sacar del cuerpo, pero pierde su
naturaleza. ¿Cómo explicároslo...? Cuando vos utilizáis la
magia espiritual ésta surge casi sin que os deis cuenta
porque estáis concentrando los "Gan'shi" al lanzar un
hechizo o los canales de espíritu al realizar magia ele-
mental; pero si utilizaseis solo la primera, no lograríais
nada más que un leve control sobre algo ya existente
como una llama o el viento.
La
forma correcta de utilizar la energía es la que yo
os he mostrado antes: convertirla en fuerza.
-Un...
un momento... No me estaréis queriendo de-
cir que...
-En
efecto. La "energía" no llegó a salir del interior
de mi cuerpo. Tumbé al enemigo con tan solo la diferen-
cia de presión en el aire causada por el rápido desenvai-
ne de mi espada.
Áshelayd
apretó las riendas del caballo, sin saber
muy bien si lo que sentía era miedo o emoción.
-In...
increíble...
-Aunque
potenciar de esta forma las capacidades de
un cuerpo, lo somete a demasiado esfuerzo. Tened en
cuenta que hacer pasar un tipo de energía por los cana-
les especializados para otra no es algo natural y el orga-
nismo no está preparado para ello.
-Pero,
cuando yo utilizo magia espiritual, no...
-Eso
es porque los magos os libráis de ella de inme-
diato. Al no aumentar las capacidades del cuerpo, éste
no se ve afectado; pero, según tengo oído, la magia que
requiere el uso de esta energía sí que os desgasta más
que la otra ¿Me equivoco?
En
efecto, Yin volvía a tener razón. Como muy bien
había podido comprobar Áshelayd a lo largo de todos
sus años de estudio, no solo era necesario concentrarse
mucho más para utilizarla; sino que el combinar magia
espiritual con cualquiera de las otras dos resultaba ago-
tador. Por eso sus bolas de fuego siempre quedaban
ovaladas. Un profesor había llegado incluso a llamarla
"la gallina de los huevos de fuego", lo cual no solo había
generado risas en clase; sino que le había concedido un
título "oficial" por el resto del
semestre.
-En
cualquier caso, siendo tan peligrosa, no debe-
ríais utilizarla.
El
guardaespaldas, sin ánimo de discutir, decidió
cambiar de tema para averiguar la otra cuestión que lo
intrigaba.
-Por
cierto, mi señora... ¿Estamos ya de camino ha-
cia Ordenayl?
-Eh...
no. Recuerda que Boni nos recomendó que
fuésemos al sur y atravesásemos el bosque de Yariojira
para, luego de pasar la antigua cantera que cerró cuan-
do lo de la liberación masiva de esclavos, cruzar el gran
puente y llegar a la península de Amnir. Allí deberemos
ir a la biblioteca de la gran torre de Ordenayl y, supues-
tamente, encontraremos la información que...
La
muchacha se cortó en seco al percatarse de su
error.
-No
os preocupéis. -Yin, adelantándose a la explica-
ción, ya había comenzado a tranquilizar a la hechicera.-
Olvidáis que me entretuve un buen rato buscando in-
formación en Endia... no penséis que me fui de allí sin
haberme enterado de un par de cosas. Se han oído mu-
chos rumores acerca de un gran grupo de gente encade-
nada, entre ellos muchos niños, que, en lugar de haber
entrado en la capital, había pasado de largo en dirección
a la península de Amnir. Una vez logré sonsacarle a Anuji
que los tuyos seguían vivos, deduje lo que ya sospecha-
ba: que se trataba de aquellos a quienes buscábamos y
que, casualidades del destino, se dirigían hacia el mismo
lugar que nosotros.
Aunque
nos lleven ventaja y vayan en línea recta,
nosotros, que nos veremos obligados a desviarnos del
camino, es posible que logremos alcanzarlos ya que un
grupo de niños amarrados entre sí no puede viajar de-
masiado rápido. Además, conozco a alguien que quizás
nos pueda ayudar a evitar un gran rodeo en la cantera y
a los bandidos que allí moran... Solo debemos cruzar
parte del antiguo bosque, entre las montañas, y ya casi
estaremos.
Con
ánimos renovados, Áshelayd regresó a su mon-
tura, al ver que su acompañante estaba mucho mejor, y
espoleó al caballo para ganar velocidad.
Si
bien se avergonzaba de haber olvidado a sus ami-
gos, aunque hubiese sido tan solo por unos instantes,
algo que había dicho el Yajin'e, que le había recordado
las palabras de Boni y la duende, la había hecho sentir
mejor: "destino".
El
impacto del agua helada contra la cara del mu-
chacho lo despertó inmediatamente de su profundo
sueño.
Sobresaltado,
dio un brinco sobre el suelo pero, al
intentar incorporarse, un punzante dolor en el pecho lo
obligó a dejarse caer de nuevo.
Al
abrir los ojos, aunque se había deslumbrado a
causa de la luz, logró adivinar sin esfuerzo quién era la
persona que lo había despertado. Sobre él se balancea-
ba una enorme mano enguantada, tres veces más gran-
de de lo normal para un hombre adulto, esperando a ser
asida. Una vez hubo sido ayudado a ponerse de pié, Jahí
echó un vistazo a su misterioso torturador matinal.
El
encapuchado medía más de dos metros y medio
de altura. El ancho que separaba sus hombros era tal
que se había visto obligado a unir dos capas de viaje, de
color azul oscuro, para poder cubrirse con comodidad.
No era necesario verlo bajo la cobertura de tela, sin em-
bargo, para saber que los músculos de sus brazos eran
tan grandes y duros como rocas. El individuo llevaba
unas toscas botas de cuero reforzado, el mismo material
que el que había sido utilizado en la confección de sus
guantes, y lo único que podía verse de él era una dimi-
nuta franja que quedaba entre la capucha y la tela que
tapaba su boca; dejando al aire unos pequeños ojos,
fieros y a la vez indiferentes, cuyos irises resaltaban con
un fuerte color índigo, reflejaban la luz y carecían de
pupilas.
-¿Qué
te pica, "pequeñín"? ¿No ves que estaba
sopas?
-Perdona
por molestar, "Jahí, el dormilón legenda-
rio"... -La voz del encapuchado resonaba como si hubie-
se una caverna de por medio entre ellos y era proyecta-
da con gran potencia desde su enorme pecho.- ...pero
pensé que, quizás, no le sentaría bien a tu salud el dor-
mir sin camisa sobre un suelo húmedo y frío... Si ni si-
quiera llevas el protector pectoral, muchacho.
-Bah,
sabes que soy indestructi... ih... ih... ¡Atchús!
-Hahaha...
Solo cuando estás despierto, Jahí, no
creas que no lo sé... ¿Qué pasó? ¿Te has vuelto a embo-
rrachar para celebrar que habíamos terminado la misión
con éxito?
-¡Eso
ahora da igual! El caso es que un chorbo y su
piba m'han fastidia'o a base de bien, y a mí no me da la
gana de dejarlo estar ¿Captas?
-Como
te digo siempre: no.
-"Pse",
tú que sabrás. Los grandullones no os cos-
cáis de lo que es que se rían de vosotros y os llamen ca-
nijo, enano, chaval...
-Claro.
Es mucho mejor ir autoproclamándose "ge-
nial", "legendario", "invencible"...
-¿Y
qué? Fíjate; todos los mercenarios y caza re-
compensas famosos tienen un mote tope chulo: "Los
cuatro de Agamika", "El tigre", "Obagashy",
"Sabueso",
"Dracon"...
-Pero
no es su nombre lo que les ha hecho grandes;
sino al revés. Solo aquel que se hace famoso recibe un
apodo. "Los cuatro de Agamika" son la élite bajo las ór-
denes de alguien invencible; a "Sabueso" no se le escapa
el rastro de nadie; "Dracon" no solo despedaza a los
enemigos, sino que bebe su sangre; "Obagashy"...
-Vale,
vale, no me rayes. A partir de ahora voy a ser
solo "Jahí, el intrépid...".
-¡Pero
si no será necesario que inventes nada más,
muchacho; casi lo olvidaba! -El
luchador, intrigado, esti-
ró el cuello para intentar entrever qué era lo que su
amigo estaba buscando en su bolsa.- Aquí está: una co-
pia del registro de caza recompensas con la lista de los
cien primeros puestos de este año.
-¿Y
qué?
-¿Cómo
que "y qué"? Tú léelo.
-A
ver... -El muchacho cogió el rollo de papel y co-
menzó a leer.- Shirei Agamika, "el intocable": Cofunda-
dor de la casa de recompensas de la región de Ean,
hace
seiscientos veintisiete años. Se le atribuyen proezas tales
como...
-No,
no, ve más hacia abajo.
-...Derrotado
tan solo en una ocasión, a manos del
primer Harte de la rein...
-Que
no, más abajo; ve hasta el número cien.
El
muchacho, somnoliento, dolorido y con una resa-
ca atroz, desenrolló el papel con parsimonia hasta llegar
a la última línea. Casi no podía creer lo que estaba vien-
do.
-Ja...
Jahí... ¡Estoy en la lista! ¡ESTOY EN LA LISTA,
INOWAKE! ¡Soy el mejor; el más grande! ¡Soy Jahí, "el
grande"! ¡No, soy Jahí, "el ganador"! ¡No, Soy...!
-Ahí
pone muy claro quién eres. Fíjate...
Toda
la alegría del muchacho pareció esfumarse de
repente en cuanto vio el sobrenombre que le habían
dado: Jahí, "el versátil".
-...No
es justo... No tiene nada de fuerza... No mo-
la, ni...
-Anímate,
hombre -Inowake apenas podía contener
la sonrisa bajo la tela que cubría su boca.- Yo ni siquiera
figuro en la lista y...
-Sí,
pero es mejor no estar que ir por la vida con un
mote tope chorra ¿Sabes?
-Anda,
olvídalo. Con lo joven que eres, quizás te lo
cambien si realizas suficientes méritos... En cualquier
caso, ahora no es momento de lloriquear por menuden-
cias. Tenemos una nueva misión: han mandado un aviso
general a la casa de recompensas, así que ya sabes, o
nos damos prisa, o alguien se nos adelantará.
-¿Y
cuanto dan por la cabeza?
-No
piden la cabeza, eso es lo curioso; en realidad ni
siquiera especifican si quieren que dejemos a la persona
viva o no. Tan solo quieren un objeto que ésta lleva con-
sigo... y debe ser bastante valioso, porque pagan sesen-
ta.
-¿Sesenta
monedas de oro? ¿En serio? ¿Tanta gui-
ta?
-No,
claro que no son sesenta monedas de oro...
¡Sesenta gemas!
Jahí
sintió que se le desbocaba el corazón.
-¿Y
c'hacemos aquí planta'os? ¡Rápido, que se nos
adelantan los demás!
-No
te preocupes. Estaba allí justo cuando colgaron
el cartel y... digamos que lo cogí "por accidente". Tene-
mos, al menos, un día de ventaja.
-¡Eres
chulo que te cagas, tío! Venga ¿Qué pintas
tiene el menda al que buscamos?
-¿No
te he dicho que robé el cartel? aquí viene el
retrato.
Apenas
hubo puesto los ojos sobre el dibujo, al jo-
ven luchador se le cayó la lámina de las manos. Sintien-
do una rabia infinita, deseó que la tierra se lo tragase,
descompusiese su carne, la asimilase, crease plantas con
ella y alguien les prendiese fuego.
Sobre
el suelo, reposaba el excelente dibujo al pas-
tel de una muchacha de grandes ojos cándidos y almen-
drados, de color violeta, finas cejas y largo pelo verdoso
azulado recogido en una alta coleta.
El
suave viento arrastraba las hojas resecas y ama-
rillentas, tanto a ras de suelo como sobre las copas de
los árboles, mientras un muchacho de fieros ojos marro-
nes atravesaba con su mirada al último de los bandidos
que quedaba en pie y todavía no había huido.
-¿Có...
cómo has hecho...?
-Vos
no estáis aquí para preguntar, sino para morir.
Luego
de un breve alarido, el aterrorizado asaltante
de caminos huyó a toda prisa, fundiéndose con la espe-
sura del bosque, y Yin pudo relajarse al fin.
Gracias
a los cuidados de Áshelayd y a su propia ca-
pacidad regenerativa, el cuerpo del muchacho estaba de
nuevo en plena forma; pero, a causa del terrible sobre-
esfuerzo al que la lucha contra
"Bracamarte" lo había
sometido, no había recuperado todavía las energías per-
didas. Afortunadamente, habían podido empezar a mo-
verse a mayor velocidad y estaban cada vez más cerca
de la sierra Draconia.
El
camino a partir de ahí no iba a ser nada fácil. Una
vez dejado atrás el antiguo pueblo de Mirí, donde se
tomaron dos días de descanso y gastaron sus últimas
monedas en medicinas y alimento, Áshelayd supuso que
irían directamente al conjunto de montañas; pero Yin
tenía otros planes.
La
mayor parte de la zona, desde el pueblo al gran
cañón, era propiedad de la iglesia Cadrelicia; con la que
no convenía relacionarse. A pesar de los profundos lazos
de hermandad que unían a sus miembros, los individuos
ajenos a la congregación eran tratados por éstos como
poco más que animales, de quienes podían deshacerse
siempre que fuese menester, debido a las constantes
campañas de desprestigio que demonizaban a los infie-
les. Teniendo esto en cuenta, se habían visto obligados a
"desviarse de su desvío inicial"; con lo que la única op-
ción que les quedaba era tomar el camino hacia la costa
del Mar Prohibido e ir siguiéndola hasta llegar a la sierra.
Con algo de suerte, los Wikernos
todavía no habrían
abandonado la zona.
Con
dicha idea en mente, ambos muchachos habían
seguido cabalgando hasta que, como se había converti-
do ya en costumbre, fueron atacados por un grupo de
bandidos.
-No
es que me queje, porque son eficaces, Yin, pe-
ro... ¿Tenéis que utilizar siempre esas frases tan...
bueno... tan "así"?
-Psicología,
mi señora; hacedme caso. Si domináis la
mente del adversario, domináis el combate.
-Creo
que entiendo lo que queréis decir, pero nunca
podría llegar a ponerlo en práctica...
-Bueno,
los magos no tenéis por que utilizar la psi-
cología.- El muchacho se sentó sobre un tronco caído y
deshizo la coleta para echarse un poco de agua por la
nuca y refrescarse.- He sido testigo, en numerosas oca-
siones, de ese extraño poder hipnótico que poseéis los
de vuestra clase.
Áshelayd
recordó lo que le había comentado Boni
acerca de ese mismo punto. Si lograba dominar la magia
de control, a pesar de su debilidad física, podría llegar
evitar ser un simple estorbo para su compañero.
-¿Os...
os importaría...? -Algo avergonzada, la joven
hechicera se había plantado ante el Yajin'e con su libro
de hechicería sujeto entre los brazos, cruzados contra
el pecho.- Veréis... nunca he tenido oportunidad de
practicar ese tipo de magia aunque, luego de escuchar a
Boni, me entró curiosidad y leí el tema en que se explica
la teoría... así que me preguntaba si os importaría prac-
ticar conmigo.
El
joven reaccionó con sorpresa ante la petición. Sin
decir una palabra, alzó la vista hacia el cielo y se quedó
mirando para las hojas secas; que volaban sobre ellos
mecidas por la leve brisa. Con una expresión melancóli-
ca, casi dulce, que la muchacha jamás había visto en él,
el muchacho respondió:
-Será
un placer.
-Bien...
-La hechicera, insegura, echó un nuevo vis-
tazo a la página del libro.- Para empezar, debemos
"mantener el contacto visual". Vale, eso ya está. Ahora,
hay que concentrarse en pensar en las propias sensacio-
nes de uno, y proyectarlas a la mente de la otra persona.
De este modo, imaginando percepciones, podré hacer
sentir dichas ilusiones al otro...
Mientras
hablaba, los ojos de la muchacha se ha-
bían ido haciendo cada vez más atrayentes, hasta el
punto en que Yin pudo ver con total claridad cómo un
pequeño brillo azulado era emanado por las pupilas de
ésta. Sin la menor intención de resistirse, para hacerle
más fácil el ejercicio, el Yajin'e decidió acatar cualquier
deseo repentino que pudiese sentir; que sería, sin duda,
producto de la hipnosis a la que se estaba viendo some-
tido, así que bajó por completo la guardia y se dejó lle-
var. El resultado del intento, sin embargo, no fue el es-
perado. En el momento justo en que el mercenario dejó
de mantener el control sobre sí mismo, una refulgente
luz cegó a ambos muchachos; que cayeron hacia atrás,
tanto a causa del dolor como por el sobresalto.
-¿Os
encontráis bien, mi señora?
Yin,
antes siquiera de haber llegado al suelo tras la
pérdida de equilibrio, ya había comenzado a dirigirse
hacia la muchacha. Mientras la ayudaba a levantarse,
confusa, Áshelayd respondió, casi sin voz.
-Sí...
supongo... Lo siento mucho, no sé qué ha po-
dido salir mal... Creí que lo estaba haciendo bien, pero
he debido de utilizar demasiada fuerza, o dirigirla hacia
donde no debía, y he acabado causando ese destello...
-Bueno,
no hay ensayo sin error. Si queréis pode-
mos seguir intentando...
-No.
Ya bastante he hecho... la magia es como el
fuego: puede hacer mucho bien, pero si lo utilizas sin
precaución, te quemas. Necesito un maestro para estu-
diar esto de forma segura.
El
muchacho, luego de unos instantes de reflexivo
silencio, se sentó junto a ella y recogió la vara de Raya
del suelo.
-Cuando
yo aprendí a lanzar los yonbai... era
malí-
simo.
Era
completamente incapaz de imbuirles suficiente
fuerza para que se clavasen en el tablón de madera con
que practicaba, y mucho menos de apuntar. -Luego de
tenderle la vara a la muchacha, el joven se sacó un cu-
chillo de la chaqueta y comenzó a jugar con él.- Pedí
consejo muchas veces, pero la práctica de este tipo de
combate a distancia media se está perdiendo. En los
tiempos que corren, con la llegada del polvo de fuego y
los rifles extranjeros, todo el mundo pensaba que ya no
había lugar para los lanzadores de cuchillos... En fin, que
por mucho consejo que pidiese, solo obtenía sugeren-
cias acerca del tipo de arma secundaria en que debería
especializarme por respuesta. Debido a ello, llegué a
plantearme el dejarlo; como lo estáis haciendo vos. Sin
embargo, por diversas razones que no vienen al caso,
decidí que merecía la pena intentarlo y desarrollé mi
propia técnica; para lo que modifiqué el diseño de los
antiguos cuchillos que se utilizaban antes, obteniendo
esto como resultado.
Al
final, una vez entendido el quid de la cuestión,
fue solo cuestión de práctica el llegar a convertirme en
un maestro en dicho arte; capaz de superar a arqueros y
pistoleros.
No
soy muy bueno expresándome sobre estos te-
mas, pero lo que quiero decir es que, todo lo que ha sido
descubierto alguna vez, puede ser descubierto de nuevo
por otra persona... e, incluso, desde un mejor punto de
vista; por lo que no siempre es necesaria la tutela de un
maestro. -Apenas hubo dicho esto, el yonbai
desapare-
ció de su mano y se clavó, al instante, sobre el tronco de
un árbol alejado de ellos por unos veinte metros; justo a
tiempo de evitar la caída de una hoja que acababa de
soltarse de la rama.- ...Lo único que se interpone entre
vos y la victoria, es la rendición.
La
sierra Draconia, cuyas cumbres siempre pasa-
ban cubiertas de bruma desde el inicio de la época de
caída de hojas hasta la de las flores, se había hecho visi-
ble hacía bien poco.
Ambos
muchachos habían dejado atrás el res-
guardo que el bosque de Anafae ofrecía el día anterior y,
aunque Áshelayd no parecía preocupada por el cambio,
la actitud de Yin sí que se había vuelto más precavida y
desconfiada.
Desde
el intento fallido de realizar una técnica de
control por parte de la joven hechicera hacía ya seis días,
los muchachos pasaban las mañanas y las noches ejerci-
tándose; tanto para entrar en calor como para fortale-
cerse.
Aunque
los entrenamientos de Yin suponían
proezas imposibles para la muchacha, ésta hacía todo lo
posible por estar a la altura.
Mientras
que las mañanas iban más destinadas al
ejercicio dinámico, como realizar flexiones, abdominales
y correr junto a los caballos, durante las noches, Yin en-
señaba a Áshelayd a cómo atacar y defenderse en un
combate real, tanto cuerpo a cuerpo como con armas,
así como, lo cual la había sorprendido acerca de lo que
podía llegar a hacer, a adivinar los movimientos del ad-
versario.
-Bien.
Ayer practicamos un poco de lucha con pu-
ños...
-Sí;
mis brazos y mi cara todavía lo recuerdan...
-Uno
lucha como entrena. He de pegaros algo
fuerte si queréis aprender.
-Si
yo no digo que no, pero...
-Como
decía, hoy vamos a practicar un sistema de
lucha en que la defensa es realizada por la parte supe-
rior del cuerpo y las piernas ganan algo de carácter
ofensivo: la lucha con vara.
-¿Con
vara? ¡Qué bien, así podré luchar con cetros y
bastones mágicos en las manos!
-Esa
es la idea. Bueno, como en una lucha real vais a
utilizar la Vara de Raya, será lo que aprenderéis a usar...
Yo me conformaré con esta rama medianamente recta y
de grosor adecuado.
-Entiendo
que no sepáis de esto al no ser mago; pe-
ro no se puede luchar contra una vara mágica con un
palo... además de ser más duras que el acero, pueden
absorber el poder de quien las maneje y, por ejemplo,
reducir a cenizas todo lo que las toque.
-Impresionante.
Aún así, no seréis rival para mi
"pa-
lo".
Áshelayd
se había ofendido. Quizás el Yajin'e fuese
más fuerte que ella, pero no iba a consentir que se bur-
lase así de sus poderes cuando él no tenía ni idea de
magia.
-Está
bien, entonces ataca.
-Todavía
no os he enseñado las posiciones básicas
de...
-Da
igual. Tú ataca.
Comprendiendo
la situación, el mercenario contuvo
una breve sonrisa y se colocó en posición, con las pier-
nas semiflexionadas y la vara, sujeta con las dos manos,
apuntando hacia el cuerpo de la muchacha.
-Primera
posición: "barrido lateral".
Rápido
como el rayo, el joven guerrero se posicionó
frente a la hechicera y adelantó el extremo derecho de
la rama.
Con
intención de hacerle tragar sus palabras, Áshe-
layd, que se había ido acostumbrando progresivamente
a la velocidad del guardaespaldas en los últimos días,
dirigió su vara hacia el mismo punto, para hacer entrar
en contacto ambas armas y reducir a añicos el palo
enemigo; terminando de ese modo con la actitud pre-
suntuosa del muchacho de una vez por todas.
Repentinamente,
el avance del brazo derecho del
Yajin'e se detuvo y un contundente golpe en el costado
contrario de la hechicera la hizo caer, encogida de dolor.
-¡AY!
¿Qué ha sido eso? ¡Creí que ibas a atacarme
con la derecha!
-En
este estilo de lucha que pretendo enseñaros, el
primer golpe va casi siempre destinado a ganar impulso
para el segundo; que viene del lado contrario. De otro
modo, al carecer la vara de filo, el ataque no sería lo
suficientemente contundente para acabar con el enemi-
go. Las tácticas de esta escuela suelen consistir en series
de golpes encadenados que, combinando ataque y de-
fensa, inutilizan cualquier arma enemiga y permiten ata-
car al adversario aunque éste lleve una coraza.
-No
me lo creo...
-
Pues es así: Las lanzas son poco eficaces contra
otras lanzas, y menos al ser éstas tan versátiles como
una vara que, al no tener filo, ofrece una mayor movili-
dad y posiciones a la hora de cogerla. Las hachas, sin
impulso, no pueden cortar bien, por ser armas contun-
dentes; y es muy fácil detener su mango con esto o des-
viar su trayectoria. Las espadas, por último, al ser más
cortas que la vara, no logran ampliar su radio de alcance
hasta aquel que las blande; por lo que el espadachín
debe penetrar dentro del radio de acción de quien la
utilice, exponiéndose al contraataque. Además, como
pudisteis ver en mi lucha contra "La Pica", una vara tam-
bién puede ser utilizada para detener proyectiles siem-
pre y cuando la habilidad del guerrero le permita calcu-
lar la trayectoria.
Por
otra parte, es suficientemente precisa para gol-
pear articulaciones y demás puntos sensibles de las ar-
maduras y permiten desestabilizar a adversarios acora-
zados; que no pueden doblarse adecuadamente para
mantener el equilibrio y contra los que una hoja afilada
no serviría de mucho. Por último, aunque el enemigo se
proteja con alguna cota de malla o similar, como lo im-
portante es el impacto y no un corte, al luchador le es
casi indiferente que éste la lleve o no. Todo esto pueden
hacer las varas en manos de un maestro.
-Impresionante...
Está bien. Quiero aprender. No
haré más magia hasta haber aprendido las posiciones
básicas. Por cierto ¿No habíais dicho al principio que iba
a aprender un estilo de lucha en que las piernas ataca-
ban y, los brazos, defendían?
-En
efecto. No tiene sentido que vos utilicéis la vara
solo para golpear. Debéis aprender a defenderos con
ella, contraatacar con las piernas y rematar al adversario
con un conjuro.
-Claro,
tiene sentido...
La
joven, algo avergonzada, jamás llegaría a recono-
cer que, durante unos instantes, no solo había olvidado
que era una hechicera, sino que pelear con una vara le
había parecido tan alucinante que no había deseado
aprender ningún otro tipo de lucha.
Ante
ellos se encontraba, majestuosa, la sierra
Draconia; principal impedimento a la hora de comunicar
la región con el resto del continente, debido a su condi-
ción de península.
No
obstante, el gran cúmulo de altas montañas, cu-
yas cimas no podían siquiera divisarse al estar cubiertas
por una densa capa perenne de bruma, tan solo era la
puerta hacia un obstáculo mucho mayor: el bosque de
Yariojira.
Todo
el mundo en la región sabía que, en el bos-
que de Yariojira, el más antiguo de todos, habitaba Ya-
rio, el espíritu de los bosques. En realidad, dicho espíritu
estaba conectado con todas y cada una de las plantas
que cubrían la península y quién sabía a cuántas más;
pero su residencia favorita, así como lugar de reposo de
su manifestación física, era el centro del mismo, cerca
de la laguna sagrada. Aunque en la foresta podían en-
contrarse árboles de más de cien metros de altura, el
espíritu del bosque se encarnaba en uno inconfundible,
desmesurado, inconmensurable. Habitaba en un árbol
mucho más grande que las propias montañas y cuyas
raíces surgían como un sinuoso dragón del oeste que
estuviese nadando en un mar de tierra. Cada una de sus
verdes hojas, tan gruesas como el torso de un hombre,
podría servir de tejado a la casa más grande de la región;
y su copa llegaba tan alto que, durante siglos, se creyó
que dicho árbol era el pilar que sostenía el cielo en su
lugar.
La
tradición popular nunca tendía a otorgarle a Ya-
rio la condición de enviado sagrado sino, y esto era
aceptado por todos salvo los Cadrelicios, como dios su-
premo, dador de vida; cuyo cometido era regular las
leyes de la naturaleza y mantener unida, con sus raíces,
la tierra que pisaban. De ahí que las islas, por estar sepa-
radas del resto del continente, fuesen vistas con malos
ojos por gran parte de la población.
Dada
su condición de dios, el espíritu no era dado
a intervenir en la historia humana pero, según los escri-
tos secretos de la corona, Yario había concedido su favor
al menos en dos ocasiones; la más reciente había sido
hacia la familia real de Ean, hacía
cien años, al entregarle
la cristalización de su poder a una joven princesa idealis-
ta que se había negado a huir con los suyos y abandonar
a las gentes de la región al capricho del rey que por
aquel entonces gobernaba en el país vecino.
A
Áshelayd no se le había escapado que a la vara
comenzaba a ocurrirle algo. La proximidad al bosque la
había... ¿Inquietado? Imposible, tan solo era una vara
inanimada. Aún así...
-Ahora,
la cuestión es tener suerte y esperar no en-
contrarnos con los Indo... Me avergüenza reconocer que
ni con todas mis técnicas de camuflaje podría escapar de
ellos en su territorio llevándoos conmigo.
-¿Sabéis
por qué se limitan sus tierras a una zona
tan estéril y reducida? Siempre me lo he preguntado.
El
muchacho sonrió, con aire irónico.
-Qué
curioso... ¿No vienen este tipo de detalles en
los libros de historia de los hechiceros? Durante la últi-
ma guerra, magos e Indo se aliaron... Por aquel enton-
ces, los Indo dominaban todo el territorio comprendido
desde la llanura que va desde el desierto blanco hasta
aquí, pasando por el gran cañón, colindando con el lími-
te del bosque de Anafae; y eran abundantes en número.
Tras la guerra, la asociación regional de hechiceros in-
cumplió ciertos tratos con ellos y, debido a una política
de no represalias en que algunos territorios fueron de-
vueltos y otros desagregados... resultó que todos gana-
ron menos la tribu autóctona. Súbitamente, vieron que
no les quedaba más que la sierra, pero, aún con todo,
algunos testarudos se negaron a moverse y se quedaron
allí. La mayor parte, sin embargo, emigraron hacia las
bastas extensiones dominadas por los Indo en el conti-
nente de Nhüria. Hay quien dice que se están preparan-
do para tomar venganza...
Tengo
entendido que vuestro maestro, Handschmud,
intentó mediar en el conflicto posterior, pero los Indo
que se quedaron habían retirado la palabra a los huma-
nos, teniéndolos a todos por traidores, y no hubo forma
de solucionarlo.
La
muchacha estaba consternada. No solo le daban
pena los afectados sino que, como hechicera que era, se
sentía en parte responsable a pesar de no haber partici-
pado en el conflicto. Por otra parte, la flagrante omisión
de esta etapa de la historia de su gremio la había hecho
dudar acerca de la veracidad de todo cuanto creía saber
de los suyos y sus códigos de conducta.
-Pobrecillos...
¿Y hacemos llamar a nuestro bando el
de los "buenos"?
-Si
eso es lo que os preocupa, a los Trolls, que eran
fieles a Valdemaíd, les fue todavía peor.
-No
me extraña que sientan rencor hacia los huma-
nos.
-Realmente
los odian en su mayoría. Los Yajin'e no
les entusiasmamos pero, como no tuvimos que ver en el
reparto desigual, incluso perdimos muchos miembros, y
nuestra sociedad es muy diferente al resto de los eanos,
casi nos toleran. Nos consideran en el mismo saco; al
igual que a los duendes y a los vampiros. A vos, sin em-
bargo... Vuestra ascendencia podría ser un problema,
puesto que Indo y demonios nunca han congeniado mu-
cho en el pasado; independientemente del bando en
que se hallasen.
-¿Cómo
es que sabéis tantas cosas que no vienen en
los libros de historia?
-En
el campo de batalla se aprende más acerca de la
realidad, por pequeñas observaciones y conversaciones
entre guerreros, de lo que jamás averiguaría un historia-
dor sentado en la biblioteca de la torre dorada.
La
muchacha, súbitamente, reparó en algo y, con
voz temblorosa, miró hacia su guardaespaldas.
-Yin...
no me digáis que vos combatisteis en...
-Se
hace tarde. Creo que será mejor acampar en la
falda de esa pequeña montaña, para evitar los vientos
del oeste. Vamos. Quizás todavía no sea tarde para en-
contrar a los Wikernos; que pasan por aquí cerca en su
ruta migratoria.
Llevando
a los dos caballos a medio trote, ambos
muchachos comenzaron a desplazarse a favor del vien-
to; por lo que no tardaron en llegar al hueco que queda-
ba bajo el saliente al que el muchacho se refería; el cual
resultó ser una magnífica protección ante las frías ráfa-
gas de aire nocturno.
Una
vez levantado el campamento, los jóvenes via-
jeros practicaron el combate con varas durante más de
dos horas hasta que, al verse incapaz de seguir alzando
el cetro mágico, Áshelayd detuvo el entrenamiento y se
metió entre las mantas que le servían a un tiempo de
futón y abrigo.
Bajo
las capas de tela, la muchacha veía entrenar
al joven mercenario, iluminado por la luz de la luna, has-
ta que, llegado un momento, comenzó a sentir una gran
tristeza. Durante la última guerra él no debía haber teni-
do más de doce años, y eso hacia el final de la misma.
Recordó las palabras del médico de Árdell: "algunos son
mandados a la guerra al cumplir los doce solo para forta-
lecerles el carácter y, curiosamente, suelen sobrevivir
aún cuando los más valerosos y reconocidos héroes pe-
recen". No era de extrañar que su corazón se hubiese
helado hasta el punto de poder acabar con una vida sin
pestañear. Durante los entrenamientos, solía decirle que
atacase como si quisiese matarlo; aunque ella jamás
había logrado enfadarse lo suficiente como para inten-
tarlo con todas sus ganas.
Áshelayd
se fue durmiendo luego de darle vueltas al
asunto durante mucho rato. Finalmente, antes de caer
rendida, llegó a la conclusión de que no deseaba ser tan
fuerte como él, ganar un poder sobrehumano, si ello
implicaba perder su humanidad.
La
mañana llegó mucho antes de lo que a Áshelayd
le hubiese gustado. Incapaz de abrir los ojos a causa de
la claridad, se giró hacia el otro lado justo a tiempo de
evitar una certera flecha que, de otro modo, habría
atravesado su cabeza.
Todos
los sistemas de alerta de la muchacha se ha-
bían puesto en marcha ante el ataque. Saltando del le-
cho, sujetando la vara, que había tenido la precaución
de dejar cerca al irse a dormir, su medida inicial fue
crear una corriente de aire en torno a ella. De este mo-
do, al arquero le sería imposible apuntar con precisión,
por desconocer las variaciones del viento.
Un
nuevo proyectil erró su trayectoria debido a las
defensas de la muchacha. Tan rápido como pudo, cam-
bió la dirección de su brisa particular para evitar que el
atacante corrigiese el error de puntería en un segundo o
tercer intento. De los dos ataques, Áshelayd había lo-
grado deducir la posición del enemigo. Había pasado
más de una noche entera realizando este tipo de ejerci-
cios con Yin, y no tenía duda alguna del lugar del que
habían provenido las flechas. Lo que sí dudaba era dón-
de podría estar su guardaespaldas; que hasta ahora ha-
bía sido tan oportuno.
Incapaz
de encontrar una respuesta plausible a di-
cha cuestión, la joven decidió concentrarse en el comba-
te que ahora la ocupaba y dejar ese tipo de reflexiones
para más tarde. Continuando con el cumplimiento de las
instrucciones que el Yajin'e le había dado, Áshelayd creó
una nueva corriente de aire ascendente, que surgía des-
de donde ella estaba hasta el punto desde el que le ha-
bían lanzado las flechas, y comenzó a correr hacia él.
Una
vez malgastados dos proyectiles más, que se
perdieron en el cielo apenas hubieron sido disparados,
el misterioso atacante decidió que era momento de de-
jarse ver.
De
entre las rocas emergió la titánica la figura de un
hombre gigantesco, cuya espalda era tan ancha que se
había visto obligado a unir dos capas de viaje para cubrir
por completo la enorme mole que era su musculoso
cuerpo.
Áshelayd
no dudó a pesar de lo imponente que re-
sultaba su imagen. Concentrándose al máximo, llevó al
límite la fuerza de sus "Gan'shi", hizo circular esta ener-
gía por los canales de espíritu, con mayor efectividad
que nunca al ser ahora consciente del proceso, y no tar-
dó en modificar el poder resultante para convertirlo en
una llama amarilla. Dicha llama, condensada en la bola
menos ovalada que la muchacha había logrado crear en
su vida, jamás llegaría a impactar contra el individuo.
Una vez se hubo disipado el humo del impacto, Áshelayd
comprobó, aterrorizada, que el hombre gigantesco se
había plantado ante ella de un salto; cubriendo con él
los más de nueve metros de distancia que los separaban
hasta hacía tan solo unos instantes.
-Muchas
gracias por el aviso, jovencita, pero no era
necesario. Había oído que erais una peligrosa hechicera,
pero vuestra falta de ímpetu asesino en el ataque me
hace pensar que no queríais matarme a pesar de mi
frustrado intento de asesinaros... Cierto es que podría
tratarse tan solo de exceso de confianza pero, ya que
sigo vivo, aún habiéndome acercado tanto, me permiti-
réis dudar de que esto sea así.
-¿Quién
sois y qué es lo que queréis?
-Una
pregunta original donde las haya.
Áshelayd,
inconscientemente, se había estado es-
forzando por emular la mirada, el tono de voz y las pala-
bras de Yin durante todo el combate; lo cual no había
creado el efecto deseado.
-No
habéis respondido... ¡Hablad, u os iré cortando
en pedacitos hasta que, al no quedaros ya extremidades,
os arrancaré el corazón para que veáis como me lo co-
mo!
El
desconocido comenzó a reír estruendosamente.
-¡Caramba,
me encanta esta cría! Lamentaría mu-
cho tener que matar a alguien con vuestro sentido del
humor... Pero, si no me entregáis eso que lleváis con
vos, será lo que ocurra.
El
encapuchado cogió la vara de manos de la mu-
chacha e intentó llevársela. No obstante, ésta significaba
demasiado para Áshelayd como para dejarle hacerlo por
las buenas. El forcejeo era claramente dominado por el
musculoso enemigo, pero la muchacha, en un último
intento, decidió transferir los elementos necesarios para
la creación de una nueva bola de fuego a su vara, que se
encontraba apuntando directamente a la cara del des-
conocido, con la intención de sentenciar el combate con
un único golpe.
El
resultado fue, cuanto menos, inesperado: Una
perfecta esfera de luz azulada, del tamaño de una cabe-
za, salió proyectada del interior del orbe e impactó con
fuerza sobre unas rocas lejanas; que al momento estalla-
ron en mil pedazos, irradiando una incandescente luz
rojiza.
El
gigantesco atacante no había tenido problemas
para esquivar la bola de fuego en sí misma; pero no ha-
bía ocurrido así con el calor desprendido. La capucha, así
como la tela que le cubría la boca, habían quedado car-
bonizadas, dejando su rostro al aire. Al levantarse, sus
rasgos se hicieron perfectamente visibles: A una cabeza
pelada continuaba la prominente frente, en que abulta-
ban unas gruesas cejas sin vello, quienes se unían al per-
fil de la corta y aguileña nariz, la cual combinaba con un
cincelado mentón cuadrado que dotaba al rostro del
desconocido de un aspecto rudo y, de alguna forma casi
primitiva, amenazador. Los ojos, pequeños en relación,
los tenía de un color azul realmente intenso, que refle-
jaba la luz dependiendo del ángulo en que ésta incidiese
al igual que lo hacían los de los gatos, aunque carentes
de pupilas. Por último, el tono de piel del individuo no
quedaba a la zaga de las demás extrañezas: era de un
color índigo pálido.
-Eres...
un Indo.
-Eso
parece... Será mejor que yo me ocupe de esto,
mi señora. Haceos a un lado.
Un
inesperado estruendo había sobresaltado a Yin
en medio de su cacería.
Aunque
el ave que esperaba obtener de un certero
lanzamiento de cuchillo se había escapado volando, al
mercenario no le importó. Su atención ya no estaba cen-
trada en la recogida de alimentos sino en descifrar el
nivel de peligro que aquella explosión representaba, así
como su procedencia. Un segundo resplandor, de tono
azulado, acompañado de un restallido todavía mayor,
despejó cualquier atisbo de duda. El muchacho se des-
plazó entre las rocas tan rápido como le permitieron sus
piernas, que no era poca velocidad, y no tardó en hallar
la causa de tanto revuelo.
Un
Indo había encontrado a Áshelayd y la había ata-
cado. De todos modos, había algo raro en él. Su ropa no
concordaba con los trajes tribales que los suyos solían
llevar, ni parecía estar acompañado por un grupo de
cazadores.
Indo
o no, en cualquier caso, no podía permitir que
atacase a la muchacha bajo ningún concepto.
-Parecéis
hábil, muchacho. Sois vos quien dio su
merecido a mi compañero ¿Verdad?
-¿Cual
era vuestro compañero? ¿El de la pica, el del
parásito o el escandaloso?
-Ju,
ju, ju... Escandaloso es la palabra. Bueno, nada
más lejos de mi intención desear que le ocurra nada ma-
lo pero, si os digo la verdad, ya iba siendo hora de que
alguien le hiciese morder el polvo. Para bajarle un poco
los humos, ya me entendéis. No hay quien lo soporte
cuando se le sube la fuerza a la cabeza... lo cual no es
difícil; ya que tiene mucha.
-Dudo
mucho que hayáis venido aquí a hacernos llo-
rar con el drama de vuestra vida. Soltad lo que sepáis e
idos, o no volveréis a ir a ningún sitio.
Inowake
retrocedió un paso, en guardia; mientras la
muchacha, enfadada, se preguntaba por qué su frase no
había dado resultado, aún siendo mucho más macabra,
mientras que las palabras de Yin sí habían surtido el
efecto deseado.
-He
visto mucho a lo largo de los años como para no
reconocer esa mirada, muchacho. Vos sois de los que
van en serio ¿Verdad?
-Yo
soy de los que los que hacen que los demás no
vuelvan.
El
hombre de la piel azul esbozó una sonrisa al
tiempo que secaba una solitaria gota de sudor que había
acudido a su prominente frente, quizás, debido al ner-
viosismo. Su adversario era poderoso, sin duda, pero
ningún humano era más fuerte que un Indo. Él tenía la
fuerza de diez hombres y la velocidad del tigre; la vista
del halcón y una agilidad felina. El muchacho del kimono
rojo y la espada camuflada no iba a tenerlo nada fácil
para vencerlo.
-Si
tan seguro estáis de vuestras posibilidades, os
ruego que ataquéis. Solo si me vencéis os diré lo que
queréis saber.
-Habéis
sido vos quien nos habéis asaltado. Os toca
mover ficha primero.
Un
leve asentimiento fue toda señal realizada por el
musculoso guerrero para indicar su conformidad.
Con
toda la potencia de sus colosales músculos, el
Indo se abalanzó sobre el muchacho. De un tortísimo
puñetazo, pulverizó la roca que se hallaba tras éste.
-Increíble...
El
joven de la coleta no se había movido ni un cen-
tímetro del sitio; y se había limitado a desplazar el puño
del gigante índigo con su propia mano en el último mo-
mento.
-Cuando
el enemigo es más fuerte, conviene utilizar
su propio impulso en favor propio.
-Entiendo...
ese estilo de lucha me recuerda al que
utiliza Jahí. Solo sé de otro pueblo, a parte de los duen-
des, que utilice las comúnmente conocidas como "artes
marciales" en toda la región que los humanos llamáis
"de Ean" ¿Acaso sois un Yajin'e?
-Vuestros
conocimientos acerca de mi cultura no os
salvarán de esta pelea.
-Ah,
lo imaginaba... pero no sabía que los de vuestra
clase pudieseis activar y desactivar vuestro poder a pla-
cer.
-¿Cómo?
-No
os hagáis el tonto. Me refiero a "eso" que utili-
zasteis para contrarrestar los ataques de Jahí.
Fue
entonces cuando el joven comprendió las in-
tenciones del adversario. Seguramente, el luchador le
había contado los detalles de su combate, así como todo
lo referente al extraño fenómeno que había afectado a
las técnicas de Jahí y le había permitido verlas cuando,
en principio, no debería haber podido. Probablemente,
debido al estado de embriaguez del luchador.
-Vuestro
juego no funcionará conmigo, guerrero.
Ni con los puños, ni con la lengua ¿Vais a intentar ven-
cerme de algún otro modo antes de daros por vencido?
Inowake desenvainó con la mano derecha una es-
pada especialmente ancha, de longitud normal, y, con la
otra, una espada corta; que a él le servía prácticamente
como daga.
-Permitidme
algún intento más antes de darme por
inútil, por favor.
El
nuevo cambio de táctica no mejoró la situación.
Tras el primer choque, el Indo pareció ganar algo de ven-
taja pero, una vez hubo desenvainado, Yin hizo saltar
por los aires la espada corta del guerrero y no tardó en
hacer lo mismo con la otra.
Algo
nervioso, aunque todavía sonriente, Inowake
se llevó una mano a la bolsa que colgaba de su cadera.
-¿Qué
será ahora? ¿Cuchillos voladores?
Con
rapidez, el Indo lanzó una pequeña bola al mu-
chacho, que éste logró esquivar por bien poco. Cuando
el Yajin'e se disponía a dar una réplica irónica, una ex-
plosión lo lanzó por los aires.
-¡Yin!
La
tambaleante figura del muchacho surgió lenta-
mente de entre la densa nube de humo que se había
formado.
-Tranquila,
estoy bien. No os acerquéis.
Inowake
sonrió, incrédulo.
-No
me digáis que habéis percibido el peligro en el
último momento y habéis saltado al tiempo que mi
bomba hacía explosión... Sin duda, sois excepcional. Pe-
ro no podréis esquivar esto.
El
Indo lanzó seis bombas más al aire. Yin logró es-
quivar las tres primeras explosiones y desviar una de las
bombas con su espada, pero la última cayó demasiado
cerca y le hizo perder el equilibrio.
No
tardó en girar en el suelo para esquivar el si-
guiente ataque, pero éste no se produjo. Inowake había
tenido que hacerse a un lado para evitar la bomba rebo-
tada y esto sirvió de inspiración al muchacho.
-Parece
que sí he podido esquivarlo.
El
Indo, furioso, lanzó otra tanda de explosivos con-
tra él, pero Yin tenía muy claro lo que debía hacer. Igno-
rando la trayectoria de las bolas, el muchacho se plantó
frente al enemigo y se preparó para desenvainar.
-¡Desde
esta distancia no podréis atacar con las
bombas sin veros afectado!
Inowake
sonrió.
-Tenéis
razón.
Al
abrir las manos, Yin pudo ver que hasta entonces
habían estado ocultando dos de las bolas. Entre el im-
pulso que llevaba y la sorpresa, le fue imposible reaccio-
nar a tiempo. Ambas explosiones los alcanzaron de
lleno.
El
sable del Yajin'e se clavó en el suelo a varios
metros de donde había tenido lugar la explosión. Áshe-
layd cayó de rodillas, sin fuerzas. El Indo se había inmo-
lado, llevándose por delante a su compañero de viaje.
-Im...
¡IMBÉCIL! ¡POR QUÉ HAS TENIDO QUE
ARRIESGARTE TANTO!
-En
realidad, mi señora, la falta de arrojo ha sido lo
que me ha salvado.- De entre la nube de polvo, humo y
escoria, surgió la agotada voz del muchacho.- Aunque no
ha sido la mía, precisamente.
Una
repentina ráfaga de viento disipó el humo y
ambos contendientes se hicieron visibles de nuevo.
-¡Yin!
¡Estás vivo!
-No
sabía que los Indo fuesen tan cobardes... Si en
lugar de soltar las bombas me hubieseis golpeado con
ellas, ahora yo ya no estaría aquí.
-No
creí que pudieseis sobrevivir al impacto en
cualquier caso... pero ese es un error que tiene fácil so-
lución.
-Ambos
sabemos que estáis muy débil como para
soportar otra detonación de tal magnitud.
-¿Os
habéis visto? Estáis tan mal como yo. En mi ca-
so, sin embargo, mi fortaleza natural podría hacerme
sobrevivir donde vos moriréis... De todos modos no es-
táis en condiciones de esquivar como lo hacíais antes.
-Eso,
en el supuesto de que tengáis más explosivos
que utilizar.
El Indo acusó el golpe.
-Veo
que no hay forma de engañaros...
-No
hace falta ser un genio. Nadie en su sano juicio
haría explotar una bomba junto a él llevando a la cadera
una bolsa llena de explosivos. En cualquier caso, aunque
os hubiese quedado alguno, habría explotado con los
otros dos en su momento; así que ya no hay de qué
preocuparse.
Yin
parecía muy seguro, pero Áshelayd no tenía tan
claro que éste fuese a ser el vencedor de la contienda.
La energía desprendida por las explosiones había sido lo
suficientemente fuerte como para soltarle el pelo de la
coleta y chamuscarle la ropa. De la faja no quedaba ras-
tro, por lo que la chaqueta caía abierta y libre sobre sus
pantalones; dejando al aire la camisa azul. Sin embargo,
aunque algunas zonas de piel se veían enrojecidas, mis-
teriosamente, el Yajin'e no había llegado a quemarse. A
la muchacha no le cabía duda de que el mercenario ha-
bía utilizado su propia versión de la magia de control, la
"energía", para protegerse; por lo que sus reservas de-
bían estar bajo mínimos.
-Como
dije antes, vuestro método defensivo es cier-
tamente similar al de mi compañero... Aunque Jahí ha-
bría creado un escudo de espíritu, en lugar de lo que
habéis hecho vos. Sin embargo, girar sobre uno mismo a
esa increíble velocidad para evitar que el fuego os que-
mase, dispersándolo, ha sido una táctica increíble.
-Por
desgracia, el desvío de las llamas también os ha
beneficiado; por lo que no estáis tan mal como debie-
rais.
-Eso,
por descontado.
De
un potente salto, el Indo se plantó ante el mu-
chacho y, pasando de largo, le golpeó el cuello con el
brazo estirado.
Yin,
ignorando el intenso dolor y la sensación de
ahogo, se agarró a la extremidad y lanzó las piernas ha-
cia arriba para, luego de girar, golpear la cabeza del
musculoso guerrero con ambos pies juntos.
Inowake
cayó de rodillas, mareado, y Yin giró por el
suelo, mientras tosía, intentando alejarse de él todo lo
posible para recuperar el aliento.
-No
puedo... dejaros ni un... segundo... de respiro
¿Verdad?
El
gigante índigo se abalanzó de nuevo sobre Yin,
quien evitó su puñetazo del mismo modo que la primera
vez; solo que, en esta ocasión, aprovechando el impulso,
el Indo le propinó un contundente rodillazo en el estó-
mago al ver desplazado su primer ataque.
-No
debí caer en esa última, pero no volverá a ocu-
rrir. Todo lo que hagáis en el cuerpo a cuerpo yo lo pue-
do evitar. ¿Cómo vais a vencerme ahora, si yo podría
mandaros a diez metros de un golpe?
Yin
rió, sin fuerzas, pero con insolencia.
-Je...
No podríais ni hacerme... caer tres metros más
allá...
-Llevo
soportando vuestras burlas demasiado tiem-
po, mercenario... Ahora que no podéis correr y que veis
que vuestra fuerza es insuficiente para vencerme, debe-
ríais...
-¿Acaso
es así como queréis retractaros de vuestra
amenaza, hablando sin cesar hasta que la olvide?
Inowake
se dejó llevar por la rabia acumulada. Lue-
go de una serie de poderosos golpes que hicieron re-
tumbar la tierra (y el pecho de Áshelayd) al impactar
contra el muchacho, el guerrero lo lanzó de un derecha-
zo a más de doce metros de distancia.
-¿QUÉ
OS HA PARECIDO, YAJIN'E?
Yin,
tambaleante, comenzó a levantarse con dificul-
tad.
-Me
parece... -Lentamente, el muchacho fue levan-
tando la cabeza; dejando a la vista una oscura mirada
asesina, acompañada por una irónica sonrisa.- ...que
este combate lo voy a ganar yo.
Inowake
sintió cómo se le helaba la sangre en las
venas. La furia lo había obnubilado. La furia... las pala-
bras que el enemigo le había dirigido... ¿Sería posible
que éste hubiese calculado hasta tal punto el desarrollo
del combate?
Sea
como fuere, lo cierto es que había metido la pa-
ta a base de bien. El Yajin'e había recuperado su espada.
-No
sé cómo he podido caer...
-Ni
mi velocidad ni mi fuerza... pero sí mi inteligen-
cia. La psicología es algo que conviene conocer si eres un
guerrero ya que, más de la mitad de los factores que
condicionan un combate, dependen del estado de ánimo
de los contrincantes. O lo que es lo mismo: dominando
vuestra mente, domino vuestros actos.
La
mole de color índigo aceptó la derrota. Aún con
toda su prodigiosa fuerza, herido y agotado como esta-
ba, no sería rival para la esbelta espada de doble filo que
llevaba el muchacho de la suelta melena encarnada.
-Acabad
conmigo, por favor. No soportaría saberme
derrotado en tal grado cuando he sido yo quien ha lle-
vado la iniciativa durante todo el combate.
Yin
alzó su espada.
-Lo
cierto es que he sido yo quien ha llevado las
riendas de la contienda... pero nada me cuesta cumpli-
ros el capricho si es que realmente no queréis seguir
viviendo.
Lanzándose
a toda velocidad, el muchacho colocó la
espada en horizontal, paralela al suelo, sujetándola de
modo que el filo interior fuese por delante, como si de
una hoz se tratase, con la intención de cortarle la cabeza
a Inowake, quien, de rodillas y con una plácida sonrisa
en la cara, había cerrado ya los ojos, resignado.
-¡No!
¡Deteneos, por favor!
Yin,
súbitamente, detuvo su avance; dejando el
borde cortante de su arma a tan solo unos centímetros
del cuello del Indo.
Durante
unos instantes, la muchacha creyó que el
guardaespaldas había cedido a su orden, pero no tardó
en comenzar a dudarlo.
El
suelo había comenzado a retumbar, con cada vez
mayor intensidad, mientras un extraño sonido gutural
"weke-weke, weke-weke" no tardó en llenar el ambien-
te.
Sin perder un instante, el agotado Yajin'e
envainó la
espada y se lanzó hacia Áshelayd, a quien cogió por la
cintura, y saltó al abismo desde el saliente en que se
encontraban.
Por
unos segundos, Inowake, confuso, no entendió
lo que había ocurrido hasta que, una vez se hubo aso-
mado a dicho saliente, lo tuvo todo claro. Bajo la rocosa
cornisa se hallaba un antiguo y desgastado camino en
que podían diferenciarse unas claras huellas de barro.
-Wikernos...
XXXIII - CONVIVIENDO CON LOS
RAPTORES
El
sol había comenzado ya a ocultarse tras los pi-
cos de las altas montañas que constituían la Sierra Dra-
conia cuando el grupo de animales se detuvo al fin.
La
manada de wikernos no era especialmente
nu-
merosa. Apenas llegaba a los veinte integrantes.
Áshelayd
y Yin se bajaron, agarrotados, del plateado
lomo metálico de uno de los saurios, quien, distraído,
había comenzado a roer una roca mientras agitaba sus
membranosas alas, inútiles para el vuelo, con la inten-
ción de refrescarse.
-Son
preciosos...
La
muchacha se había quedado prendada ante la
belleza de las bestias. Los cráneos de éstas reflejaban
con fuerza la luz anaranjada; al estar recubiertos, al igual
que sus lomos, por una densa capa de un material lla-
mado zilldra, que exudaban en la pubertad y se endure-
cía al contacto con el aire; sirviéndoles de protección.
Los grandes zancos de los bípedos raptores, fibrosos y
armados con un par de espolones negros como el car-
bón, contrastaban con la simpática cara de dichos ani-
males; que poseían un morro chato y redondeado, ojos
grandes, azules como zafiros, y unas curiosas orejas pa-
rabólicas en forma de caracola de tres puntas, de color
claro.
Las
oscuras alas les servían, tanto como estabiliza-
dores a la hora de saltar y mantener el equilibrio al co-
rrer, como para frenar las caídas. No en vano eran los
seres más rápidos en tierra. La corta y ancha cola, por su
parte, era utilizada por éstos para mejorar la distribu-
ción del peso de sus cuerpos y aumentar la fuerza de la
zancada gracias a unos largos y resistentes tendones
anclados en ella; por lo que carecía de movilidad.
Todo
su cuerpo se veía adornado por unas suaves
escamas de color azul eléctrico, claro pero intenso,
mientras que, el vientre y parte inferior de la cola, per-
manecían de una tonalidad algo más pálida.
El
grupo de saurios no llevaba consigo a ninguna
cría, pero la mayoría de ellos eran apenas algo más que
la mitad de altos que los demás; por lo que probable-
mente éstos acababan de alcanzar la madurez.
-No
hemos tenido suerte. Cuando un grupo de Wi-
kernos carece de crías entre sus
integrantes, se mueven
a mayor velocidad... pero también lo hacen a mucha
mayor altitud, para evitar ser atacados; por lo que, si
suben demasiado, deberemos dejar de montarlos.
-¿Y
para eso hemos dejado atrás a los caballos y to-
das nuestras cosas?
La
muchacha, frustrada, dio una patada a una pe-
queña piedra; que rebotó contra un peñasco y cayó so-
bre la cabeza de uno de los dinosaurios más jóvenes.
En
lugar de enfadarse, el pequeño consideró que se
trataba de un juego muy divertido y, llevando una gran
roca en la boca, comenzó a perseguir a la muchacha.
Luego
de un buen rato de ininterrumpida carrera en
círculos, el animal pareció aburrirse finalmente de Áshe-
layd, así que la dejó ir y se la lanzó a otro compañero; al
que le entusiasmó la idea. Poco después, todos los jóve-
nes se habían unido al juego.
-No
son fáciles de enfadar. Y pensar que los
Iggrones miden más de seis metros y son
capaces de
tragarse a un buey de un bocado...
-No
me digáis eso, que estos bichos también son di-
nosaurios.
-Tranquila,
que son omnívoros, pero las hembras no
tienen ningún tipo de instinto asesino.
-¿Y
cómo se diferencia a los machos de las hem-
bras?
-Ah,
eso es fácil. Las que están aquí son todas hem-
bras.
-¿En
serio? ¿Cómo podéis estar tan seguro?
-Es
simple. Las manadas de Wikernos solo
pueden
tener un macho, que es rojo; y está ahí.
Áshelayd
siguió la señal del dedo de Yin hasta un sa-
liente elevado en que, medio oculto por las sombras de
la joven noche, reposaba un ser gigantesco, de inmensas
alas carmesí, que la perforó con sus grandes ojos de ru-
bí.
-No
me gustan los machos de Wikerno...
A
la mañana siguiente, Áshelayd pudo comprobar
que los extraños animales eran remolones en su desper-
tar.
Mientras
los jóvenes jugaban y correteaban al re-
dedor de los adultos, éstos roían las rocas en busca de
nutritivas arcillas y minerales con que aumentar la forta-
leza de sus cascos y castigados esqueletos; al tiempo
que desplegaban contra el sol sus alas, repletas de pe-
queños vasos sanguíneos, para recuperar el calor perdi-
do en la helada noche de montaña.
Por
lo que parecía, Yin no se había movido ni un
ápice desde que ella se había quedado dormida; sin em-
bargo, la joven pudo comprobar que no había sido así.
Frente a él, reposaban dos bolsas en que el guardaes-
paldas había clasificado y organizado lo poco que tenían,
ya que el grueso de sus pertenencias había quedado
olvidado en las alforjas de los caballos tras la lucha con-
tra Inowake.
Al
levantarse, comprendió por qué su acompañante
no había pegado ojo. Cubriéndola, se hallaba una larga
chaqueta roja, de bordes más oscuros, con mangas hol-
gadas y anchas; que estaba chamuscada por la mayor
parte.
Sonriendo
ante el inesperado acto de caballerosi-
dad, a pesar de que se le había pegado el olor a quema-
do a su propia ropa, la joven le tendió la prenda a su
propietario quien, evidentemente agradecido, se la puso
de inmediato; con lo que el color comenzó a retornar a
sus mejillas.
-Por
ahora no creo que vayamos a tener problemas
con la altitud, ya que viendo cómo se mueven las más
jóvenes no me cabe duda de que todavía no pueden
seguir bien el ritmo a las adultas y éstas no se arriesga-
rían a perder la camada por subir demasiado pronto.
Afortunadamente, este grupo se dirige hacia los domi-
nios de un conocido mío que creo que podrá ayudarnos
a llegar antes a la torre dorada; así como a proveernos
de ropa y víveres.
Como
ya habréis supuesto, en estos momentos, lo
que prevalece es la supervivencia, que es un entrena-
miento en sí, así que dejaremos de practicar técnicas de
combate hasta que volvamos a estar al nivel del mar.
-Pero,
entonces, todo el entrenamiento que he he-
cho hasta ahora se perderá y...
-En
absoluto. Gracias a lo que habéis estado ha-
ciendo estas últimas semanas vuestra respiración ha
mejorado mucho y será mucho más probable que sobre-
viváis a estas alturas. Por otra parte, no solo mantener-
nos sujetos a los Wikernos, que no es
fácil, sino estar
sometidos a estas temperaturas y a la privación de oxí-
geno nos hará más fuertes y, una vez regresemos a una
altura normal y descansemos un poco, os sentiréis mu-
cho más en forma que nunca.
Algo
reticente a creerlo, aunque deseando que fue-
se así, la joven cogió uno de los fardos y se montó en un
animal que acababa de desperezarse y parecía impa-
ciente por echar a correr de una vez.
-¿Sabéis,
Yin...?
-Decidme.
-Creo
que ni el frío, ni la falta de oxígeno, ni la ca-
rencia de alimentos... Lo más difícil va a ser soportar ese
"weke-weke" durante todo el viaje.
Yin
se llevó la desgastada bolsa de cuero al chamus-
cado hombro de su chaqueta, una vez montado en el
lomo de uno de los raptores, y esbozó una media sonri-
sa. No le faltaba razón.
Tan
solo seis guerreros se mantenían en pie, se-
miocultos por la oscuridad.
Sudorosos
y jadeantes, los aterrados hombres, ar-
mados con buenas espadas y protegidos por robustas
armaduras, miraban hacia la luz proveniente del resqui-
cio que quedaba entre los dos monumentales portones;
deseando más que nada en el mundo que esta franja
luminosa no aumentase de tamaño.
-No
lo soporto, Capitán...
-Calla,
Nubiu, no quiero cobardes en mi ejército.
-¿Ejército?
¡Un ejército con seis miembros no es un
ejército!
-¿También
tú, Hiodinn...?
-No
es nuestra intención insubordinarnos, Capitán...
pero nos enfrentamos a un monstruo.
-¿Y
crees que no lo sé, Kale? Ha matado a nuestros
doscientos hombres...
-El
"Ejército de Liberación Popular" ha fracasado...
-¡Eso
no lo digáis nunca! ¡Puede que nosotros fa-
llezcamos aquí hoy, pero no así nuestros ideales! El pue-
blo terminará comprendiendo que debe centrar su aten-
ción en la vida real y en solucionar sus problemas; y no
en contentar a dioses ni...
-Cuántas
herejías en una sola frase...
-¡Es
él! ¡ESTÁ AQUÍIIIIII!
Los
guerreros se dispersaron con presteza a lo largo
de la estancia, rodeando al enemigo.
-Os
noto asustados, infieles... ¿No erais vosotros
acaso quienes os las dabais tan arrogantemente de "li-
bertadores" y "poseedores de la verdad"?
-El
miedo no está reñido con la razón, si hay un mo-
tivo para tenerlo.
-Y
hacéis bien temiéndome... ¿Sabéis por qué? Por-
que sois débiles. Sois débiles y yo fuerte... ¿Y sabéis por
qué? Porque Dios está de mi lado y me ha dado el poder
necesario para venceros.
-Valiente
ignorante... ¿Por qué ponéis vuestro po-
der al servicio de una iglesia que domina al pueblo por la
fuerza e impone sus creencias sin ningún tipo de...?
-¡Silencio!
-Los seis guerreros trastabillaron hacia
atrás, temblando de miedo.- Imponemos la verdad por-
que el pueblo ignorante se deja seducir por la vida fácil y
las comodidades que les ofrecen los diablos... No respe-
tan la virtud del sacrificio y olvidan que la vida es un difí-
cil camino que...
-¡Sois
vosotros quienes hacéis difícil ese camino! La
virtud del sacrificio no es tal si dicho sacrificio no va des-
tinado a un fin mayor ¿Qué sentido tiene sufrir por na-
da?
-Nada
en esta vida pero, una vez muerto el cuer-
po...
-Claro.
Eso sí tiene sentido: desperdiciar la vida es-
perando una recompensa tras la muerte.
-Es
inútil. Vuestras mentes cerradas no logran com-
prender...
-Eres
tú quien se niega a razonar y sigue al pie de la
letra el mensaje de un timador muerto hace trescientos
años, monstruo ¡A por él!
Los
guerreros, habiendo recuperado la valentía
luego de presenciar la victoria dialéctica de su capitán,
se abalanzaron sobre el muchacho del peto azul con el
símbolo de la espada dorada en el pecho.
-Yo
no soy un monstruo... ¡YO SOY HADI
BELFORELL!
Apenas
tres mandobles de una argéntea espada
que hizo luminosa la oscuridad bastaron para teñir el
suelo con la sangre de los últimos miembros del "Ejérci-
to de Liberación Popular".
Con
parsimonia, el joven limpió el filo de su arma
en la manga de uno de los cadáveres decapitados y, sin
mirar hacia la carnicería una segunda vez, salió de la
estancia.
-Mi
señor...
-¿Sí?
-Hemos
encontrado el tesoro que esos infieles ha-
bían escondido. Estaba justo donde vos nos lo indicas-
teis.
El
muchacho de ojos celestes se acercó hasta donde
estaba el soldado que llevaba precariamente, en una
destartalada carretilla oxidada, un gran bulto envuelto
en trapos.
-Estos
sucios paganos son tan predecibles...
-Aprovecharon
que el dueño anterior del lugar ha-
bía sido nuestra iglesia y, por ta nto, había varios de
nuestros símbolos repartidos por el lugar.
-Entonces,
tal y como predije, lo habían ocultado
bajo el altar que permanecía sellado con la marca sagra-
da ¿Verdad?
-En
efecto.
-¿Y
cómo dices que lo habéis sacado?
-Pues...
rompiendo el sello, claro.
-Entiendo...
-De un rápido movimiento, Hadí partió
en dos la cabeza de su subalterno con el lomo de la hoja
como si de un melón se tratase.- No deberías haber pro-
fanado el símbolo de nuestra iglesia.
Con
cuidado, envainó la espada a su espalda y se
arrodilló frente a la carretilla.
Como
un niño que desea prolongar todo lo posible
la apertura de un regalo para aumentar la emoción, el
joven comenzó a destapar poco a poco el objeto hasta
que éste se vio completamente descubierto.
Al
alzarlo se percató de la razón por la que el "ejér-
cito de liberación popular" no se había defendido con él
de sus ataques. Pesaba lo indecible. Tan solo alguien con
una fuerza portentosa, como la suya propia, podría utili-
zarlo correctamente en combate.
Embelesado
por el brillo áureo de los bordes, co-
menzó a pasar los dedos por las finas marcas doradas
que cubrían el fondo negro que constituía la parte con-
vexa del escudo.
Un
par de cuchillas sobresalían, como cuernos, de la
parte superior, y más ancha, de la fabulosa protección
forjada a partir del mismo material que su espada.
Mientras
Hadí comprobaba lo cómodo que le era
de usar y ajustaba las correas de cuero que lo fijaban al
brazo para sujetarlo mejor, otro soldado apareció co-
rriendo por el alargado pasillo.
Intentando
ignorar el cadáver de su compañero, por
miedo a sufrir el mismo destino, se dirigió a su superior.
-Han
mandado un mensaje del Gran Sacerdote. Dice
que hay problemas con "lo que vos sabéis" y que debe-
mos permanecer en nuestras posiciones hasta nuevo
aviso ya que el enemigo podría dirigirse hacia aquí.
-¿Qué
podría querer hacer esa persona en un lugar
como este?
El
soldado comenzó a revolverse, nervioso, temien-
do la reacción del "Guerrero Santo" ante la respuesta.
-No...
No nos ha informado de eso, pero el mensaje
terminaba advirtiéndoos de que tuvieseis mucho cuida-
do con la fuerza ofensiva del adversario al que nos en-
frentamos.
-Que
se tranquilice... Ahora que tengo el "Escudo de
Royinuera" en mi poder, capaz de
repeler tanto magia
como acero; superado tan solo por el famoso "Escudo
Hikirutta", perdido hace años, no existe nadie con fuerza
suficiente para hacerme sentir sus golpes. Absolutamen-
te nadie.
XXXV
- EL PERSEGUIDOR
INCANSABLE
El
muchacho de la gorra encarnada y ojos verdes
se rascó la nuca mientras observaba el panorama.
Junto
a sus pies, se hallaba una enorme mole de co-
lor índigo, con las piernas envueltas entre chamuscados
restos de cuero, de la cual emanaban unos fuertes ron-
quidos.
-Hay
que ver... -Jahí propinó unas contundentes pa-
tadas al Indo dormido.- ¿Qué, se te han pega'o las ro-
cas?
-¡Ay!
Déjalo ya, por favor... ¿No ves que estoy he-
cho polvo?
-Es
que me preocupaba por ti, tío "¿No
sabes que
dormir con el torso desnudo sobre el frío suelo es malo
para la salud?"
-Rencoroso...
-¿A
que ahora t'enteras de que no te solté ninguna
bola, señor "marca-musculitos"?
-Desde
luego, ese muchacho es hábil... Y deja ya lo
de que no lleve capa. Se me saltó con la explosión...
-¿Explosión?
Señoras y caballeros, a continuación:
¡El tío de las detonaciones, hace explosión!
-¡Cállate!
No me quedó otra que hacer estallar dos
bombas frente a mis propias narices para atraparlo. Se
movía a una velocidad increíble.
-¿Seguro?
Cuando me lié a tortas con él, no se me
pareció tan rápido como p'a que no lo
pudieses pillar...
-¿Y
aún así te venció? Patético...
-Al
menos era de mi tamaño, grandullón ¿Cómo se
come que tú, que mides casi tres metros, muerdas el
polvo ante un pequeñajo "cabeza-cerilla" tan retaco co-
mo yo?
-Habré
perdido la pelea, pero al menos no tengo
pulgas, como tú.
-Bah,
los perdedores siempre insultan a lo loco
cuando les dan caña...
-Pues,
si no tienes pulgas, deja ya de rascarte la nu-
ca.
-Es
que no sé, me lleva picando un buen rato...
-¿Lo
ves? Tienes pulgas.
-¿A
qué te meto?
-¿Tú
y cuantos más?
-Yo
y mis veinte deditos, bien cerraditos en un par
de puñitos "salta-dientecitos".
-Vale,
vale... Lo cierto es que los Indo tenemos un
dicho, según el cual, a uno le pica la nuca cuando hablan
de él a sus espaldas.
-"Pse",
alguna chavala a la que he dejado flipada...
-O
algún chaval... Vale, vale, lo retiro; pero déjame,
que no puedo con el alma...
-Bueno,
ya llega de quemar horas a lo tonto. Si no la
estás espichando, bien puedes volverte solito al pueblo
de Mirí. ¿Por dónde han tira'o ese par de memos?
-Los
malditos se montaron en un Wikerno. Ya
esta-
rán muy lejos...
-¡Mierda!
¿Por qué no los detuviste?
-Estaba
algo ocupado intentando no morirme, ¿Sa-
bes?
-Vale,
vale... ¿Y ahora c'hacemos?
-He
estado pensando...
-Para
variar...
-¡Cállate,
que pierdo el hilo! Te decía que he estado
pensando en lo de los Wikernos y se me
ha ocurrido una
idea: Aunque sean muy rápidos, llevan una ruta muy
tortuosa que, como Indo natural de estas tierras, conoz-
co bien. Si sigues recto en esta dirección, es posible que
te topes con ellos.
-Vale...
total, acertaste lo de que iban a Amnir y lo
de que pillarían este camino.
-Si
no te hubieses empeñado en comprobar la ruta
directa, ya tendríamos en nuestro poder esa puñetera
vara y la recompensa de sesenta gemas sería nuestra.
-Ya.
Y si hubiesen ido por allí, habríamos queda'o de
gilipollas delante de los demás caza recompensas. Véan-
los: "salieron de primeros, pero en dirección contraria".
-Vale,
entendido... Vete y no pierdas más tiempo.
-Tranqui, tío... sabes que nadie me gana
corriendo.
Por algo me llaman "Jahí, el rayo sobre tierra".
Dicho
esto, el muchacho saltó al vacío y comenzó a
descender en dirección al punto de encuentro. El Indo,
agotado, volvió a tumbarse y siguió durmiendo.
XXXVI
- UN ENCUENTRO
DESAFORTUNADO
Durante
los últimos días, Yin y Áshelayd se habían
ido acostumbrando a los hábitos vitales de los dinosau-
rios que los llevaban sobre sus plateadas espaldas.
Desde
el amanecer al anochecer, las fantásticas
criaturas se pasaban todo el tiempo corriendo y saltando
a una velocidad pasmosa. Áshelayd se preguntaba a me-
nudo por qué tendrían tanta prisa aquellos animales si lo
único que hacían era dar vueltas una y otra vez al rede-
dor de las zonas montañosas de la región.
Los
únicos momentos que la pareja tenía para des-
entumecerse y buscar algo que comer eran las noches;
durante las cuales los Wikernos
aprovechaban para roer
rocas y lamer nutritivos lodos que, luego de unos días en
que tan solo habían podido echarse un pequeño pájaro
crudo a la boca, los muchachos habían empezado a inge-
rir también. Esto, así como algún que otro insecto-roca
propio del paisaje, constituía la única dieta de los dos
jóvenes; quienes ya estaban empezando a hartarse de la
situación.
Definitivamente,
no volverían a viajar con los Wi-
kernos sin ir debidamente provistos de
alimento. El
agua, sin embargo, la extraían con facilidad de la con-
densación de la niebla sobre sus ropas. Aunque no resul-
taba muy agradable al gusto, el líquido que lograban
escurrir de ellas al menos era potable.
-No
creo que pueda resistir esto por mucho más
tiempo...
-Ya
casi estamos. En un día o dos habremos llega-
do a nuestro destino.
-Pues,
con la suerte que tenemos, seguro que aca-
bamos en los dominios de los vampiros y se nos merien-
dan.
-Los
vampiros no son tan malos como todo el mun-
do cree. La gente les tiene miedo porque viven entre las
sombras y su tez es pálida... Pero también temen a las
gentes de Nhüria por tener la piel oscura y no se les
achaca la fama de Antropófagos... Aunque no se puede
decir que los nhürianos del norte sean muy amistosos.
-Sí,
supongo, pero es que ese tal "Dracon"...
-Ese
tipo está chiflado. Tomarlo como referente es
como ir a unos calabozos y pensar que todos los huma-
nos de raza eana pura son criminales.
-¿Acaso
lo conocéis? ¿Es verdad que bebe la sangre
de sus enemigos muertos?
Yin
se frotó el cuello y contuvo un escalofrío.
-Y
aún estando todavía vivos, también lo intenta.
Solo nos hemos visto las caras en una ocasión; y os pue-
do dar un consejo: no dejéis que ese tipo os acerque sus
malditos colmillos... cómo chupa, el desgraciado...
-De...
Por favor, decidme que me estáis tomando el
pelo...
-Pero
tranquila, que ya veréis que los demás vampi-
ros no son así.
-E...
está bien, yo... ¡Un momento! -Dos saurios jó-
venes levantaron la cabeza, sobresaltados por el grito,
con la esperanza de que aquella humana tan divertida
los estuviese invitando a participar de nuevo en el entre-
tenido juego de la roca.- Yin... ¿A dónde habéis dicho
que nos dirigíamos...?
-A
ver a un amigo.
-No
os hagáis el tonto. Decidme a dónde vamos,
Yin.
-Bueno...
A ver a un amigo mío que, casualmente,
es un vampiro...
-¡Lo
sabía! ¡Pero qué os pasa! ¿Estáis loco? ¡Son las
criaturas más peligrosas de la montaña y...!
-Os
equivocáis. -Yin, cuyo semblante había adquiri-
do de repente aquel aspecto fiero que lo acompañaba
en todos los combates, comenzó a desenvainar su espa-
da mirando hacia arriba.- "Esa" es la criatura más peli-
grosa de las montañas.
Áshelayd,
girando lentamente sobre sus talones,
volvió su cabeza hacia el lugar al que estaba señalando
su compañero y ahogó un grito. Sobre ellos se encontra-
ba, majestuoso y sujeto en las escarpadas rocas gracias a
su larga y gruesa cola, un enorme dragón de montaña.
-Está
bien. Os doy la razón.
Las
enormes fauces de la bestia de cuernos retor-
cidos se abrieron completamente sobre el grupo de rap-
tores, llenando el ambiente de un extraño olor.
Los
Wikernos se habían unido, asustados, en
un in-
forme bulto que dejaba a la vista tan solo las proteccio-
nes metálicas de sus cabezas y espaldas; con las crías en
el centro.
-Apartaos,
mi señ... -Yin se sobresaltó ante el agudo
tono de su voz.- ¡Apartaos, no nos pasará nada!
-Pero...
-El timbre de voz de la muchacha también
había cambiado.- ¿...Qué diablos es
esto?
-Este
es el gas que permite a los dragones volar y
escupir fuego, mi señora. No os preocupéis por eso y
escondeos con el grupo de Wikernos.
-¿Y
qué vais a hacer vos?
-Luchar.
Antes
de que Áshelayd tuviese tiempo de replicar,
el dragón se lanzó sobre el grupo de animales con las
fauces abiertas.
Repentinamente,
se detuvo y miró a su espalda.
Aprovechando que había dejado su vientre expuesto al
atacar, Yin había logrado realizar un profundo corte en
el mismo con su espada.
Desafortunadamente,
aunque ésta era la parte más
blanda de todas las especies de dragones voladores, el
de montaña pertenecía a una clase cuyas alas servían
tan solo para equilibrarse en los saltos, puesto que utili-
zaban sus garras dentadas para trepar y la gruesa y larga
cola para sujetarse a los peñascos. Ya que siempre se
estaban arrastrando entre las rocas y demás superficies
irregulares, sus vientres se veían reforzados por varias
capas de dura piel encallecida; por lo que el corte no le
había afectado en absoluto.
A
pesar de haber evolucionado, luego del Apoca-
lipsis, de forma que su cerebro no se había desarrollado
plenamente, como dragón, poseía la inteligencia sufi-
ciente para comprender que el pequeño animal de color
rojo, con una única garra larga y afilada, era peligroso.
Por tanto, debía acabar con él antes de darse su festín.
Echando
el cuello hacia atrás, el monstruo comenzó
a llenar su boca de gas para, una vez la hubo inclinado
hacia delante, chasquear sus muelas de pedernal y crear
así la chispa necesaria para incendiarlo.
Sin
moverse de su posición, Yin sonrió. Iba a ser
muy difícil salir ileso de ese ataque.
Cuando
ya había aceptado que no podría hacer na-
da por esquivarlo, una vez envainada la espada, el cho-
rro de fuego se desvió repentinamente.
El
dragón se encontraba ahora tirado en el suelo,
meneando la cabeza, molesto. En el lugar que había es-
tado ocupando hasta hacía un instante, se encontraba
ahora un enorme Wikerno rojo cuyas
protecciones de
metal se extendían hasta el cuello, clavículas, pectorales
y cola. Un cuerno rojo nacarado surgía de su redondea-
do hocico, amenazante.
Moviendo
las enormes alas membranosas para es-
tabilizarse, el saurio carmesí clavó con fuerza sus oscu-
ros espolones en la roca y lanzó un alarido de adverten-
cia a la otra bestia.
El
dragón, sin ningún ánimo de dejar pasar tan su-
culenta cena, enseñó sus cuernos retorcidos y lanzó una
bocanada de fuego al Wikerno macho.
Una
vez se hubieron disipado las llamas, los mucha-
chos pudieron comprobar que, sobre el risco, no queda-
ba nada. Súbitamente, el dinosaurio rojo cayó en picado
sobre el animal escupefuego.
Aunque
la sorpresa le brindó ventaja, apenas hubo
clavado sus espolones en la carne del dragón, éste se
volvió para defenderse con sus poderosas fauces.
La
lucha se prolongó durante largos y angustiosos
minutos que les parecieron horas, en que los dos titanes
se herían mutuamente, desesperados por vencer, sin
que ninguno de ellos lograse adquirir una ventaja clara.
Así,
continuaron luchando durante lo que quedaba
del crepúsculo hasta que, agotado, el dragón empapado
en sangre se derrumbó sobre el suelo. El Wikerno,
en-
tonces, luego de un potente bramido, proferido en señal
de victoria, se abalanzó sobre él para darle el golpe de
gracia.
Lamentablemente,
el astuto adversario le lanzó un
nuevo ataque con su poderosa cola, la parte más fuerte
de su cuerpo, y lo catapultó contra las rocas; quebrándo-
le las alas.
El
dragón se levantó, satisfecho de que el otro ani-
mal hubiese caído en su trampa, y comenzó a avanzar,
todavía sangrando y cojeando de una pata, hacia el gru-
po de aterradas hembras; cerca de las cuales se hallaba
Áshelayd ahora.
Yin
se colocó frente a él, pero la gigantesca bestia lo
hizo a un lado con una de sus alas; mandándolo a varios
metros de distancia.
Justo
frente a la temblorosa manada, abrió sus
mandíbulas para, sin previo aviso, saltar por los aires.
Aún
con las alas rotas, las piernas del macho, tan
fuertes en proporción como los zancos de las hembras,
le habían permitido abalanzarse sobre el enemigo. Un
contundente golpe de su cabeza recubierta del sólido
metal bastó para dejar inconsciente al dragón.
Ambas
bestias, una lisiada y la otra aturdida, caye-
ron lentamente al vacío hasta hacerse invisibles.
El
cúmulo de hembras se deshizo y, lentamente, se
fueron asomando para ver lo que había sucedido con su
protector.
Una
vez se hubieron puesto todas sobre la cornisa,
y hubieron comprobado que el macho había muerto,
comenzaron a proferir sus característicos quejidos, a
cada vez mayor velocidad y volumen.
Áshelayd,
confusa y todavía asustada, apenas tuvo
tiempo de ver las señas que le hacía su guardaespaldas,
desde su alejada posición, para que se apartase. Sin más
aviso que el dejar de gritar, todos los Wikernos
se dieron
la vuelta y comenzaron a subir, en estampida, a lo más
alto de la montaña; haciendo caer a Áshelayd en el pro-
ceso.
A
pesar de lo asustada que estaba, la muchacha sa-
bía que podría salvarse si utilizaba el hechizo correcto.
Como por ensalmo, los vibrantes sonidos que reducirían
la atracción terrestre sobre ella acudieron a sus labios;
pero allí se quedaron.
Una
de las rocas desprendidas había impactado
contra su cabeza y la había dejado inconsciente, por lo
que cayó al abismo como un peso muerto.
XXXVIII -
LA MANO QUE
GOBIERNA UNA REGIÓN
El
día amaneció claro y fresco. Las nubes, dispersas
y deshilachadas, avanzaban lentamente por el firma-
mento matinal mientras el sol se iba alzando, a cada vez
mayor distancia del escarpado horizonte, recortándolo
con su brillo anaranjado.
La
vasta extensión de antiguos árboles que consti-
tuía el jardín de la familia real había comenzado a teñir
su verdoso color habitual de un marrón amarillento ha-
cía ya varios días, pero Edwah no se
había percatado
todavía de ello. Del mismo modo, tampoco había queri-
do interesarse por los conflictos del Desierto Blanco, ni
por la preocupante escasez de pesca en esas últimas
semanas. El "Carubillo volador", una especie de pez que
tan solo podía capturarse en las costas de su país, cod i-
ciado tanto por su delicioso sabor como por las gruesas
escamas de su piel plateada, utilizadas en la alta costura,
estaba retrasando su llegada migratoria anual por algu-
na razón desconocida; lo que había desestabilizado la
economía de los pescadores y comerciantes.
No.
Al rey Edwah no le interesaban crisis
econó-
micas, revueltas o, en general, las penurias de sus súbdi-
tos. Esas eran cosas de ministros... Su verdadera misión
era la de dejar bien claro a todo el mundo que era su
linaje, y no otro, el que contaba con el poder suficiente
para gobernar. Para conseguirlo no era necesario cen-
trarse en más que mantener unido el territorio y en re-
cuperar todos los símbolos del poder de su familia.
¿Cómo es que no se había dado cuenta antes?
Todas
las líneas sucesorias de las más grandes y
respetadas casas nobles, nacidas desde el mismísimo
inicio de la región como tal, terminaban en él y, por lo
tanto, era la persona con más derecho a reinar en la
historia desde el mismísimo Ean, quien,
además, era
antepasado suyo; como le encantaba recordar a todo el
mundo cada vez que se presentaba la oportunidad. No
obstante, por alguna extraña razón, algunas personas
parecían considerar más digno del derecho a reinar a su
primo, el hijo de un bastardo, quien debía agradecer que
lo hubiese dejado con vida. A pesar de la iniciativa de su
antiguo consejero, muerto en la guerra, quien había de-
cidido desterrarlo apenas hubo terminado la coronación,
no se habían podido evitar las revueltas. ¿Por qué buscar
en su primo, cuya sangre estaba manchada de vergüen-
za, a un monarca mejor que su persona? ¿Solo por ser
más fuerte que él? ¿Solo por pasarse la vida lidiando en
una interminable guerra? ¿Por qué, más aún, elucubrar
acerca de una línea sucesoria, paralela a la suya propia,
que descendiese de un hipotético hermano mayor de
Ean?
La
respuesta había llegado de los labios de su inte-
ligente consejero, Addmelavi, como un rayo de luz escla-
recedora: El poder de su familia se había ido atenuando;
debilitando; dispersando, a lo largo de la historia. Él
mismo era el primer paso para recuperar el prestigio del
nombre de Ean, ya que era heredero de las principales
líneas de sangre noble pura. Sin embargo, esto no servi-
ría de nada por sí solo. Tanto las tierras como las pose-
siones materiales de la casa real, que eran lo que real-
mente le otorgaban su estatus, estaban también en
manos ajenas. Por lo tanto, el segundo paso a seguir era,
lógicamente, recuperar todo símbolo de poder que les
hubiese pertenecido a lo largo de los últimos nueve si-
glos. Por último, siendo él mismo el poseedor del dere-
cho a reclamarlas, y controlador de los medios para de-
fenderlas, tomaría por la fuerza todas las tierras que su
abuela había regalado tan alegremente, del Desierto
Blanco al bosque de Yariojira; y todo volvería a ser, al fin,
como nunca había debido dejar de ser.
Con
esta idea en mente, realmente animado, el rey
se levantó de su magnífico escritorio, sobre el que nadie
había movido una pluma para algo más que firmar desde
la muerte de su abuela, y se plantó ante el portentoso
espejo de cuerpo entero que adornaba, entre retrato y
retrato, una de las paredes de su cuarto.
Se
maravilló al verse reflejado. Su imponente bigote
con perilla; su gran cuerpo cebado, símbolo de riqueza,
tanto por no faltarle alimento como por no verse obliga-
do a ejercitar los músculos; sus claros ojos marrones,
que a la luz se asemejaban a la miel... Su enorme papa-
da, delgadas pantorrillas, sonrisa de triunfador... Era, sin
duda, el hombre más atractivo de toda la región. ¿Qué
importaba que, a sus cincuenta y seis años, el poco pelo
que le quedaba se hubiese tornado blanco como la nie-
ve? También el de su primo lucía ese color. ¿Qué impor-
taba que las arrugas de su rostro amenazasen con tapar-
le los ojos o que el mero hecho de pensar en subir un
escalón lo hiciese sudar...? El hijo del bastardo podría
jactarse cuanto quisiera de sus músculos y aspecto y
actitud juveniles. Ante una planta como la suya, adorna-
da con las mejores sedas, hilos de oro y plata ¿Qué po-
dían los harapos del hijo de su fallecido tío; quien se
veía inmerso cada día en el frenesí de las guerras del
sureste de Nhüria?
Absorto
en su autocomplaciente deleite matutino
como estaba, el rey no pudo sentir cómo un encapucha-
do se le acercaba, sibilino, desde atrás; hasta detenerse,
con el mismo ruido con que lo habría hecho una sombra,
justo tras su espalda.
-Buenos
días, su excelencia.
-Ah,
por fin llegáis, mi fiel consejero... ¿Se sabe ya
algo acerca de la vara de mi abuela?
-Lamento
ser yo quien os haga partícipe de tan ne-
fastas noticias, pero "Bracamarte" ha fracasado en su
empeño.
El
rey quedó inmóvil durante unos segundos, atóni-
to.
-¡Cómo
que ha fallado! ¿Y se atreve a regresar ante
mí antes de haber completado su misión? ¡Que me lo
traigan aquí ahora mis...!
-Milord,
el cuerpo de Anuji, apodado "Bracamarte",
ha sido encontrado esta mañana por uno de los encar-
gados de dar la hora. Por lo visto, la campana había es-
tado sonando de una forma extraña durante las últimas
semanas y, cuando éste subió a comprobar su estado...
-¿Qué
pasó...?
-...Resultó
que eran los restos de la cabeza de Anuji
lo que impedía al badajo chocar del todo con el cuerpo
de la campana.
Edwah se desestabilizó durante unos instantes e
in-
tentó impedir que la bilis acudiese a su boca. Luego de
unos minutos de sufrimiento, sacó su pañuelo, se limpió
la comisura de los labios y se recompuso como mejor
pudo.
-Creía...
creía que estábamos persiguiendo a una
simple estudiante de hechicería ¿Cómo ha podido ven-
cer a "Bracamarte"? Tan solo "La Pica" había conseguido
más logros que él.
-Hablando
de "La Pica", mi señor... No se sabe de él
desde hace mucho. Los rastreadores, gracias a las pie-
dras de espectro, han encontrado signos de lucha en el
bosque de Anafae, donde debería haberse enfrentado a
la ladrona. Por lo visto, es más que probable que Omino
encontrase allí la muerte, al caer al vacío.
-"La
Pica" también... Esto está empezando a salirse
del programa inicial... ¿Qué habéis planeado, Addmela-
vi? Porque me imagino que tendréis un nuevo plan, co-
mo siempre ¿Verdad?
-Tranquilizaos,
excelencia... Sabéis que yo siempre
tengo una estrategia alternativa guardada en la manga.
-¡Sí!
Sabía que podía confiar en vos, mi fiel conseje-
ro... Decidme qué debemos hacer.
-Bien.
El proceso es sencillo: El sujeto "B" se
dirige,
sin duda, hacia donde llevan a sus antiguos compañeros.
De otro modo, ya habría huido de la región o, en cual-
quier caso, nunca se habría dejado ver en la capital sa-
biendo que estaba en busca y captura.
-¡Los
estudiantes del internado! Sabía que debería-
mos haberlos matado a todos en lugar de venderlos co-
mo esc...
-No,
no, mi señor. Esto nos beneficia. Independien-
temente de lo fuerte o esquivo que sea el enemigo, si
tenemos el cebo adecuado, lo atraparemos. Me atreve-
ría a decir que la joven hechicera se ha encaminado
hacia la península de Amnir con la intención de...
-¿Amnir?
¡Perfecto! Crearemos un muro humano
con todo el ejército para que, al llegar...
-Disculpad
la interrupción, milord, pero... no sería
inteligente por su parte tomar el camino directo hacia
Amnir. Acabáis de demostrar el porqué. Aunque sí po-
dríamos ofrecer una recompensa todavía mayor para
obligarla a caer lo antes posible en la trampa, al hacer
entrar en el juego a ciertas leyendas de los bajos fondos.
En mi opinión, la muchacha hará un rodeo que la llevará
por Yariojira para, luego de superar el valle de la gloria,
cruzar el gran puente.
-Y
entonces, mandamos al ejército para que...
-Dejaos
de ejércitos, os lo ruego. No solo perdería-
mos al objetivo con toda seguridad sino que, aunque lo
atrapásemos, seríamos el hazmerreír tanto a nivel na-
cional como internacional. No podéis movilizar a toda
una legión de hombres para capturar a una chiquilla. En
su lugar, creo que deberíamos hacer algo un poco dife-
rente...
XXXIX - NEGRO PORVENIR
Ahina se había levantado muy tarde esa mañana.
La noche anterior la había pasado en
una insulsa fiesta y,
como siempre, se había visto obligada a posar, sonreír y
seguir el maldito protocolo real; por lo que no había
conseguido acostarse hasta pasadas las dos de la ma-
drugada. Afortunadamente, los días comenzaban a ha-
cerse más cortos y la luz del sol no había logrado desper-
tarla hasta poco antes de las doce de la mañana.
Ahína
sabía que todas las demás niñas de la región
la envidiaban, pero la suya no era una vida fácil. Hija de
un hombre inepto en las artes, ciencias, letras y magia,
la pequeña veía coartadas casi todas sus formas de ex-
presión. Como única vía de escape, su padre le permitía
dibujar y tocar algunos instrumentos, ya que éstas eran
materias que una buena esposa de su posición debía
dominar, pero le había prohibido leer cualquier obra
literaria, fantástica o intelectual, con el pretexto de que
la lectura no era propia de su edad ni su género. A pesar
de lo absurdo del planteamiento, había precedentes, por
lo visto; ya que su bisabuela había sido una ilustrada y, al
parecer, esto no le había traído más que desgracias a la
familia. Cuanto menos se concentrase en resolver pro-
blemas y más en estar bonita, mejor para todos.
Definitivamente,
a pesar del lujo, Ahína deseaba
más que nada en el mundo ser como las otras niñas que
veía jugar, siempre desde lejos, a pillarse, esconderse,
fingir matrimonios por amor con los chiquillos... La falta
de libertad, tanto física como intelectual, era tal, que no
solo se veía obligada a leer los boletines reales a escon-
didas, sino que su casamiento había sido decidido ya, a
pesar de que el día anterior había cumplido los diez
años. Según le habían dicho, parecía ser que su futuro
marido, no solo triplicaba su edad, sino que ya tenía un
hijo de once años, producto de un matrimonio anterior.
La
razón del enlace era que Hibofo Afgharan, el
hombre con quien debería unirse, descendía de un po-
deroso linaje que se remontaba a la nobleza primigenia
del antiguo reino de Dothe; por lo que,
una vez mezcla-
da la sangre de ambas familias, el conocido como "valle
de la gloria", la vasta extensión que constituía la cantera
abandonada, así como parte de las aguas del océano
Piral, el Mar Prohibido, serían anexionadas al País de
Raya; con lo que el poder de la familia
real de Ean se
vería notablemente incrementado. Y, al fin y al cabo,
como solía decirle su padre, la misión de la pequeña
como princesa, al igual que la suya como rey, no era otra
que mantener e incrementar el poder de la familia; para
que no hubiese quien dudase de la legitimidad de su
gobierno.
Algo
entumecida a causa del escaso e insatisfacto-
rio descanso que había tenido aquella noche, la niña se
dirigió, todavía estirándose, hacia la jofaina en que repo-
saba, como todas las mañanas, una buena cantidad de
agua fresca.
Una
vez se hubo despejado, llamó con la campanilla
a su nueva ayudante de cámara y se sentó en la cama a
esperar.
Desde
que tenía memoria, las necesidades de la
princesa habían sido atendidas por una mujer madura,
de grandes volúmenes, quien, además de amamantarla,
la había iniciado en el mundo de la lectura. Gracias a
ella, a una muy temprana edad, Ahina
había descubier-
to que poseía un poder que nada tenía que envidiarle al
de su bisabuela. De pequeña, mientras observaba una
serie de incomprensibles marcas en el papel, oyó cantu-
rrear a su sirvienta y comprobó que los ascensos y des-
censos de los símbolos componían una secuencia mate-
mática que se correspondía a los tonos musicales. Luego
de unas semanas de estudio, juntas consiguieron hallar
las equivalencias vocales del código y, con ello, la melo-
día y sonidos que se debían emitir. Cuál fue su sorpresa
al comprobar que las cortinas del cuarto habían comen-
zado a arder en cuanto los melódicos siseos, que se pro-
pagaron extrañamente por el aire como una vibración,
hubieron cesado.
Como
consecuencia de ello, su enfurecido padre,
quien odiaba la magia por alguna razón (que ella consi-
deraba envidia), había relevado a la ayudante de su car-
go cuando, finalmente, se enteró de las capacidades de
su hija.
Durante
la última semana, la niña había sido aten-
dida por diferentes criadas; pero ese día iba a conocer a
la nueva encargada de sus cuidados, quien lo sería de
forma definitiva.
Algo
molesta, a causa de la espera, Ahína volvió a
hacer sonar la campanilla, en esta ocasión con mayor
fuerza y durante más tiempo, hasta que, repentinamen-
te, surgió un apagado grito del otro lado del grueso mu-
ro de piedra.
-¡AAAAAAH! ¡ME
HE QUEDADO DORMIDAAAA!
Luego
de oírse unos cuantos golpes y pasos apresu-
rados, se abrió la pequeña puerta que conectaba los
aposentos de la princesa con la habitación de la ayu-
dante de cámara.
De
ella, apareció una muchacha morena, de larga
melena rebelde, que se había puesto el uniforme a toda
prisa; a juzgar por su aspecto.
-¿Por
qué habéis tardado tanto, criada?
-¿Eh?
Ah, sí, yo, este... ¿Eh? Ah, sí. Me he quedado
dormida, perdona ¿Sabes dónde está la princesa esa a la
que tenía que cuidar?
-Soy...
soy yo.
-¿Qué?
¡AAAAAH! ¡NOOOOOO! ¡Me van a ejecu-
taaaar! ¡Perdonaperdonaperdonaper...!
-¡Parad,
por favor! -La muchacha del corpino a
me-
dio atar cesó sus quejidos de inmediato.- ¿Por qué creéis
que van a ejecutaros?
-Yo...
este... es que... ¿No me van a ejecutar?
-No.
-Pero
aquel tipo me dijo que, si no lo hacía bien,
me...
-¿Qué
tipo?
-No
sé su nombre. Iba vestido con una túnica viole-
ta y su cara se veía oculta por la capucha. Tenía una voz
áspera y las manos enguantadas.
La
pequeña puso los ojos en blanco antes de suspi-
rar.
-Addmelavi...
Tranquila. Es el consejero de mi pa-
dre, pero es un idiota. Mientras esté yo aquí, no permiti-
ré que él os haga nada.
-Gra...
gracias. Por cierto ¿Para qué me habéis lla-
mado?
-Es
que quería bajar a tomar el desayuno y...
-Tenéis
razón, yo también tengo bastante hambre.
Os espero mientras os arregláis y bajamos juntas.
-...
Este... Sois vos quien tenéis que vestirme. Sois
mi ayudante de cámara.
-¿Qué?
Eh... Ah, yo... Sí. Ahora mismo, señor, este...
señora, quiero decir, princesa.
Luego
de unos cuantos torpes apretones de cintas,
Ahína tuvo claro que la muchacha no había atado un
corsé en su vida. No solo eso, sino que le colocó las ena-
guas al revés, puso un zapato de cada color, ambos co-
rrespondientes al pie derecho, y olvidó peinarla.
Afortunadamente, siendo la hora que era, el rey
había abandonado ya el torreón principal hacía mucho y
las demás sirvientas pudieron adecentar a la princesa a
tiempo para evitarle un castigo a la nueva criada.
-Así
que no pertenecéis a la corte por ser hija de
siervo ¿Verdad?
-Así
es, princesa. Yo siempre he sido pobre... Hace
un tiempo sí tuve amigos y un futuro, pero creo que
puedo ir olvidándome de todo eso.
-No
digáis esas cosas... aquí no os faltará de nada
y... bueno, si queréis... yo podría ser vuestra amiga...
El
rostro de la criada adoptó un tinte dulce, al verse
ésta conmovida por las palabras de la niña.
-Sois
muy buena, princesa. Gobernaréis con juicio.
-No
creo. Mi padre está estudiando una ley por la
cual yo, siendo mujer, no pueda reinar.
-¿Qué?
¡Eso es absurdo! Pero si ha habido casi la
misma cantidad de reyes que de reinas a lo largo de
nuestra historia. No tiene sentido... Fijaos en Raya III;
considerada como una de las mej...
-Ese
es precisamente el problema. Papá odiaba a
la bisabuela porque los preferidos eran su tío y su primo,
en lugar de serlo él y mi abuelo; aunque éstos eran pro-
ducto de una relación prohibida y habían nacido, por lo
visto, con "claras diferencias del
resto de la familia, que
deshonrarían la memoria de Ean" -Imitó la muchacha,
burlándose de su padre.- Además, papá es el primero
que no posee ningún tipo de talento mágico desde hace
generaciones y, por mucho que asegure odiar la magia,
en realidad esto le resulta muy doloroso.
-Si odia la magia, ya sé por qué me ha pasado
esto...
-¿Qué decís? ¿Acaso conocéis a algún mago?
-¿A
alguno? No solo he conocido a montones de
magos sino que he sido alumna del más grande de to-
dos.
-¿Me
estáis diciendo que...?
-Sí,
señora. Soy aprendiz de hechicera bajo la tutela
del famoso Handschmud... o, al menos, lo era.
-¿Y
qué pasó?
-Dejadlo,
por favor. Por mucho que quisieseis solu-
cionarlo, ahora ya...
-Te
lo prometo: Si me enseñas magia, te ayudaré a
alcanzar el futuro que desees. Como que me llamo Ahína
Hássena Sillea Ean.
Tras
unos instantes de emoción incontenible en que
todos sus músculos se vieron paralizados, la muchacha
sonrió y estrechó la mano de la pequeña.
-Entonces
yo prometo enseñarte todo cuanto se
sobre magia. Como que me llamo Yarlai.
XL - UNA EJECUCIÓN
PRECIPITADA
La
pequeña llama escintiló durante unos segun-
dos pero, de nuevo, se mantuvo inextinguible. La si-
guiente ráfaga estuvo cerca de apagarla, aunque tam-
bién falló. Ahína, agotada, se dejó caer sobre el mullido
colchón, mientras las perlas de sudor corrían por su
frente y seguían empapando su ya bastante pegajoso
vestido.
-No
puedo hacerlo, Yarlita... Sin cantar el hechizo, la
magia no me sale.
-Tranquila,
Ahinita. La magia elemental es algo
complicada si no tienes ciertas bases. Sería mucho más
sencillo si tuvieses algún tipo de compatibilidad especial
con alguna de sus ramas, pero para saber si la tienes,
debemos probarlas todas primero.
-Ya
he logrado encender una llama, pero no he po-
dido apagarla con una ráfaga de aire. ¿Sabes algún truco
para este tipo de magia?
-Bueno...
La rama "sílfide" tampoco es lo mío, pero
tengo una amiga a la que se le da especialmente bien.
Cuando le pedía consejo, solía decirme que, al contrario
que las demás, esta manifestación de magia elemental,
más que necesitar un cambio significativo en la propia
magia, se lleva a cabo haciendo fluir dicho poder.
-O
sea... que, en lugar de pensar en la fuerza de la
magia como al crear fuego, debería hacerla correr hasta
convertirla en una corriente ¿No?
-Eres
muy lista, Ahinita.
La
princesa, con ímpetu renovado, saltó de la ca-
ma y alzó una mano frente a la vela. Con los ojos cerra-
dos, se concentró durante unos instantes y, repentina-
mente, el cirio cayó al suelo cortado en rodajas.
-¿Lo
he hecho yo?
-¡Vaya!
Eso sí que es fuerza... será mejor que con-
troles un poco ese ímpetu, chica, o podrías hacerle daño
a alguien.
-¡Lo
siento!
A
pesar de las disculpas, la radiante sonrisa de la
pequeña, realmente orgullosa de sí misma, delataba sus
verdaderos sentimientos de felicidad.
-Vale.
¿Te parece si hacemos un experimento?
-Venga.
Hoy siento como si pudiese con cualquier
cosa.
-Pues
eso está bien, porque voy a enseñarte a hacer
algo genial: A dominar un hechizo que, combinado con
la rama sílfide, te permitirá volar.
La
niña permaneció un buen rato sin decir una pa-
labra; intentando asimilar lo que acababa de oír.
Volar
era uno de sus mayores deseos. Sentir la li-
bertad infinita del cielo, alcanzar lo inalcanzable, huir de
todo cuanto al agobiaba y mantenía presa...
-¡Gracias,
Yarlita!
Ahína
se abalanzó sobre su amiga y le dio un fuerte
abrazo. Jamás hubiese podido imaginar que ocurriría
algo así en su vida; y estaba segura de que nada en el
mundo podría estropear la maravillosa sensación que en
ese momento le producía el tener una amiga que la iba a
ayudar a cumplir su otro sueño; absolutamente nada.
-Disculpad,
milady. -Una anciana sirvienta, que sen-
tía un gran cariño recíproco por la princesa, entró en la
habitación con el rostro congestionado de dolor.- Aca-
ba de llegar el señor Hibofo Zúndrio Afgharan II y solicita
conocer en persona a su futura esposa.
Ahína
se dejó caer, sin fuerzas, de los brazos de Yar-
lai; quien había comenzado a temblar también. En ese
momento, la princesa hubiese cambiado todo cuanto
tenía por tan solo unos días más de libertad.
El
grandioso salón real, destinado a las más impor-
tantes recepciones, consistía en una bóveda de paredes
lisas en cuyo techo permanecían, desde tiempos inme-
moriales, unos frescos que representaban a gran parte
de las figuras élficas que habían gobernado en la anti-
güedad.
En
el centro del recinto, sobre el mármol, podía
contemplarse la esquemática figura de una flor confor-
mada a partir de seis grandes pétalos que rodeaban a un
círculo, entre cada uno de los cuales se hallaba otro de
menor tamaño, que la familia real humana había tallado
en el suelo, antes de verter oro sobre las oquedades;
dando lugar a la maravillosa obra de arte.
Símbolo
de la familia descendiente de Ean, la
lla-
mada "flor rey" era el punto sobre el que, entre otros
menesteres, todo pretendiente debía jurar fidelidad
antes de unirse al clan mediante una boda.
Para
cuando Ahína y Yarlai hubieron llegado, Un
hombre alto y esbelto, de facciones duras, aunque no
por ello hoscas o desagradables, se estaba levantando,
con el permiso del rey; quien acababa de tomarle jura-
mento.
Apenas
hubo realizado una reverencia a su nuevo
señor, el caballero de larga y ondulada melena negra
cruzó una mirada con la princesa. Con una galante sonri-
sa, se acercó a ella y, puesta una rodilla en el suelo,
rozó el dorso de su mano con los labios.
-Es
un honor conoceros, milady. Confío en que os
agradará mi persona y disfrutaréis de nuestra vida en
común.
-Me
siento halagada, mi señor. Será un placer para
mí el serviros en cuanto me sea posible y hacer, de nues-
tra unión, un acontecimiento próspero que aporte poder
y herederos a la familia.
A
pesar de la estoicidad con que la pequeña estaba
soportando el calvario para el que la habían educado,
Yarlai, quien la conocía desde hacía poco más de una
semana, había aprendido lo suficiente de ella como para
saber cuándo estaba triste. En aquella ocasión, aunque
el rey no lo sospechaba (ni le interesaba), la niña estaba
claramente horrorizada ante la idea de contraer matri-
monio con aquel sujeto que, a pesar de su atractivo y
buenos modales, tenía veinte años más que ella.
La
nueva criada se había indignado al saber, de la-
bios de la pequeña, que tanto varones como mujeres de
la familia real alcanzaban la madurez legal junto con la
física o, en otras palabras, una vez podían engendrar
descendencia, se los casaba para asegurarla. De este
modo, desde hacía más de quinientos años, y excep-
tuando casos extremos como el transcurso de una gue-
rra, o en que el primogénito de la otra familia hubiese
fallecido, los muchachos pertenecientes a la realeza rara
vez contraían matrimonio con alguien de su edad, y casi
nunca después de los dieciséis años; momento en el que
los muchachos ajenos a la nobleza alcanzaban la mayo-
ría de edad.
Aunque
a la joven hechicera le habría gustado po-
der ayudar, no había nada en su mano que pudiese ha-
cer para salvar a la niña de su destino. Nada legal, al
menos; por lo que no tenía intención de dejar de inten-
tarlo.
-Por
favor, guardad silencio. Os he reunido a todos
aquí, mis fieles vasallos, para celebrar el compromiso
existente entre mi hija, descendiente de los Ean,
la prin-
cesa Ahína Hássena Sillea Ean, con el
Braomante, o gran
duque, del actual reino de Mujinander;
descendiente de
la gran familia Afgharan: Hibofo Zúndrio Osinade Afgha-
ran II. -Todos los comensales comenzaron a aplaudir
respetuosamente, con los rostros iluminados de júbilo,
ante la magnífica noticia. No sin razones; ya que Edwah
había tenido tres esposas y, las dos primeras, habían
fallecido, junto a los niños, en el parto. Por fortuna, aun-
que también había perdido a su tercera esposa en las
mismas circunstancias, la niña había logrado sobrevivir,
asegurando, a la casi anciana edad de su padre, que la
familia continuaría reinando bajo la línea de sangre di-
recta; y no sería necesario revocar el destierro del hijo
del bastardo; a quien ya solían apodar por el mismo
nombre que a su padre, a pesar de haber nacido éste de
un matrimonio legal.- ...El casamiento se llevará a cabo
en la Gran Iglesia de Cadrael, la semana próxima. Mien-
tras tanto, nuestras mejores habitaciones estarán a
vuestra disposición. Todos seréis bien recibidos en la
ceremonia y agradeceremos vuestra bendición.
Incluso
Yarlai, inepta en los ambientes aristocráti-
cos, había captado la tensión que había suscitado la con-
fesión del lugar en que se realizaría la boda. No era de
extrañar, ya que la familia de Ean siempre había sido fie l
al antiguo credo de la región; que designaba a "los cin-
co grandes": Yario, Ineai, laeni, Kinügdra y Jyulark como
deidades supremas; siendo el espíritu del bosque el dios
entre los dioses. Esta relación entre la iglesia tradicional
y la realeza se había reafirmado una y otra vez a lo largo
de los siglos, pero en la tesitura sociopolítica del mo-
mento no había lugar para antiguas lealtades sin prove-
cho. Siguiendo los sabios consejos de Addmelavi, Edwah
se había afiliado a los Cadrelicios. Su organización era ya
demasiado poderosa como para oponerse a ella sin
desatar una guerra y, de todos modos, su filosofía le
convenía. ¿Qué mejor para dominar al pueblo y defen-
der sus tierras que enseñarles la virtud del sacrificio y la
incitación al conflicto armado contra quienes no siguie-
sen fielmente sus designios incuestionables? Siempre
sería mejor que permitir que el "Alto Consejo" siguiese
actuando a sus anchas.
-Me
gustaría hacer un brindis. -Todos los presentes
cesaron de cuchichear de inmediato, al oír la voz del que
sería nuevo miembro de la familia real.- Por la paz en
todo el territorio, del Desierto Blanco al Océano Inedal,
del archipiélago Hane a la península de Amnir, del mar
prohibido a la Sierra Draconia... y del valle de la gloria al
Océano Piral... ¡Por la paz en el País de Raya!
-¡POR
LA PAZ Y POR EAN!
El rey y los comensales gritaron la respuesta de
ri-
gor, emocionados y satisfechos por sus palabras. Era
costumbre que el novio recitase este discurso siempre
que su familia anexionase tierras al país, dejándolas para
el final; con la intención de poner en claro la magnitud
de sus pertenencias. De lo contrario, tan solo solían ha-
cer un adornado balance con todas las riquezas que
aportaban como dote; la cual debía ofrecerse indepen-
dientemente de que se tratase de un hombre o una mu-
jer quien fuese a casarse.
Al
otro lado de la estancia, esperando discreta-
mente a cumplir cualquier indicación, se encontraba el
servicio; quien no veía con tan buenos ojos el futuro
enlace.
-Si
es una niña, Olidomo...
-Ya
lo sé, Liía, pero no podemos hacer nada por...
-Te
juro que la saco de aquí, Olidomo. Yo, la saco.
-¡No
lo digas ni en broma, mujer! Es su destino;
igual que lo es el nuestro servir a los suyos. A mí tampo-
co me hace gracia, pero no podemos...
-Es
que es tan dulce, cariño... Siempre con una son-
risa para nosotros, aunque esté decaída. Más parece
que pide a que ordena y nunca nos trata mal.
-Todo
eso ya lo sé, pero ¿Acaso piensas que ella
preferirá huir a quedarse? Ni siquiera se lo has pregun-
tado. A lo mejor casarse con ese hombre no le desagra-
da tanto como para renunciar a todo su mundo.
-Todo
su mundo es todo lo que ella aborrece.
Los
dos criados se sobresaltaron ante la intromisión
en la conversación por parte de la nueva ayudante de
cámara.
-¿Cómo
dices, jovencita?
-Digo
que Ahinit... que la princesa Ahína desea, más
que nada en el mundo, ser libre. No le atraen la opulen-
cia ni la gloria, mientras vayan ligados al impedimento y
la frustración. Es una niña que, como tal, solo quiere
jugar, aprender, inventar fantasías, enamorarse de otro
crío, hacer pulseras con sus amigas... Si hubiese alguna
forma de sacarla de aquí, yo misma...
-La
hay.
-¡Calla,
mujer!
-No.
Calla tú, hombre; si es que puedes llamarte así.
Esa niña tendrá que pasar por un infierno si dejamos las
cosas como están y tú te comportas como un cobarde.
-Li...
Liía, yo...
-Escucha,
jovencita. Existe un lugar donde Edwah
no
tiene ningún poder.
-Os
escucho.
-Como
sabrás, hace años, la reina Raya III, que en
paz descanse, la pobrecilla, con lo buena que era, dio a
luz a un primogénito varón de padre desconocido. Este
hombre murió envenenado a manos de su medio her-
mano, pero...
-Eso
solo es un rumor que...
-¡Calla,
Olidomo! Te decía que, a pesar de ello, el hi-
jo de este hombre sigue con vida. Edwah
lo desterró
para no tener que preocuparse por la sucesión y éste, en
lugar de intentar tomarse venganza, ha seguido luchan-
do por nuestra tierra en el continente de Nhüria.
-¿Luchando
por nuestra tierra? ¿Qué tendrá que ver
Nhüria con...?
-Mucho,
pequeña, mucho... Hace ya más de una dé-
cada que los ejércitos del suroeste intentan penetrar en
nuestro territorio. Son más numerosos que los nuestros
y, si aquí nos llegó el polvo de fuego ayer, como quien
dice, ellos fueron quienes lo inventaron. Sus sucias ar-
mas de fuego son muy superiores a nuestras nobles es-
padas... Aún así, el ejército liderado por el primo del rey
los mantiene lejos de las fronteras eanas.
Lo
que quiero decirte es que, si lográis llegar hasta
él, todo se habrá solucionado. Él nunca obligará a la niña
a hacer nada que no sea bueno para ella.
Yarlai
era escéptica ante la idea de que un hombre
que lo había perdido todo a causa del rey pudiese sentir
algún amor hacia la hija de éste; por mucho que fuesen
parientes.
-Aún
en el improbable supuesto de que pudiésemos
llegar hasta él, dudo que...
-¡Ahí
es donde te equivocas, jovencita! Existe un
modo muy sencillo de cruzar el océano: el "Creador de
Vientos". La princesa Ahína sabrá de qué hablo. Una vez
hayáis encontrado a ese hombre, no dudes que os aco-
gerá con los brazos abiertos. Su bondad es casi tan le-
gendaria como su sabiduría. A pesar de tener aproxima-
damente la misma edad que su primo, dicen que posee
un físico envidiable que no os costará reconocer. Su ta-
lento como estratega es superado tan solo por su honor
y humildad; pues se cuenta que, en una ocasión, regaló
al ejército enemigo varios toneles de sal en medio de
una batalla, ya que se les había acabado.
-Eso
es muy... Bueno, es curioso, pero no creo que...
-Haz
caso a mi esposa, niña. Se ha liado con detalles
pero ha olvidado lo importante. Una vez al año, la casa
real recibe un cargamento de tesoros acompañado de
una carta en que el hijo del bastardo reafirma su lealtad
a la corona y a la familia. Y si hay algo que es este hom-
bre, es honorable. Nunca hará daño a la niña pero, en su
condición de repudiado, estoy seguro de que tampoco la
obligará a volver una vez conocidos los detalles de su
huída.
-Entonces
¿Cómo lo haremos?
-Escucha
con atención...
Sin
darse cuenta, los tres sirvientes habían termina-
do por aceptar como necesaria una cuestión sobre la
que, en un principio, tan solo habían estado especulan-
do. Sin embargo, el plan trazado por la pareja de ancia-
nos dejaba bien claro que no era ésta la primera vez que
se planteaban la huida de la chiquilla.
La
noche lucía un cielo opaco y lúgubre; tan carente
de estrellas como de luna. Solo las oscuras nubes de
tormenta flotaban sobre el firmamento; negras, tene-
brosas... la lluvia que emanaba de ellas se asemejaba,
del mismo modo que su aspecto, a las emociones de
Ahína.
A
pesar de que había logrado reprimirse durante la
interminable cena, no había conseguido contener las
lágrimas una vez se hubo metido en cama. Yarlai había
intentado decirle algo, algún vano consuelo, seguro;
pero la había echado. Ahora se arrepentía de haberlo
hecho; necesitaba la compañía de una amiga.
Como
por arte de magia, la niña oyó abrirse la puer-
ta en ese mismo instante. Borrándose las lágrimas con
las sábanas, se levantó, esperanzada e ilusionada ante el
hecho de que la sirvienta hubiese decidido visitarla...
Pero no era Yarlai quien había entrado en su cuarto.
Un
hombre alto, de duras facciones y larga melena
azabache se encontraba frente a ella, con la mirada per-
dida.
-Hi...
Hibofo... ¿Qué hacéis vos aquí? No... no debe-
ríais...
Sin
decir una palabra, el gran duque se sentó al lado
de la pequeña, quien se apartó hacia el ventanal, preo-
cupada ante lo inexpresivo del rostro del Braomante.
Con parsimonia, Afgharan acarició la melena de la pe-
queña; quien comenzó a temblar de puro pavor.
Con
una presa férrea, el intruso la inmovilizó por las
muñecas e intentó besarla. La muchacha, aterrada, olvi-
dó sus obligaciones diplomáticas e intentó cuanto pudo
para liberarse. Aunque acababa de recibir una patada en
la cara, Hibofo no acusó ningún tipo de dolor y continuó
con su abusiva exploración. En medio del forcejeo, rasgó
el camisón de la niña; quien quiso gritar, pero vio su voz
ahogada por una enorme mano enguantada que apri-
sionaba su garganta.
Cuando
ya se había dado por vencida y el individuo
había logrado despojarla de toda cobertura casi por
completo, un relámpago azulado iluminó la estancia.
El
cuerpo de Afgharan, inmóvil, reposaba sobre el
suelo en una antinatural postura contorsionada mien-
tras, de la quemadura de su cuello, emanaba todavía un
fino hilo de humo.
Yarlai,
jadeante, tanto a causa del esfuerzo como
del miedo, echó una capa de viaje por encima de la asus-
tada princesa, la cogió en brazos y atravesó el frágil ven-
tanal de un salto para, aprovechando las fuertes corrien-
tes de viento, alejarse todo lo posible de ese lugar mien-
tras durase su hechizo.
Lo
que había ocurrido esa noche había acelerado los
planes, pero también había logrado convencer a la he-
chicera de que el riesgo merecía la pena. No sabía qué
clase de hombre sería ese tal Yajira Ean;
pero siempre
sería mejor que el incompetente padre de la niña que
ahora sollozaba expresiones de agradecimiento, acurru-
cada entre sus brazos.
Los
tenues haces de luz que atravesaban la densa
copa del árbol hicieron despertar a la muchacha.
Al
intentar llevarse la mano a la cabeza, las finas
ramitas se clavaron en todo el cuerpo y la hicieron gemir
de dolor. Girando sobre sí misma, la joven logró colocar-
se sobre el mesto follaje, evitando así los molestos pin-
chazos.
El
tacto la sorprendió: a pesar de estar en plena
época de caída, las hojas estaban frescas y suaves;
abundaban en número y olían a flor.
Al
abrir definitivamente los ojos, luego de acostum-
brarse a la oscuridad, descubrió que la forma de la rama
en que se encontraba era, cuanto menos, inusual. Bajo
ella se extendían más de un centenar de metros de caída
directa hasta un grupo de afilados peñascos. Mareada,
tanto por la contusión como por la altura, se aferró con
más fuerza todavía a los brotes verdosos, con lo que
comprobó, de nuevo, que esa no era una rama normal.
Constaba de cinco extensiones, a partir de las cuales se
entrelazaban hiedra y hojas, que creaban un mullido
colchón; y estaba unida al alejado tronco del árbol me-
diante un puente de madera pelada, sin más mínimo
rastro de hojas o brotes, que parecía haber crecido en
paralelo al suelo; lo cual contradecía todo cuanto la mu-
chacha creía saber sobre botánica. Si hubiese tenido que
describir el fenómeno de alguna manera, habría dicho
que al árbol le había salido un brazo.
A
pesar de la debilidad que sentía, Áshelayd co-
menzó a escalar por el tronco escarpado, una vez cruza-
do el trecho que la separaba de él; con la intención de
otear el horizonte y ubicarse.
No
sabía muy bien por qué estaba allí, ni por qué le
dolía tanto la cabeza, pero algo era seguro: Tenía que
volver con Yin cuanto antes. Súbitamente, al pensar en
su guardaespaldas, recordó todo lo que le había sucedi-
do: El viaje con los Wikernos, el
ataque del dragón, la
estampida...
Animada
como estaba ante la cercanía con la super-
ficie, casi no se percató del estridente chillido prove-
niente de algún punto impreciso del suelo del bosque.
Al
principio lo creyó producto del golpe en sus oí-
dos, pero no tardó en comprender que no era así. El
ruido se parecía increíblemente al llanto de un bebé;
aunque no cabía duda de que esto era imposible, ya que
un infante jamás hubiese podido proyectar su voz a tal
volumen. Por alguna razón, sin embargo, el quejido ha-
bía calado muy hondo en ella; hasta el punto de que, sin
darse cuenta, había comenzado a bajar.
Los
lloros se iban acercando cada vez más hacia el
lugar donde ella se encontraba y, si continuaba bajando
a ese ritmo, nunca podría interceptar a tiempo a lo que
fuese que estuviese pidiendo auxilio de ese modo. Con
esto en mente, Áshelayd tomó la determinación de sal-
tar al vacío, con la vara de Raya en la
mano.
Tal
y como había supuesto, llegó a su destino sin
problemas, liviana como una pluma, a pesar de su grave
falta de energías. Lo había sentido durante la lucha con-
tra el Indo: Esa vara no era normal. Ya había sucedido
algo similar durante su estancia en Endia cuando, mila-
grosamente, se había liberado del influjo de la duende
luego de un extraño destello verdoso. El instrumento
que ahora tenía entre sus manos no se trataba de un
simple medio para canalizar magia... tampoco se trataba
de un amplificador o un condensador; tenía fuerza pro-
pia. Lo había notado con total claridad en cuanto divisó
la cordillera Draconia. La vara de Raya
había sido un re-
galo del espíritu del bosque a la familia real y, por lo vis-
to, la cercanía a su creador la había despertado de su
letargo. Áshelayd había oído hablar de ello y también
había leído sobre el tema en alguna ocasión, pero jamás
hubiese pensado que se encontraría con uno de esos
míticos objetos que, además de otorgar un inmenso po-
der a aquel que los utilizase, poseían voluntad propia: un
arma "legendaria".
De
entre los arbustos que crecían frente a ella,
surgió de pronto un extraño animal anaranjado, similar a
un lagarto que, en cuanto la vio, se colocó tras ella y
comenzó a temblar, aterrado.
La
muchacha, que todavía no había tenido tiempo
de salir de su ensimismamiento, se vio alzando la vara
hacia un gigantesco artrópodo, de coraza negra como el
carbón, que había surgido de entre las sombras justo
después del animalillo asustado.
Del
translúcido orbe verdoso surgió una lengua de
fuego que hizo retroceder al portentoso depredador,
quien, asustado ante una amenaza a la que jamás se
había enfrentado, comenzó a lanzar picotazos aleatorios
sobre sí mismo con la esperanza de sacarse las llamas de
encima. Áshelayd comprendió, entonces, que se encon-
traba ante uno de los escorpiones contra los que tan
acertadamente la había advertido Boni.
El
arácnido, una vez se hubo librado de un fuego
que no había alcanzado más que a chamuscar un poco la
superficie de su piel, comenzó a salivar ante la perspec-
tiva de aumentar la cantidad de comida a ingerir y acer-
có una de sus pinzas hacia la muchacha.
La
hechicera, más asustada de lo que lo había esta-
do jamás, alzó la vara y le transfirió sus últimas energías.
Era una apuesta arriesgada, pues se trataba de una ma-
gia que habría preferido no tener que utilizar con su ni-
vel de conocimientos debido a lo incontrolable de su
fuerza; que podría llegar a herirla a ella... Sin embargo,
con un arma legendaria entre sus manos, Áshelayd se
sentía capaz de cualquier cosa.
Desde
el interior del orbe, surgió un potente chorro
de viento hiriente que, en unos segundos, redujo las
pinzas y el aguijón del escorpión a una simple pasta tri-
turada.
Tras
el sobrehumano esfuerzo, la vara cayó de las
manos de la joven justo antes de que ésta se desmayase.
El asustado animalillo, que a la luz resultó no ser un la-
garto, sino una salamandra cornuda de montaña, se in-
terpuso ahora entre el artrópodo y la humana que la
había protegido.
A
pesar de sus heridas, el escorpión no parecía que-
rer darse por vencido ahora que sus presas ya no podían
defenderse; por lo que comenzó a acercarse hacia ellos
mientras, con lo que quedaba de sus peludos pedipal-
pos, intentaba evitar que las corrosivas babas le resbala-
sen de los quelíceros debido a la excitación.
La
salamandra, en lugar de seguir huyendo, conti-
nuó plantada frente al arácnido. Había descubierto su
punto débil y, casualmente, era uno que a ella le conve-
nía. Apenas unos segundos de concentración le sirvieron
al anfibio para inflamar su piel en unas escintilantes
llamas azuladas.
El
escorpión, sabiéndose indefenso con su armadu-
ra agrietada, comenzó a recular hasta perderse, definiti-
vamente, entre las sombras.
Una
vez desaparecido el peligro, la pequeña sala-
mandra, del tamaño de un conejo, se sacudió el fuego
de encima y acudió a auxiliar a la muchacha. Lamiéndole
la cara con su viscosa lengua, logró hacerla despertar.
Cuando
ya había comenzado a caminar de nuevo, la
cálida mano de Áshelayd la detuvo.
-Hola,
pequeñina. ¿Te has perdido? -El animal pare-
ció entender las palabras de la chica, ya que asintió le-
vemente con la cabeza.- Yo también me he perdido. Si
quieres, podemos ir juntas.
Frotando
su mejilla contra la pierna de Áshelayd, la
salamandra demostró su acuerdo con lo que, en cuanto
la muchacha se hubo recuperado, la nueva pareja co-
menzó a avanzar en dirección sureste; a juzgar por lo
poco que la joven había podido ver desde la copa del
árbol antes de bajar.
La
travesía a lo largo del bosque resultó ser mucho
menos ardua de lo que la joven se había imaginado en
un principio.
Si
bien Áshelayd había temido un nuevo ataque por
parte de los escorpiones, pronto descubrió que su pe-
queña acompañante había hallado un fantástico modo
de hacer huir atemorizadas a todas las alimañas del lu-
gar.
Las habilidades flamígeras de la salamandra no
solo
aportaban protección ante depredadores y luz donde la
espesura impedía llegar a los rayos del sol; sino que
también era útil a la hora de abrir los gruesos armazones
espinosos de los ganniteros; que guardaban en su inte-
rior unos deliciosos y nutritivos frutos blanquecinos, de
dulce carne blanda y jugosa.
Caída
ya la segunda noche desde que hubiesen co-
menzado a viajar juntas, Áshelayd y la salamandra se
encontraban acampadas junto a un altísimo árbol, cuyas
raíces formaban un conjunto de cavernas que habían
aprovechado para evitar la aparición inesperada de al-
gún atacante indeseado.
-Y
dime, pequeña... ¿Sabes acaso a dónde vamos?
¿Me estás guiando a algún sitio?
La
salamandra, remolona, deshizo el ovillo en que
se había envuelto para dormir y miró a la muchacha con
aire distraído, medio adormilada.
-Bueno. Eso ya sería mucho esperar... Me pregunto
si tendrás nombre.
El
anfibio, súbitamente, tensó su cuerpo y abrió
los ojos por completo.
-Así
que quieres que te ponga un nombre...
El
animal negó con la cabeza.
-O
sea, que ya lo tienes y quieres que lo adivine
¿No?
La salamandra,
luego de asentir, bajó de su regazo y
corrió hasta la hoguera; donde comenzó a gruñir suave-
mente.
-¿Te
llamas fuego?
El
anfibio inclinó la cabeza y luego negó.
-Vale,
parecido al fuego... ¿Yia, que es llama
en élfi-
co?
El
animal anaranjado negó con contundencia y co-
menzó a sacudir las brasas con la cola.
-¡Cuidado,
que me vas a quemar con las ascuas!
La
salamandra se detuvo, atenta, al oír esta palabra,
y giró la cabeza hacia la derecha de nuevo.
-Algo
como ascuas... a ver... ceniza... chispa... bra-
sas... ¡Pavesa!
Animado,
el anfibio alzó la cabeza repetidamente;
como indicándole a la muchacha que ya le faltaba poco.
-¡Te
llamas Llea, que es pavesa en élfico!
Llea,
entusiasmada, saltó a los brazos de la hechice-
ra y lamió sus mejillas con fuerza.
Áshelayd,
por su parte, regresó, realmente orgullo-
sa de sí misma, al lecho que se había creado a partir de
un montón de hojas secas y se tumbó en él de nuevo,
henchida de felicidad. Contenta como estaba, se durmió
con una sonrisa en la cara mientras la salamandra se
acurrucaba sobre su vientre, con la intención de hacer lo
propio.
A
la mañana siguiente, la muchacha comprobó,
preocupada, que tenían un grave problema.
Aunque
hasta entonces habían ido utilizando poco a
poco la condensación de la humedad del ambiente para
obtener agua, Llea había comenzado a resecarse a un
ritmo que Áshelayd era incapaz de contrarrestar; pues
condensar la humedad a gran velocidad con magia ob-
tenía, como resultado, agua destilada si se pretendía
obtenerla en gran cantidad. Crear agua con magia ele-
mental estaba descartado; pues no sería agua real; sino
una concentración de energía fluida similar a un líquido.
Anfibio como era, el animal no podía respirar sin agua y,
mucho menos, seguir produciendo las llamas que tan
inconscientemente habían ido malgastando.
Sin otra solución en mente, Áshelayd confeccionó
una mochila mediante una inmensa hoja caída y metió a
la salamandra en su interior. Mientras apuntaba con la
vara hacia donde estaba su pequeña amiga, para ir lle-
nando poco a poco el recipiente con el líquido vital de
forma continuada, la hechicera iba caminando, trabajo-
samente, por el manto de gigantescas hojas marrones y
resbaladizas que cubrían el suelo, así como entre las
traicioneras raíces.
La
agotadora caminata, junto al esfuerzo que le su-
ponía llevar consigo el peso adicional y mantener cons-
tante el hechizo, no tardó en hacer mella en sus ya de
por sí debilitadas fuerzas. Rendida, cuando el sol apenas
había llegado a lo alto, la muchacha cayó al suelo y, con
ella, el contenido de la precaria mochila.
A
causa de lo pronunciado de la pendiente, el agua
arrastró a la adormecida salamandra quien, sin más
apoyo que el barro en que se revolvía, rodó ladera aba-
jo.
-¡Llea!
Sacando
fuerzas de donde no las tenía, Áshelayd se
lanzó para atrapar a su compañera pero, aunque no lle-
gó a tiempo, comenzó a resbalar sobre el mismo reguero
de lodo por el que ésta lo había hecho; por lo que termi-
naría en el mismo lugar que ella.
Luego
de una aparatosa y dolorosa caída, la mucha-
cha quedó postrada, boca abajo, sobre el fango. Podía
oír, con total claridad, cómo la pequeña salamandra le
pedía ayuda, desesperada; pero ella ya no podía hacer
más. Estaba agotada.
Cuando
las lágrimas habían comenzado a aflorar ya
a sus ojos, algo golpeó su cabeza. Con movimientos tor-
pes, palpó lo que era y comprobó, con sorpresa, que se
trataba de una de las gigantescas hojas que crecían en
los árboles más grandes.
Al
alzar la vista, vio cómo la juguetona salamandra
nadaba feliz junto a la hoja, animándola con sus gritos;
mientras intentaba evitar que la corriente se llevase el
útil descubrimiento.
Con
sus últimas fuerzas, la muchacha logró meterse
en el interior del recipiente vegetal para, apenas hubie-
ron pasado unos instantes, desmayarse de nuevo.
Llea,
ya recuperada, comenzó a dirigir la hoja ria-
chuelo abajo, con lo que casi parecía una sonrisa en la
cara, pletórica de alegría.
Cuando
la muchacha al fin recuperó la conscien-
cia, deseó no haberlo hecho.
La
leve migraña que le había estado dando la lata
durante los últimos dos días, desde que recobrara el
conocimiento luego de caer de una de las cimas de la
sierra Draconia, se había convertido en un constante
martirio que aumentaba en intensidad cada vez que
respiraba o latía su corazón.
No
tardó en percatarse de que ya no estaba en la
hoja sobre la que se había desmayado luego de caer en
el lecho del río, sino sobre una superficie sólida y esta-
ble; lo cual la reconfortó pues, con el mareo que sufría,
no habría podido soportar el bamboleo del agua sin vo-
mitar.
Al
abrir los ojos, Áshelayd descubrió, frente a su le-
cho, una figura encapuchada que parecía estar velando
por ella, pero resultaba irreconocible al estar al contra-
luz de la diminuta bola de Leudo que iluminaba la estan-
cia, la cual se encontraba ya casi agotada, a juzgar por el
bajo nivel de luminosidad anaranjada que emitía.
-¿Do...
donde...?
El
desconocido de la capa, al ver que se había des-
pertado, se lanzó al suelo y desapareció en la oscuridad.
Áshelayd, como pudo, se levantó de la cama y cogió su
vestido, que ahora se encontraba perfectamente dobla-
do sobre los pies de la cama, limpio y seco, impregnado
de un olor dulce y agradable, y salió por la puerta de la
pequeña habitación; con la intención de encontrar a
quien fuese que la había ayudado.
Al
fondo de aquel pasillo sombrío, la muchacha
pudo vislumbrar un par de discos luminosos, a la altura
del suelo, que parpadearon con un conocido color rojizo.
Áshelayd
avanzó entonces, con una mano sobre la
pared para evitar tropezar en la oscuridad, hacia donde
había visto los ojos de Llea. Al llegar a este punto, sin
embargo, no fue a la pequeña salamandra lo que encon-
tró. Ante ella se abría la entrada a una húmeda caverna,
de proporciones inmensas, cuyo suelo se encontraba
encharcado en su mayor parte.
Con
las botas en las manos y los calentadores
subidos hasta los muslos, Áshelayd comenzó a explorar
la cueva hasta que, inmersa ya en su interior, dejó de ver
a causa de la penumbra. Fue entonces cuando se perca-
tó de que le faltaba la Vara de Raya. Con ella habría po-
dido crear algo de luz a pesar de su debilidad, aunque
fuese una simple chispa y, con ello, tendría al menos
cierta idea de su posición.
Desde
su derecha resonaron los gritos de llamada
de Llea. Ignoraba si sería seguro para una humana el
seguir internándose en la cueva pero, en cualquier caso,
no tenía ninguna otra referencia que ésta para poder
salir con vida de allí; así que se dirigió hacia los estriden-
tes chirridos.
Algo
más tarde, la joven hechicera pudo contem-
plar cómo algo de claridad se filtraba a través de unas
grietas en la roca; por lo que supuso que se encontraba
cerca de la salida. Agradeció haber encontrado el final
del túnel en ese momento; ya que el nivel del agua había
ido subiendo a medida que avanzaba y ahora le llegaba,
tan solo en las zonas en que menos cubría, por algo más
de las rodillas.
Toda
la felicidad y el alivio que la joven había
sentido hasta hacía tan solo unos instantes, se tornaron
en sorpresa y confusión al doblar la última esquina.
Áshelayd
se encontraba ahora frente a una inmensa
laguna, en parte cubierta por unas enormes raíces, más
gruesas que el más ancho tronco de árbol que hubiese
visto hasta entonces, quienes, entrelazadas, confeccio-
naban un tortuoso techo que protegía de visitantes in-
deseados a los fantásticos seres que allí habitaban.
Al
comenzar a andar, el reflejo de la enorme luna
blanca sobre las aguas la cegó y su vista se dirigió instin-
tivamente hacia la orilla. En ella reposaba, flotando boca
arriba, una chiquilla de unos ocho años, la cual, al verla,
sonrió y se volvió a zambullir en el agua. A la muchacha
no le habría hecho falta ver su translúcida tez azulada, o
sus líquidos cabellos, que brotaban de su cabeza como el
agua de una fuente, para saber que era una sirena; una
de las famosas hadas del agua.
Este
hecho la hizo reflexionar. Normalmente, las si-
renas aparecían en la costa y era raro verlas en lagos;
aunque sí tenía sentido ver a las dríadas, pequeñas luce-
cillas verdosas, bailando sobre la superficie y burlándose
de los peces que intentaban atraparlas. El único lugar en
que todo aquello podía ocurrir, desde luego, era ese;
pues frente a ella se alzaba ahora algo todavía más im-
presionante: Subida en una enorme roca y mirándola
con unos ojos ciegos y lechosos, se encontraba una gi-
gantesca rana, de más de diez metros de altura, vestida
con una sedosa túnica azulada, algo mojada por los bor-
des, la cual llevaba estampados los dibujos de llamas
rojas y blancas burbujas. Los tenues haces de luz que
atravesaban las raíces que cubrían el lugar hacían brillar
su húmeda y blanquecina piel con reflejos perlados.
Una vez el inmenso anfibio se hubo cerciorado de que la
muchacha se había percatado de su presencia, apartó de
entre sus labios viscosos la boquilla de la larga pipa que
se estaba fumando y comenzó a hinchar su garganta y
carrillos; emitiendo, al hacerlo, una serie de desagrada-
bles ruidos guturales; como si estuviese carraspeando.
-Hola
pequeña.
-Ho...
Hola...
La
voz de la rana, aunque áspera y cavernosa, po-
seía cierto deje que a la muchacha se le antojó feme-
nino.
-Confío
en que te hayas repuesto de tus heridas.
Nosotros, el clan "Amphybia", conocemos ciertas bases
de la anatomía humana, pero las lesiones intracraneales
siempre son muy peligrosas.
La
muchacha se llevó la mano a la cabeza y com-
probó que una suave venda rodeaba su frente.
-Estoy bien, gracias.
-Me
alegro de que hayas perdido tan rápido el
miedo, muchacha... conozco guerreros que se han pa-
sado horas suplicándome que no los coma antes de
darme tiempo a explicarles que no era esa mi inten-
ción.
-Sí,
es que... No os ofendáis, pero, en estas últimas
semanas, he estado a punto de morir un buen número
de veces, la última a manos de un dragón; así que estoy
curada de espanto.
-Entiendo...
Bueno; en cualquier caso, o quizás con
todavía mayor ánimo, al saber por lo que has tenido
que pasar, querría agradecerte que hayas cuidado de
la pequeña que se había perdido.
-¿Está
bien Llea?
La
rana albina se sorprendió al escuchar las palabras
de la muchacha y, luego de dar un par de pausadas cala-
das a su pipa, inquirió:
-¿Quién
te ha dicho el nombre de la niña?
-Bueno,
no fue fácil, pero logré adivinarlo gracias a
las pistas que ella me iba dando.
-Entiendo... -El
anfibio, con una extraña sonrisa
contenida en aquella boca enorme, se llevó la pipa de
nuevo a los labios y colocó sobre su cabeza un gran
sombrero en forma de paraguas, confeccionado a partir
de innumerables ramas trenzadas, que se le sujetaba
con una cuerda bajo el mentón.- Sígueme, por favor.
De
un colosal salto, la rana plateada se plantó en un
instante al otro lado de esa parte de la laguna; atajando,
y pasando de largo nuevamente, la distancia que la se-
paraba de la joven hechicera.
Áshelayd,
algo mareada todavía, rodeó la orilla algo
tambaleante para llegar, luego de un buen rato, hasta
donde se encontraba la rana.
-Por...
por favor... no volváis a hacerlo... estoy que
no me aguanto...
-Je,
je, je... Perdona, chiquilla, pero quiero que
veas esto antes de nada.
El
portentoso animal se internó en una nueva ca-
verna con cuidado, seguida de cerca por Áshelayd.
La
pequeña entrada, en proporción, daba lugar a
una enorme estancia abovedada en cuyo centro se ha-
llaba un gran cráter, similar a un cono volcánico, lleno de
agua cristalina hasta el borde; sobre el que un par de
hadas de los bosques hacían carreras de hojas. La rana
dio un pequeño salto y se sumergió en el agua; causan-
do un gran chapoteo que dejó empapada toda la sala y
enfureció a las dríadas; quienes le sacaron la lengua y se
fueron volando, dejando tras de sí sendas estelas de
brillante luz esmeralda. Una vez se hubo acomodado, el
anfibio dio un par de caladas a su pipa, que había logra-
do mantener encendida de alguna forma, y sopló, hacia
el techo, una densa nube de humo dorado.
-¡Qué
bonito!
El
gas áureo había iluminado la bóveda, dejando a la
vista unos antiguos grabados, teñidos de vivos colores,
que parecían conformar una secuencia de tiempo con
respecto a varios acontecimientos de gran trascendencia
histórica, a juzgar por su aspecto.
-Esta
es, en parte, la historia de mi familia pero, lo
que es más importante, lo es también la de toda la re-
gión. -Con la larga
boquilla de su pipa, la rana señaló
hacia la primera de las imágenes; evidentemente anti-
gua a pesar de las restauraciones posteriores. En la ilus-
tración se representaba una terrible lluvia de fuego que
se precipitaba con fuerza sobre un páramo desolado-
"Del cielo cayó la semilla de la creación, quien, con su
portentoso brillo, dio a luz a la vida." -En el siguiente
grabado, un gran árbol presidía un hermoso valle lleno
de brotes, pero sin una sola flor.- "Las plantas crecieron
y ocuparon la arena estéril, así como la fría y dura pie-
dra; que pronto se convirtieron en tierra fértil y espon-
josa. A pesar de ello, los brotes morían y el gran árbol
lloraba a diario la pérdida de especies florales que no
lograban reproducirse con tan solo la acción del vien-
to." -La
continuación de la historia mostraba unas gotas
de rocío que, a medida que iban cayendo de las hojas
del gran árbol, se convertían en pequeños animales que
correteaban y jugaban entre las hermosas flores, de vi-
vos colores; que habían ocupado el valle.- "Las
lágrimas
del Árbol se tornaron en nueva vida, distinta a la ante-
rior; criaturas que no se nutrían directamente de la
tierra sino de las plantas o de entre ellas mismas. En
lugar de acabar con la creación, los animales coexistie-
ron con las plantas ayudándolas a diseminarse y regre-
sándoles sus nutrientes al morir" -En el grabado siguien-
te, a diferencia de los anteriores, el árbol no aparecía.
Solo se mostraba a unos seres antropomórficos de agu-
zadas orejas y largas melenas plateadas que, blandiendo
lanzas, perseguían a los animales mientras incendiaban
los jóvenes bosques con sus antorchas.- "El
equilibrio se
vio roto a la llegada de los elfos, desde tierras lejanas;
que destruyeron cuanto se había logrado construir y
rompieron los ciclos naturales." -El último dibujo de la
zona mostraba a un elfo enarbolando su espada, inten-
tando hacer frente a una salamandra gigante; ambos
bajo la atenta mirada del árbol.- "Los animales se de-
fendieron, creciendo y volviéndose violentos; pero no
así las plantas. Luego de verse diezmados la mayor par-
te de los integrantes de ambas facciones combatientes,
Annergind, el jefe del grupo elfo, y Gahkutllea, sala-
mandra gobernante de los animales, llegaron a un
acuerdo. Elfos y animales tomarían ejemplo del árbol y
continuarían coexistiendo en equilibrio. Mientras se
aceptase el gobierno pacífico de Yario, todos los seres,
ya fuesen elfos, vegetales o animales, gozarían de largas
vidas y gran poder. Para ello, el vínculo debía hacerse
más fuerte. El clan "Amphybia" y los elfos de Anner-
gind sellaron un pacto mediante el cual, siempre que
uno necesitase ayuda, el otro acudiría a socorrerlo y,
ambos, en auxilio del mundo vegetal; creando así el
primer hechizo de la historia: la invocación. Por des-
gracia, la relación se rompió por culpa de la ambición
de Raideyía, el oscuro, y tanto elfos como animales
perdimos nuestros dones.
Áshelayd,
que había estado escuchando la historia
con los ojos como platos, se sintió sobrecogida ante la
trascendencia de lo que había escuchado: Tenía ante sus
narices el mismísimo génesis; la creación del mundo tal y
como ahora se conocía, así como la prueba definitiva de
que, entre tantas otras, la iglesia Cadrelicia, que poco a
poco se había ido apropiando de gran parte de la región,
y a quien ella atribuía acertadamente lo sucedido a sus
amigos, estaba equivocada en su posición.
-Es
increíble que me hayáis dejado ver esto, gran
rana. Os estoy inmensamente agradecida ante este rega-
lo de sabiduría.
-Me
complace que sepas aceptar lo valioso de este
conocimiento... pero no es por eso por lo que te he
traído aquí. Mi nombre es Gigaranda; soy la actual go-
bernante del clan "Amphybia", que domina el agua y el
fuego, y solo mío es el derecho de decidir quién puede
entrar aquí y conocer a mi pueblo. Has cometido un
grave delito al entrar en contacto con uno de los míos
y llamarlo por su nombre.
-Yo...
yo no sabía que...
-¡Silencio! El
desconocimiento no es excusa ante el
delito. Nadie ajeno al clan, salvo por intervención real,
debe entrar en contacto con nosotros en mis dominios;
por lo tanto, todo humano que no haya realizado el
pacto sagrado, está bajo pena de muerte. -Antes
de dar
tiempo a la muchacha para explicarse, la larga y viscosa
lengua de la rana había atrapado ya su brazo izquierdo;
que introdujo por la fuerza en su enorme boca. Áshelayd
intentó escapar, pero el rosado apéndice del anfibio se
había pegado a su piel con una fuerza increíble. La joven
notaba un agudo dolor en el brazo, como si estuviese
ardiendo, mientras continuaba forcejeando desespera-
damente por escapar de entre las fauces de Gigaranda.-
...Una pena de la que yo te absuelvo, joven, ya que aho-
ra eres miembro de nuestro clan.
Áshelayd
cayó de espaldas sobre el suelo, con el
brazo todavía dolorido, sin entender lo que había ocu-
rrido. Al llevarse la mano al lugar del que todavía brota-
ba algo de humo, la muchacha comprobó, al tacto, que
había algo diferente en su antebrazo izquierdo. Al verlo,
soltó un respingo. Marcada limpiamente, como si siem-
pre hubiese estado ahí, podía verse la silueta de una
salamandra roja; que parecía descender, contoneante,
por su brazo.
-¿Qué
es lo que...?
-Esta
marca simboliza tu unión con nuestro grupo,
Áshelayd.
La
muchacha se sorprendió ante la voz que ahora
oía; muy diferente a la anterior. No solo no había movi-
do la boca al hablar, sino que el timbre de voz de Giga-
randa se había suavizado y agudizado; convirtiéndose en
una verdadera voz femenina.
-¿Cómo
sabéis mi nombre? ¿Y cómo es que ahora
habláis así?
-Te
hablo directamente, Áshelayd, sin intermedia-
rios. Lo que oyes es la voz de mi espíritu; y tu mente la
interpreta cómo quiere oírla. Yo, por mi parte, oigo lo
que tú piensas con una voz mucho más agradable, como
si estuvieses croando; por lo que no hace falta que ha-
bles con la boca a los anfibios desde ahora en adelante. -
La rana volteó la pipa cerca de la muchacha y le dio un
par de toquecitos con sus ventosas para deshacerse de
la ceniza.- Sabes a viento, Áshelayd. Eso me gusta. Que
tu viento sea la fuerza que cree olas en el agua y avive
nuestras llamas.
XLIV - CAMINO AL VALLE DE LA
GLORIA
El
sol se encontraba ya en lo alto del firmamento
cuando Áshelayd fue llamada, por un par de pequeños
sapos, ante la presencia de Gigaranda.
Desde
la noche anterior apenas había podido dor-
mir; pues el intenso dolor de su cabeza, aunque había
mermado, todavía resultaba demasiado molesto como
para ignorarlo. Debido a ello, evitó el esfuerzo físico que
le supondría correr y se tomó el viaje con mucha calma;
observando con detenimiento todas las singularidades
que durante la noche le habían parecido terroríficas,
pero sin embargo ahora, a la luz, resultaban inofensivas
e incluso bellas.
Cuando
la hechicera llegó al fin hasta la sala en que
la enorme rana la había citado, Gigaranda Sonrió.
-Parece
que aún no te has recuperado del todo,
Áshelayd.
-Lamento
la tardanza, pero es que no quería arries-
garme a caer enferma de nuevo.
-Por
lo visto sigues firme en tu determinación de
marcharte de aquí.
-Por
favor, no lo digáis así, gobernante... tengo una
misión que cumplir y, además, hay alguien que me esta-
rá buscando.
-No
dudo que realmente tengas algo urgente que
hacer, pero... mis informadores dicen que no hay nadie
en el bosque aparte de ti.
-Yin
es muy sigiloso y, creedme, me estará buscan-
do.
-Pero,
según dices, te vio caer desde uno de los pi-
cos de la sierra Draconia ¿Verdad? No tendría sentido
que te creyese viva.
-Pues
entonces, más razón todavía para ir a buscar-
lo lo antes posible.
-Bien.
Veo que no puedo convencerte para que te
quedes a estudiar aquí. Sin embargo, hay algo que me
gustaría que vieses antes de irte.
Con
una agilidad impropia de su tamaño y condición
de invidente, el batracio alvino entró en la alargada sala,
iluminada por decenas de bolas de Leudo. A cada lado se
abrían enormes expositores y vitrinas en que reposaban,
amontonados, cientos de pergaminos, libros, extraños
instrumentos y armas antiguas. Al final del pasillo, sobre
un pedestal, se encontraba un perchero de oro con una
capa colgada; tras la cual había un gran cuadro que re-
presentaba a un joven de corto y encrespado cabello
marrón, ojos de águila y brazos fuertes; que se cubría
con ella.
-¿Qué
es esto?
-Es una capa.
-
...
-
...
-Sí.
Eso ya lo veo. Pregunto que por qué es tan im-
portante.
-Ah,
sí... Esta es la capa de Ean. Ha
perdurado du-
rante casi mil años, oculta en este lugar, que una vez fue
centro de reunión de los "Chabandiers"; un grupo de
valerosos guerreros que defendían a la región del mal.
Durante la última guerra, fallecieron los pocos miembros
que quedaban, ya que, en los tiempos que corren, resul-
ta muy difícil encontrar verdaderos sirvientes de la ver-
dad, la justicia, la paz y la esperanza. Ahora, este trozo
de tela verde es tan solo el símbolo de unos ideales olvi-
dados... pero en un tiempo fue lo único que se interpuso
entre el gran héroe del pasado y la muerte.
Si
te he traído aquí es para revelarte otro importan-
te dato acerca de la historia de la región; un dato que
creo que te interesará, teniendo en cuenta lo que me
has preguntado acerca del "Guardián de los Secretos".
-Me
habíais dicho que no sabíais nada sobre el te-
ma.
-Y
no te engañé. Creí desconocer por completo de
qué hablabas pero, repasando algunos manuscritos... -
Áshelayd se preguntó cómo diablos podría haber repa-
sado unos manuscritos aquella rana ciega gigante.-
...descubrí que, quizás, exista cierta relación entre esta
capa y el hombre al que buscas.
-Imagino
que habrás oído hablar de esa teoría que
sostiene que Ean tenía un hermano mayor
que contribu-
yó de igual manera a la supervivencia de nuestro hogar
durante el primer advenimiento del diablo de la era hu-
mana ¿Verdad? Bien. Pues resulta que este pedacito de
la gran leyenda que es hoy la vida de Ean,
cuenta mucho
más de lo que parece. Por lo visto, según los escritos, la
capa fue diseñada y confeccionada por este misterioso
personaje tristemente olvidado por la historia; una per-
sona que, sin duda, está ligada al relato que me contas-
te.
-¿Y
éste era el "Guardián de los Secretos"? Enton-
ces, Ean también era hijo de aquel poderoso hechicero
que perdió la vida junto a su primogénito... Pero, sin
ánimo de ofender ¿Cómo podría un ciego haber influido
así en el devenir de los acontecimientos?
-No
sabría decirlo. En realidad ni siquiera podemos
estar seguros de si estas dos figuras corresponden al
mismo individuo o solo están estrechamente relaciona-
das pero, aunque así fuese, a lo mejor este hombre no
era el Guardián sino el gran mago que murió, ya que
carecemos de una cronología detallada, y continuaría
siendo una buena pista a seguir... De lo que no hay duda
es de que sí existe relación; el conjunto del texto lo de-
jaba bastante claro. En cualquier caso, saber esto te ha-
ce conocedora de uno de los secretos mejor guardados
por la familia real desde sus mismísimos orígenes.
-No
sé que voy a hacer con todos los datos confi-
denciales de los que me habéis hecho partícipe...
-¿Confidenciales?
En absoluto. Te ruego que predi-
ques con la verdad y te enfrentes, en nuestro nombre, a
toda institución u organismo que pretenda ocultarla; te
ruego que luches por proteger a los débiles que nosotros
no podríamos de forma independiente, sin importar la
fuerza de quien los amenace; te ruego, en definitiva, que
seas nuestros ojos en el mundo, para que nosotros po-
damos ser tu fuerza. Llámanos siempre que necesites
ayuda con este fin, Áshelayd. Para ello solo debes invo-
carnos por nuestro nombre, y todos nuestros nombres y
características aparecen en el libro que te he dado... Lo
que me recuerda algo: Por favor, mira en la pila de libros
de la izquierda.
-No
hay libros a la izquierda.
-Ah...
Pues, entonces, mira en la pila de libros a la
derecha.
La
muchacha se sentó en el suelo y comenzó a api-
lar los polvorientos libros a medida que los iba cogiendo
y ojeando.
Los
pocos que conservaban las letras del título, re-
zaban textos realmente extraños: "Cuidado avanzado
del hongo de las ancas", "Preparación de aceite de gu-
tyrriato verde", "Cómo cocinar nalgas de trasgo"...
Cuando la muchacha giró la cabeza para contener la ar-
cada que el texto le había provocado, vio, bajo un anti-
guo y desproporcionado atlas de la región, la esquina
metálica de un gran libro que, con su brillo plateado,
parecía instarla a cogerlo.
Una
vez lo tuvo entre sus manos, la joven hechicera
sintió que perdía el aliento. Los cuatro cantos se veían
protegidos por unos romos parches de plata; ribeteados
sobre una gruesa piel negra, que resplandecía con los
colores del arco iris cuando la luz incidía sobre sus gran-
des escamas de cinco picos; los cuales delataban su na-
turaleza de auténtica piel de dragón nórdico. El libro se
encontraba cerrado con un candado en forma de cabeza
de dragón, labrado en plata; al igual que las letras que
componían el críptico título: "El Apocalipsis de los dra-
gones".
-Gi... Gigaranda... ¡Es el primer volumen del "Apoca-
lipsis de los dragones"! ¡Es uno de los libros de magia y
hechicería más famosos de la historia! En él se encuen-
tran todo tipo de indicaciones y anotaciones hechas por
varios de los más grandes magos de todos los tiempos;
quienes fueron considerados como los más poderosos
de sus respectivas generaciones. ¿Se puede saber dónde
lo habéis encontrado? Se suponía que los siete volúme-
nes habían sido destruidos en...
-Eso
no es importante, pequeña. El caso es que,
ahora, es todo tuyo. Deberás mejorar a pasos agiganta-
dos si quieres ponerte al nivel de aquellos que amena-
zan el mundo.
-Muchas
gracias... yo... no sé qué decir...
-Di
que cumplirás con nuestras expectativas resca-
tando a tus compañeros y hallando la verdad acerca del
"Guardián de los Secretos", en honor a tu maestro falle-
cido; quien te encargó esa misión.
-¡Si,
señora!
-¡
No quiero que se vaya!
-Llea,
Áshelayd es una humana que tiene cosas im-
portantes que hacer. No puedes obligarla a...
-Me
da igual. Además, Áshelayd quiere quedarse
¿Verdad, Áshel?
-Llea,
me encantaría poder quedarme en este pre-
cioso lugar, pero debo irme...
-¡Entonces,
llévame contigo!
-¡LLEA!
-La pequeña salamandra calló y bajó la ca-
beza de inmediato, avergonzada.- Vuelve con tus padres
y déjanos solas. Quiero hablar con la muchacha en pri-
vado.
Con
aire triste, el anfibio anaranjado se sumergió en
el lago y puso rumbo hacia la extensa concentración de
raíces.
-No
deberíais haber sido tan brusca, Gigaranda...
-Los
niños pueden ser muy difíciles a veces... así es
mejor para ella. ¿Lo llevas todo?
-Eehh...
Sí. Llevo la vara, el libro, la túnica que me
regaló aquel tritón tan simpático y la bolsa con las provi-
siones. Estad tranquila; no me pasará nada.
-Si
en algún momento os veis amenazada, debéis
saber que no os conviene invocarnos en el interior del
bosque. Debido a nuestro gran tamaño, nos cuesta lu-
char entre los árboles... y, si vais a un desierto, tampo-
co nos viene muy bien a la mayoría; aunque no tenemos
rival en el agua dulce y en los valles.
Toda
la confianza que la muchacha había sentido
hasta entonces desapareció al oír esto.
-Entonces...
¿Cómo diablos se supone que me voy a
defender de los...?
-Tranquila.
Ya he pensado en eso. Ven aquí, Zal.
Áshelayd
oyó un leve roce de tela tras su espalda;
seguido de unos firmes pasos.
Al
girarse, pudo ver a un hombre alto, cuya piel se
veía completamente oculta por una capa verde con ca-
peruza y máscara bucal; que tan solo dejaba a la vista
unos penetrantes ojos de color violeta, rodeados por un
par de párpados con tonalidad cobalto.
-¿Llamabais,
señora?
-Sí.
Gracias por venir. Me gustaría encomendaros
de nuevo la custodia de esta muchacha.
-¿De
nuevo? Entonces fuisteis vos quien permane-
cisteis a mi lado hasta que desperté.
-También
fui quien os curó pero, descuidad, que
fueron los ranas quienes os desvistieron, no yo.
-Confío
en que llegará sana y salva hasta las fron-
teras del bosque.
-Sabéis
que así será, si depende de mí.
Gigaranda
permaneció observando con su sexto
sentido, durante unos instantes, al guerrero de la cape-
ruza verde y a la hechicera.
-Cuidaros
mucho, por favor. Ambos sois, cada uno
a su manera, el último vestigio de una era antigua a la
que quizás le quede muy poco... pero que, dependiendo
de su fin, dará paso a una época de esplendor o de
terrible desgracia.
-Haremos
lo posible por mantenernos vivos, seño-
ra... Pero ya teníamos pensado hacerlo sin necesidad del
aviso. ¡Andando!
Sin mediar otra palabra, Zal comenzó a caminar
ha-
cia los altos árboles del horizonte; seguido de cerca por
Áshelayd, una vez se hubo despedido ésta de la rana
mediante telepatía.
A
pesar de lo brusco, aquel hombre parecía de fiar
y, además, el color de sus ojos y su piel no dejaba lugar a
dudas: era un demonio; lo cual le hacía muchísima ilu-
sión a la muchacha, pues, siendo ella en dos tercios
eana, nunca había conocido a ninguno de
pura cepa.
XLV - ZAL, EL DEMONIO
La
muchacha, agotada, se sentó sobre una gruesa
raíz; incapaz de seguir el intenso ritmo que su escolta
marcaba.
-¿Qué
es lo que pasa ahora, chiquilla?
-¿Cómo
que qué pasa? Llevamos andando todo el
día, ya ha caído la noche y no hemos hecho más que
aumentar la velocidad de la marcha... ¡Tengo hambre,
sueño y me duelen los pies!
-Ooooh...
Qué descortés por mi parte... ¿Querríais
que os llevase en volandas, milady? O, quizás, preferi-
ríais acampar aquí, construiros una casita y esperar a
que, algún día, pase algún carro que os recoja...
-¡Ya
basta, no seáis tan descortés! Todavía no me
he recuperado de la herida de la cabeza y...
-Pues
qué pena. -Los violáceos ojos de Zal perfora-
ron a la joven.- Yo he visto a hombres seguir combatien-
do luego de haber perdido los brazos... Mi capitán falle-
ció así, dándolo todo, por proteger a los suyos...
Áshelayd
lamentó haberle hecho recordar un hecho
tan triste; aunque su enfado no desapareció.
-Lo...
lo siento, debíais tener una buena relación...
-Apenas
lo conocía; pero él no hacía distinciones:
"Todo aquel que estuviese a su cargo permanecería a
salvo".
-Bueno
pues, aunque lo siento por vos, no entiendo
qué puede tener eso que ver con no pararse a descan-
sar.
El
encapuchado, luego de unos segundos de refle-
xión, se sentó al cobijo de otro árbol y cruzó los brazos.
-Partiremos
al amanecer. Si para entonces todavía
no te has despertado, quedas sola a merced de las bes-
tias.
-¿Se
puede saber qué os he hecho yo? -La mucha-
cha, alterada, se había puesto en pie.- ¡No habéis hecho
más que meteros conmigo desde que dejamos atrás la
laguna!
-Si
tienes fuerzas para ponerte así... no veo por qué
no podemos seguir avanzando.
Áshelayd,
con los ojos húmedos de rabia, se sentó
de nuevo, dándole la espalda al guerrero de la caperuza
verde.
-Vaya
asco... y yo que creía que nos llevaríamos
bien...
-¿Por
qué?
-Bueno...
pues... eso.
-¿Por
qué tenéis ascendencia demoníaca? ¿Qué cla-
se de razón es esa? Da igual el color del pelo o la piel... lo
importante son las personas en sí. Puedes encontrarte
con eanos de raza pura que roben y
violen o con vampi-
ros gentiles que ayuden a sus mayores a cruzar por el
barro. ¿Qué sentido tiene considerar apto para una
amistad a alguien que ni conoces solo porque su piel es
azul, su cabello verde y, sus ojos, morados?
-No
lo había pensado de esa forma... Es que yo ja-
más había hablado con un demonio y...
-Mira,
muchacha, en todo caso, según ese razona-
miento, deberías sentirte más cómoda con los de raza
pura ya que, según puede deducirse por tu aspecto, tie-
nes más con ellos que conmigo... Pero, aún así, yo luché
en una guerra para que todas las razas de todas las es-
pecies estuviesen en el mismo nivel social, según su
estamento.
-Entonces...
-Áshelayd recordó la capa verde que le
había enseñado Gigaranda, así como la historia que le
había contado acerca de lo que representaba.- ¿Acaso
sois un "Chabandier"?
-¿Chabandier?
Parece que has hablado con la gran
rana... esa palabra está anticuada. Hace mucho que pa-
samos a llamarnos los "Caballeros de Ean".
El nombre
primigenio viene de un hombre de confianza del rey que
se llamaba Chabandi y, según cuentan las historias, fue
quien salvó Endia de ser tomada durante la batalla final
entre el héroe y el diablo... a cambio de su propia vida.
En cualquier caso, de eso hace ya mucho y solo quedo
yo. La orden ha muerto y, con ella, los valores que re-
presentaba.
-Me
pregunto qué valores representas tú... ¿La ma-
la educación y el desinterés por el malestar ajeno?
El
enmascarado pareció reprimir una mueca de dis-
gusto bajo la tela que cubría su rostro.
-Vi
a demasiados morir por algo que ya a nadie le
importa... Los Cadrelicios se han apoderado de la mitad
de la población mientras que, la otra mitad, ha sucumbi-
do bajo la tiranía del nuevo Ean... Me
repugna haber
jurado lealtad a su familia.
Dicho
esto, nervioso, el guerrero pareció intentar
disimular los temblores de sus brazos con una nueva
actitud de indiferencia hacia la muchacha.
-¿Es
eso? No podéis luchar en contra del rey porque
es un Ean... Es curioso pero, si lo pensáis, por una parte
estáis obligado a luchar por el bien de la región y, por el
otro, a defender al tirano que la amenaza.
-¿"Si
lo pensáis"? ¿Qué crees que me he pasado
pensando los últimos años de mi vida, viviendo en lo
más profundo de un bosque encantado? Lo único que
puedo hacer es... nada.
-Pero
podéis dejar a ese hombre y...
-¡NO
PUEDO! ¡He jurado lealtad y, para un caballe-
ro, su palabra vale tanto como el brazo con que blande
su arma!
-¡No
me gritéis, que me duele la cabeza...! Yo lo que
digo es que podéis seguir siendo fiel a los Ean
si inter-
pretáis vuestro juramento de otro modo...
- Y
yo repito: ¿Qué crees que he estado haciendo
durante todo este tiempo? ¿Cortejar a las ranas? ¡No
hay un maldito resquicio por el que pueda...!
-Lo
hay. Si habéis jurado lealtad a los Ean,
y no al
propio Edwah, podéis entrar al servicio
de su primo.
-¿Yajira?...
-Zal se puso en pie y, con los ojos desor-
bitados, se dirigió a la muchacha con voz temblorosa
¿Me estás diciendo que el general Yajira continúa con
vida?
-¿Cómo?
Pues sí, que yo sepa; nos hablaron de él en
clase de historia a principios del semestre... ¿Por qué no
había de ser así?
-¡MALDITA
SEA! Durante la guerra exhibieron un
cadáver y proclamaron a los cuatro vientos la muerte del
general; diciendo que había vuelto del destierro para
ayudarnos... ¡CABRONES! -Zal golpeó el tronco del árbol
con fuerza; resquebrajando su dura corteza.- ...Solo era
una maldita estratagema para minarnos la moral... el
capitán atacó para recuperar sus restos... y todo fue...
para nada...
Áshelayd
comprobaba desde lejos, casi tan apena-
da como asustada, el angustioso desengaño que el gue-
rrero parecía estar sufriendo.
Luego
de un buen rato en que Zal, de rodillas, con-
tinuó profiriendo maldiciones y juramentos en voz baja,
se puso en pie y retiró la capucha de su rostro.
-¿Estáis
mejor?
-Lamento
mi actitud, doncella. Habéis hecho por mi
más de lo que hubiese podido esperar en la vida... Os
prometo que haré cuanto esté en mi mano por ayudaros
en vuestro viaje al sureste de la estrella... Pues yo mismo
pienso ponerme de camino a Nhüria para ayudar al ge-
neral en las guerras del suroeste.
A
la débil luz que lograba atravesar el denso follaje,
el rostro del demonio resultaba, en el contraste de bri-
llos y sombras, duro e inexpugnable; aunque ni siquiera
el claroscuro que recortaba sus facciones podía disimu-
lar la intensa emoción que lo embargaba.
De
unos treinta y pocos años, Zal conservaba toda-
vía un rostro juvenil, aunque las arrugas de las comisuras
y los contornos de los ojos comenzaban a estar algo más
marcadas. La piel azul cobalto resaltaba junto al pelo de
vivo color verdoso; algo más claro que el de Áshelayd, al
verse surcado por alguna que otra cana. Sus ojos, más
que ninguna otra cosa, delataban todos los sufrimientos
que lo habían ido consumiendo a lo largo de tantos años
de autocompasión y sentimiento de culpa. Los rasgos
que más lo diferenciaban de las otras razas humanas
eran, además del color de piel, cabello y ojos, sus orejas
terminadas en punta y una nariz más alargada de lo
normal que, por alguna razón, a la muchacha le resulta-
ba curiosamente atractiva.
Parte
de la piel visible se hallaba surcada por unos
enrevesados tatuajes rúnicos; que Áshelayd no supo
descifrar.
-Entonces,
al amanecer, partiremos sin demora.
A
pesar de que las altas copas impedían vislum-
brar la posición del sol, Zal parecía muy seguro de la ho-
ra que era, para pesar de Áshelayd; a quien le hubiese
gustado poder dormir un poco más.
-Sigo
diciendo que es por la noche...
-Creedme.
Quizás no podamos ver mucha más luz
que la de la de mi bola de Leudo y vuestra vara... pero
los animales siguen ciertas pautas dependiendo de la
hora. Observándolos, podremos llegar a la conclusión,
no de la hora exacta, pero sí del momento del día en que
nos encontramos... y, como he dicho, ya ha amanecido.
Demasiado
adormilada como para buscar cualquier
tipo de réplica, la muchacha se limitó a seguir alum-
brando tras los pasos del guía; intentando evitar los
constantes tropezones y hundimientos de pies en las
charcas de fango.
-¿Qué
ha sido eso?
La
muchacha, todavía distraída en su búsqueda de
obstáculos en el suelo, chocó contra las anchas espaldas
del demonio.
-¡Ay!
¿Pero qué...?
-¡Callad!
Agitando
la bola de Leudo que llevaba, Zal hizo des-
aparecer la luz que los iluminaba. Con la mano derecha,
alzó una larga daga que había sacado de algún lugar
oculto. Luego de guardar la opaca esfera de cristal, colo-
có frente a él un escudo redondo de un tamaño imposi-
ble de esconder; lo cual suscitó todavía más la ya de
por sí hiperactiva curiosidad de la muchacha.
-¿De
dónde...?
-¡Silencio,
por favor!
Tras
ellos, el sonido de hojas secas al ser arrastradas
los puso en guardia.
Zal,
en un tiempo récord, logró colocarse frente a la
muchacha, en la mejor postura defensiva que la situa-
ción permitía; demostrando su gran habilidad y expe-
riencia como guerrero.
Un
nuevo crujido de la hojarasca hizo que el cuerpo
del demonio se tensase todavía más, pero Áshelayd,
viéndolo todo claro, se tranquilizó.
-No
os preocupéis... Llea y yo nos topamos con unos
cuantos de camino a la laguna. Fíjate en cómo escapa en
cuanto vea el fuego.
-¡Pero...!
Sin
dar tiempo al guía para replicar, la hechicera al-
zó su vara y, del orbe que la coronaba, surgió un pode-
roso chorro de fuego rojizo que iluminó el contorno de
la bestia atacante.
Mirándola
con su penetrante ojo anaranjado, de
pupila gatuna, la portentosa bestia comenzó a abrir sus
fauces con regocijo solo para decir:
-No
creí que tendría oportunidad de vengarme tan
pronto, Ashe.
XLVI - HUYENDO DEL
DEPREDADOR
Ashelayd,
aterrada, trastabillo hacia atras; pero Zal
la detuvo. Durante el breve instante de indecisión que
ambos habían sufrido, la larga cola de la serpiente había
tenido tiempo suficiente para rodearlos por completo.
Cualquier intento directo de fuga, pues, terminaría con
un contundente golpe contra sus afiladas escamas.
-¿Qué
hacéis en mi bosque, malditos demonios
traidores?
Zal,
haciendo lo posible por no parecer demasiado
alterado ante la presencia de la serpiente-dragón, repli-
có con una furia inesperada, mientras intentaba inter-
poner su propio cuerpo entre la muchacha y el mons-
truo; con la vana intención de ocultarla.
-¿Nos
llamas traidores? Yo nunca he desafiado a mi
señor... ¿Acaso tú sirves al tuyo, en este aislado bosque,
atacando a los inocentes viajeros?
-Ya
no tengo a quien servir ni a quien me sirva... y
todo por culpa de vuestra deserción, malditos bastardos
de piel azul... De no haber sido por vosotros, jamás
hubiésemos sido derrotados durante la última batalla
de los titanes -El ofidio sacó la lengua y acarició la mejilla
del guerrero con una de sus bifurcaciones.- Sabes
a rana.
Disfrutaré desollándote y comiendo tu piel.
Áshelayd,
quien ya no podía soportar más la
displi-
cente actitud del dragón carente de extremidades, gol-
peó su lengua con la vara y se dirigió a él directamente.
-¡Deja
ya de decir que todo es por culpa de otro!
"Oh, no, me han enterrado, buah, buah", "oh, no, ven-
cieron a mi señor en una guerra, buah, buah". ¡Crece de
una vez! Si todo te sale mal, igual no es que el mundo
vaya contra ti; sino que eres un inútil.
Durante
unos eternos segundos, en que Zal deseó
que la muchacha hubiese sido muda, se hizo el silencio
absoluto en el bosque.
La
serpiente, con el único ojo inyectado en sangre,
mostró sus numerosas hileras de aserrados dientes,
propios de la constrictor que era. Cerrando todavía más
el cerco que mermaba la movilidad de sus presas, el
monstruo alzó la cabeza hacia atrás y chasqueó las mue-
las.
Áshelayd
había cerrado los ojos, esperando su final;
pero éste no se produjo.
Al
disiparse las llamas, el enorme reptil de sangre
caliente pudo observar, con gran asombro, que ahora
había un nuevo obstáculo entre ella y los pequeños ani-
malillos que pretendía calcinar.
Clavado
en el suelo, justo frente a Zal, se alzaba un
escudo espejado con forma adiamantada, de unos cinco
o seis metros de alto; que no solo había logrado disipar
las llamas sino que había obligado al alargado cuerpo de
la serpiente-dragón a deshacer su bloqueo.
Sin
perder un segundo, Zal cogió a la muchacha del
brazo y comenzó a correr a toda velocidad.
Las
finas y rugosas ramas de los arbustos les propi-
naban fuertes latigazos y se enredaban en sus ropas pe-
ro, aún así, los dos compañeros de viaje continuaban
con su huída a la mayor velocidad posible.
La
serpiente-dragón, a pesar de su colosal fuerza,
era incapaz de seguirlos entre los pequeños huecos que
los troncos dejaban entre sí. Sin embargo, para desespe-
ración de los huidizos animalillos, el portentoso ofidio
podía desplazarse sin problemas reptando entre las co-
pas de los árboles como si de un verde mar se tratase.
-¡Doncella,
cuando yo os diga, disparadle un rayo!
-¿Qué?
-Áshelayd no podía creer lo que estaba
oyendo ¿Qué clase de hechicera se pensaba que era?
Los rayos eran el tipo de magia elemental más difícil de
crear; no digamos ya controlar...- ¡No podré apuntar a
ese maldito bicho mientras corremos!
-¿Si
parásemos y la mantuviese distraída podríais?
-¡No
creo, hay demasiadas ramas; lo más probable
es que el rayo fuese atraído hacia ellas ya que no logro
controlarlos más que en un radio de diez metros a mi al
rededor!
-¡Bien!
-Súbitamente, el guerrero frenó en seco.-
Entonces podréis alcanzarme a mi ¿Verdad?
La
muchacha, al tratar de imitar a su compañero de
huída, resbaló sobre el barro y cayó al suelo.
-¿Qué
dices? ¡Morirás!
-Cuando
yo os diga...
-¡Pero...!
-¡Cuando
yo os lo diga, me lanzáis vuestro rayo más
potente y relajáis por completo vuestro control sobre la
dirección, manteniendo intacta su potencia!
La
muchacha, aunque asustada, pudo sentir una
fuerte convicción en las palabras de su acompañante;
por lo que decidió obedecerle, a pesar de sus reservas.
Luego
de unos aterradores siseos acompañados de
crujidos de ramas, la cabeza del monstruoso reptil surgió
de entre las hojas que cubrían el cielo, pelando la copa
del árbol en que se encontraba.
-¿Estáis
seguro...?
-Confiad
en mi... -La serpiente-dragón, con el júbilo
impreso en su único ojo, retrasó de nuevo la cabeza y
chasqueó las muelas de pedernal que se hallaban prote-
gidas de la humedad por sendas válvulas en la parte tra-
sera de la mandíbula.- ...¡AHORA!
De
la Vara de Raya surgió un poderoso
chorro de luz
azul que se dirigió, a una velocidad mayor de lo discerni-
ble, hacia el guerrero... sin llegar a rozarlo.
El
monstruo, al mirar de nuevo hacia abajo con las
fauces abiertas de par en par, tan solo alcanzó a ver un
fuerte destello que, tras impactar contra su sensible mo-
rro, la hizo estremecerse de dolor.
Debido
a las convulsiones incontrolables sufridas
por el cuerpo de la serpiente dragón, un pequeño objeto
se desprendió de entre las escamas que protegían sus
fosas nasales.
Al
verlo sobre el suelo, Áshelayd comprendió lo que
había sucedido. En el lecho cubierto por hojas, reposaba
un afilado aro de metal brillante que tenía labradas va-
rias runas antiguas sobre su superficie. No tardó en re-
conocerlo. En su tiempo había pertenecido a un podero-
so mago elemental quien, antes del descubrimiento de
los mejores métodos para guiar rayos, había inventado
este instrumento arrojadizo que los atraía, independien-
temente del medio en que fuese utilizado. Sus grandes
hallazgos en el campo lo hicieron merecedor del título
de primer "Shoring", o maestro del rayo; que seguía uti-
lizándose todavía en las misteriosas tierras del noreste.
-¿De
dónde habéis...?
-¡Las
preguntas luego, doncella! ¡A nuestro perse-
guidor no le durará mucho el mareo y dudo que vuelva a
caer en la misma treta!
Sin
mediar otra palabra, la muchacha siguió a Zal
por entre los intrincados espacios en que la vegetación
permitía el paso; seguidos siempre de cerca por la ser-
piente-d ragón.
Tras
varias horas de marcha, la joven se sentía inca-
paz de dar un paso más. Llena de arañazos y con el ves-
tido ajado y descompuesto, Áshelayd cayó sobre el lodo
como un peso muerto. El guerrero acudió en su auxilio,
pero fue entonces cuando comprendió que estaban per-
didos.
Desde
el principio, el monstruo los había estado
agotando para que, una vez hubiese caído uno, el otro
fuese incapaz de defenderse.
De
algún lugar bajo su capa, Zal sacó una larga es-
pada refulgente, de fantástica artesanía, cuya argéntea
hoja parecía brillar por sí misma con un resplandor am-
barino, y miró hacia el cielo; esperando una nueva
reaparición del malévolo rostro.
Por
desgracia, la forma de atacar del ofidio fue muy
diferente a la que él esperaba. Repentinamente, de en-
tre las hojas, surgió un enorme tronco que, si bien tan
solo logró darle de refilón, bastó para lanzarlo a varios
metros de distancia, inconsciente; atrapado bajo varias
toneladas de madera.
Con
las pocas fuerzas que le quedaban, la mucha-
cha alzó la vara y amenazó a la contoneante figura que
ahora se deslizaba por el hueco que el tronco había de-
jado en el muro de hojas.
-¡Si
te acercas tan solo un metro más, te cortaré
en rodajas, maldito bicho!
-No
me hagas reír, Ashe... estás agotada. Y, aunque
no lo estuvieses, piénsalo... Soy mucho más fuerte que
tu patética especie... Mi poder es inalcanzable para
cualquiera de vosotros, minúsculas criaturillas destina-
das a servirme... ¿Acaso no lo comprendes aún? He
arrancado un tronco y he abatido a mi adversario con
él... ¡Un humano jamás podría hacer algo así!
La
gigantesca serpiente-dragón se abalanzó con las
fauces abiertas sobre la debilitada muchacha quien,
tendida sobre el barro, apenas lograba sostener la vara
con suficiente firmeza para apuntar.
Repentinamente,
el cuerpo del monstruo cayó al
suelo con contundencia; lastrado por el enorme peso del
tronco que acababa de caer sobre él.
En
la superficie astillada, a media altura del árbol,
que quedaba ahora donde antes había estado anclado
dicho tronco, se encontraba ahora un muchacho de lar-
go pelo carmesí recogido en una coleta; vestido con una
gran hoja verde a modo de capa, quien, en un tono con-
descendiente, comentó.
-Podemos,
siempre y cuando sepamos cómo, cuán-
do y por dónde cortar.
Ashelayd
no podía creer lo que estaban viendo sus
ojos.
A
varias decenas de metros del suelo, sobre lo que
quedaba del tronco del árbol caído, Yin, ataviado con
una extraña capa hecha a partir de una hoja, apuntaba
ahora hacia el monstruo que se retorcía bajo la gigan-
tesca columna de madera, con su espada desenvainada;
en señal de advertencia.
El
rey de las serpientes-dragón, luego de un agota-
dor forcejeo, logró liberarse del peso del árbol para, con
una expresión de ira que rozaba en la demencia, lanzar-
se hacia donde se encontraba el Yajin'e.
-¡Te
acordarás de esto, renacuajo!
-Seguro
que sí. Siempre recuerdo los momentos en
que disfruto.
En
lugar de escapar o defenderse, el muchacho lan-
zó un yonbai hacia atrás. Repentinamente,
un sonido de
fricción llenó el ambiente y, la gigantesca rama que el
joven pelirrojo había dejado atada, bajó con toda su
fuerza sobre la cabeza del ofidio; quien cayó al suelo de
nuevo, mareado.
-Mal...
maldito...
-¿No
sabíais que es peligroso lanzarse por el bosque
sin mirar hacia las ramas? Pueden daros un doloroso
latigazo si no las esquiváis
correctamente...
-¡Serás...!
El
monstruo, una vez recuperado, alzó su cuerpo de
nuevo con la intención de triturar al muchacho entre sus
afiladas y numerosas hileras de dientes.
-Empezáis a aburrirme...
Una
vez más, Yin tiró uno de sus cuchillos hacia
atrás.
-¡No
creas que soy tan estúpido como para caer dos
veces en el mismo truco, mequetrefe!
Con
gran agilidad, la serpiente se contoneó en el ai-
re y atacó al muchacho desde la derecha; protegiéndose
así de un nuevo golpe vertical por parte de las cepas.
Cuando
le faltaban apenas unos metros para alcan-
zar a su objetivo, dos ramas la golpearon lateralmente,
cada una por un flanco; dejándola atrapada y sin respi-
ración.
De
un salto, el muchacho subió sobre su cabeza y se
le deslizó por el lomo hasta llegar al suelo.
Mientras
el alargado reptil continuaba contorsio-
nando todo su cuerpo con la intención de zafarse, Yin
consiguió reunirse al fin con Áshelayd.
-Mi
señora ¿Estáis bien?
La
muchacha todavía no podía creer que su guar-
daespaldas hubiese podido, ya no encontrarla, sino lo-
grar improvisar una estrategia de tal magnitud en tan
poco tiempo. Conociéndolo como lo conocía, segura-
mente había otra docena de trampas similares en las
inmediaciones, en prevención de que algo no hubiese
salido según lo planeado.
Súbitamente,
la joven estudiante de hechicería ol-
vidó los desbocados latidos de su pecho y el rubor de las
mejillas al darse cuenta de algo más apremiante que su
reencuentro con el atractivo joven de ojos semirasgados
que, ataviado con una hoja, todavía esperaba su res-
puesta:
-¡Yin,
debéis ayudar a Zal! ¡Está bajo el tronco!
A
pesar de la portentosa fuerza del Yajin'e, la colo-
sal masa de madera, resquebrajada y astillada, que pe-
saba varias toneladas, ni se movió cuando éste intentó
levantarla.
-¿Quién
es el hombre que, decís, está atrapado de-
bajo?
-Se
llama Zal. Es un Chabandier que me estaba ayu-
dando a cruzar... Mira, ya te lo explicaré ¡Tú, ahora, solo
sácalo!
-Lo
lamento, pero no puedo. Debemos huir ahora
que...
-¡NO!
-La muchacha, a pesar de lo agotada que se
sentía, se puso en pie y alzó la vara mágica.- ¡Yo lo saca-
ré! Solo necesito un poco de tiempo.
Viendo
lo inútil que sería comenzar a discutir, y sa-
biendo que no podrían escapar del monstruo si se veía
obligado a llevarla a rastras, al muchacho no le quedó
otra opción que aceptar las cuestionables demandas de
su señora.
-Está
bien. Me encargaré de la serpiente durante
todo el tiempo que pueda. Cuando lo hayáis conseguido,
huid los dos. El suelo está blando y fangoso y dudo que,
siendo un Caballero de Ean, haya muerto
por este gol-
pe... siempre y cuando haya quedado atrapado en algún
hueco.
-Pero....
¿Qué haréis vos....?
-No
os preocupéis por eso. Empezad.
El
retumbar del suelo puso a ambos muchachos so-
bre aviso. La cabeza del agotado y jadeante dragón ha-
bía logrado librarse al fin de la prisión que las ramas ha-
bían tejido en torno a su cuello. Apenas unos segundos
de descanso fueron suficientes para que se levantase,
recuperado el resuello, y comenzase a buscar de nuevo
al muchacho que tanto lo había humillado.
-Jamás
un humano había llegado a hacerme mor-
der el polvo de esta forma...
-Pues
será que pocos lo han intentado, pues vencer-
te se me antoja extremadamente fácil.
Controlando
su rabia esta vez, ignorando las provo-
caciones, la serpiente comenzó a avanzar con cautela,
reptando sobre la totalidad de su vientre, hacia el árbol
más cercano.
-¿Acaso
no lo sabes, pequeño...? Los de mi clase
alcanzamos nuestro mayor potencial en entornos como
este... mi capacidad de ataque sigiloso no tiene paran-
gón... mientras esté oculto entre los árboles, nadie
puede vencerme.
-Curioso...
-El muchacho alivió el nudo corredizo
que mantenía su espada atada a la cadera y se la colocó
cruzada a la espalda.- _.lba a decirte exactamente lo
mismo.
Sin
mediar otra palabra, ambos contendientes se
sumergieron en la espesura.
Repentinamente,
aparecían y desaparecían partes
del largo cuerpo de la serpiente mientras Yin saltaba, de
árbol en árbol, con una agilidad pasmosa. Si a Áshelayd
ya le había parecido que su guardián era rápido en tie-
rra, ahora podía comprobar que todavía no lo sabía todo
sobre él. El Yajin'e fluía entre ramas y hojas con mayor
impunidad que el viento; trepaba por los troncos con el
único impulso de sus piernas; se deslizaba por las cepas
con un equilibrio perfecto... a pesar de los
veloces ata-
ques del gigantesco reptil, el muchacho siempre esqui-
vaba, hería y huía; hasta que el rey de las serpientes-
dragón comprendió que era el momento de cambiar de
táctica.
Si
bien su gran tamaño la había puesto en desventa-
ja frente al rápido animalillo, lo que el muchacho de la
hoja por capa no había sabido ver era que, aunque había
demostrado ser un adversario temible, éste no solo no
era la presa que más le interesaba; sino que la susodicha
resultaba ser el cebo para atraparlo a él.
Era
increíble que el joven no se hubiese percatado
de ello... "demasiado increíble".
Justo
un instante antes de abalanzarse sobre la he-
chicera, que estaba horadando el tronco caído con la
magia proveniente de su vara, la serpiente-dragón se
detuvo, alertada por este pensamiento; justo a tiempo
de evitar un nuevo latigazo, proveniente de una cepa
cercana, que la habría enviado contra un cúmulo de es-
pinos.
"Ese
maldito chico es endiabladamente..."
Antes
de que el ofidio pudiese terminar de pensar
en cómo proseguir con su queja, un punzante dolor hizo
que se le estremeciese toda la espina dorsal.
Aprovechando
lo debilitada que había quedado su
piel luego de quemarse, así como la ausencia de gran
parte de las escamas del cuello a consecuencia de los
forcejeos anteriores, el muchacho había logrado clavarle
la espada en la nuca; lo bastante hondo como para ha-
cerle caer del árbol a causa del dolor. Ya en el suelo, una
vez se hubo repuesto, el monstruo observó al delgado
chico, que a pesar de su fuerza carecía de músculos
abultados, con toda su atención.
Lo
que sentía hacia él trascendía el odio o el ansia
asesina... Jamás había tenido una
sensación así... lo más
cerca que había estado de la muerte en su vida había
sido la derrota frente al Harte de la princesa Raya duran-
te la "Guerra de los once
años"... sin embargo, en esta
ocasión, ni siquiera había sido completamente derrotada
como aquella vez ¿Por qué le recorrían el cuerpo esos
escalofríos...? No eran a causa de la herida. En su mo-
mento, la del ojo había sido peor y mucho más doloro-
sa... Mirando fijamente a los ojos del muchacho, vio cla-
ro qué era lo que le ocurría. Tenía miedo. Terror. Aun
habiendo perdido, el reptil siempre había confiado en
sus probabilidades de victoria... Sin embargo, los
ojos del
Yajin'e parecían hipnotizarla del mismo modo que los
suyos solían hacerlo con sus presas. Esos claros discos
pardos en los que no se atisbaba una sola duda acerca
de quién se alzaría como ganador de la contienda... esos
semirasgados ojos tras los que se escondía una mente
capaz de seguir todos sus movimientos y preveer cual-
quier táctica que se le ocurriese... Luego de tragar saliva,
muy despacio, como temiendo que el hacerlo de forma
ruidosa pudiese propiciar el ataque del mercenario, la
serpiente-dragón comenzó a alejarse, reptando hacia
atrás, sin quitar la vista del muchacho, quien, una vez se
hubo ido el monstruo, suspiró, tan cansado como alivia-
do. Había necesitado utilizar mucha energía para cortar
el árbol y forzar aquellas gigantescas ramas; y su cuerpo,
ahora, se resentía por el sobreesfuerzo.
Para
cuando se reunió con Áshelayd, ésta ya casi
había terminado de abrir un ancho tajo en la madera.
Entre los dos, no tardaron en separar ambas mitades del
tronco para encontrarse, de este modo, con un hueco
formado por seis espadas que, clavadas sobre el lodo,
habían mantenido el cuerpo inconsciente del guerrero a
salvo del peso del árbol.
-Increíble...
¿Habéis visto eso? Zal logró clavar
todas
estas espadas antes de perder la consciencia... ¿Se pue-
de saber dónde diablos llevaba...?
Yin,
quien había devuelto su propia espada al lugar
que le era habitual hacía tan solo unos instantes, no pa-
recía tan sorprendido ante la muestra de habilidad del
demonio.
-Mi señora... parece que no sabéis mucho acerca
de
los Caballeros de Ean. Solo los mejores
entre los mejores
conseguían el honor de ser considerados como aspiran-
tes a discípulos. Más bien debierais extrañaros de que
no haya sabido defenderse mejor...
-No
fue culpa suya... Se paró para ayudarme y, en
ese instante, el tronco lo golpeó. De no haber estado yo,
quizás hubiese podido escapar.
-Bueno,
no pasa nada. No hemos de lamentar daños
graves, así que, cuando despierte, podremos...
-¡CUIDADO!
De
entre el espeso follaje había aparecido, sobre
ellos, el triunfante rostro de la serpiente-dragón, quien,
con todas sus fuerzas, les había mandado una columna
de fuego azulado; que desintegró toda rama o animal
que se estuviese interponiendo entre ella y los mucha-
chos.
Rápido
como solo él podía serlo, Yin se llevó la
mano derecha a la empuñadura y la asió con todas sus
fuerzas mientras un extraño impulso parecía emanar de
él; repeliendo a todo cuanto lo rodeaba como si de un
fuerte remolino se tratase.
-¡RAIDEREN-HAAAIIIIIIIII!
La
voz del muchacho se propagó como un retum-
bante eco por todo el bosque. La llamarada, sin embar-
go, alcanzó al indefenso grupo en el momento justo en
que Yin había terminado de desenvainar su espada.
El
monstruo, satisfecho, notó cómo, repentinamen-
te, una molestia en el hocico comenzaba a torturarlo. Al
pasar la lengua por él, se encontró con un fino aunque
profundo corte que, por alguna extraña razón, apenas
sangraba.
Al
mirar de nuevo hacia el lugar que acababa de ba-
ñar con sus llamas, se encontró con el grupo de peque-
ñas presas que, lejos de haberse quemado, permanecían
sobre un óvalo de suelo intacto, rodeado por el anillo de
hollín que su fuego había causado.
¿Era
posible, acaso, que el muchacho hubiese sido
capaz de crear, al desenvainar, tal y como contaban las
antiguas leyendas de espadachines, un vórtice de vacío
que hubiese dividido su llama desde el mismo centro y
llegado, incluso, a crear un corte en su blindada piel de-
bido al brusco cambio de densidad en el aire...?
Imposible...
y, sin embargo, así había sido. No podía
correr más riesgos... dejar a alguien así en libertad ter-
minaría dándole problemas cuando intentase hacerse de
nuevo con el control de la región; por lo que debía aca-
bar con él en ese momento.
De
todos modos, no resultaría difícil. El muchacho,
luego de evitar su fuego, parecía haber quedado agota-
do; ya que tan solo se sostenía en pie gracias a la ayuda
de Ashe, y la espada le colgaba del brazo, inerte, como si
su peso le resultase demasiado elevado como para po-
der continuar blandiéndola.
Sin
Pensárselo otra vez, el gigantesco ofidio se lan-
zó hacia ellos con las fauces abiertas.
-¡APARTAROS!
Al
grito de Zal, Áshelayd saltó hacia un lado, lleván-
dose consigo al agotado mercenario; dejando así vía
libre al guerrero de la caperuza verde, quien, con un
arco dorado, lanzó una flecha negra contra el dragón, la
cual, a medio camino, se multiplicó por más de un cen-
tenar; clavándosele al enemigo en cualquier resquicio
que las duras escamas caídas hubiesen dejado; y hacien-
do caer al monstruo sobre el fango, al fin, derrotado.
XLVIII -
UNA NUEVA DIRECCIÓN
A SEGUIR
Jahí,
furioso, lanzó un fuerte puñetazo a la pared
de roca; haciéndola caer, completamente pulverizada,
ante la sorpresa de las ya de por sí asustadas crías.
A
pesar del esfuerzo que le había costado seguir a
la manada de Wikernos, cuando al fin
los había alcanza-
do en la nevada cumbre de la montaña, tan solo se había
encontrado con una brutal batalla en que las adultas
parecían querer romper la cabeza a sus compañeras a
base de embestidas que hacían retumbar el suelo, cau-
sando en ocasiones pequeños desprendimientos de ro-
cas y nieve.
Él ya sabía que algo así era lo que le esperaba...
pe-
ro, el hecho de haber considerado que los muchachos se
hubiesen podido separar de la manada, no hacía menos
frustrante comprobar que así había sido.
El
joven luchador se sentó junto al grupo de crías,
que se apiñaban en una esquina para mantener el calor
corporal, pues la cima, aunque se encontraba por enci-
ma de la molesta bruma, permanecía a unas temperatu-
ras que, de no haber estado controlando el flujo de espí-
ritu, habrían podido acabar con la vida de Jahí en cues-
tión de minutos.
Al
menos creía saber lo que había pasado... No ca-
bía duda de que, cientos de metros más abajo, había
tenido lugar una batalla digna de contar. Rocas destro-
zadas, suelo quemado, marcas de garras, sangre derra-
mada... y un saliente derrumbado. ¿Habían caído por ahí
el macho de Wikerno y el dragón que lo
había atacado?
¿Quizás su presa se interpuso entre ellos y resultó de-
vorada?
De
ser ese el caso, todo estaría...
-¡Un
momento!
Las
crías, emocionadas, lo miraron con expectación;
creyendo que se trataba de uno de los divertidos juegos
que aquel animal tan raro del pelo verde azulado les
había enseñado días atrás. Una de ellas ya estaba prepa-
rada para lanzar la primera piedra.
Jahí
sonrió, socarrón. No necesitaba el cuerpo de la
muchacha... la recompensa se ofrecía
por la vara que
llevaba ¿Cómo había podido olvidarlo? Tan acostumbra-
do como estaba a buscar gente, había olvidado que, en
esta ocasión, lo importante era un objeto... tanto si se la
habían tragado como si había caído junto a los mons-
truos, podría encontrar la vara en el fondo del precipicio.
Riendo
entre dientes como un niño al que sus pa-
dres no ven realizar una travesura, el muchacho se en-
volvió en un destello azulado que fundió un círculo de
hielo bajo sus pies y comenzó a correr a una velocidad
inhumana, saltando de saliente en saliente; descendien-
do a un ritmo excelente.
Al
fin, luego de tantos sacrificios, el esfuerzo habría
merecido la...
Distraído
con sus fantasías de gloria y riquezas, el
joven luchador resbaló en la nieve y cayó de bruces so-
bre una enorme roca, que se partió a la mitad a causa
del impacto.
Luego
de un rato, Jahí se levantó, escupió un poco
de sangre y se fue, cojeando y con las mejillas encendi-
das de vergüenza, a refugiarse junto a las crías de nuevo.
"De
todos modos, tampoco había tanta prisa"
XLIX - VISIONES
Un
muchacho, alto y de complexión atlética, que
rozaba la veintena, se encontraba frente a sus narices.
Había algo familiar en él... pero no reconocía sus brillan-
tes ojos ni su encrespado pelo azabache; que caía frente
a su rostro, tapando en gran parte sus facciones. Ambos
comenzaron a andar en círculos, bajo la lluvia, con la
ropa y cabello empapados, mirándose el uno al otro,
pendientes de cualquier movimiento del contrario,
mientras sus sandalias se hundían en el barro y volvían a
salir de él con un desagradable sonido de succión; el
único que podía oírse en el desolado páramo además del
golpear de las gotas en el suelo. El desconocido había
dicho algo. No lo había captado. No le importaba. Se
llevó la mano a la espalda y desenvainó su espada.
Entonces
despertó. A pesar de la oscuridad de la
habitación, Áshelayd podía discernir perfectamente to-
dos y cada uno de los detalles de cuanto la adornaba.
Más aún, todo parecía brillar y
resaltar... Cada cosa se-
mejaba más atractiva y llamativa que la anterior, resul-
tando que, de algún modo, podía ver, a un tiempo, el
conjunto y cada forma individual de la sala y de los cuer-
pos que la rodeaban.
Se
llevó la mano a la cabeza, somnolienta, y se la
pasó por la cara para apartarse el pelo de los ojos. Hizo
las sábanas a un lado y se encontró, bajo ellas, con un
fibroso cuerpo masculino, desnudo, que, por alguna ra-
zón, no le extrañó que estuviese allí.
Se
levantó, con parsimonia, aunque sin el más mí-
nimo esfuerzo. Esos músculos, aunque no prominentes,
pero sí compactos, parecían ser realmente poderosos.
Cogió una túnica negra, pero la dejó sobre la cama. No
hacía frío. Se lavó la cara en la jofaina; cuyas aguas res-
plandecieron en cuanto se les acercó, y se dirigió, len-
tamente, hacia el espejo. En él, en lugar de su torso
masculino, se encontró con los suaves rasgos y poco
prominentes curvas del cuerpo de una adolescente. Sus
propias expresiones se reflejaron en el rostro de la des-
conocida, de largo pelo azulado y almendrados ojos vio-
láceos; que desapareció bajo su fuerte puño en cuanto
se rompió el espejo.
Por
segunda vez, Áshelayd despertó, sobresaltada,
sintiéndose confusa, asustada, desorientada e íntima-
mente invadida.
Una
vez se hubo cerciorado de que el lugar en que
se encontraba era el campamento que habían creado en
un claro al anochecer, la joven cerró los ojos de nuevo.
Siguió aferrada a la Vara de Raya, como lo había estado
toda la noche, con la intención de seguir durmiendo,
pero no pudo.
Comenzó
a repasar, entonces, los acontecimientos
que se habían sucedido a la caída de la serpiente.
Con
Yin incapaz de moverse debido al deterioro
causado por la sobre utilización de energía, Zal magulla-
do y ella misma estando agotada, agradecieron que el
monstruo se hubiese dado al fin por vencido. Aunque
todavía respiraba cuando lo dejaron atrás y tenía el ojo
sano entreabierto, el rey de las serpientes-dragón no
había realizado ningún nuevo intento por detenerlos.
Luego
de cruzar bajo varias formaciones rocosas por
las que al monstruo le resultaría imposible pasar debido
a su gran tamaño, se rindieron finalmente al agotamien-
to. Zal, herido, bajó a Yin de sus espaldas e hizo apare-
cer una tienda de campaña de debajo de sus pantalones.
Al fin, Áshelayd comprendió el método que el Caballero
de Ean utilizaba para hacer aparecer
diversos objetos de
la nada. Lo que en principio le habían parecido tatuajes,
no eran sino runas de invocación que debía llevar impre-
sas por todo el cuerpo. Le sonaba vagamente el haber
oído hablar de ellas; pero el regalo de Gigaranda le per-
mitió comprobar el verdadero poder de dichas marcas.
Existían
dos tipos de runas de invocación: Algunas
consistían en hallar la forma equivalente a la esencia del
ente a invocar, la cual era conocida
como "runa reso-
nante". Estas runas eran eternas e
indestructibles, mien-
tras siguiese existiendo la esencia del objeto a represen-
tar. Otras, las más comunes, pues descubrir la esencia
de un ente u objeto era un proceso sumamente compli-
cado que no había logrado repetirse desde hacía siglos,
se realizaban creando una tinta especial en que se pin-
taba una forma en el objeto de interés; por ejemplo, en
una espada. Luego se dibujaba, con el producto antes
citado, la misma figura, perfectamente idéntica (solían
utilizarse plantillas), en otra superficie. En el caso de Zal,
esto era su propia piel. De este modo, tocando la marca
de su cuerpo, el guerrero podría hacer aparecer el obje-
to, estuviese donde estuviese éste, al costo, tan solo, de
la desaparición de dicha marca en ambos lugares. La
magia se imbuía en la tinta en el momento de la prepa-
ración y no era necesario gastar energías propias en el
posterior proceso de invocar. Además, el dibujo tan solo
se podía borrar realizando la invocación o desintegrando
por completo una de las superficies en que estuviese
plasmado; así que resultaba una forma idónea de trans-
portar grandes objetos que un
mensajero, por sí solo,
jamás podría cargar. Seguramente, uno de los tesoros de
los Caballeros de Ean que guardaba la
raza Amphybia
debía ser una provisión de dicha tinta; en el estudio de
la cual el guerrero parecía haber invertido gran parte de
sus años de reclusión.
-¿Estáis
despierta?
La
débil y afónica voz de Zal sobresaltó a la mucha-
cha.
-Sí.
Sí lo estoy.
El
guerrero se levantó con esfuerzo del pequeño
tronco caído en que había estado sentado, se estiró y
gimió débilmente debido al dolor. Luego de dar algunos
pasos, en que su cojera se hizo evidente, llegó hasta
donde la muchacha se encontraba.
-Si
ya os habéis recuperado, me gustaría poder des-
cansar un rato de la guardia.
-Cla...
claro.
Luego
de echar un vistazo al Yajin'e, que reposaba
tumbado y con una compresa húmeda en la frente para
bajarle la fiebre, la muchacha se levantó y cambió su
posición con la del demonio. De los tres, era quien esta-
ba en mejores condiciones... y, a pesar de ello, seguía
comportándose como si ella fuese más importante que
sus compañeros. Súbitamente, un sentimiento de culpa
la invadió. Con fuerzas renovadas a causa del enfado
que sentía hacia sí misma, la muchacha cogió el libro de
cantos plateados y comenzó a leer desde la primera pá-
gina.
Si
Zal se había hecho daño había sido a causa de su
debilidad. De no haber desfallecido, no le cabía duda de
que él hubiese logrado escapar de la serpiente. Si Yin
313
hubiese
esquivado las llamaradas del dragón en lugar
de defenderse de ellas, cosa que, como bien sabía, no le
habría costado mucho de no haber estado ella tras él,
hubiese podido utilizar el "Raideren-Hai" directamente
contra el cuerpo de éste; con lo que, además, su debili-
dad no habría llegado a tales extremos; al no tener que
proyectar tanta energía para vencerlo.
Desde
ese momento, decidió, no volvería a ser un
estorbo. Se haría tan fuerte como cualquiera de ellos.
Tan fuerte como para poder cuidar de sí misma^
para
que los demás no sufriesen por ella.
L - ENCUENTRO
Al
sexto día, llegó el momento de la despedida. Si
bien todos se dirigían hacia la misma dirección, Zal debía
pasar antes por "un lugar" a cumplir "una misión" cuya
naturaleza se negó a revelar. Una vez repuesto, Yin sería
mejor guardián que él, por lo que no tendrían proble-
mas; así que se despidió con un simple "no os metáis en
más líos, chiquilla".
Aunque
no quiso dejarlo traslucir, la muchacha su-
frió bastante con la marcha del demonio; por lo que
permaneció sin articular frase alguna durante toda la
mañana hasta que, una vez hubieron terminado de co-
mer, no soportó el incómodo silencio durante más tiem-
po y decidió comenzar una conversación. De no haberlo
hecho, el Yajin'e jamás hubiese dicho una palabra por
iniciativa propia.
-¿Y
qué tal os encontráis ahora?
-Bien.
-...Bueno...
¿Cansado?
-No.
-...Eh...
¿Habéis quedado hambriento?
-No.
Justo
cuando la muchacha casi había decidido desis-
tir, una duda cuya respuesta realmente quería conocer
acudió a su mente de nuevo. Durante la última semana,
no se le había ocurrido preguntarlo ya que apenas sí se
habían dirigido unas palabras entre ellos por miedo a
que la serpiente-dragón se hubiese recuperado y andu-
viese tras su pista; pero ahora ya no había razones para
continuar posponiéndolo.
-Decidme,
Yin... ¿Cómo lograsteis encontrarme en
medio del bosque? ¿Realmente pudisteis rastrearme?
Porque al entrar en el río, pensé que toda evidencia de
mi paso se habría...
El
muchacho pareció sorprenderse ante la pregun-
ta. Luego de pensar durante unos instantes, sonrió y
dijo:
-Fuisteis
vos quien me mostrasteis el camino.
La
joven hechicera se sonrojó.
-Y...
yo... ¿Cómo...?
Yin,
sin más, alzó el brazo derecho. Al caer la holga-
da manga del manto que el muchacho se había confec-
cionado a partir de una hoja para sustituir a su chamus-
cada chaqueta, ahora algo reseca y amarillenta, se reve-
ló una fina pulsera trenzada de color verde azulado cu-
yas puntas terminaban en dos abultados nudos.
Áshelayd
se sintió realmente estúpida. Al llevar su
propia pulsera carmesí escondida bajo la muñequera del
mismo color, se había olvidado de ella por completo.
La
situación se le antojó tan absurda que comenzó a
reír con ganas, hasta el punto de llegar a contagiar a su
acompañante; quien poseía una risa realmente recon-
fortante.
Al
ver la expresión del muchacho, Áshelayd dejó de
sonreír de inmediato. Toda la hostilidad que solía acom-
pañar a los ojos de Yin había desaparecido; y había sido
reemplazada por una calidez desconocida. Aunque él
también había parado de reír, la nueva luz de sus ojos no
se había esfumado.
Ambos
se habían detenido. La muchacha ya no veía
nada más que los claros irises de su acompañante. El
corazón le latía con fuerza y una extraña sensación,
como burbujeante, la oprimía desde el estómago.
Al
ver que Yin alzaba un brazo, Áshelayd no resistió
más y se acercó a él, con la intención de abrazarlo.
-Fijaos,
hemos llegado.
Cambiando
la trayectoria en el último momento, la
muchacha le limpió del hombro una pelusa inexistente
para, luego, intentando que no se le notase lo encendido
de las mejillas, darse la vuelta y mirar con detenimiento
al lugar en cuestión.
Luego
del golpe de agua fría que había resultado la
escena anterior, a la joven hechicera le interesaba muy
poco lo que pudiese haber a su espalda; sin embargo,
aún con todo, lo que se encontró la hubiese dejado,
cuanto menos, decepcionada.
Un
oscuro hueco en la roca parecía llevar a una
cueva húmeda y desagradable.
-Estaréis
de broma...
-¿Por
qué lo decís? ¿Acaso no sabíais que los vampi-
ros viven en...?
De
pronto, las pupilas del Yajin'e se dilataron y todo
su cuerpo se puso en tensión.
El
muchacho se dio la vuelta y llevó la mano a la es-
pada mientras, al tiempo que tragaba saliva de forma
ruidosa, una gota de sudor brotaba de su frente y le res-
balaba por la sien.
-¿Es
la serp...?
-¡SILENCIO!
Áshelayd
dio un paso hacia atrás. En contraposición
a la afable personalidad de la que el mercenario había
hecho gala hacía tan solo unos instantes, ahora su rostro
era la viva imagen de la desesperación y fiereza de un
animal acorralado.
-Fíjate
por donde... Tenías razón, Garned...
-¿Qué
te creías, idiota...? Mi vista es mucho
mejor
que la tuya.
-Jajajaja...
Sí, claro... Tú sigue soñando con eso y,
quizás, se convierta en realidad.
Ambas
figuras se detuvieron frente a los mucha-
chos. Los dos hombres vestían, cada uno, una túnica
cerrada con una faja negra, de manga ancha y tono os-
curo. El más joven de ellos llevaba unas altas solapas de
color amarillo que salían del cuello de la túnica mientras
que, las del mayor y más alto, eran azules. El pelo del
que aparentaba menor edad era castaño; lo llevaba de
punta y recogido con una coleta en la nuca. Aquel a
quien habían llamado Garned, de cabello largo y negro,
peinado con raya al medio, y el flequillo cayéndole a
ambos lados del ancho rostro, lucía también un recogido
similar. En realidad, dejando a un lado la ropa y el pei-
nado, lo único que los hombres parecían tener en co-
mún resultaban ser unos ojos brillantes, cuyas áureas
pupilas servían como vórtice a sendos torbellinos de luz
vaporosa que convergían en ellos.
-Nos
has dado muchos problemas, Capitán...
-Sí...
no sabes lo difícil que ha sido dar contigo, cha-
val...
-Disculpa,
Lanjy, pero juraría que estaba hablando
yo...
-Está
bien, está bien... habla tú, ególatra.
-Psé.
Me lo dice la humildad personificada...
Pero no
importa. Después de tanto buscar, por fin te hemos en-
contrado. Parece que realmente sí seguías vivo...
Pero
no se puede escapar eternamente de la ira de los dioses.
-Vosotros
no sois dioses... -Yin, con la frente empa-
pada en sudor y los dientes apretados, seguía tenso y
con la mano en la empuñadura.- Si lo fueseis, no habríais
fallado la primera vez.
-Tranquilo,
chico... No te tengas tan creído lo de ha-
ber escapado. Si bien tu táctica fue magnífica, lo cierto
es que no eres rival contra nosotros. Lo más de lo que
puedes estar orgulloso es de haber huido la primera
vez... ¿Por qué no te rindes?
-Yo
no me rendiré... Porque yo no voy a perder.
-Eso
es lo que más me ha gustado siempre de ti,
Capitán... has hecho tuya la filosofía de los
de tu clase...
incluso has aceptado nuestra superioridad y acatado las
órdenes sin chistar durante todos estos años...
-¿Y
entonces por qué habéis intentado matarme?
-Solo
el rey lo sabe con seguridad, hijo... pero de to-
dos modos no tenemos por qué decirte nada.
Ambos
hombres comenzaron a andar en dirección
al muchacho de nuevo. Sacaron sus sables, similares al
de Yin, uno con la empuñadura esmaltada en cian y, el
otro, en ocre.
Garned
se dirigió de nuevo al tenso muchacho:
-Finalmente,
ha llegado tu hora... Este día será re-
cordado desde hoy como el fin de una leyenda; la desa-
parición de uno de los más grandes; la caída de un mi-
to... el fallecimiento del mayor
guerrero de Aranae: La
muerte de Hai "Obagashy".
LI - LA MUERTE DE HAI
“OBAGASHY”
El
infame archipiélago Hane estaba constituido por
un conjunto de islas situado al noroeste de la península;
formando la oreja derecha de la
"cabeza de caballo".
Cada
una de las islas estaba interconectada, entre
sus hermanas y la costa, gracias a un gran número de
puentes diseñados, siglos atrás, por el famoso arquitecto
Omino Hasslyn; quien también se había
encargado de la
primitiva estructura colgante que permitía cruzar el gran
cañón, la cual ya había sido restaurada y mejorada en
numerosas ocasiones a lo largo de los años.
En
las bastas y ricas extensiones de cada una de las
islas, plagadas de enormes y antiguos bosques, allí don-
de moraban tales monstruos que la vida humana parecía
del todo imposible, habitaba una orgullosa raza que vivía
en las ciudades colgantes, quienes, encaramadas a las
copas de los árboles, evitaban la vista de los extraños.
Tres
comunidades destacaban entre los demás
asentamientos: Siae, la ciudad más antigua; Aranae, la
más grande; y Dain'ae, la capital.
En
Aranae, centro neurálgico de la mayor fuente
de riqueza del micro país no reconocido, un pequeño
corría entre los troncos, emocionado, gritando a viva voz
las nuevas noticias a todo aquel que quisiese (o no) oír
su mensaje.
-¡HA
VUELTOOOO! ¡EL CAPITÁN HA VUELTOOO!
A pesar de no tener más de diez años, el muchacho
podía saltar de rama en rama con suma facilidad, sin
demostrar el más mínimo temor ante la caída de varios
cientos
de metros que separaba a las casas colgantes
de las raíces de los árboles; al tiempo que seguía anun-
ciando la llegada del héroe de la ciudad.
A
medida que el joven anunciante pasaba, todos los
habitantes de las copas colindantes salían de sus hoga-
res, emocionados, con la esperanza de ver llegar al tan
famoso como esquivo Capitán de las fuerzas especiales.
-Pero
Sain, se suponía que la misión consistía en de-
rrotar a un pequeño ejército del Desierto Blanco que se
revelaba contra su gobierno... Y no
pudimos mandar a
nadie más que a Hai para apoyar a sus mermadas tro-
pas.
El
joven, emocionado, se había detenido en la en-
trada de la morada del anciano que le había preguntado,
incapaz de resistirse a la oportunidad de alabar a su ído-
lo.
-Lo
sé ¿No es fantástico? Seguro que acabó con to-
dos en un santia...
Antes
de que el chiquillo terminase la frase, una
fuerte ovación llenó el ambiente. Aunque las numerosas
viviendas de la ciudad se veían dispersas, un gran grupo
de habitantes se había reunido en torno al camino que
el Capitán solía utilizar para volver a su casa.
Cuando
se voltearon para mirar, el joven y el an-
ciano acertaron a atisbar, durante unas décimas de se-
gundo, una mancha negra que, por un instante, pareció
mirar hacia ellos y, según le pareció al niño, decidió gui-
ñarles un ojo.
Ignorando
los gritos de júbilo, la figura enmasca-
rada prosiguió con su carrera hasta llegar a una sobria
casa en la que entró sin problemas. Siempre dejaba la
puerta abierta, aunque se fuese de viaje, al igual que los
demás vecinos... En su sociedad no había ladrones,
pues nadie sufría necesidades; del mismo modo que
nadie se veía desempleado. Todos tenían un cometido
que cumplir y todos veían recompensados sus esfuerzos
de forma proporcional al mismo. En cualquier caso, a él
no le interesaban la riqueza o la opulencia. Su única am-
bición era la fuerza que obtenía a cada combate; el po-
der que lo ponía, cada vez, más cerca de su objetivo: ser
el hombre más fuerte del mundo. El porqué de su sueño
era algo que solo a atenía a dos personas... y, desde lue-
go, por su parte, él no tenía pensado comentarlo con
nadie.
Una
vez hubo entrado en la habitación, el mucha-
cho bajó su elástica máscara bucal y se sacó el pañuelo
reforzado con placas de acero de la cabeza; dejando al
aire una cabellera rojiza que voló, libre, en cuanto se
hubo deshecho la coleta.
Cansado
a causa del viaje, el Capitán de las fuerzas
especiales se libró a toda prisa de las pesadas piezas
independientes de acero que protegían sus brazos y
hombros, corazón, muslos y espinillas; aunque se dejó la
camisa azul de malla irrompible, pues le resultaba có-
moda y apenas pesaba. Al irse a sentar se percató de
que llevaba los pantalones plagados de unas nausea-
bundas manchas de sangre a medio cuajar, así que fue
hasta el armario y cogió el kimono rojo que solía utilizar
en los acontecimientos que requerían de un vestuario
elegante. En poco tiempo tendría lugar la celebración
anual que festejaba la llegada de la época de caída de las
hojas, la cual acababa de comenzar hacía apenas una
semana. Se probó la ropa de gala y sonrió, ante el espe-
jo. Era un kimono barato, sin nada en especial, absolu-
tamente impropio de su rango, pero a él le gustaba. El
rojo era su color favorito, el que más lo definía; pues no
había mucha gente con su mismo cabello, así que lo uti-
lizaba en cuanto le era posible, como podía adivinarse al
ver el esmaltado de su espada; por lo que decidió dejár-
selo puesto. Ya habría tiempo para lavarlo.
Aunque
el cansancio casi lo había vencido y el sue-
ño era evidente en su expresión, Hai era un excelente
guerrero y no solía ignorar los procedimientos básicos
de limpieza y mantenimiento del equipo.
Cogiendo
su desgastada bolsa de cuero, comenzó a
hacer inventario y a reponer material. Llenó de nuevo el
bolsillo de dinero, metió varios metros de fuerte cuerda
trenzada, hebra invisible de araña joven, algo de polvo
de fuego, extracto de plantas somníferas, papel y sacó
los yonbai de reserva que no había
utilizado, pues debía
limpiarlos igualmente.
Una
vez hubo terminado de afilar sus armas, las
guardó en la bolsa, al igual que la camisa, pues no se
sentía con fuerzas para echarla a lavar en la pila junto al
resto de la ropa negra. Por el mismo motivo, dejó las
herramientas de mantenimiento sujetas en el interior de
la faja amarilla y se recostó, con la intención de echar un
sueño reparador, en el acolchado asiento. El desca nso
no duraría mucho.
El
joven apenas había tenido tiempo de cerrar los
ojos... ¿O acaso acababa de despertar
luego de varias
horas de sueño? El agotamiento físico y mental lo inca-
pacitaban para discernir lo que había ocurrido, pero su
instinto le gritaba que no debía sucumbir al sueño por
mucho que sus enrojecidos ojos le estuviesen suplicando
que bajase aquellos párpados tan terriblemente pesa-
dos.
El
Yajin'e, prudente, lanzó un rápido vistazo a la ha-
bitación antes de moverse. Todas sus armas se encon-
traban a mano, donde las había dejado; por lo que, de
ser necesario, podría desenvainar y cortar la cabeza a
uno de los posibles asaltantes. Luego, no tendría más
que... El muchacho maldijo su estupidez. Había vuelto a
Aranae ese mismo día. Ya no se encontraba en el desier-
to blanco, acosado por los numerosos
enemigos... la
persecución había terminado. Había acabado con to-
dos... nadie quería matarlo en su ciudad natal.
Hai
abrió los ojos y se levantó, estirando los brazos,
con intención de saludar cortésmente a quien fuera que
lo hubiese visitado y decirle, con toda la amabilidad po-
sible, que volviese en otra ocasión; pues estaba agotado.
-Buenos
días, "Obagashy".
El
muchacho no esperaba encontrarse con esas dos
personas en concreto; por lo que tardó en reaccionar
todavía más de lo que, de por sí, le hubiesen permitido
sus sobrecargados reflejos.
-Pareces
cansado, Capitán. Por favor, relájate; solo
hemos venido a hacerte un par de preguntas.
-Vos...
vos diréis, mis señores.
Hai
se arrodilló ante los dos hombres, quienes ves-
tían sendas túnicas oscuras, y cuyos ojos resplandecían
con un fantasmagórico y etéreo fulgor áureo.
-Tranquilo,
Hai "Obagashy"... Cuanto más rápido
respondas, antes nos iremos. Bien... Hemos oído "cosas"
sobre ti... Se rumorea que tienes un poder muy... diga-
mos... "especial".
-En
efecto, soy uno de los guerreros más hábiles y
poderosos de Aranae y, debido a ello, me fue concedido
el honroso cargo de...
-Lo
cierto es que no nos referimos a eso, muchacho.
-Por
favor, Garned, no seas así con el chico... A lo
que se refiere mi brusco amigo, Capitán, es a que noso-
tros no estamos hablando sobre las cualidades usuales
en uno de los hombres de tu pueblo...
sino a, entre mu-
chos otros fenómenos inexplicables, el incidente de hace
años, ya sabes, el que te permitió entrar en el escuadrón
de los "Oscuros"...
Hai
tragó saliva.
-Ya
sabéis lo mismo que yo... No recuerdo nada más
de lo sucedido en aquel fatídico día de lo que ya tantas
veces he contado. Vos, como dioses que sois, debéis
saber que lo que os digo es cierto.
-¿Dudas
acaso de la divinidad de los
"pupilas bri-
llantes", Hai?
El
muchacho, al verse la habitación iluminada re-
pentinamente por los vórtices convergentes en los ojos
de Lanjy, tropezó con su asiento y volvió a quedar tendi-
do en él.
-No,
yo... ¡Por supuesto que no! Solo es
que, como
es cierto lo que...
-Se
acabó. Ya lo has visto, Garned, este enano es
demasiado peligroso. Las sospechas de su majestad eran
correctas.
-Eso
parece... es una lástima que las cosas deban ser
así... pero no tenemos opción.
Al
joven Yajin'e se le habían erizado todos los pelos
del cuerpo. Su respiración se había agitado, sus múscu-
los estaban tensos y, como si acabase de levantarse tras
una larga noche de descanso, su concentración y espíri-
tu combativo habían resurgido; permitiéndole estar
pendiente de todo cuanto ocurría en la habitación.
Deseaba estar equivocado, pero todo indicaba que...
-Tenemos
que matarlo.
De
la ancha y larga manga negra de la túnica de
Lanjy surgió, de pronto, una mano enguantada cuyo dor-
so se veía protegido por una placa de acero de la cual
surgían tres filos, similares a las garras de algún animal;
que se abalanzaron sobre el muchacho.
Hai,
haciendo gala de una agilidad inmensa, logró
esquivar el certero ataque recibiendo, tan solo, una serie
de cortes paralelos superficiales sobre el pecho desnu-
do.
El
pupilas brillantes, sin embargo, parecía haber
adivinado, desde el principio, cuál sería la reacción de su
adversario; pues había continuado con su movimiento
sin detenerse y, al completar la vuelta sobre sí mismo,
atravesó de lleno el vientre del muchacho con sus afila-
das garras.
A
pesar del dolor, Hai logró levantar una pierna y
golpear al atacante en la cara con su rodilla para, apro-
vechando el ataque de risa que Garned había sufrido a
causa del patético espectáculo que su confiado compa-
ñero había ofrecido, escapar por la ventana con la cha-
queta en una mano y, el fardo en que se encontraban
sus armas, colocado sobre el hombro no afectado.
El
dolor y la pérdida de sangre impedían al Yajin'e
fluir entre el follaje con la velocidad y soltura con que
solía hacerlo; así que debía encontrar algún modo de
detener a sus perseguidores... ¿Pero cómo hacerlo?
¿Cómo detener la ira de un dios? En ese instante, una
idea afloró en la mente del muchacho. Precisamente, la
idea que sus enemigos habían intentado evitar esa mis-
ma tarde: "¿Y si no eran dioses?"
Repentinamente, el joven guerrero se paró en seco
y quedó, sobre una rama, esperando a los dos verdugos.
Si no eran seres omnipotentes e inmortales, se los podía
vencer.
Garned
y Lanjy no tardaron en llegar hasta su posi-
ción. Hai se encontraba sobre una de las más gruesas
ramas, con dos yonbai en las manos,
aparentemente
seguro de sus posibilidades de victoria.
-¿Qué
ocurre, Capitán...? ¿Has entendido ya lo inútil
de tu huida?
-En
efecto. Pero no por las razones que vos creéis. -
El muchacho se colocó en cuclillas y estiró ambos brazos
hacia atrás.- Si realmente sois dioses, huir no me serviría
de nada; pues al final, de algún modo, podríais encon-
trarme. De no serlo, sin embargo, siempre tendré alguna
posibilidad de mataros a pesar de vuestros poderes.
Los
"pupilas brillantes" no supieron qué hacer du-
rante unos instantes. El desafío del hombre que se había
ganado a la fuerza el sobrenombre de
"oscuro segador
de almas" no era algo a tomar en broma, aún siendo
imposible que éste pudiese vencer.
-Si
realmente crees que lograrás...
Antes
de que Lanjy hubiese terminado la frase, el
muchacho saltó hacia ellos enarbolando ambos cuchillos
en alto.
Los
dos compañeros se apartaron de su trayectoria
a gran velocidad; logrando esquivar, por un amplio mar-
gen, las armas que el muchacho les había arrojado.
Repentinamente,
Garned se percató de que, a su
espalda, una serie de ramas habían sido cortadas recien-
temente.
-¡SALTA
LANJY!
Sin
un atisbo de duda, ambos saltaron con todas sus
fuerzas justo a tiempo de evitar el grueso de sendas ex-
plosiones que habían tenido lugar bajo las dos cepas
sobre las que habían caído hacía tan solo unos instantes.
-¡Maldito!
¡Nos ha hecho esquivar sus cuchillos para
atraernos a las ramas bajo las que había guardado ex-
plosivos!
¿Cómo diablos ha...?
-Idiota.
Había cortado todas las ramas colindantes
para obligarnos a caer allí. La trampa debía haber sido
evidente para ti también, Lanjy.
-De
acuerdo -El brillo de las pupilas del más joven
de los dos comenzó a ganar en intensidad.- A partir de
ahora me pondré serio.
Aprovechando
la distracción, el muchacho se les
había escapado; sin embargo, no tardarían en encontrar-
lo.
Sentados
sobre las frondosas copas amarillentas de
un par de árboles especialmente altos, los guerreros
vestidos de negro otearon la isla entera, hasta que la
ronca voz de Garned advirtió a su compañero.
-Allí.
Dejándose
caer de las ramas, ambas figuras desapa-
recieron entre las alargadas y oscuras sombras del atar-
decer.
Había
sido una apuesta realmente arriesgada pero,
luego de ver la velocidad y reacción de sus enemigos,
Hai comprendió que, tal y como estaba en ese momen-
to, no podría vencerlos; así que no le había quedado
otra opción que escapar.
La
única forma de dejar atrás el archipiélago, a falta
de un barco, por supuesto, había sido siempre cruzar por
los puentes de Hasslyn, pero, a él, acababa de ocurrírse-
le otra alternativa mucho más rápida...
y peligrosa.
Aranae,
aunque nunca se había visto obligada a uti-
lizarla, poseía, al igual que las demás ciudades colgantes,
un complejo sistema defensivo oculto, conformado por
varias protecciones camufladas entre el follaje, basadas
en la defensa ofensiva.
Una
vez hubo alcanzado su objetivo, el muchacho
se apresuró a preparar algunas de las armas; pero sus
perseguidores llegaron junto a él en apenas unos segun-
dos.
-Buen
intento, Hai, pero inútil de todos modos.
El
muchacho dio un golpe a la estaca de madera
que tenía a su lado, furioso y frustrado; haciéndola caer
de su soporte.
-No
te sientas mal, Capitán... Has logrado más de lo
que ningún otro habría podido. Puedes estar orgulloso
de...
A
la desesperada, el joven Yajin'e, con una de las
espadas largas y ligeras del expositor en las manos, se
lanzó sobre Garned, el menos ágil de los dos debido a su
altura; y comenzaron a combatir.
A
pesar de la desventaja numérica y la diferencia de
fuerzas, Hai resistía el ataque conjunto de los pupilas
brillantes; aunque sabía que esto era tan solo porque
ellos no se estaban empleando a fondo.
En
un último intento, el muchacho golpeó con su
pie el estómago de Lanjy y envainó su espada; dispuesto
a utilizar el "Raideren-Hai"; pero el puño de Garned se
lo impidió con gran contundencia. El muchacho cayó,
agotado, sobre el suelo de madera de la plataforma, con
la espada envainada todavía en la mano; mientras los
"pupilas brillantes" se acercaban. El filo de la hoja de
Lanjy resplandeció con una luminiscencia dorada al rozar
el cuello del Capitán de las fuerzas especiales.
-¿Últimas
Palabras, Hai "Obagashy"?
El
muchacho sonrió.
-...Cero.
Al
momento, la plataforma se abrió bajo sus pies,
hecha pedazos a causa de una fuerte explosión. Girando
todavía en el aire, Hai desenvainó su espada prestada y
lanzó el "Unraideren-Hai", que propagó, al girar, un filo
de vacío circular que cortó las cuatro cuerdas de seguri-
dad situadas a su alrededor.
Para
cuando cayó sobre la superficie cóncava de
madera, el dispositivo ya se había puesto en marcha.
Lanjy,
incrédulo, no supo qué hacer al ver cómo el
muchacho era lanzado por los aires gracias a la inmensa
catapulta; la más grande de la región; que se había dis-
parado al ser cortados sus cuatro cabos simultáneamen-
te luego de ser retirada la estaca de madera que cumplía
la función de seguro.
Garned,
por su parte, sacó su oscuro arco plegable
de entre las ropas, lo tensó y, con una habilidad y preci-
sión superior a la de cualquier otro arquero humano que
hubiese habido, atravesó el costado del Yajin'e en pleno
vuelo; a pesar de la inmensa distancia y velocidad con
que este se movía.
-Vamos,
Lanjy. Será una larga caminata nocturna...
pero creo que lo hemos atrapado.
-Tranquilízate,
compañero. Tenemos tiempo de
sobra... vayamos a dormir. Mañana será otro día y no
creo que nadie pueda sobrevivir a un ataque como ese.
-Sí,
tienes razón. Si no lo mata la flecha, lo hará la
caída. Partiremos mañana. Llegaremos a su posición
entrada la noche.
LII - LA TÉCNICA INCOMPLETA
Ashelayd
se sentía completamente perdida ¿Hai
"Obagashy"? ¿A qué
venía eso de "Hai"? ¿Era otro apo-
do? En el fondo sabía que no; y eso era lo que más la
había dañado y desconcertado.
El
misterioso Yin, altivo, distante, pero fuerte pro-
tector y buen compañero, le había mentido desde el
primer momento. Ahora, ante ella, ya solo podía ver a
un muchacho llamado Hai, con el sobrenombre de
"Obagashy", a quien no conocía de nada... Y aún así...
La
tensión en el ambiente era tal que había espan-
tado a todas las criaturas de las inmediaciones; sumien-
do el bosque en el más absoluto silencio. Hai mantenía
su posición de combate propicia al golpe de desenvaine,
aún sabiendo que éste sería inútil por sí solo contra dos
oponentes simultáneos ya que, una vez fuera de la fun-
da de madera reforzada, y asestado el golpe, el atacante
se volvía vulnerable durante el tiempo suficiente como
para ser alcanzado por el filo enemigo. El
"Ishin" resulta-
ría inútil contra cualquier adversario capaz de igualar la
velocidad necesaria para ejecutarlo y tampoco se podía
confiar en una técnica en dos tiempos por sorpresa con-
tra guerreros de tal calibre. Solo quedaba jugárselo todo
en un intento basado en su agilidad y capacidad de con-
tinuar la trayectoria una vez completado el primer corte,
o ese sería el fin.
Corriendo
a la tremenda velocidad que lo caracte-
rizaba, el mercenario logró rodear a sus atacantes, in-
tentando hacerlos pensar que pretendía confundirlos
con su imagen residual, para atacarlos por la espalda;
pero ambos se apartaron y desenvainaron en una co-
reografía perfectamente ejecutada, decididos a ensartar
a su presa. Hai, incapaz de detenerse debido al impulso,
saltó hacia delante con todas sus fuerzas para evitar el
ataque, tras lo cual lanzó varios yonbai
a sus espaldas
con la intención de evitar ser atacado en el aterrizaje.
Apenas hubo llegado al suelo, pudo comprobar que, por
desgracia, Garned ya había cortado los hilos que unían
su muñeca a los cuchillos.
-No
te servirá de nada utilizar este tipo de técnicas
con nosotros, Capitán... Conocemos todos los trucos y
tácticas que te han enseñado; así como el mejor método
para desbaratarlos. Nadie de tu nivel podría vencernos
jamás.
-No
anticipéis acontecimientos. Quizás os sorprenda
lo que he llegado a aprender sin necesidad de maestro.
Con
la espada envainada, en horizontal frente a su
rostro, sostenida por ambas manos, el joven se colocó
de cuclillas y estiró al máximo la pierna izquierda hacia
atrás; quedando su cuerpo estirado a muy baja altura.
-¿Eso
es...? ¡Cuidado Lanjy!
-¿Por
qué, idiota? él no puede hacer un solo movi-
miento sin que...
Repentinamente,
el "pupilas brillantes" sintió una
punzada de dolor en el hombro, al tiempo que una
enorme fuerza lo arrastraba y lo hacía caer al suelo, cau-
sando un gran restallido de hojas secas; luego de lo cual
brotó un prominente chorro de tibio líquido carmesí.
A
varios metros, apareció Hai, precedido de dos
surcos paralelos de tierra desgarrados en el suelo.
-¡AAARRGGHH!
¡MALDITO...!
-Te
avisé, Lanjy... -Garned lucía ahora una pequeña
perla de sudor frío en la sien; que se veía contradicha
por una expresión de asombro tildada de orgullo ajeno.-
...Has dominado el
"Hadahibou-Hai" tú solo... No... no
puedo creerlo... ¿Dónde...?
Áshelayd,
como había empezado a pensar que ter-
minaría siendo costumbre, se veía incapaz de seguir la
conversación, aunque, luego de un breve repaso a su
conocimiento de la lengua antigua, comprendió que no
se trataba de una palabra de significado complicado:
"hada/piernas", "hi/salto", "bou-modo antiguo de de-
terminar una ínfima fracción del
segundo" y
"hai/impulso". Al
pensar en la última palabra, la angustia
volvió a atenazarla.
-Ahora
entiendo que pudiese escapar a mi
visión...
se movió en un plano temporal anterior al que yo obser-
vaba...
-¡Silencio,
Lanjy!
-¿Plano
temporal?
-¿Qué
has hecho, maldito estúpido?
-Oh,
cállate ya ¿Quieres? No ha entendido nada...
-Nunca
subestimes a un guerrero que domina una
técnica como el
"Hadahibou-Hai". Toda ventaja es nece-
saria contra él.
-¿Quién
está siendo el impulsivo hoy, Garned? Re-
cuerda que él no está
"preparado" para utilizar esa téc-
nica por mucho que la haya logrado realizar.
El
desbocado corazón del más alto de los atacantes
se tranquilizó al fin.
-Tienes
razón, chico... Por un momento logró asus-
tarme. No tiene nada que hacer contra alguien como
nosotros...
Apenas
hubo terminado la frase, Garned torció el
cuello a un lado y el árbol que había tras él cayó cerce-
nado por un corte limpio.
A
cierta distancia de allí, Hai comprendió que había
perdido toda ventaja y estaba de nuevo a merced de
aquellos autoproclamados dioses, no sin razón; pues
acababan de esquivar el ataque más rápido jamás crea-
do para un golpe en desenvaine; que era, a su vez, la
disciplina con que mayor velocidad alcanzaba en la eje-
cución de sus técnicas.
-Reconozco
que, como autodidacta, has logrado
más de lo que hubiésemos podido llegar a esperar... pe-
ro las sorpresas se acaban aquí. La técnica que has utili-
zado, prohibida entre los de tu pueblo y capaz de acabar
con cualquiera de un solo golpe, es inútil contra los dio-
ses... y nos ha acercado todavía más a la victoria. ¿No lo
sientes todavía? Acabas de realizar dos tentativas segui-
das ¿Puedes levantarte siquiera? -Hai contuvo una
mueca de rabia. Garned estaba en lo cierto: Le tembla-
ban las piernas y, de cuclillas como estaba, se sentía in-
capaz de erguirse de nuevo.- Has sometido a tu cuerpo a
un desgaste extremo de energía; no te extrañes de tu
situación actual. Tenías dos intentos, por lo que veo, uno
para cada enemigo aquí presente, y ambos han fallado...
No es muy sorprendente que errases tu tentativa sobre
mí, que estaba prevenido, pero ¿Contra Lanjy? ¿Por qué
cortarle un hombro y no el brazo o, ya puestos, la cabe-
za? Porque tú, a diferencia de nosotros, careces de lo
más importante a la hora de ejecutar esta técnica.
Acto
seguido, ambos guerreros se abalanzaron so-
bre el indefenso muchacho, quien, incapaz de moverse,
maldijo para sí: "¡Justo ahora que
había comprendido
su secreto!"
Un
resplandor azulado iluminó el claro por unos se-
gundos; dejando un cráter de tierra carbonizada entre
los cazadores y su presa.
-¡No
voy a dejar que le hagáis daño, cobardes! ¡Lu-
chad dos contra dos!
Al
otro lado del mismo, una muchacha aterrada
pretendía verse fuerte mientras los apuntaba con una
vara que no dejaba de oscilar, a causa de su falta de pul-
so, asemejándose por ello a la goma.
Luego
de unos instantes de incredulidad, los
"pupi-
las brillantes" comenzaron a reír.
-¿Piensas
acaso que te podríamos considerar una
amenaza? Tu magia nada puede contra nosotros; pues
desconoces por completo su naturaleza ¿Me equivoco?
Probablemente, si un verdadero hechicero viese lo que
acabas de hacer aún teniendo "eso" entre tus manos, se
echaría a llorar...
La
puya de Garned hirió tanto o más de lo que había
pretendido.
-¡No
os acerquéis! ¡Idos ya de aquí, o me veré obli-
gada a...!
-¿A
qué?
Lanjy,
cuya espada comenzó a emanar un brillo do-
rado, saltó sobre la joven sin darle tiempo a reaccionar y
le quitó la vara pateándole el brazo con que la sujetaba.
Desarmada y sin tiempo para actuar, Áshelayd tan solo
pudo cerrar los ojos para esperar un filo que nunca llegó
a impactar contra su objetivo.
Frente
a ella, sostenido a duras penas por estar aga-
rrándose a sus hombros, permanecía Hai, temblando de
debilidad, con el arma del enemigo clavada en la espal-
da; sobresaliendo por su vientre.
Durante
unos infinitos segundos, la escena pareció
haber sido congelada. Tanto la muchacha como los
"pu-
pilas brillantes" habían quedado completamente anona-
dados ante lo que acababa de suceder.
Todavía
no repuesto de la sorpresa, Lanjy retiró su
espada, ahora carente de todo fulgor, causando un ho-
rrible gemido agónico por parte del muchacho; quien
vomitó una bocanada de sangre sobre el pecho de Áshe-
layd justo antes de soltarse de sus hombros y caer al
suelo, inerte.
Aún
cuando los "pupilas
brillantes" habían comen-
zado a moverse de nuevo, a pesar de que éstos se aleja-
ban del lugar, en lugar de acercarse, como asustados por
la incompresibilidad del acto, la muchacha continuó pa-
ralizada, mirando al vacío donde, hacía unos segundos,
los vidriosos e inexpresivos ojos del Yajin'e se habían
encontrado con los suyos. Con paso tembloroso, Lanjy
se acercó de nuevo al muchacho y lo volteó de una pa-
tada, dejando a la vista su expresión descompuesta y
total lividez.
Esta
última imagen fue suficiente para desencade-
nar en cascada los sentimientos reprimidos de la joven.
Repentinamente, una refulgente luz cegadora inundó el
claro, empujando tanto a los guerreros como a la hechi-
cera, y causando un inmenso cráter hirviente.
Tosiendo,
Garned salió del montículo de tierra
humeante en que había quedado sepultado, solo para
ver una imagen que, por algún motivo, consiguió asus-
tarlo incluso más de lo que su propio rey podía lograr.
Frente
a él se alzaba la muchacha, con el vestido tan
destrozado como su propia túnica, apuntándolos sin un
ápice de duda con la Vara de Raya y un destello verde en
las pupilas que todos sus instintos reconocían como pe-
ligroso.
-¿Cómo
osas mancillar con tu sucia espada la san-
gre de ese hombre...?
A
pesar de que el único cambio observable en la
muchacha parecía el nuevo brillo de sus ojos, algo en su
voz, más segura y con la capacidad de proyectarse en un
eco infinito paralizó a Lanjy, quien no lograba quitar ojo
al orbe de la vara; que brillaba con una intensidad tal
que parecía oscurecer el mismo cielo.
-No
te atrevas a amenazarnos, niña estúpida, o...
Con
un rápido movimiento del báculo, la muchacha
creó una nueva explosión; que esta vez tan solo afectó a
los enemigos. Furiosos, los "pupilas brillantes" com-
prendieron el peligro real que aquella adolescente re-
presentaba. Dejarla viva en ese momento, prácticamen-
te equivalía a cavar su propia tumba, sino ante ella en un
futuro lejano, ante su rey apenas hubiesen regresado al
hogar.
Una
simple mirada les sirvió para ponerse de acuer-
do. Tras asentir levemente, ambos guerreros se separa-
ron con la intención de rodear a la muchacha. A pesar de
su velocidad, ésta pareció prever su estrategia e hizo
surgir tras ella una sucesión de enormes enredaderas
espinosas; que Garned evitó por bien poco gracias a su
asombrosa capacidad de anticipación.
Quedándoles
tan solo un flanco por el que atacar,
con el mismo ánimo de rendirse que había tenido Yin
hasta entonces, los guerreros se precipitaron contra la
339
cabeza de la joven, al tiempo
que hacían brillar las ho-
jas de sus espadas con un resplandor dorado y zafíreo
respectivamente.
El
momento en que su actuación hizo a Áshelayd
recordar al joven que yacía ahora muerto en algún lugar
del cráter humeante, originó una nueva explosión de
energía; que absorbió a los tres en el instante en que las
espadas y la vara entrechocaron, despidiendo los cuer-
pos a gran velocidad y levantando la tierra de nuevo.
Aún
con todo lo que habían sufrido, los autopro-
clamados dioses no tardaron en levantarse; mientras
que Áshelayd, quien jamás había manejado tales pode-
res, permanecía todavía inconsciente y semienterrada, a
varios metros de donde la vara continuaba brillando y
vibrando, furiosa, a pesar de permanecer clavada en el
suelo sin verse atada a ningún ser vivo que le proporcio-
nase energía alguna que amplificar.
-Ha
sido... no se... lo más extraño que...
-¿Lanjy
el bocazas se queda sin palabras?
-Intenta
describirlo tú si puedes, amigo...
Incapaz
de aceptar el reto, Garned se acercó, co-
jeando, hacia donde reposaba la joven inconsciente y
levantó el brazo. Esta vez la espada no resplandeció.
-Púdrete
en este mismo suelo maldito, perra...
Antes
de que su filo lograse caer, una nueva energía
se lo impidió... En esta ocasión, se trataba de una fuerza
que conocía bien y, al mismo tiempo, se le antojaba di-
ferente.
Al
voltearse, comprobó que su compañero había
tenido el mismo sentimiento de mal agüero. Ambos se
acercaron con prudencia al montículo de tierra cuyos
granos comenzaban a caer, movidos por algún fenó-
meno que parecía inmunizarlos a la gravedad durante
unos segundos.
Antes
de lograr hacerse una idea firme de cómo
diablos podía estar ocurriendo algo así bajo el montícu-
lo, éste estalló, causando que se pusiesen de nuevo en
guardia y moviesen sus brillantes espadas en una coreo-
grafía mil veces ensayada, tras lo cual, habiendo termi-
nado el mandoble, Hai cayó al suelo, inerte, a varios me-
tros de sus espaldas, con una horrible herida cruzada de
lado a lado en el pecho. Esta vez, ya no se levantó.
Todo
resultaba terriblemente confuso. Era casi
como tener el cuerpo dormido, pero, al mismo tiempo,
sentir una agobiante opresión en el pecho.
Respirar
requería de unas energías que no tenía.
Abrir los ojos parecía un acto imposible. ¿Qué unía toda-
vía su consciencia al mundo real? ¿Acaso existía todavía?
¿Era eso la muerte, o todavía debía ocurrir algo más...?
Súbitamente,
la respuesta llegó en forma de luz
abrasadora, que lo precipitó contra la copa de un árbol
donde, mecido suavemente, y relajado por el hogareño
aroma de las hojas secas, el malherido muchacho perdió
la consciencia de nuevo.
¿Cuántas
veces había intentado despertar? ¿Qué
era ese absurdo sueño plagado de pequeñas luces ma-
lignas y sombras aterradoras que se cernían sobre él?
Una nueva detonación lo hizo caer de la rama en que se
encontraba; sepultándolo en la tierra. Finalmente, había
logrado abrir los ojos, pero de poco le serviría, segura-
mente, bajo aquel asfixiante manto de polvo arcilloso...
El muchacho no tardaría en percatarse de su error.
Su
propia sorpresa fue tal, que no logró compren-
der qué le estaba sucediendo hasta que sintió cómo la
energía volvía a cada una de sus entumecidas extremi-
dades. Desde la cabeza a la espalda, pasando por el pe-
cho, hasta las puntas de los dedos, el Yajin'e se sintió
revitalizado; como si la herida jamás hubiese tenido lu-
gar. La tierra que permanecía ante él no era un proble-
ma. Podía ver cada uno de los granos, situados junto a
los demás, pero también a los que estaban más atrás; y
a los que permanecían situados detrás de estos, así
como a los que quedaban ocultos por los mismos.
Todo
en un radio de trescientos sesenta grados, in-
dependientemente de estar solapando a otro cuerpo,
era captado por su campo de visión. Cada una de las
conexiones dentro de los propios granos de tierra, del
mismo modo que las uniones constitutivas de los mis-
mos, así como las presentes entre estos componentes
cuya existencia jamás hubiese imaginado, eran tan evi-
dentes de forma individual, a primera vista, como en su
conjunto; pero esto no era todo. Frente a él se encon-
traba otro tipo de estructura. Mientras que la tierra en sí
permanecía unida por finos filamentos grisáceos, tres
formas humanas perfectamente distinguibles, de vivas y
continuamente cambiantes conexiones áureas, perma-
necían en un estado de sepultura similar al suyo. La figu-
ra más grande había comenzado a moverse ¿Qué era
aquello? Un desfase en la imagen mareó al muchacho. El
contorno del cuerpo de Garned parecía vibrar y anunciar
cada movimiento con una sombra azulada que precedía
a las conexiones doradas... Pronto comprendió lo que
estaba sucediendo. No era momento de dudar, ni de su
descubrimiento, ni de sus fuerzas restantes. Juntando
todo ese maravilloso poder que acababa de inundar su
cuerpo y concentrándolo al máximo, Hai saltó de la pri-
sión de tierra, confiando en su cálculo aproximado; em-
bistiendo a los dos "pupilas
brillantes", quienes no tar-
daron en defenderse, al percatarse de la inesperada
amenaza.
Una
fracción de tiempo menor que el
"bou" bastó
para zanjar la batalla.
Si
bien la virtud del Hadahibou-Hai era que nadie
podía verlo ni, evidentemente, defenderse de él, su de-
fecto era también que el atacante era incapaz de apun-
tar una vez efectuado el salto. Debía confiar en su cálcu-
lo del momento de corte y en que su enemigo fuese in-
capaz de reaccionar; lo que, en caso contrario a enfren-
tarse a un "pupilas brillantes", era casi seguro.
Sabiéndolo,
ambos guerreros se habían apartado a
los lados, aunque todavía ofreciendo un buen blanco a
quien pudiese haberlos visto, preparados para el contra-
ataque... sin embargo, había un nuevo factor en la ecua-
ción. Ahora Hai, podía saber, antes de saltar, dónde iban
a colocarse.
Luego
del recibir aquella fatal herida, ya que, a pe-
sar de haber entrechocado los filos durante un instante,
al final las refulgentes espadas enemigas habían logrado
horadar su carne, el muchacho cayó al suelo, perdida ya
toda la fantástica energía que le había permitido mover-
se en aquel estado.
Garned
y Lanjy, todavía más confusos de lo que ya
lo estaban, apenas tuvieron tiempo de mirar hacia atrás
antes de que sus brazos derechos se desprendiesen del
cuerpo con un horrible sonido de succión, seguido de un
brutal derrame de sangre arterial; que terminó por ha-
cerlos caer al suelo, lívidos e impotentes, en cuestión de
segundos.
Una
leve sonrisa se dibujó en el rostro del mucha-
cho, que sabía perfectamente lo que había logrado a
pesar del riesgo corrido.
-Si
yo puedo ser tan divino como vosotros... es que,
de dioses, no tenéis nada...
Su
cabeza quedó enterrada en la tierra durante
unos minutos, antes de que una figura tapada por un
grueso manto y completamente encapuchada, salvo por
una densa rejilla que le permitía ver evitando el paso
excesivo de luz, lo cogiese en volandas, soltando un gru-
ñido debido al esfuerzo, para luego llevárselo renquean-
do al interior del húmedo y desagradable agujero en la
roca.
LV - EL CAMINO DEL ESPÍRITU
El
sonido de las patas almohadilladas del Wikerno
al chapotear por el embarrado suelo era el único que
podía oírse en aquel tétrico bosque de angostos pasos
laberínticos y amenazantes ojos que observaban desde
las tinieblas.
Jahí,
con los pelos de punta, alzó su puño de nuevo,
intentando orientarse, por enésima vez, mediante el
destello azulado que emitía gracias a la condensación de
su espíritu. Una vez más, los árboles se le asemejaban
idénticos entre ellos y cualquier otra marca de referen-
cia, como una roca o tronco caído, era igual de similar y
abundante.
Decidido
a no rendirse, el muchacho de la gorra
carmesí espoleó al raptor que había cazado para mayor
comodidad a la hora de bajar de los escarpados picos y
siguió de nuevo el cauce del río en que se había perdido
el rastro de su presa.
No
podía asegurar que se encontrase allí mediante
señales visibles en el suelo; pero una repentina pertur-
bación en la esfera aural de su puño, unos segundos
atrás, le había indicado que algo poderoso acababa de
ocurrir hacia el sur. Merecía la pena, careciendo como
carecía de cualquier otra pista, comprobar lo que había
sido.
El
poco tiempo que había permanecido en aquel
bosque mágico le había recordado dolorosamente a sus
años de juventud, Junto a Inowake y el maestro Al-Wae.
Un fuerte sentimiento de culpa oprimió su corazón du-
rante unos segundos. La remembranza de todo el sufri-
miento por el que su mentor había tenido que pasar
por su causa, así como la airada discusión que lo había
separado del maestro, solían perturbar su sueño casi
todas las noches... Pero ese no era momento de auto
compadecerse. Todo cuanto había sufrido en la vida lo
había fortalecido hasta convertirlo en un hombre más
poderoso que cualquier otro.
Mientras
pensaba en ello, Jahí se llevó la mano a
una de sus cicatrices de forma inconsciente y se prome-
tió a sí mismo que, si bien había sido un fracasado hasta
ahora, las cosas empezarían a cambiar.
-Ser
un desgraciado en la cuna no me privará del
entierro de un rey...
LVI - FULLRHÉN, DE OFICIO,
CRÉDULO
iMuy lejos del castillo de la
familia real, y ha-
biendo abandonado incluso la protección brindada por
las indestructibles barreras endianas, dos figuras enca-
puchadas caminaban lentamente por el puerto.
El "Carubillo Volador" continuaba
retrasando su
llegada por motivos desconocidos, debido a lo cual, los
muelles se veían desiertos la mayor parte del tiempo.
Las tabernas, que en un principio habían visto un incre-
mento importante en sus ingresos, comenzaban tam-
bién a decaer puesto que, por mucho tiempo que pasa-
sen allí los marineros, si estos carecían de dinero que
gastar, el negocio se iba a pique igualmente.
-Entonces,
una vez encontrado el "Creador de vien-
tos", podremos partirá Nhüria
¿Verdad?
-No
es tan fácil... -La figura de menor estatura,
quien, a pesar de ir agarrada a las faldas de la más alta,
conservaba un deje de autoridad en la voz, continuó con
su explicación una vez hubo pasado de largo el viejo lo-
bo de mar que, canturreando una triste melodía, volvía a
casa sin nada que llevarse a la boca de nuevo.- ...Para
que el "Creador de vientos" nos lleve al
otro continente,
deberemos utilizar, al menos, dos condensaciones de
viento.
-¿Y
dónde se supone que vamos a encontrar crista-
les de magia en este puerto? Éstos son utilizados en el
sur. No es fácil encontrarlos aquí, donde la magia directa
está mucho más desarrollada y no los precisamos del
mismo modo. Puede que hayamos tenido a uno de los
mayores alquimistas de todos los
tiempos... pero en
cuanto a la práctica generalizada de dicha disciplina,
andamos muy por detrás de ellos.
-Bueno,
de haber cristales de viento por aquí, el
mercado negro del puerto es el único punto de la ciudad
en que podríamos hallar alguno ¿No crees? En cualquier
caso, el ex-comandante Fullrhén, retirado hace años,
vive por aquí cerca. Seguro que él nos ayudará.
-¿Ex-comandante?
¡Estáis loca! No podemos rela-
cionarnos con nadie que responda ante Edwah
o nos
encontrarán.
-Tranquila,
Yarlita, que el viejo Fullrhén odia con to-
da su alma a mi padre, debido a su repentina sustitu-
ción... Pero a mí siempre me ha tenido mucho cariño,
porque yo lo apoyé y creí su historia.
-¿Y
por qué lo destituyeron del cargo de forma anti-
cipada...? ¿Insubordinación, quizás?
-Bueno...
técnicamente, por demencia...
La
muchacha se llevó las manos a la cabeza. Tanto
esfuerzo por encontrar a un loco... que ya debía serlo en
grado sumo, para haber tenido que ser sustituido debido
a las órdenes de un verdadero trastornado como Edwah.
Bien
pensado, se le ocurrió, "quien a un loco le pa-
rece un demente, debe estar cuerdo..."
-¿Entonces
no está realmente loco?
-Es
un hombre bastante excéntrico, para qué te lo
voy a negar, pero loco, lo que se dice loco... vale, puede
que un poquito, pero básicamente es exceso de imagi-
nación... yo no creo que la sal del mar se le haya subido
a la cabeza, como decían tantos a sus espaldas. En mi
opinión, simplemente, le cuesta diferenciar una buena
historia de la realidad y, cuando a alguien así le ocurre
algo fantástico, nadie lo cree.
-Pues
esperemos que se crea la nuestra porque, si
no, vamos listas...
La
vieja y destartalada casa que se alzaba frente al
mar, antaño erguida y orgullosa, ahora medio escorada y
del todo podrida, permanecía situada, en solitario, al
final del puerto; donde ya nadie más había mantenido su
vivienda luego del ataque sufrido por la zona ocho años
atrás. Fullrhén, por su parte, había continuado con su
rutina a pesar de los graves desperfectos que su vivienda
había recibido. Quién le habría podido decir que, luego
de casi seis años de total aislamiento social, recibiría una
visita lo suficientemente interesante como para hacerlo
olvidarse de rehacer su puzzle en blanco por milésima
vez.
Al
oír el crujido de su puerta, junto al sonido metáli-
co de la aldaba al desprenderse de ésta y caer contra el
suelo, seguido de leves murmullos nerviosos, el ex-
comandante de las flotas de ataque con mayor índice de
victorias en batalla, se levantó inmediatamente del
mohoso sillón y bajó las escaleras, sable en mano, de un
modo increíblemente silencioso a pesar de los crujidos
de las tablas sueltas, tras lo cual, comenzó a murmurar
repetidas veces "diablillo transgresor, protege a tu se-
ñor" hasta que un leve haz de luz, que pronto aumentó
de tamaño, delató la apertura de una puerta a la que
nadie había llamado desde hacía demasiado tiempo co-
mo para que el viejo lobo de mar pudiese sentirse tran-
quilo. De pronto, lo vio todo claro. Los asaltantes vestían
túnicas marrones y tapaban sus rostros con capuchas
¡Eran cadrelicios! Sin dudarlo, con los ojos verdes en-
cendidos de pura furia desmedida, el ex-oficial de las
fuerzas navales, de más de cincuenta años, olvidó todos
sus dolores y saltó, mientras enarbolaba el sable sobre
su cabeza, al grito de "¡Por la
hidra de Jühi!".
Por
suerte para las dos muchachas, el suelo reblan-
decido cedió ante el envite y la pierna de Fullrhén se
hundió hasta el fondo, haciéndolo perder el equilibrio y
causándole un doloroso golpe en la cabeza contra la
puerta a medio cerrar.
Cuando
el comandante retirado recobró la cons-
ciencia, se encontró con unos preciosos ojos, del color
de la miel, que lo observaban con la preocupación im-
presa en su inocente aunque inteligente mirada.
-¿Cómo
os encontráis, comandante...? ¿Os duele
mucho? No sabéis cuánto sentimos que...
-¿Princesa?
¿Sois vos la princesa Ahína? -El extra-
vagante marinero se levantó de inmediato y, tamba-
leándose a causa de la contusión en la cabeza, se arrodi-
lló ante la más joven de las visitantes.- No tenéis idea de
cuánto he esperado este momento... Por fin las sirenas
han concedido mi deseo ¡Sabía que llenando los calceti-
nes con tripas de atún lograría que se cumpliese! Bien
¿Cuándo me reincorporo al servicio activo? ¿Me darán
algún ascenso compensatorio? Bueno, eso ya no creo,
porque al final la cataplasma se echó a perder...
Yarlai
contemplaba, entre apenada y divertida, las
muecas con que su amiga intentaba expresar que las
sospechas del hombre de escaso cabello gris y largo
mostacho no eran del todo acertadas.
-Lo
lamento mucho, Fullrhén, pero no vengo por
ningún asunto oficial... -El anciano sonrió e hizo una des-
preocupada mueca, quitándole importancia a la confe-
sión; como si siempre hubiese sabido que la visita no
tenía que ver en absoluto con su readmisión.- Sin em-
bargo, me tomaría vuestra ayuda como una deuda per-
sonal que, os aseguro, de salir todo como hemos pla-
neado, os será saldada con creces.
-Tranquilizaos,
princesa...- El enjuto lobo de mar se
levantó sobre el improvisado lecho, constituido por un
par de largos cojines, en que lo habían tratado y estiró la
espalda. Realizó un par de movimientos con la pierna
que se le había hundido, con la intención de comprobar
que no se hubiese visto dañada, para, sin previo aviso,
cambiar su expresión por completo, de una torva mirada
senil, a un semblante serio y marcial.- Si queréis partir
antes de que los hombres de vuestro padre aparezcan,
os recomiendo que nos pongamos en marcha cuanto
antes. El "Creador de vientos" está bien escondido, aun-
que no lo suficiente. Tú, la morena, ve al cofre de mi
habitación y trae el saco de piel color celeste mientras
yo reúno las armas. Llegaremos a Nhüria antes de lo que
pensáis.
C aída
ya la noche, tres sibilinas sombras reptaban
por entre las abombadas tablas que constituían aquella
caseta, a pie del mar, en la que su objetivo había perma-
necido sellado por décadas.
Ayudados
por el hechizo de disminución de la gra-
vedad de Yarlai, Ahína y Fullrhén llegaron hasta el techo
justo tras ella. Mientras la hechicera descansaba, los
otros dos se ocuparon de crear una entrada. Esta vez fue
la princesa quien, con una pequeña llama de magia ele-
mental, permitió a sus dos compañeros infiltrarse en la
lúgubre estructura.
-¿Y
ahora dónde están los cristales?
-Tranquilizaos,
sirvienta. Tengo todo lo necesario,
vos, simplemente limitaos a cortar los
cabos de...
-¡Ahí
están!
De
la nada, aparecieron seis soldados, espada en
mano, formando un círculo a su alrededor.
-¡Por
orden directa del rey, la sirvienta Yarlai, así
como todo aquel que se haya visto implicado en el rapto
de la princesa, quedan arrestados! ¡Deponed vuestras
armas y seguidnos a la...!
-Qué
vergüenza, soldado... -Varios de los seguidores
del rey dieron un paso atrás al comprobar quién había
hablado.- Las corazas sucias, los
cascos llenos de polvo...
¿Es óxido eso que veo en tu escudo? ¡Intolerable! ¿Qué
diablos les ha pasado a las tropas desde que dejé el ser-
vicio?
Con
el rostro encendido, el anciano sacó de nuevo
su sable, de hoja fina, ligera, de excelente labrado; e
hizo volar la espada de uno de los hombres que los
amenazaban.
-¡A
él!
-¡Probad
mi acero, aprendices de mercenario! ¡De-
jad que os muerda el filoso metal de mi espada, venida
de los mismos avernos abisales clavada en la espalda de
Golmhünkur, la ballena mayor del
mundo...! ¡Permitid
que estos fieros silbidos, hendidos en el viento por mi
mano, sean lo último que oigan vuestros indignos oídos;
pues mi poder es el de aquellos que han jurado lealtad al
dios del mary se han consagrado a su...!
Repentinamente,
Fullrhén cayó sobre sus rodillas,
sin aire, para terminar a cuatro patas, agarrándose el
pecho con la diestra, mientras seguía asiendo la empu-
ñadura de su arma con su mano izquierda; aunque inca-
paz de blandirla.
Con
el júbilo impreso en sus acalorados rostros, los
soldados, quienes para su propia sorpresa habían recibi-
do ya varios cortes y se habían visto obligados a recular
hasta una esquina, aprovecharon la oportunidad y salta-
ron sobre el anciano con los filos apuntando a su espal-
da.
-¡Debería
daros vergüenza!
Un
repentino relámpago, de baja intensidad debido
a la dispersión, pasó a través de las hojas y lanzó a los
agresores atrás a causa de los espasmos.
-¡Nadie
nos había dicho que la chica era una hechi-
cera!
-Ese
es vuestro problema, chiquillos... no estáis pre-
parados para cualquier eventualidad... -Fullrhén se le-
vantó, apoyado en el hombro de la muchacha.- Si hubie-
ses pasado por una guerra, o por tantas como por las
que yo pasé, no solo no os habríais sorprendido por el
ataque de una chiquilla sin experiencia ni intención ase-
sina; sino que habríais soportado con entereza el envite
de un anciano acabado contra el que, en cambio, habéis
estado a punto de caer. Sois unos...
Antes
de que el ex-oficial terminase su sermón, uno
de los soldados hizo sonar el silbato que daba señal a los
refuerzos, quienes, para dolor y sorpresa del anciano, no
se trataban sino de los pescadores del lugar, los cuales,
sin trabajo ni sustento, se habían visto obligados a con-
vertirse en fieles perros a las órdenes del rey.
Incapaz
de articular palabra a causa de la furia, sin-
tiendo como el pecho volvía a inundársele de un intenso
dolor asfixiante, Fullrhén lanzó hacia atrás a la mucha-
cha justo antes de que la red modificada cayese sobre él;
inmovilizándolo contra el suelo.
-¡Al
agua! ¡Que no escape la sirvienta!
-Un
momento ¡Está ahí! ¡Se ha sujetado al ancla!
Los
presentes palidecieron ante lo que acababa de
decir uno de los inconscientes soldados. El barco que allí
se guardaba no se había movido en varios años ¿Cómo
podía el ancla permanecer por encima de la superficie,
si...?
En
apenas un instante, el recinto se hizo añicos. De
la nube de polvo y astillas desprendidas, surgió un barco
que pareció planear sobre una corriente de aire durante
unos instantes para, luego de recortar su silueta contra
la luna de menor tamaño, desplegar sus plateadas velas
y cortar las olas como si se deslizase por un puente de
hielo, hasta desaparecer en la lejanía a una velocidad
imposible de igualar por ninguna de las otras embarca-
ciones del reino.
Los
cálidos rayos del sol matutino incidían direc-
tamente sobre el demacrado rostro del anciano, quien
se vio obligado por ello a abrir los ojos, a pesar de su
malestar.
Bajo
su cabeza, pudo sentir la áspera tela de espar-
to perteneciente a una de las capas con las que las mu-
chachas habían ocultado su identidad en su huída. Rápi-
do cómo ningún otro hombre de su edad podía serlo,
Fullrhén se levantó y percibió, al instante, aquella mara-
villosa sensación cuya ausencia tanto lo había atormen-
tado durante los últimos años.
El
suelo se mecía al son de las suaves olas, al tiempo
que la brisa salada despeinaba su rala cabellera. El graz-
nido de un grupo de gaviotas a la izquierda, acompaña-
do por el súbito impacto de una cresta, que le humede-
ció el rostro en forma de llovizna, causó demasiada
emoción al curtido marino como para poder soportarla
sin derramar una lágrima de felicidad.
Habiendo
recuperado de pronto las fuerzas e ímpe-
tu de su juventud, el nuevo capitán del navío subió por
un cabo con agilidad felina y saltó en frente de ambas
muchachas, quienes, todavía dormidas, parecían haber
pasado todo la noche intentando hacer funcionar la na-
ve correctamente.
Luego
de taparlas con la túnica que le había servido
de almohada, el anciano comprendió, con gran sorpresa,
el ingenioso método que las pequeñas habían utilizado
para mover el barco aún cuando las condensaciones de
viento se encontraban todavía en su propia bolsa. Las
marcas de cortes y múltiples arañazos junto a la entra-
da del depósito de cristales indicaban, sin lugar a dudas,
que la princesa y su acompañante habían introducido, a
la fuerza, magia del tipo elemental de viento para obli-
gar a la nave a moverse.
Todavía
no sabía muy bien cómo lo habían salvado,
pero el patrón presente en las magulladuras de su brazo,
junto a los borrosos recuerdos que guardaba, parecían
señalar hacia alguna explicación basada en la suerte, un
ancla enganchándose en una red y una niña morena
muy rápida, tanto de brazos como de mente... Pero
aquel no era el momento de pensar en esos detalles
¿Quién diablos sabía hacia dónde se habían estado diri-
giendo bajo la navegación de unas mocosas que no ha-
bían sabido ni el modo correcto de desplegar las velas?
Ya se enteraría de lo que había ocurrido cuando las mu-
chachas se despertasen; ahora lo que debía hacer era
arreglar el estropicio que éstas habían montado atando
cabos con lazadas sin ton ni son, encontrar su compás,
astrolabio, el mapa y, por último, introducir un cristal de
viento en el depósito.
Con la mirada firme en el horizonte, sintiéndose
de
pronto más vivo aún, el viejo marino lanzó una profunda
carcajada al viento y comenzó a cantar una antigua can-
ción pirata mientras desataba aquellos patéticos nudos
que apenas habrían logrado mantener los cordones de
unos zapatos bien sujetos.
-Yo dejé mi
pueblo
por cumplir mi sueño...
Yo dejé a mi
amada
por la botella de ron...
Con mis
camaradas
parto rumbo al cielo...
Mas ya no hay
consuelo
Para un rufián cómo yo...
Yo
no quiero joyas,
no quiero dinero
¿Qué es lo que yo quiero?
¡Pues se llama libertad...!
Acompañada
por el sonido de las olas y el viento, la
voz del anciano se fue desvaneciendo a medida que el
"Creador de Vientos" se alejaba hacia su nuevo rumbo,
movido por una fantástica fuerza que le permitía alcan-
zar velocidades inimaginables.
Una vez se hubieron ido, el mar se quedó otra vez
en completo silencio. Un silencio, de hecho, antinatural.
Ha
nrram Llohír, comandante en jefe de la cuarta
tropa de infantería de montaña del ejército Cadrelicio,
abría paso por los peligrosos riscos; asegurándose de
que el tercero de los "Hijos Dorados" fuese llevado,
por
los porteadores, a través de los caminos más seguros.
La
fe de Llohír en el dios Cadrelicio no tenía nada
que envidiar a la del propio "Hijo
Dorado", aunque esto
no le suponía un impedimento a la hora de mostrarse
disgustado ante la aberrante situación en que se encon-
traban.
Jamás
se había visto antes algo como lo que iba a
suceder y él se sentía francamente asqueado por ello a
todos los niveles posibles: No quería entrar en contacto
con aquellas repugnantes bestias demoníacas; no quería
que se uniesen a su causa; no quería exponer a sus
hombres a los peligros de esas montañas inexploradas
desde hacía décadas y, sobre todo, no quería tener que
preocuparse de uno de los mayores cargos de la iglesia
Cadrelicia, habiendo un tan alto riesgo de combate ¿Pe-
ro qué hacer, si el viaje se había planeado, precisamen-
te, con motivo de que pudiese llevarse a cabo una nego-
ciación, por parte del tercero, con quien quisiera que
fuese el líder de los diablos?
-Permanecéis
muy callado, Llohír.
La
hastiada voz del consentido líder espiritual, agu-
da y nasal, con su característico tono de superioridad,
hizo que al comandante se le erizasen los pelos del ca-
noso mostacho.
-Lamento
no poder entreteneros como os gusta-
ría, santidad... -Replicó el curtido militar; intentando
mantener su tono lo más cercano posible a la burla sin
que llegase a serlo.- ... mas el camino es difícil y, por mu-
chas de las zonas, impracticable para los porteadores.
Mientras os lleven a cuestas...
-Bien,
pues proseguid con vuestro cometido.
El
comandante, malhumorado, negó con la cabeza
cuando el tercero se hubo encerrado de nuevo en su
compartimento y escupió al suelo, asqueado. Desde lue-
go que el muy comodón había entendido su comenta-
rio... alguien incapaz de mancharse los
zapatos por la
gloria del dios al que supuestamente representaba, en
su opinión, no solo era desmerecedor del cargo, sino de
continuar con vida. Por supuesto, a Hanrram jamás se le
habría ocurrido proferir tales pensamientos en voz alta
pues, si como militar su tendencia ya era la de acatar
normas y órdenes de los superiores, siendo éste tam-
bién uno de los más importantes guías espirituales, no
había discusión posible.
-Yendo
por esa colina, llegaríamos en unos días, ex-
celencia, pero tal y cómo viajáis, no creo que podamos
subirla; así que serán semanas, si insistís en...
-Insisto,
insisto.
Ignorando
el rugido que se había originado en las
profundidades de su vientre, Llohír descargó toda su
furia, en forma de mandoble de espada, contra un pe-
queño árbol que obstruía el camino de los porteadores.
Iba a ser un viaje terriblemente
agotador... en varios
sentidos.
Un
fuerte pinchazo, seguido de otro. Dolor lace-
rante a lo largo de la sien izquierda. Diversos olores, al-
gunos dulces, otros agrios, sobre los que destacaba el de
la sangre, incrementaban todavía más, si era posible, su
sensación de náusea y confusión. Una nueva descarga.
Había dolido más que las anteriores. De hecho ¿Cuándo
habían empezado a doler? ¿Por qué cada vez percibía
con mayor agudeza todas aquellas desagradables sensa-
ciones que la rodeaban? ¿Qué diablos le estaba pasan-
do? Y, por descontado...
-¿...Dónde estoy?
-¡Calla,
niña, si no quieres que te quede
cicatriz... o
algo peor!
Una
fuerte presa sujetó la cabeza de la muchacha al
tiempo que apretaba contra ella una gasa untada en un
líquido que, aplicado directamente sobre la herida abier-
ta de su frente, estuvo a punto de causarle un nuevo
desmayo debido al intenso escozor.
Exhausta,
la joven separó los párpados en cuanto se
la hubieron retirado; aunque la borrosa imagen que sus
ojos inundados en lágrimas pudieron ofrecerle durante
los breves segundos que transcurrieron antes de que
aquel hombre repitiese el proceso, resultaron insuficien-
tes para descubrir cualquier dato relevante acerca del
lugar en que se encontraba, o la identidad del misterioso
sujeto que la estaba torturando.
Incapaz de gritar o quejarse, poco a poco, fue
per-
diendo la sensibilidad de nuevo. Cada pinchazo resulta-
ba más leve que el anterior; los olores y sonidos se iban
difuminando junto a sus propios pensamientos hasta
que, finalmente, se vio envuelta por una reconfortante
oscuridad.
Todavía
no había logrado mover un dedo desde
que se había despertado. Al principio, se había visto
completamente paralizada y carente de gusto, oído, vis-
ta u olfato; pero poco a poco, fue sintiendo cómo un
desagradable hormigueo le inundaba el cuerpo, que se
negaba a obedecer sus órdenes; lo cual dejó de ser así
en el momento en que comenzó a percibir una leve ja-
queca que, rápidamente, aumentó en intensidad hasta
convertirse en un horrible suplicio; todavía mayor de lo
que lo había sido la parálisis anterior.
Al
fin era capaz de mover el cuello, aunque el dolor
apenas se lo permitía. Los brazos comenzaban a obede-
cer cada vez de forma más fiel y, junto a ellos, las pier-
nas; pero se encontraba lejos de sentirse bien. Era casi
incapaz de respirar, pues su garganta, al igual que la bo-
ca, se encontraba completamente seca. Desesperada
por tomar un trago de agua, temiendo el efecto de la tos
en un cerebro que se estremecía con cada latido de su
corazón, la muchacha se aventuró a salir de la cama, a
pesar de su inestabilidad.
Mantenerse
en pie no resultaba sencillo, pero podía
hacerlo. Apenas hubo dado unos pasos hacia la puerta,
ésta se abrió. Una mujer obesa vestida de blanco, de
cabello negro azabache, se abalanzó hacia ella, gritándo-
le algo mientras la perforaba con un par de grandes ojos
tan rojos como la sangre. Incapaz de soportar la ten-
sión, y débil cómo nunca se había sentido, Áshelayd se
dejó atrapar sin ofrecer resistencia y perdió el conoci-
miento de nuevo.
-...Lo
lamento. Es imposible.
-No
digáis eso, Marolla. La muchacha es la única
que sabe lo que ocurrió. Debemos preguntarle acerca
del incidente o, si no...
-¡No
me importa! El maese ha dicho que nadie
debe
molestarla o la herida correría el riesgo de reabrirse.
-Pero
Marolla, Hai está...
La
mención de ese nombre fue suficiente para que
la joven hechicera se recuperase de su aturdimiento y
alzase un brazo hacia el lugar del que provenían las vo-
ces; intentando llamar la atención de aquellos descono-
cidos que permanecían en la puerta.
-¿Qué... qué diablos está pasando...?
-¡Mirad,
la habéis despertado! ¡Ahora sí que la ha-
béis hecho buena!
El
hombre con el que había estado discutiendo la
enorme enfermera logró esquivarla de forma ágil, apro-
vechando su descuido, y se acercó al lecho de Áshelayd.
-Disculpadme,
señorita, pero esto es muy importan-
te: ¿Sabéis con qué clase de hoja fue herido el mucha-
cho que se encontraba con vos en el claro?
La
situación le resultaba confusa debido al dolor y al
mareo. Las voces resonaban a destiempo en cada uno
de sus oídos y la imagen que tenía de aquel hombre re-
sultaba borrosa. Tan solo lograba discernir una tez blan-
ca como la porcelana, cubierta en parte por el largo fle-
quillo de pelo negro, peinado con raya a un lado, y la
inquisitiva mirada de unos penetrantes ojos rojos.
Temblorosa,
la muchacha intentaba evitar fijarse
en los caninos del sujeto, pero fue inútil: Unos dientes
largos y afilados, de sobresalientes colmillos, delataban
la naturaleza del desconocido... Sin embargo ¿No había
hablado de Yin hacía unos instantes?
La
imagen del mercenario, ensartado por la espada
enemiga, justo frente a ella, precariamente sostenido en
sus hombros y con la mirada vidriosa, la golpeó como un
mazo; causándole un llanto repentino.
-¡Mirad
lo que habéis hecho!
La
enfermera, luego de tirar al hombre al suelo con
un certero golpe de cadera, abrazó a la muchacha y co-
menzó a susurrarle al oído palabras tranquilizadoras.
-Yo...
Lo lamento. De verdad que no quiero haceros
sentir mal, pero será mucho peor si no hacéis el esfuerzo
de recordar, pues la vida de ese valiente hombre se en-
cuentra en grave peligro.
Aquellas
palabras resultaron liberadoras. Dejando
de llorar al instante, Áshelayd se incorporó y preguntó,
incrédula:
-¿Sigue
vivo?
-Bueno,
sí... -Todavía en el suelo, el vampiro no pa-
recía saber cómo continuar la frase sin
un "pero".- ...El
caso es que...
-Quiero
verlo.
-Eso
no puede ser, niña. Tú descansa, y yo le diré a
este energúmeno que te deje en paz, para...
-¡No!
-La joven se zafó del abrazo de la vampiresa y
saltó de cama, tropezando al instante y cayendo al sue-
lo; llevándose consigo la mesilla en que se encontraban
todas sus pertenencias y esparciéndolas por el suelo.-
¡Yin está así por mi culpa! ¡Si no se hubiese puesto de-
lante... él no... yo no...!
El
desconocido intentó consolarla al ver cómo las
lágrimas acudían nuevamente a sus ojos.
-El
mejor modo que tenéis ahora de ayudarlo es
contarnos lo que...
-¡No!
¡Quiero verlo!
-¡ Pero estáis muy débil y...!
Al
sentir cómo la aferraban, viendo que se desvane-
cía así toda posibilidad de huir, la ira de Áshelayd estalló.
Con la Vara de Raya en la mano, pues había caído junto
a sus demás cosas, sintió repentinamente que la fuerza
volvía a sus adormecidos músculos. Sin dudarlo un ins-
tante, lanzó una patada demoledora al pecho del vampi-
ro, tal y como Yin le había enseñado, haciéndolo rodar
hacia atrás. Luego de agacharse para evitar la presa de la
enfermera, la muchacha apoyó sus manos en el suelo y
lanzó las piernas hacia los tobillos de Marolla, haciéndo-
la caer de bruces. En un solo movimiento combinado
con el anterior, Áshelayd había dado una voltereta que
le había permitido quedar sobre la espalda de la oronda
vampiresa, en lugar de bajo su tripa; así que se limitó a
saltar hacia el hombre, quien, desconcertado, apenas
había comenzado a levantarse, para golpearle en la ca-
beza con el orbe de su vara; dejándolo inconsciente.
Una
vez fuera de la habitación, la muchacha se en-
contró con varios pasillos que se extendían hasta donde
no llegaba la luz de las bolas de Leudo, tallados todos
ellos en la roca viva con una increíble maestría... pero
ese no era el momento de sentirse impresionada. Con el
brazo alzado frente a ella, pensó en el Yajin'e con todas
sus fuerzas y los extremos de su pulsera señalaron el
camino.
El
dolor o la oscuridad eran impedimentos insufi-
cientes como para detenerla. Nutrida de la energía ne-
cesaria para moverse, otorgada de algún modo por el
arma legendaria que llevaba, la muchacha no tardó mu-
cho en encontrar la habitación que buscaba.
Ya
había llegado demasiado lejos como para dete-
nerse, pero, si había algo que no quería, era perjudicar al
muchacho entrando en medio de una operación de ur-
gencia; lo que la hizo dudar unos instantes frente a la
puerta.
-Pasa.
No le estoy tratando aún.
Casi
tan confusa como furiosa ante esta inesperada
información, la muchacha abrió la puerta y se lanzó ha-
cia delante, ignorando la figura que reposaba sentada a
su izquierda (a la que ya tendría tiempo de amenazar, de
no ver comenzada la operación de inmediato), para re-
unirse con su compañero.
A
escasa distancia de su objetivo, un contundente
golpe en el estómago la detuvo. De rodillas, boqueando
y sintiéndose cada vez más débil, debido a la súbita pér-
dida de la vara, la muchacha tan solo pudo vislumbrar
durante unos instantes la pálida imagen del muchacho
pelirrojo, quien reposaba tendido sobre una mesa de
operaciones, con el pecho tapado por alguna extraña
clase de tela, antes de perder de nuevo el conocimiento.
LXI - INOPERABLE
La
estancia era cálida, luminosa y, pese al desor-
den, confortable. Sin embargo, Áshelayd no podría ha-
berse sentido más incómoda.
Dejando
a un lado el profundo dolor físico y emo-
cional que sufría, y que se había propuesto ignorar, era
incapaz de soportar la actitud de aquel extraño sujeto
que, frente a ella, se dedicaba a comer galletas de gunna
mientras ojeaba unos grabados pornográficos entre risi-
tas.
Había
despertado hacía más de una hora y, a pesar
de los múltiples gritos que había proferido, aquel hom-
bre no se había dignado a mirar para ella. De por sí, esa
situación la habría sacado de quicio, pero lo que más le
molestaba ahora era que ese maleducado, sin lugar a
dudas, era el doctor que la había atendido; así como el
hombre que se negaba a curar a Yin.
Se
trataba, para su sorpresa, de un anciano demo-
nio, que parecía superar el centenar de años. Su piel
cobalto se veía surcada por profundas y numerosas
arrugas, a excepción de su increíblemente larga nariz, de
más de diez centímetros, sobre la que se sostenían unas
pequeñas gafas que no paraba de ajustarse para poder
observar mejor los sugerentes dibujos. A pesar de su
edad, poseía un pelo fuerte, largo y abundante; que re-
sultaba indiscernible de su larga barba, también de color
blanco, que al andar rozaba el suelo debido a su corta
estatura. Áshelayd había calculado que el delgado suje-
to, de dedos largos y huesudos, apenas le habría llegado
a la cadera de haber estado ambos de pié.
-¡Oh,
parece que ya has despertado!
La
joven hechicera lo fulminó con la más iracunda
de sus miradas.
-¡Pues
claro que estoy despierta! ¿Acaso estás sor-
do, maldito...?
-Espera
un momento, voy a sacarte el collarín que,
si no, no entenderé nada...
Frente
a la atónita mirada de la muchacha, el an-
ciano desabrochó la hebilla de una correa de cuero vio-
leta que le rodeaba el cuello, tras lo cual giró tres veces
la moneda dorada que colgaba de él; tornando su color
en un gris mate.
-¿Pero
qué...? -Ya habría ocasión de preguntar por
ese extraño artefacto, se recordó; ahora lo importante
era ayudar a su guardaespaldas.- ¿Dónde está mi...?
-Ah,
claro, no tienes idea de para qué sirve... -El mis-
terioso doctor, quien parecía muy orgulloso del objeto,
había ignorado por completo la segunda pregunta de la
muchacha; dando por comenzada su explicación.- Esto
es el "recuerdafrases", uno
de mis más recientes inven-
tos: te lo colocas en el cuello, grabas un mensaje y éste
puede ser escuchado por el destinatario, girando el re-
sorte a la derecha. Si lo giras a la izquierda, borras el
mensaje anterior y lo puedes volver a utilizar... otra ven-
taja es que, si alguien está roncando, se lo puedes poner
y dejará de molestarte; pues mientras lo lleves puesto,
nadie podrá oír nada de lo que digas.
La
muchacha, intentando no parecer demasiado
avergonzada ante el "hipotético ejemplo" que le acaba-
ban de sugerir, se centró de nuevo en el tema que le
interesaba.
-Por
favor, necesito ver a mi compañero para sa-
ber qué tal está... ¿Está bien? ¿Se va
a morir? ¿Por qué
no lo estáis ayudando? ¿Acaso sus heridas no eran tan
graves como las mías?
El
semblante del inventor se oscureció de pronto y,
luego de un largo suspiro, la miró con una seriedad que
no había divisado anteriormente en sus curiosos ojos.
-Sus
heridas eran... y son, muchísimo más graves
que las vuestras, jovencita.
Áshelayd
sintió que el corazón le daba un vuelco y
su estómago empezaba a hervir de ira una vez más.
-¡Y
ENTONCES POR QUÉ NO LO AYUDÁIS!
-¡PORQUE
NO PUEDO!
El
anciano, para evitar la triste mirada de la mucha-
cha, había dirigido sus ojos hacia un par de arrugadas y
temblorosas manos; que no hicieron sino recordarle su
propia debilidad ante la muerte.
-Hay
muchas cosas que yo puedo hacer, jovencita...
cosas increíbles, inexplicables para algunos, aunque
siempre basadas en mi conocimiento
alquímico... Me
temo que debo daros malas noticias, y no me gusta ju-
gar, mientras algo serio está ocurriendo; así que os seré
franco acerca del estado de vuestro amigo y las opciones
que tenemos. He ganado muchas batallas: Contra la ve-
jez, contra el aspecto exterior, contra la espada, contra
la magia... mas en mi guerra contra la
muerte, los resul-
tados son parejos. Hay veces que ni mis pócimas ni mi
bisturí pueden ayudar a alguien mejor que el reposo.
Puede que no me creáis, pero hay ocasiones en que una
operación de urgencia mata al paciente, mientras que,
una intervención realizada luego de varias horas de des-
canso, aumenta las probabilidades de salvarlo.
Frente
a la muchacha, ya no se encontraba aquel
viejo verde e infantil que tan alegremente la había igno-
rado mientras disfrutaba de aquel material para adultos.
Ahora, ante ella, tan solo había un hombre al que le pe-
saban tanto las canas como su propia falta de conoci-
miento a tales alturas de la vida.
-Entonces...
¿Tan mal está...? ¿Cuáles son las posibi-
lidades de...?
La
muchacha cerró los ojos con fuerza, al tiempo
que apretaba los labios, para evitar ponerse a llorar de
nuevo.
El
demonio se acercó a la esquina en que ésta per-
manecía sentada y se dirigió a ella, desde la misma altu-
ra, a pesar de permanecer este último erguido.
-Nunca
se puede saber con seguridad... pero se tra-
ta de un Yajin'e. Si hay alguna clase de humano capaz de
resistir esas heridas fatales, son ellos. Por otra parte... ni
siquiera sé qué diablos causó ese corte... atravesó lim-
piamente una malla de tela de araña del norte ¿Puedes
creerlo? Debió ser algo con un gran poder de penetra-
ción...
-La
muchacha, con la cara entre las rodillas, respon-
dió, sollozando:
-Se
lo hizo el de las solapas amarillas con la espa-
da...
-¿Cómo?
-El
hombre más bajito de los dos que estaban con
nosotros... creo que lo hizo él; pero no estoy muy...
-¿Quiénes estaban con vosotros?
La joven miró a los ojos al alquimista y pudo ver
en
ellos la viva imagen de la confusión y la impaciencia.
¿Acaso
no nos salvaron de esos dos hombres? Yin
lo dijo muy claramente: "ellos nunca fallan"; así que ha-
bía supuesto que nos habíais salvado de ellos; porque
nosotros ya no...
-Niña,
cuando os encontramos estabais tirados en el
suelo, sin nadie cerca, dentro de un gran cráter de tierra
humeante, a varios metros el uno del otro.
Áshelayd
no sabía de qué diablos le estaba hablan-
do ¿Cuándo había sucedido todo eso? Ella solo recorda-
ba haber visto morir al joven y, luego de eso, no había
nada. A pesar de su confusión, no era momento de per-
der más tiempo si es que había alguna posibilidad de
ayudar al muchacho que yacía, agonizante, al otro lado
de aquellas macizas paredes de roca.
-Entonces...
¿De qué sirve saber que fue la espada
del amarillo lo que lo atravesó?
-Pues
que era, sin duda, una espada mágica. Puede
incluso que legendaria, o no se explican los daños sufri-
dos por el paciente... Cuando lo
ensartó, le atravesó la
columna; por poco lo deja paralítico... pero, aún peor
que eso, desbocó completamente el canal principal de
espíritu; por lo que resulta muy difícil tratarlo con al-
quimia... con un espíritu tan cambiante e
inestable, los
resultados podrían ser devastadores... Jamás había visto
una reacción así. Normalmente, una espada encantada
que afecte al espíritu, lo que hace, es cortar su circula-
ción o anularla; pero en esta ocasión parece haber in-
crementado su potencial de un modo incontrolable... y si
solo fuese esto, estaría en peligro, aunque relativamente
a salvo; pero no puedo tratar este problema mientras su
pecho no...
-¿Qué
le pasa en el pecho?
El
demonio cerró los ojos y maldijo para sí por ha-
berla preocupado sin motivo.
-Parece
que esa parte no la recordáis...
Entonces,
eso significa que, a pesar de su primera herida, volvió a
levantarse... es increíble. No os mentiré: la segunda he-
rida es todavía peor. Decís que había dos hombres ¿Ver-
dad? Imagino que "el amarillo" no utilizaba dos espa-
das...
-No.
Cada uno tenía la suya.
-Pues
creo que lo atacaron entre ambos y... bueno...
-La habitación quedó en repentino silencio durante unos
instantes, para ser luego roto por un débil suspiro, se-
guido de una nueva explicación.- Lograron infligirle dos
profundas incisiones en el pecho con sus espadas. Le
cortaron limpiamente las costillas, causaron serios daños
a los pulmones y, uno de ellos, pasó rozando el corazón;
originándole una peligrosa pérdida de sangre. No hay
modo de curar algo así. Jamás se ha documentado un
caso en que a alguien le hayan abierto el pecho de ese
modo, aún en quirófano, y haya sobrevivido... no hable-
mos ya de los pulmones cercenados y el corazón daña-
do... Sinceramente, no comprendo cómo puede seguir
vivo.
La
crudeza con que aquella información había llega-
do a sus oídos la hizo tambalearse. El doctor tenía razón.
Nunca se había realizado una operación con éxito a al-
guien cuyas costillas hubiesen sido traspasadas de ese
modo y, aunque el herido lograse resistir de algún mo-
do, jamás podría recuperarse de las secuelas de unas
heridas de tal magnitud. Ni siquiera con las increíbles
capacidades regenerativas de los Yajin'e.
-¿Por
qué no vamos?
-¿Qué?
Tengo
formación médica básica...
y además se hacer
magia; puedo ser vuestra asistente.
-Lo
lamento, chiquilla, pero no podéis...
-¡Tengo
la maldita Vara de Raya! ¡He sobrevivido al
ataque de un dragón, a la caída de un
precipicio...! -Las
lágrimas comenzaron a aflorar de los ojos de la joven, al
tiempo que la rabia y la sensación de impotencia se iban
apoderando de su ser.- ¡ME HE ENFRENTADO A
ESCORPIONES ENORMES Y A UNA SERPIENTE-DRAGÓN!
¡ME HE HECHO AMIGA DE UNA RANA GIGANTE Y HE
SOBREVIVIDO AL ATAQUE DE DOS
"PUPILAS
BRILLANTES"! ¡NO
ME DIGÁIS LO QUE PUEDO O NO
PUEDO HACER!
El
alquimista dudó durante unos instantes y, luego
de frotarse los ojos y recolocarse las gafas sobre la ex-
tremadamente alargada nariz, respondió:
-A
pesar de lo estúpido e irresponsable de la peti-
ción... me veo obligado a aceptarla. Si
hay algún modo
de que el joven salga de ésta, creo que debe ser alguno
que involucre una voluntad de salvarlo al menos tan
fuerte como la vuestra.
Ignorando
el dolor, Áshelayd se apoyó en la vara y
se levantó ante la atenta mirada del demonio, el cual
permanecía todavía dubitativo. Sin duda, el emocional
discurso de la joven había sido conmovedor, pero jamás
habría logrado hacerlo cambiar de idea de no ser por
una de las primeras razones que le había dado: la joven
tenía la Vara de Raya en su poder
¿Realmente la había
aceptado ésta como su nueva usuaria? De ser así, toda-
vía quedaba una pequeña esperanza...
-Por
cierto, maese, todavía no os he preguntado
vuestro nombre. Yo me llamo Áshelayd, y vengo de una
familia nómada de las tierras del Este.
-Yo
ya no recuerdo el lugar en que mi comenzaron
mis andanzas, pues llevo mucho tiempo viajando... sin
embargo, puedo deciros mi nombre: Leudo Magnafrian.
Ashelayd
todavía no se había atrevido a echar un
vistazo hacia la mesa de operaciones desde que habían
entrado pero, dado que acababa de colocar el último
utensilio en el banco, sabía que Leudo no tardaría en
comenzar con la intervención y, por tanto, a necesitar su
ayuda.
Le
había sorprendido sobremanera conocer la iden-
tidad de aquel extraño individuo ¿Quién iba a imaginar
que ese anciano demonio, de actitud infantil y aficiona-
do a los grabados pornográficos, podría haber resultado
ser uno de los más famosos alquimistas de la historia?
Sin embargo, pretendió ocultar su sorpresa y acató al
instante cada instrucción según las iba recibiendo; pues
lo que estaba en juego era demasiado importante como
para poder permitirse el lujo de una distracción tan ba-
nal.
-Vamos
a retirar la protección... -La muchacha
soltó
un respingo de sorpresa al oírlo hablar de pronto, tras
tanto tiempo en silencio.- Es otro de mis inventos. Lo
llamo "plástico" y lo refino a partir de una especie de
brea... aún no le he encontrado muchas utilidades, pe-
ro...
-¿Qué
tengo que hacer?
El
anciano carraspeó y, molesto por haber quedado
su explicación a medias, aunque entendiendo la razón
por la que lo habían interrumpido, explicó:
-Ahora,
debemos quitarle el "plástico" antes de na-
da. Se lo he puesto porque es un aislante muy eficaz
contra las enfermedades y, aunque la herida debía repo-
sar, dejarla al aire hubiese sido como pedir a las infec-
ciones que se infiltrasen a sus anchas.
-Id
con cuidado...
Leudo
comenzó a tirar de la flexible lámina negra,
causando un desagradable sonido al separarse ésta de la
costra fresca.
-Ahora
voy a exponer la herida... estad preparada.
Cualquier
cosa que el alquimista pudiese decirle
habría sido inútil; Áshelayd llevaba desde hacía rato in-
tentando imaginar la peor herida posible, con la inten-
ción de reducir al mínimo el impacto que resultaría ver
al fin el pecho abierto de su guardaespaldas. No había
servido de nada.
La
joven sintió cómo se le iba la cabeza y le tembla-
ban las rodillas por unos instantes, aunque su determi-
nación fue más fuerte que sus ganas de huir y continuó
plantada; desafiándose a sí misma a pensar siquiera en
lo contrario.
-¿Qué
hacemos ahora?
-Primero,
le voy a colocar esto... -El anciano demo-
nio terminó de ajustar el último de los cinco discos me-
tálicos en la frente del joven y, acto seguido, un aparato
cercano comenzó a emitir un leve zumbido.- ...Ahora,
conoceremos sus constantes vitales. Si bajan peligrosa-
mente, zumbará con mayor volumen y, si... bueno... es-
peremos que no deje de sonar.
Áshelayd
asintió y comenzó a pasarle al doctor las
gasas que éste le había señalado. Aquella iba a ser una
de las experiencias más agobiantes y agotadoras de su
vida... pero, para ella, cualquier esfuerzo que pudiese
llegar a hacer sería menor del que Yin se merecía.
¿Cuánto
tiempo había pasado desde el inicio de la
operación? Era imposible saberlo, ya que no había ven-
tanas por donde entrase la luz del sol, ni ningún reloj allí.
El constante zumbido se había vuelto ya indiscernible
para su acostumbrado oído; por lo que, en algunas oca-
siones, había llegado a asustarse, pensando que éste
había cesado.
-¿Ya
hemos terminado con ese lado?
En
cuanto la muchacha terminó de limpiarle el su-
dor de la cara, Leudo dejó la gruesa jeringa a un lado y,
tras un largo suspiro, contestó.
-El "cicatrizador óseo" ha unido la
superficie de sus
costillas inferiores y la clavícula, pero aún no podemos
colocar las demás; ya que nos impediríamos nosotros
mismos el acceso directo a los órganos dañados. No po-
demos retrasar durante más tiempo el tratamiento que
sus pulmones y corazón necesitan. -Con un nuevo apara-
to en la mano, el demonio comenzó a separar las pe-
queñas láminas transparentes con que había mantenido
la hemorragia pulmonar a raya, tras lo cual, brotó un
débil chorro de sangre.- ¡ Maldita sea!
¡ Lo sabía!
Rápidamente,
Áshelayd y Leudo contuvieron el de-
rrame y unieron los bordes seccionados con un ungüen-
to. Se habían dado toda la prisa posible, pero el rostro
del muchacho lucía todavía más lívido.
-Ha
ido por muy poco, pero no podemos rendir-
nos... ¡Ya estamos más cerca de lograrlo!
El
cansado y apenado rostro con que el alquimista
le respondió hizo que se le helase la sangre en el pecho.
-No,
niña, no estamos más cerca... sino todo lo con-
trario. Ha ocurrido lo que tanto había temido. Nos he-
mos apresurado demasiado al tratar el pulmón y ha
perdido demasiada sangre...
-¿Pero
qué dices? Hemos colocado varias costillas...
hemos curado el pulmón... ¡Solo queda el
otro, reparar
el corazón y...!
-Sabes
que no. Ya está muerto... no podemos hacer
más.
-¿Qué?
-Áshelayd, al borde del colapso, apenas po-
día reprimir el impulso de saltar sobre el alquimista y
golpearlo con todas sus fuerzas.- ¡Yin todavía está vivo!
Su corazón late; su cerebro funciona...
-¿De
verdad no lo entiendes...? Antes de llegar aquí
ya había perdido mucha sangre ¡Más de la mitad! Luego
de esta pérdida... no le queda apenas. Cualquier otra
herida lo matará al instante y, aún si el pulmón derecho
no sangra al destaparlo, es seguro que el corazón si lo
hará cuando lo tratemos pero, por si esto fuese poco,
moriría de inanición o hipohemia antes de despertarse.
-Pero...
podemos intentar recolocar las costillas que
quedan, cerrarlo y, luego de un tiempo, volver a inten-
tar...
-No.
Ya no le quedan fuerzas para resistir más tiem-
po... mucho me temo que, dejándolo tal
cual está, no
durará más de una hora. Si seguimos con la operación,
serán unos pocos minutos.
La
muchacha había dejado de escucharlo. Toda la
rabia y el dolor acumulados surgieron de pronto desde
lo más hondo de su interior. No había modo de conven-
cerla para que se rindiese. No en esa ocasión. Al tiempo
que alzaba la mano, Áshelayd susurró un cántico sisean-
te y, acto seguido, Leudo salió volando hasta la otra pun-
ta del cuarto.
-Si
vos no le queréis ayudar, yo sí pienso hacerlo.
Dicho
esto, arrancó la lámina que protegía el ór-
gano dañado y comenzó a tratarlo del mismo modo en
que el doctor lo había hecho con el otro. La mano le
temblaba, pero había logrado reparar, a grandes rasgos,
el daño. Todavía más nerviosa, comenzó a retirar el plás-
tico que cubría el corazón. Salió sin problemas. Luego de
un gran suspiro, la muchacha colocó el aplicador en la
herida, lo que causó que ésta se abriese. Tras una repen-
tina convulsión del cuerpo a causa de la cual todo a su
alrededor se vio cubierto por un manto carmesí, el zum-
bido cesó.
Jamás un silencio le había
hecho tanto daño.
El
aparato que registraba las constantes vitales del
mercenario había dejado de zumbar; no se lo oía respi-
rar y el corazón, a la vista, permanecía inmóvil.
Áshelayd se limpió la sangre de la cara e,
ignorando
todo esto, continuó reparando el músculo destinado a la
distribución de este fluido por el organismo; a pesar de
que se había derramado el poco que quedaba. Una vez
hubo terminado, colocó los huesos restantes en su lugar
y los fue uniendo, con mucho menos miedo que en la
anterior ocasión, mediante la extraña mezcla que el an-
ciano había utilizado para fusionar las demás.
-No
vais a salvarlo, pequeña... lleváis con eso más
de veinte minutos... es demasiado tarde. La química de
su cerebro ya se ha corrompido y ha comenzado la des-
composición. No tiene sentido que sigáis...
-Lo
tiene. -El anciano se levantó y, extrañado, se
acercó más a la muchacha quien, con una expresión
neutra, mirada vidriosa y moviéndose de forma rígida y
torpe como un autómata, continuaba reconstruyendo el
cuerpo del cadáver.- Ya sé que está muerto... ya sé que
no va a volver... pero estas heridas se las hicieron por mi
culpa. Se lo debo... debo dejarlo lo mejor que... que...
Incapaz
de contener sus sentimientos por más
tiempo, la muchacha cayó al suelo, de rodillas, y comen-
zó a sollozar.
Leudo,
sin decir una palabra, subió de nuevo a su
banqueta y continuó con el trabajo que la muchacha
había dejado a medias: Reparó los huesos, recolocó los
músculos, tendones, ligamentos; unió la piel y, una vez
hubo terminado, ayudó a la joven a ponerse en pie.
Áshelayd
recogió la vara y se dispuso a acompañar
al demonio fuera de la sala, donde el vampiro al que
había golpeado los estaba esperando,
nervioso... Sin
embargo, en el último momento, rompiendo a llorar de
nuevo, dio la vuelta y corrió hacia el lívido y todavía tibio
cuerpo del joven. Leudo y su acompañante, este último
con los ojos enrojecidos, permanecían con un semblante
inexpresivo al otro lado de la estancia; contemplando la
escena.
La
joven hechicera todavía no podía creer que estu-
viese muerto. De nuevo, pensó en él con todas sus fuer-
zas; lo visualizó de mil modos distintos... pero los
extre-
mos de la pulsera permanecieron colgando, inertes, sin
dar respuesta alguna a su orden. Incapaz de expresar sus
sentimientos, o de contenerlos, Áshelayd abrazó a su
compañero caído y, antes de apartarse, sintiendo cómo
las lágrimas acudían de nuevo a sus ojos, lo besó en los
labios.
El
anciano y el vampiro se habían dado la vuelta,
presas del dolor y la consternación; contagiados por la
emotividad del momento, aunque los pensamientos de
la joven se encontraban muy lejos de ellos.
Intentando
controlar el profundo sufrimiento que la
atormentaba, todavía incrédula hacia la repentina y, en
su opinión, indigna muerte que Hai había sufrido, se
separó de su cuerpo y se dirigió al encuentro de aquellos
que, dándole la espalda, la esperaban al otro lado de las
puertas abiertas; aunque no llegaría allí tan fácilmente.
Debido a un repentino tirón, perdió el equilibrio y tras-
tabilló. Confusa, miró hacia atrás y vio que no había
nada. Al intentar mover el brazo de nuevo, comprobó lo
que había pasado: El orbe de la vara, que había entrado
en contacto con el cuerpo del muchacho cuando lo ha-
bía abrazado, permanecía unido a él; como atraído mag-
néticamente. De pronto, la joven sintió cómo la abando-
naban sus fuerzas y cayó al suelo, incapaz de moverse, al
tiempo que el poderoso báculo comenzaba a brillar, ca-
da vez con mayor intensidad, en contacto todavía con el
cuerpo inanimado.
-¡Cuidado!
El
vampiro, alertado por el fenómeno, corrió hacia
la muchacha y se la llevó lejos de aquella vara que, rápi-
damente, iba aumentando en brillo hasta el punto de
resultarles imposible saber qué ocurría tras el manto de
luz.
Varios
segundos de incremento de la ardiente irra-
diación luminiscente después, todo se tornó negro de
pronto; al tiempo que se oía el golpe seco producido por
un objeto al caer. El vampiro, que había ocultado su ros-
tro tras las opacas mangas negras de su camisa, fue el
primero en aventurarse a comprobar qué había sucedi-
do. Las bolas de leudo que iluminaban la sala se habían
apagado, pero él llevaba una de las unidades portátiles
que, luego de haber sido agitada, con lo que comenzó a
emitir un tenue fulgor, dejó caer al suelo debido a la
sorpresa que la escena le había causado.
El
centro de la sala, de las paredes al techo, se había
volatilizado en torno a un muchacho que, desnudo,
permanecía en pie, confuso, en un pequeño cráter
humeante en el suelo, junto a la ya calmada Vara de
Raya.
LXIV - EL DEMONIO, EL
MERCENARIO Y EL VAMPIRO
Leudo
continuaba riéndose, junto al vampiro,
mientras celebraban el increíble suceso.
-Todavía
no entiendo lo que ha ocurrido en aquella
habitación...
-No
seas tan aguafiestas, Darwen, que no es mo-
mento de pensar en nada... ¡ Es hora de
festejar, jajajaja!
El
delgado presidente de Kilnia sonrió y se sirvió una
nueva copa.
-Parece
que no hay forma de matar a ese chico.
Realmente me impresiona el modo en que logra salvarse
por los pelos en el último momento.
-Es
cierto, ese chaval era Obagashy... Lo había olvi-
dado, porque la muchacha no dejaba de llamarlo "Yin".
-No
sé nada de eso... quizás sea su verdadero nom-
bre y, el que nos dio, el falso... pero no me parece algo
relevante. Hai Obagashy nos dio nueva vida hace años y
me alegro profundamente de haber podido devolverle
parte del gran favor que nos hizo.
-Tal
y como me habíais hablado de él, me había
imaginado a un hombretón del tamaño de un oso.
-También
nosotros nos sorprendimos al verlos lle-
gar, pero... bueno... más nos sorprendimos al
ver de lo
que fueron capaces aquel niño y aquel viejo. Nunca ha-
bríamos imaginado, para nuestro pueblo, un futuro tan
brillante.
-Curiosa elección de adjetivo jajajaja.
-Cierto,
amigo mío, aunque te recuerdo que, gra-
cias a ti, estamos cerca de que ese chiste pierda la gra-
cia.
El
anciano carraspeó y bajó la mirada, incómodo.
-No
tanto como desearía, Darwen...
-Pero
más de lo que hubiésemos podido soñar ja-
más. No te preocupes; en algún momento encontrarás la
fórmula correcta.
-Por
cierto, ahora que me acuerdo ¿Dónde está la
muchacha? Fui a visitarla antes, para ver si se sentía
bien, pero no se encontraba en su cuarto.
-Ah,
sí... mi hija y sus amigas se la han llevado para
lavarla y adecentarla por lo de la cena. Se lo he permiti-
do porque he supuesto que una joven debería estar con
niñas de su edad, haciendo cosas propias de sus años, en
lugar de pensar en sangre, muerte, dolor y tristeza.
-Ambos
hemos visto lo que ocurrió, querido amigo...
tanto esa niña como Obagashy han sido elegidos, de un
modo u otro, por la Vara de Raya. Eso ya es, de por sí,
prueba suficiente de que no van a tener una vida tran-
quila o despreocupada... -El anciano alquimista dio un
nuevo sorbo de licor, con lo que su enorme nariz se
amorató todavía más.- ...claro que, en el caso de Hai,
esto jamás ha sido así.
-Sé
que, con todo lo que nos han ayudado, no estoy
en posición de quejarme, pero realmente me apena que
los Yajin'e eduquen así a sus hijos.
-Ciertamente,
los obligan a madurar muy pronto y,
si no logran cumplir las expectativas, lo más probable es
que terminen muertos en combate... pero la culpa es de
todos, por crear un entorno propicio para que la forma-
ción tan temprana de luchadores y asesinos le resulte
rentable a un país. Los
guerreros de la hoja esmeralda
son el resultado de una sociedad violenta y perezosa a
partes iguales.
-Otra
vez esa expresión. Creo que eres el único
hombre del mundo que llama así a los Yajin'e ¿De dón-
de viene eso?
-Los
Yajin'e no se refieren a los miembros del grupo
de "mercenarios" con esa palabra. Ellos se llaman, entre
ellos, "Deigao Fuhn'e"; "verde-roca, hoja-guerrero" o,
en un lenguaje comprensible, "guerreros de la
hoja es-
meralda". El rito de paso de niño a adulto incluye, como
culmen, el regalarle al joven una hoja tallada en esme-
ralda con bordes dorados. Sinceramente, me parece más
interesante llamarlos así que simplemente Yajin'e o
mercenarios.
-Que
vendría a ser lo mismo^
-Ah,
la juventud, llena de ignorante
inocencia... có-
mo la echo de menos y cómo me alegro de haberla de-
jado atrás... Yajin'e no significa mercenario.
-¿Y
qué quiere decir, entonces?
Antes
de que Darwen hubiese comenzado a articu-
lar su última pregunta, el alquimista ya había caído ren-
dido ante el alcohol. El vampiro, por su parte, dejó su
copa a un lado y sonrió amargamente. De veras que
apreciaba a aquellos dos sujetos que, tan diferentes y de
modos tan distintos, tanto habían ayudado a su pueblo...
Esperaba de corazón que el muchacho se recuperase
pronto, o estarían en problemas.
Aquellas
aguas de agradable temperatura, junto a
la luz tenue, resultaban el marco perfecto para las pla-
centeras friegas que su agotada espalda estaba reci-
biendo.
Tras
el increíble suceso que había ocurrido unas ho-
ras atrás, Leudo había dado a Marolla la orden de obli-
garla a descansar, sin embargo, una nueva visita lo había
impedido. Apelando al buen corazón de la enfermera, un
grupo de adolescentes, lideradas por la hija del presi-
dente, se la habían llevado a los baños, para ayudarla a
relajarse y deshacerse del exceso de tensión (y mugre).
La
gran bóveda en que se encontraban permanecía
completamente inundada a excepción de un sinnúmero
de pasillos de madera, que cuarteaban la laguna subte-
rránea en celdas. El agua caliente, potable, surgía de
manantiales naturales y, desde allí, se filtraba hacia otro
río subterráneo, por lo que el nivel se mantenía constan-
te. Normalmente, se dividía en dos zonas, una para
hombres y otra para mujeres, mediante una pared co-
rrediza, que sustituía a una formación natural rocosa
que había desaparecido hacía algunos años; aunque de-
bido a lo importante que era la nueva invitada, los baños
habían sido reservados para ellas al completo.
-¿Os duele?
-No,
ahí no... pero ya estoy bien, gracias, no hace
falta que os molestéis...
Aunque
avergonzada ante tantas atenciones, la jo-
ven no podía negar la gran habilidad de sus anfitrionas a
la hora de atender a los huéspedes. Luego de llevarla al
agua, le habían frotado a conciencia todo el cuerpo
para desprender la suciedad acumulada en el camino, le
habían dado masajes con esencias aromáticas y, ahora,
frotaban de nuevo su piel con una esponja enjabonada.
-No
seas tonta, que no es molestia... al
fin y al cabo,
eres la elegida por la Vara de Raya, que lo ha dicho Leu-
do; y eso te pone casi al nivel de Obagashy.
-Sí,
bueno... Mejor no hablemos de eso ahora.
-Oh,
lo siento, os hemos hecho pensar en las malas
experiencias que habéis sufrido estos días...
-No
importa, de verdad. Es solo que no quiero pen-
sar en ese rollo de "Hai
Obagashy"... ya habrá tiempo de
que me de las explicaciones que me debe.
Observando
cómo el trabajo de toda una tarde in-
tentando animarla se venía abajo, la hija del líder electo
intervino.
-¿Y
para qué le disteis ese pelo al alquimista, hechi-
cera?
-Ah,
eso... -La muchacha alzó la mano y enseñó a las
chicas la pulsera carmesí que colgaba, chorreando agua,
de su muñeca.- Yin tenía una igual, pero hecha con mi
pelo, de color azul verdoso... sin embargo, cuando resu-
citó, todo cuanto lo rodeaba, incluido su ropa y el suelo,
se vaporizó; así que, dado que nos han resultado bastan-
te útiles hasta ahora, le pregunté a Leudo si sabía hacer-
las... y parece que sí.
Al
momento, las jóvenes se ruborizaron y empeza-
ron a cuchichear.
-¿Qué
pasa?
-No,
nada... es que no sabíamos que Obagashy
fue-
se tan cercano a ninguna chica. Sinceramente, todas
aquí lo admiramos un montón y... bueno... nos apena
que nuestras "posibilidades" se hayan vuelto nulas...
Con
las mejillas todavía más coloradas de lo que ya
lo habían estado debido al hecho de permanecer sin
ropa ante tanta gente, Áshelayd intentó cambiar de te-
ma.
-¿Por
qué admiráis tanto a Yin por aquí?
-¿Cómo
que por qué?
-¡Sí,
es el guerrero más fuerte de la historia!
-Nos
salvó a todos hace años...
-Sin
él, todo sería muy diferente... nos dio la liber-
tad, nos enseñó a defendernos, siempre nos ha tratado
como a iguales...
-¡Y
es guapíiiisimo!
Todas
las jóvenes comenzaron a gritar en señal de
acuerdo con aquella afirmación. Áshelayd sentía muy
lejanos los días en que ella misma, junto a sus amigas,
solía comportarse de ese modo ¿A dónde se habrían
llevado a todos sus compañeros del internado? Quizás
habían tardado demasiado en llegar al sur y, tal y como
estaba Yin, probablemente se demorarían todavía más,
sin embargo, su próximo destino estaba decidido. De-
bían llegar a la torre dorada y, a partir de ahí, ya vería lo
que hacer.
-Vamos,
tenemos que ponerte guapa para la cena
de hoy.
Antes
de que la hechicera pudiese preguntar de qué
cena estaban hablando, ya la habían sacado del manan-
tial, secado y colocado frente a un espejo de cuerpo en-
tero. Aunque solo se vio durante unos segundos, pues
comenzaron a vestirla de inmediato, la imagen que llegó
a sus ojos le resultó deprimente: Debido a la continua
falta de alimento, junto al esfuerzo que había supuesto
el entrenamiento, casi toda su grasa había desaparecido
y, con ella, las leves curvas que tanto habían tardado en
aparecer y que tan poco se notaban. Ahora, pensó al
borde del llanto, no habría forma de diferenciarla de un
chico con la ropa puesta.
Antes
de que pudiese pensar en el modo de solu-
cionarlo, las otras muchachas ya se habían puesto en
acción. Varios empujones y tirones después, se encontró
a sí misma ataviada con un deslumbrante vestido de
color azabache, que poseía la cantidad exacta de relleno
en los lugares exactos como para hacerla parecer cinco o
seis años mayor. Conociendo el secreto, las impresio-
nantes figuras de las muchachas que la acompañaban
dejaron de acomplejada. No mucho después, su larga
melena, de nuevo brillante y lisa, se había visto recogida
en un elaborado moño; sus labios, carnosos, permane-
cían ahora adornados con un brillante tinte negro y,
párpados y pestañas, resaltados con diversos cosméticos
que jamás había visto.
Para
cuando hubieron terminado, Áshelayd casi no
podía respirar de la impresión. El color negro hacía con-
trastar su piel y combinaba muy bien con sus ojos violá-
ceos. Sin pensarlo, se acercó al espejo y, con las manos
en forma de garras, sacó los colmillos. Acto seguido, se
arrepintió y miró hacia las jóvenes con las mejillas en-
cendidas; aunque éstas parecían estar intentando evitar
reírse de ella. Por lo visto, no tenían conocimiento de la
impresión que la gente de fuera tenía de los vampiros.
-Bueno...
¿Qué tal estoy?
-Casi
digna de Obagashy.
Las
chicas rieron y la guiaron hacia el salón de ce-
lebraciones. La hechicera jamás hubiese pensado, hacía
tan solo un día, que nada de lo que le ocurría tuviese
solución, sin embargo, ahí estaba, con la cabeza curada,
sin una marca, todavía más guapa que antes de salir de
viaje y con Yin sano como un roble; aunque todavía en-
camado. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, se
sentía realmente optimista con respecto al futuro que
les esperaba.
Y
pensar que todo había sido gracias a lo que se en-
contraba en el interior de aquel húmedo agujero al que
se habría negado a entrar...
Los
murmullos habían ido inundado la estancia
de forma implacable hasta que las grandes puertas se
abrieron y, acompañada por la hija del gobernador y sus
amigas, Áshelayd hizo su entrada; momento en que se
hizo el más absoluto de los silencios.
Todos
los vampiros se levantaron a un tiempo y se
inclinaron respetuosamente ante ella. Una vez hubo
llegado junto al presidente, éste la cogió por los hom-
bros y comenzó a hablar a los ciudadanos reunidos.
-Amigos...
compatriotas... hoy es un día muy impor-
tante para todos nosotros. Hace algunos años, un hom-
bre valiente nos liberó a todos de la opresión y nos en-
señó a defendernos por nuestros propios medios... cau-
sando severos daños a nuestras estructuras en el proce-
so -Los presentes rieron la gracia de su carismático lí-
der.- Sé que la impresión que los pueblos de la región
tienen sobre nosotros no ha cambiado mucho... de he-
cho, ha empeorado, por culpa de quién todos sabéis...
Sin embargo ¡Nuestro salvador ha vuelto!
-Todos co-
menzaron a jalear al oír esto, así que Darwen se vio obli-
gado a alzar las manos para acallarlos.- No podemos
agradecerle nada directamente todavía porque, como ya
habréis oído en los numerosos rumores que circulan, su
estado de salud es delicado...
-¡Tonterías!
-Uno de los hombres más ancianos de
los que se encontraban allí, había logrado alzar su voz
sobre el ruido de la multitud.- Yo he visto lo que es capaz
de resistir ese muchacho... no nos mientas, Darwen ¿Por
qué no se encuentra aquí ahora?
Muchos
secundaron su opinión, aportando sus di-
versas dudas.
-No
está aquí porque le abrieron el pecho en cruz,
le cortaron en los pulmones y el corazón y, luego de una
operación en la que estuvo muerto durante cincuenta y
tres minutos, todavía se está recuperando.
Leudo,
una vez hubo terminado la explicación, dedi-
có una gran sonrisa a la multitud; que había quedado
muda de golpe. Incluso con lo reverenciado que era y la
fama que tenía, ninguno hubiese pensado que el mismí-
simo Obagashy pudiese sobrevivir a algo así.
-Sin...
sin embargo... Sin embargo... -Continuó Dar-
wen intentando recuperar su seguro tono de voz inicial.-
...tenemos en su lugar a la muchacha que lo acompaña-
ba y, gracias a la cual, se ha salvado: ¡Áshelayd, la hechi-
cera; esposa de Obagashy!
-¿Qué?
-Todos comenzaron a aplaudir y vitorear,
convencidos de que el mercenario había ido allí a pre-
sentarles a su compañera.- Darwen, yo no soy... yo no...
-Ah,
perdonadme ¡Atención, amigos, compatriotas,
disculpad mi error...! Áshelayd y Obagashy todavía no se
han casado, solo están prometidos... y, en vuestro nom-
bre y el mío propio, les invito a que hagan oficial su en-
lace aquí, en nuestra querida ciudad.
Áshelayd
Enterró la cara entre las manos y, en voz
baja, se dirigió al gobernador mientras los gritos de júbi-
lo y vítores del público aumentaban en intensidad.
-Señor...
Yin y yo no tenemos esa clase de relación...
-¿Qué?
Pero, en la sala, cuando os ibais...
-¡No
habléis de eso! El caso es que no somos novios
y ya está.
-Pero
ahora ya lo he dicho... ¡Ya lo solucionare-
mos! Ahora sonreíd y disimulad.
Intentando
no montar una escena, Áshelayd tensó
los labios cuanto pudo y saludó a todos desde lo alto de
la plataforma en que se encontraba la mesa en que co-
merían los individuos más importantes. Aquella iba a ser
una cena muy larga.
El
muchacho todavía reposaba, inmóvil, sobre la
esponjosa cama en que lo habían puesto luego de des-
mayarse tras su inesperada resurrección. A poca distan-
cia de él se encontraba Leudo, sentado sobre una ban-
queta de largas patas; quien reía de forma pícara cada
poco rato, mientras observaba sus apreciados grabados
representativos de bellas señoritas poco pudorosas.
Pasaban
de las tres de la mañana cuando una joven
muchacha, con el peinado descompuesto, ojeras y reco-
locándose el relleno de uno de los pechos medio salido
por el escote, entró en la estancia con un suspiro, apo-
yándose en su báculo debido a las ampollas que los za-
patos, muy ajustados, le habían causado al bailar.
-Llegáis
muy tarde, pequeña.
-Suerte
la vuestra, que nadie se percató de vuestra
huída. A mí me ha tocado bailar con todos los hombres
de la maldita fiesta con que estaba celebrando mi su-
puesto compromiso.
-Quién
diría que no estáis comprometidos, teniendo
en cuenta...
-¿Qué
tal está Yin?
Leudo
rió ante la evasiva de la colorada muchacha y
se bajó de la banqueta.
-La
verdad, en el exhaustivo examen que he realiza-
do durante vuestra ausencia, no he descubierto absolu-
tamente nada de lo que buscaba.
-¿La
razón por la que se curó misteriosamente?
-De
hecho, mi búsqueda iba dirigida hacia la pre-
sencia de enfermedades o heridas que pudiesen haber
persistido, pero no he encontrado nada. Y cuando digo
nada, es nada. No tiene ni una cicatriz, ni un lunar, ni
una caries... pero es que, además, las
proporciones de
elementos de su sangre son perfectas a pesar de que
debería estar sufriendo, como mínimo, una anemia gra-
ve. Todo está perfecto. Tenemos, ante nosotros, a un
Yajin'e tipo; a un ser humano ideal, imposible de encon-
trar. No hay desgaste; no hay indicios de que jamás le
haya ocurrido nada...
-¿Cómo
es eso posible? Hace apenas un par de me-
ses que lo operé de urgencia porque tenía una flecha
clavada en el pulmón. Después de eso, luchó a muerte
contra un hombre que lo dejó malherido; encajó varias
explosiones, un dragón lo lanzó por los aires y luchó con-
tra dos "pupilas brillantes" que casi lo matan... No es
posible que esté libre de cicatrices.
-Tampoco
es posible que alguien que ha muerto ex-
plote y, luego, aparezca completamente sano en un crá-
ter y, sin embargo, también eso ha ocurrido.
-No
entiendo nada... ¿De verdad no se os ocurre
ningún modo de que algo así haya podido suceder?
-Bueno, quizás exista una posibilidad... pero no
sé...
-¡Decidlo! Por favor, decidme lo que
pensáis.
-Es
que creo que ya me he esforzado mucho hoy
por vosotros dos. Me merezco un premio a cambio ¿No
te parece?
Áshelayd
miró hacia los grabados de la mesa y, lue-
go, a la mal contenida sonrisa del anciano.
-¿Qué
es lo que queréis?
-Nada,
nada... es que llevo mucho tiempo sin tocar a
una chica y...
-¡De
eso nada!
-Tranquila,
que nadie os va a obligar a nada... pero,
claro, tampoco yo haré lo que vos queráis...
Con
los brazos cruzados y lanzándole una irritada
mirada con sus ojerosos ojos al alquimista, la muchacha
se decidió a negociar.
-¿Tocar
qué, cómo y durante cuánto tiempo?
-El
pecho, por debajo del vestido, durante un minu-
to.
-Que
sea por encima del vestido y durante diez se-
gundos.
-¡Entonces
dadme también un beso!
-Solo
si añadís un par de artefactos alquímicos que
yo elija.
-¡Hecho!
Emocionado,
Leudo corrió hacia la estantería y
subió por una escalera hasta la última balda; de donde
cogió un par de largos y anchos pergaminos enrollados.
Una vez abajo, tendió uno de ellos a la muchacha y le
indicó que lo sostuviese por encima de su cabeza. El an-
ciano saltó, entonces, y tocó la frente de la joven con un
dedo, que no cesó su presión hasta haberle llegado a los
pies.
-¡Hey!
¡Eso no estaba en el trato!
-Tranquila,
que no es lo que pensáis... fijaos en el
pergamino.
Áshelayd
comprobó, impresionada, que el papel,
antes completamente en blanco, contenía ahora una
detallada silueta de sí misma, dentro de la cual se con-
tenían dibujados con precisión todos y cada uno de los
canales de espíritu y los "Gan'shi"
que poseía, de dife-
rentes colores y con una leyenda acerca de la calidad del
funcionamiento de todo ello.
-¿Qué
es esto?
-Es
un lector espiritual. Sirve para conocer el estado
de los canales de espíritu o de los "lugares del alma" con
la mayor precisión posible. Veo que ese "vida" no está
muy desarrollado... ¿Estáis esperando a haber celebrado
la ceremonia?
-¡Callad
de una vez!
-En
fin... no parece que tengáis nada malo en gene-
ral. Algunos canales pequeños son nuevos y otros se
están robusteciendo, por lo que deduzco que habéis
estado forzando vuestros poderes últimamente. Seguid
así y mejoraréis deprisa.
-¿Y
esto para qué sirve?
-En
vuestro caso, para nada más que explicaros su
funcionamiento. En el caso de vuestro compañero, qui-
zás resulte de mucha ayuda a la hora de descubrir el
origen de aquel misterioso fenómeno ¿Recordáis que
habíamos hablado de que su espíritu se había descon-
trolado luego de verse atravesado el canal principal por
la espada del tipo de amarillo? Los canales de espíritu se
subdividen hasta las conexiones intercelulares. Solo con
ellos, se podría crear un esquema tridimensional de un
cuerpo mientras que, únicamente con la carne, no po-
demos formar canales de espíritu. Bien, mi hipótesis es
que la vara canalizó vuestra propia energía, transforma-
da y amplificada, a través de los canales del joven, que
intentaron recrear, a su alrededor, la carne, hueso y
demás elementos vivos que deberían estar ahí. Recibie-
ron mucho poder de vuestro báculo; así que desintegra-
ron todo al tiempo que reconstruían el cuerpo, y se nu-
trían de esa materia para recomponer el desastre. Ahora
mismo es solo una vaga hipótesis... pero, de estar en lo
correcto, quizás encontremos la respuesta al ver los
canales en el pergamino.
Tras
el leve asentimiento de la muchacha, quien to-
davía se estaba preguntando qué era eso de "intercelu-
lar", Leudo Magnafrian cubrió el cuerpo de Hai con su
invención y pasó el dedo de un extremo al otro. Lo que
descubrieron los dejó sin aliento: El muchacho que te-
nían frente a ellos acababa de darles una nueva sorpre-
sa, mayor incluso, para Leudo, que la de su resurrección.
En la cabeza, tras el punto de "Sentido", se encontraba
otro "Gan'shi", que, de hecho, debería haberse llamado
"Gan'doi", de tamaño algo menor, en posesión de sus
propios canales de espíritu ramificados; conectados al
de los demás en muy pocos puntos.
-¿Qué
es eso?
-Esto,
querida, es uno de los mayores descubrimien-
tos que he hecho jamás... y ahora...
-¿...Qué...?
-¡Lo
prometido es deuda!
Riendo,
el anciano se abalanzó sobre la joven y aga-
rró su pecho con las manos entre risitas. Pasados los
diez segundos, se retiró, todavía riendo, y la muchacha
metió la mano por debajo del escote, tras lo cual sacó un
par de saquitos rellenos de plumas.
-Espero
que lo hayáis disfrutado. Yo no he notado
nada.
A
pesar del enfado del viejo y de sus continuas pro-
testas acerca de que "así no había valido", Áshelayd ya
no le estaba haciendo caso. Con la mirada perdida en
aquel papel amarillento, no podía dejar de preguntarse
quién diablos era aquel muchacho...
Se
trataba de una sensación extraña. No nueva,
pero sí olvidada.
Había
despertado hacía unas horas, completamente
despejado y relajado. El fuerte dolor del brazo derecho y
la cadera, ambos producto de una cruda rotura múltiple
sufrida años atrás había desaparecido. Ninguno de sus
músculos estaba cargado o dolorido, no sentía hambre,
sueño, sed o molestia alguna. Al moverse, percibió cómo
todas sus articulaciones giraban con suma suavidad, sin
síntoma alguno de desgaste o agotamiento.
La
habitación se encontraba en penumbra, pero
pudo entrever un cuerpo pequeño, arrodillado ante la
cama, con la cabeza recostada en sus piernas.
No
le costó reconocerla, pues la había estado vien-
do cada noche durante las últimas semanas; se trataba
de su señora. El hecho de pensar en ella hizo que un
fuerte dolor oprimiese su pecho durante unos instantes,
hasta que recordó que la herida había desaparecido ¿Pe-
ro cómo?
Al
otro lado de la habitación, una figura todavía más
menuda lo observaba gracias a unas grandes gafas que
producían la leve luminosidad que le había permitido ver
hasta entonces.
-Responded.
-¿A
qué preguntas?
El
muchacho frunció el ceño ligeramente; causando
que el ambiente del lugar se volviese repentinamente
pesado e irrespirable. El aura hostil que desprendía po-
dría haber tumbado a cualquier cobarde, aunque Leu-
do sonrió.
-Veo
que no os andáis con chiquitas. Estáis en mi
estudio y, aunque yo no soy un vampiro, nos encontra-
mos en Kilnia, su ciudad subterránea. No encontramos a
nadie con vosotros a la entrada de la cueva y, vuestra
curación, ha sido debida a un fenómeno misterioso rela-
cionado con una curiosa anomalía: poseéis seis empla-
zamientos del alma en lugar de cinco.
Hai
se recostó de nuevo y pasó unos minutos medi-
tando profundamente.
-Se
llamaban Garned y Lanjy. Eran dos "Pupilas Bri-
llantes" al servicio de Daichi Exazaid, el
rey del archipié-
lago Hane. Mi pueblo venera a los "Pupilas Brillantes"
como dioses, debido a sus poderes extraordinarios. Se-
gún el credo que nos han enseñado, fueron ellos quienes
enseñaron a los nuestros las artes de la guerra y nos
concedieron nuestra longevidad, fuerza superior y gran
capacidad de recuperación... pero no es cierto. Lo des-
cubrí hace un par de meses; poco antes de conocer a mi
señora. Yo... Yo soy como ellos. Ahora no, pero lo he
sido... durante un instante... no... no sé cómo... Pero eso
explica... -El muchacho se llevó las manos a la cara y se
masajeó las sienes.- He vencido a dos. Les corté los bra-
zos y los vi caer. Me adelanté a sus movimientos; los
vencí utilizando su mismo poder. No comprendo lo que
ha podido...
-Si
me lo permitís, quizás yo tenga algo que decir al
respecto. Sé que no me estabais contando esto a mí;
sino que estabais recapitulando... sin embargo, como
experto estudioso de la alquimia y los misteriosos pode-
res de la naturaleza, me veo en posición de ofrecer una
hipótesis: Creo que vos sois, por naturaleza, poseedor
del mismo poder que ellos. En mi opinión, nacisteis con
esta habilidad, pero la perdisteis porque el canal de espí-
ritu que permite su funcionamiento fue sellado. Hemos
descubierto que vuestro sexto punto posee una red de
canales espirituales propia; aunque se une a la principal
en unos pocos puntos: Los "Gan'shi". Cuando os atrave-
saron con aquella espada mágica, el sello desapareció
por algún motivo y el sexto punto se volvió activo; sin
embargo, vuestro cuerpo no estaba preparado para so-
portar el repentino aumento de energía y colapsó, por lo
que lo perdisteis de nuevo, como método de autopro-
tección. Hasta que acomodéis todo vuestro organismo a
la nueva fuente de fuerza supletoria, será demasiado
peligroso utilizar vuestra excepcional habilidad latente.
-¿Y
cómo pudo la espada de Lanjy reactivar el canal
sellado?
-Bueno...
puede que lo que hizo sea "sellar el sello"
y, por tanto, anularlo; aunque no lo creo. Lo más proba-
ble es que no se tratase de un sello; sino de un corte.
Posiblemente, el canal había sido cortado con magia y,
parte de esta magia residual, impedía que el canal sana-
se. Al cruzarse la espada mágica justo en ese punto, su
poder hizo de conductor y sirvió como puente entre am-
bos extremos del canal; permitiéndole volver a unirse
como dos gotas de aceite en el agua.
-¿Es
eso posible?
-Solo
si la espada que sirvió como puente es la
misma que cortó el canal de espíritu.
-No
tengo el recuerdo de Lanjy atravesándome an-
tes de nuestra batalla. Aunque hay un... no; nada. No
importa.
-En
cualquier caso, quiero saberlo ¿Qué es lo que
se siente? ¿Qué te aporta el nuevo punto?
-Es
difícil de explicar... ¿Cómo
definiríais un color
que nadie más ha visto?... Ni siquiera era algo así, sino
una nueva gama de sentidos llevados a su mayor expo-
nente y que me permitían percibir cosas que no sabía ni
que existían... Gracias a él lo veía todo; lo oía todo... na-
da se escapaba a mi percepción: ni la materia, ni la
energía; ni siquiera el futuro... pero, más que nada, sen-
tía un poder embriagador; una sensación de invencibili-
dad propia de un dios... Comprendí sin problemas el por
qué del ego de los que se llamaban de ese modo a sí
mismos. No puedo describíroslo... simplemente, era co-
mo ser consciente de todo el universo; nutrirse de su
poder y tener permiso para manipularlo.
-Qué
interesante... así pues, quizás deberíamos lla-
mar al sexto punto: "Nexo".
Hai
asintió, sin hacer mucho caso, tras lo cual cerró
los ojos e intentó contenerse. Aquella sensación que
había experimentado era, en cierto modo, adictiva. No
podía sucumbir al ansia de poder tan fácilmente. No
tendría sentido hacerse fuerte convirtiéndose en lo que
él tanto despreciaba.
LXIX - CONTROL ESPIRITUAL
Era
casi medio día para cuando la dolorida mucha-
cha despertó.
Durante
unos instantes tardó en ubicarse pero,
cuando alzó la mirada, todos sus dolores y preocupacio-
nes se esfumaron de pronto: Hai la estaba observando,
con una media sonrisa en la cara y un antiguo pergamino
en la mano.
-¡Yin!
¿Qué tal os encontráis?
-Perfectamente,
gracias a vuestros cuidados, mi se-
ñora. Parece que no hacéis otra cosa que tratar mis he-
ridas.
Áshelayd,
ruborizada, carraspeó y, luego de levan-
tarse de su lado; pues se había dormido de rodillas, apo-
yada en su regazo, contestó con modestia:
-Bueno,
vos me habéis salvado la vida más veces
aún... Pero ¿De verdad que no os duele nada? Pensába-
mos que habíais muerto.
El
joven colocó la mano sobre el pecho y respondió:
-Según
me han dicho, realmente morí. No obstante,
ahora me encuentro mejor que nunca: Ya no me duelen
los huesos que me había roto, ni siento las punzadas de
la herida de la flecha al respirar. El alquimista ha dicho
que es todo gracias a la acción conjunta de un extraño
sexto punto que poseo y vuestra vara.
-Todavía
no comprendo cómo pude...
-La
Vara de Raya, según me dijisteis, posee concien-
cia propia, al igual que las demás armas legendarias; por
lo que puede que haya sido decisión suya el curarme.
-¿Y
por qué iba a hacerlo? Es cierto que, con lo del
beso, tenía los sentimientos a flor de piel; pero no creía
que la vara fuese a...
-¿Lo
del qué?
Antes
de que a la hechicera se le ocurriese alguna
vaga excusa que balbucear, la puerta se abrió de repen-
te.
-¡Hai,
querido amigo! -Darwen, ignorando a la mu-
chacha, se arrodilló e inclinó ante el joven, en señal de
respeto.- Nos honráis con vuestra presencia. Por favor, si
hay cualquier cosa que podamos hacer para...
-¿Sois
Darwen? -El presidente asintió- Vaya... ha-
béis cambiado mucho ¿Qué tal os han ido las cosas des-
de aquella?
-Comprobadlo
vos mismo en cuanto os sintáis con
fuerzas. Estoy seguro de que os veréis gratamente sor-
prendido. Si hay cualquier cosa que necesitéis, no dudéis
en...
-Ahora
que lo mencionáis, no veo mis cosas por
aquí. Comprendo que la ropa estaba en muy mal estado,
pero la espada y la bolsa con las armas las necesito.
El
vampiro tragó saliva de un modo ruidoso y, luego
de un leve carraspeo, mandó entrar a alguien que se
encontraba tras la puerta.
-Hemos
guardado vuestro equipo; aunque no lo
hemos tocado, por miedo a dañar algo. -El joven alzó el
brazo, pero Darwen lo detuvo.- Antes de nada, debo
deciros que... bueno... nuestros mejores herreros no
pueden compararse a los vuestros... en
fin... lo lamen-
tamos mucho.
Hai,
intrigado, agarró la bolsa y la colocó sobre la
cama. Acto seguido, recibió la espada del ayudante; pero
se le cayó al suelo.
-Tranquilo,
Yin. Habéis estado muy grave; pronto os
recuperaréis de...
Áshelayd
se quedó muda al contemplar la expresión
del joven. Permanecía con la mirada perdida y el brazo
todavía extendido, temblando ligeramente. Con lentitud,
el mercenario recogió el arma del suelo y, mirándola
como si no la reconociese, empezó a desenvainarla.
Apenas hubo comenzado, sonó un rasguño en el interior
de la madera que lo hizo entornar los ojos, como si esto
le hubiese causado dolor. Una vez fuera, la hoja, que
había originado gran cantidad de aquellos desgarradores
sonidos mientras salía, mostró su nuevo aspecto; uno
que hundió por completo el ánimo del Yajin'e: El filo de
metal, antaño brillante y de superficie suave y lisa como
el mercurio, ahora permanecía resquebrajado y hendido
en dos segmentos; dividiéndola prácticamente en tres.
-En
vuestra lucha contra los que os hirieron, vuestra
espada ha sido la peor parada. Hemos intentado arre-
glarla pero, la mezcla de metales que usáis los de vues-
tro pueblo, nos es desconocida... y nos avergonzamos de
reconocer que nuestra mejor forja es incapaz de reblan-
decerlo siquiera.
-Mi
espada se llamaba "Ajinkattai". Fue la espada
de mi padre; temida por los enemigos y venerada por
sus aliados. Siempre que la he tenido conmigo, he logra-
do salir vivo de cualquier situación; por desventajosa
que ésta fuese... Incluso en la última batalla me fuiste
fiel, vieja amiga. -El muchacho la envainó de nuevo y
continuó hablándole; ignorando a los demás.- Lograste
cortar el brazo de los enemigos... me protegiste de sus
mandobles y aún sigues entera... Eres
el "shy" del "Oba-
gashy" que ha atemorizado a los corazones de todo
aquel que ha osado enfrentársenos. Descansa, fiel com-
pañera, que te lo has ganado... Ya no te forzaré a matar
nunca más.
Todos
los presentes, salvo Hai, se giraron para ocul-
tar las lágrimas que habían comenzado a acudir a sus
ojos y permanecieron en silencio hasta que otro hombre
apareció por sorpresa; rompiendo de forma abrupta la
emotividad del momento.
-Señor
presidente ¿Puedo saludar ya a Obagashy?
-¿Qué?
Ah, sí, sí... No sé si recordaréis a Milluén;
General de nuestro pequeño ejército. Tiene algunas co-
sas que comentaros.
-Si
me lo permitís, Obagashy, me gustaría que hicie-
seis una revisión a mis tropas. Hemos entrenado mucho
desde vuestra visita y hemos aplicado los consejos que
nos disteis.
-Claro.
Qué menos, luego de toda la ayuda que nos
habéis brindado.
Hai
salió de la cama y comenzó a andar. Repenti-
namente, tropezó y salió lanzado hacia delante; destro-
zando por completo una de las estanterías del cuarto.
-¿Pero
qué diablos os ha ocurrido?
-Creo...
-El alquimista, que había llegado sin que na-
die se diese cuenta, rebuscó en su bolsillo y sacó un co-
llar dorado, adornado por un colgante en forma de he-
xágono con un hueco circular al medio.- ...que conozco
la explicación. Habéis aprendido a utilizar un cuerpo mu-
tilado; uno incapaz de beneficiarse de los efectos del
punto "Nexo". Ahora, entre el exceso de energía y las
nuevas corrientes de espíritu, vuestro cuerpo se ha
vuelto incontrolablemente fuerte. Debéis entrenar para
aprender a dominar el flujo de espíritu relacionado con
el nuevo punto, o el desfase os hará imposible coordinar
vuestros movimientos. Ya que, con mi gran intelecto,
predije lo que ocurriría, he pasado la noche confeccio-
nando este modulador espiritual. Colocáoslo y vuestro
espíritu se anulará a efectos prácticos. De este modo,
podréis ir aprendiendo a utilizar el sexto punto sin sufrir
las molestias del descontrol espiritual constante. Por
supuesto, mi trabajo no es barato... ¿Negociamos el pre-
cio, jovencita?
-¿Qué
os parece conservar las gónadas a cambio del
colgante?
Leudo,
ante la proximidad del orbe de la vara hacia
el punto en que las piernas se unían a su cuerpo, se vio
obligado a entregar el artefacto; aunque a regañadien-
tes.
Una
vez se hubo colocado el colgante al cuello, el
hexágono se adhirió con fuerza a la piel de su pecho,
como si estuviese imantado, y el muchacho notó cómo
sus fuerzas mermaban de golpe, al tiempo que sufría un
escalofrío.
Viendo
que al fin podía controlar sus movimientos,
comenzó a seguir al general, acompañado por Áshelayd
y el gobernador, y se encaminaron al encuentro de las
tropas para ver su presentación.
-No
esperéis que participe en ningún combate, Mi-
lluén.
-Ni
se me habría ocurrido, Obagashy. Francamente,
os he encontrado mucho mejor de lo que esperaba, pero
ya nos habían informado de vuestra indisposición. Aun-
que, de todos modos, creo que os habríais llevado una
sorpresa, de haber luchado contra mis hombres.
-¿Ah,
sí? Bueno, es una lástima que no pueda ser.
-Sí,
claro... no sería reprochable que tuvieseis mie-
do, de todos modos.
Áshelayd,
enfurecida ante las insinuaciones que
aquel hombre acababa de realizar, se colocó entre am-
bos y se unió a la conversación.
-¿Sabéis?
Yin ha entrenado personalmente a al-
guien durante esta última estación... y diría que incluso
su discípulo sería capaz de enseñaros algo.
El
general, hombre poco instruido en ciencias o le-
tras, pero inteligente, captó al instante que la joven es-
taba hablando de sí misma.
-Bueno,
no sería de justicia que "ese discípulo" sa-
liese magullado, teniendo en cuenta lo que debemos a
Obagashy... y, creedme, sería lastimado si
se enfrentase
a cualquiera de mis hombres.
-Quizás
"él" quiera medirse con su mejor hombre.
Áshelayd
se arrepintió al momento de haber pro-
puesto tal locura, movida por el enfado; pero ya era tar-
de. El rostro de Milluén se había iluminado y, sin articu-
lar otra palabra, se adelantó por las escaleras, gritando a
pleno pulmón:
-¡Preparad
a Garlas, al final habrá exhibición!
La
muchacha, avergonzada, esquivó la mirada inte-
rrogante de su guardaespaldas, quien, en calidad de
maestro, se limitó a decir:
-Utilizad
la cabeza y encontraréis el modo de utilizar
su fuerza en su contra.
Aún
sin comprender qué clase de consejo era ese, la
joven hechicera siguió al resto del grupo hacia las oscu-
ras escaleras. Quizás esto le enseñaría finalmente a
pensar antes de hablar.
El
gran recinto en que tenían lugar los entrena-
mientos había alcanzado su máximo aforo recomendado
hacía ya varios minutos; pero los curiosos todavía se-
guían colándose.
Áshelayd,
aterrada, permanecía sentada junto al Ya-
jin'e mientras la primera demostración de fuerza, reali-
zada por Garlas, en calidad de anfitrión, tenía lugar:
Habiendo
colocado seis bloques de roca cortada
sobre dos gruesos pilares, alzó uno de sus musculosos
brazos, tan solo protegido por unas relativamente grue-
sas vendas, y lo dejó caer, con fuerza, sobre éstos; ha-
ciéndolos estallar en mil pedazos.
Los
vítores inundaron la sala, pero la hechicera no
compartía el sentimiento. Las reglas los obligaban a lu-
char sin magia, espadas, escudos ni nada similar; por lo
que debería enfrentarse a él sin la vara, lo cual, en su
opinión, decantaba demasiado el combate en su contra.
Desesperada
y en busca de consejo, lanzó a Yin una
mirada de súplica que pronto se convirtió en sorpresa. El
mercenario, todavía mirando fijamente hacia el guerre-
ro, sonreía levemente de forma socarrona; como si hu-
biese encontrado alguna especie de punto débil que
pudiese servirle de ayuda.
Esperanzada
ante esta posibilidad, la muchacha lo
agarró por las solapas de la túnica negra que llevaba y lo
obligó a mirarla.
-¿Y
bien? ¿Cuál es el plan?
-Bueno...
Pensé que ya os habríais dado cuenta. Va-
ya, esto complica las cosas...
-¿Qué?
NO. Esto las facilita ¡Las facilita mucho!
¡DI MELO!
Avergonzada,
la joven soltó al Yajin'e y se esforzó
por hacer caso omiso a la curiosa mirada de uno de los
vampiros, que se había sobresaltado ante sus gritos;
dándole oportunidad a Yin para responder.
-Es
que no sería deportivo decíroslo si no os habéis
dado cuenta por vos misma.
Había
llegado el momento. Los presentes se aparta-
ron para dejar pasar a la invitada y ésta se levantó; no
sin antes hacer un último intento con los ojos empaña-
dos y el labio inferior temblando; expresión que ya le
había granjeado algún que otro favor en el pasado.
-¿Una
pista?
El
muchacho no dudó.
-Utilizad
vuestra especialidad para convertir sus vir-
tudes en defectos; pues él no podrá quejarse.
Sin
la menor idea acerca de lo que aquello podía
significar, pero ligeramente esperanzada ante la posibi-
lidad de que se le fuese a ocurrir antes de caer incons-
ciente ante uno de los demoledores golpes de Garlas,
Áshelayd se colocó en su lugar y, tras declinar su opor-
tunidad para intimidar al oponente demostrando su
fuerza sobre los bloques, realizó una reverencia y se dio
por comenzado el combate.
A
pesar de su colosal tamaño, el guerrero era ágil y
se movía con rapidez, pero no parecía estárselo toman-
do en serio. Áshelayd había esquivado sin dificultad sus
primeros golpes, e incluso desviado uno; aunque al ha-
cerlo, el impacto le había dañado la mano ¿De qué esta-
ban hechos los músculos de aquel hombre? Antes de
poder imaginar alguna respuesta coherente, un nuevo
ataque, esta vez más veloz, la obligó a lanzarse hacia
atrás y dar una voltereta apoyando las manos en el suelo
y lanzando las piernas hacia arriba con fuerza, tal y como
se lo habían enseñado. Para su sorpresa, una vez recu-
perada la posición de guardia, se percató de que un fino
hilo de sangre caía desde la nariz de Garlas, quien, aver-
gonzado ante las risas del público, aspiró hondo y la mi-
ró con furia. Parecía que ahora ya no iba a haber más
concesiones...
pero a la joven le resultaba difícil
asustar-
se, luego de haber visto hasta dónde llegaban sus pro-
pias habilidades ¡Había esquivado y atacado al mismo
tiempo! No podía esperar a ver la cara de su maestro,
orgulloso de la pericia que acababa de demostrar po-
seer... pero no era el momento. No debía desviar su
atención del enemigo.
Lanzándose
como un toro bravo, el guerrero se aba-
lanzó sobre la muchacha, quien se coló entre sus pier-
nas, lo agarró del cinto desde atrás y, aprovechando la
inercia, elevó su cuerpo con la intención de patearlo en
la nuca; aunque Garlas logro parar el golpe con el ante-
brazo.
Otra
vez ¿De qué estaba hecho ese tipo? Áshelayd
sentía como si se le hubiese roto la pierna luego de im-
pactar contra él ¿Cómo podía tener unos brazos tan
fuertes? Si era capaz de romper varias planchas de roca
con ellos, por supuesto que podría parar sus golpes,
aunque...
Aprovechando
el instante de indecisión de la mu-
chacha, el guerrero le dio un rodillazo en el estómago e,
inmovilizándola contra el suelo, dijo:
-Ríndete.
La
sala se inundó en vítores, pero la joven conti-
nuaba forcejeando, por lo que Garlas le colocó las ma-
nos sobre el cuello y sonrió.
La
presión era cada vez mayor, pero Áshelayd no
pensaba dejarse derrotar. No por alguien capaz de usar
un truco tan barato.
Apenas
hubo abierto la boca, el rostro de su opo-
nente se iluminó, pero no tardó en tornar su expresión
en rabia, al ver que, de ella, tan solo habían salido una
extraña serie de siseos reverberantes. En apenas unos
segundos, el guerrero lanzó un alarido y se levantó, con
los brazos en alto... lo cual resultó
ser un grave error,
pues la muchacha, todavía agarrada a sus manos, había
aprovechado su ayuda para girar en el aire y lanzarle una
patada demoledora en el cráneo; dejándolo confuso y
permitiéndole a esta agarrarle el meñique y retorcerle el
brazo, apoyándole la rodilla en el hombro, tal y como Yin
le había instruido.
-En
cuanto te rindas, "todo" el dolor cesará.
-¡ME
RINDO!
La
sala quedó en silencio durante unos instantes,
pero pronto fue inundada por vítores y alabanzas. Un
grupo de vampiros alzaron a la vencedora mientras Gar-
las se disculpaba de rodillas ante el general; quien mira-
ba a su vez al Yajin'e con una mezcla de rabia y vergüen-
za. Yin la miraba a ella, con una clara expresión de apro-
bación... y no era para menos, pues nadie más en aque-
lla sala se había dado cuenta de que, bajo las vendas de
Garlas, había unas protecciones de acero capaces de
romper rocas y huesos... pero vulnerables a un hechizo
cauterizante. EL orgulloso guerrero jamás reconocería
haber hecho trampas; por lo que no había de qué
preocuparse: la muchacha había ganado.
Áshelayd,
en el aire, cerró los ojos y se dejó llevar
por la multitud... estaba en la gloria.
LXXI - EL QUE SERÉ A PARTIR
DE AHORA
A pesar
de la ausencia de sol, los vampiros se
guiaban también por ciclos de día y noche; marcados,
antaño, por personas dedicadas a apagar y encender las
antorchas y, actualmente, por un ingenioso sistema me-
cánico situado en el soporte de cada Bola de Leudo;
creado por el mismo individuo que las había inventado.
Los
orbes de los pasillos y galerías se habían encen-
dido hacía casi una hora, pero el muchacho pelirrojo
llevaba despierto desde muy temprano. Su nuevo cuer-
po resultaba, en apariencia, idéntico al anterior, pero la
reconexión de aquel canal suplementario que jamás ha-
bía utilizado, lo entorpecía tanto como lo habría hecho
la repentina aparición de una tercera pierna.
Cuando
Áshelayd entró en la habitación, se encon-
tró al joven en taparrabos, colocado en equilibrio sobre
un Yonbai mientras alzaba los brazos en
una postura de
meditación.
-Eh...
¿Qué pasa?
-Eso
debería preguntarlo yo, mi señora...
pasad.
El
Yajin'e se bajó del cuchillo, el cual, al perder el
apoyo que su peso le ofrecía, cayó al suelo. Después se
volvió a colocar al cuello el colgante que anulaba su po-
der.
Áshelayd,
cuyo primer instinto había sido irse y dar-
le tiempo para ponerse una túnica, decidió aprovechar
la oportunidad que le había dado para verlo sin varias
capas de ropa holgada encima: El cuerpo del mercenario
era simétrico, proporcionado, de aspecto ágil y de mus-
culatura casi imperceptible, pero que, como sabía, co-
braba un aspecto tenso y fibroso cuando la increíble
fuerza que poseía era requerida. En cualquier caso, nada
parecía haber quedado mal después del misterioso inci-
dente.
Percatándose
de la interrogante mirada que le ha-
bía estado lanzando el joven durante su poco disimulado
escrutinio, la muchacha, acalorada, articuló la frase me-
nos inconexa de que fue capaz bajo aquellas circunstan-
cias.
-Yo...
eh... El combate de ayer muy bien ¿Eh?
-Sí.
Estuvisteis realmente asombrosa... me gustó la
patada que le lanzasteis mientras esquivabais. No es
fácil calcular con tanta precisión mientras se es un nova-
to... -El joven, que acababa de terminar de colocarse la
túnica negra que le habían proporcionado, suspiró le-
vemente y se dirigió de nuevo hacia ella.- ...pero no era
eso en lo que estabais pensando, verdad?
Áshelayd,
sobresaltada, dio un respingo y comenzó
a justificarse.
-¡Oh,
vamos, como si tú nunca hubieses imaginado
esas cosas...! -Dándose cuenta de
pronto de que su
guardaespaldas no se estaba refiriendo a "aquel" pen-
samiento, la muchacha, con el rostro teñido de un rojo
aún más intenso, carraspeó y adquirió un tono que pre-
tendía ser solemne.- Es verdad. He venido por otro mo-
tivo; aunque no sabía cómo sacar el tema... ¿Quién eres?
El
ambiente se había vuelto frío de pronto, a la par
de pesado e irrespirable, aunque en esta ocasión, el aura
hostil no provenía del joven, sino de la hechicera que,
frente a él, parecía esforzarse aún por imaginar motivos
válidos para que le hubiesen mentido pero, inconscien-
temente,
había comenzado a proyectar su ira hacia el
exterior; capacidad adquirida, seguramente, debido al
entrenamiento intensivo que había recibido bajo el im-
ponente aura del mercenario.
-Me
llamaban Capitán Hai "Obagashy", el guerrero
más fuerte de Aranae... pero ya no soy ese. Mi
pueblo
venera a los "pupilas
brillantes" como dioses -El mucha-
cho pareció escupir estas palabras, más que pronunciar-
las-. Toda nuestra cultura está basada en ellos y, todo
nuestro gobierno, gira en torno al suyo. Solo somos sus
sirvientes, a cambio de los dones que afirman habernos
otorgado... y, tanto por admiración de su poder, como
por miedo a perder dichas bendiciones, no nos queja-
mos. Si alguien es rechazado por los dioses, está muerto.
Sobrevivir a una orden de ejecución suya es imposible,
dado que son dioses; por tanto, aunque haya consegui-
do escapar, Hai "Obagashy" está muerto para todos los
Deigao Fuhn'e. Como Capitán del escuadrón de fuerzas
especiales, he servido a esos impostores y he matado
por ellos... hoy soy consciente de su verdadera naturale-
za... y de la mía. Ahora solo mato si me veo obligado a
ello, y no daño a nadie que mi propia conciencia me in-
dique que no lo merece... Puede que mi
nombre no sea
Yin; pero Yin es la clase de persona que me gustaría ser a
partir de este momento. -El joven lanzó de pronto una
penetrante mirada a la muchacha.- Y cuando mi cometi-
do actual haya sido cumplido y, finalmente, pueda con-
trolar el punto "Nexo",
pienso volver a Hane y derrocar
al "no tan divino" Rey para
liberar a mi pueblo.
Áshelayd,
con la respiración agitada y habiéndolo
perdonado completamente por mentir, se abalanzó so-
bre él y le dio un abrazo con todas sus fuerzas.
-A mi no me importa cómo te llames ni lo que
ha-
yas hecho, idiota... yo solo sé lo que he visto de ti... y, si
hay algo que sé seguro, es que te quie...
El
potente bramido de una corneta se extendió por
entre los túneles gracias al eco; dejando inconclusa la
frase.
Yin
se había apartado de la muchacha y se había
encaminado al despacho presidencial.
-Quedaos
en la habitación, mi señora. Habrá pro-
blemas.
No
cabía duda acerca del sonido ni melodía de la
llamada... los Cadrelicios se
encontraban a las puertas de
Kilnia.
De
los tres palcos que daban a la pequeña cuenca
que precedía a la entrada principal de la ciudad subte-
rránea, Darwen se encontraba en el que en mejor esta-
do se había conservado. A pesar de ello, las hiedras lo
recubrían y parte de la baranda se había desprendido.
Ninguno de ellos había sido utilizado desde hacía mu-
cho.
Las
numerosas figuras vestidas de azul claro rodea-
ban al palanquín en el que, tumbado sobre un mullido
lecho de cojines, con las cortinas abiertas, se encontraba
uno de los "Hijos Dorados".
-Acercaos
a donde pueda veros, vampiro.
Darwen,
protegido por una túnica negra unida a
una capucha del mismo color, que cubría por completo
su cara, a excepción de una tupida rejilla frente a los
ojos que filtraba el exceso de luz, con lo cual le permitía
percibir con relativa claridad lo que se encontraba a su
alrededor, se asomó para que el líder del grupo pudiese
ver con quién hablaba.
-Estoy
aquí.
-¿Estoy
aquí, qué?
-Estoy
aquí... -El presidente de Kilnia se mordió el
labio bajo la capucha.- ...santidad.
-¿Ves
como no es tan difícil? Bien ¿Habéis decidido
ya uniros a nuestra causa? Pensad en el generoso trato
que os ofrecemos... Vosotros, paganos impíos, culpables
del pecado de haber nacido vampiros, pudiendo vivir
como si fueseis seres normales y
puros... Si os ofrecéis
en vasallaje a nuestra iglesia, os perdonaremos por
vuestros crímenes contra Dios y, si sois sinceros en vues-
tra fe, los nuevos niños saldrán sanos, sin muestra del
vampirismo al que vuestras vidas de pecado, rechazando
a Cadrael y su mensaje, os han llevado...
Darwen,
al borde del llanto debido a la rabia y con
la respiración agitada, apretaba los dientes con tanta
fuerza que sentía que sus ya de por sí retraídas encías,
una enfermedad común entre los de su clase, causada,
según Leudo, por la carencia de vitaminas ligadas al sol,
no soportarían la presión. Pero no podía negarse ¿Ver-
dad? La humillación que estaban sufriendo él, su pueblo
y su cultura no podían anteponerse a las nuevas genera-
ciones... al bienestar de su amada
hija... ¿Y si era verdad?
¿Y si aquellos prepotentes conquistadores estaban
realmente en posesión de un mensaje divino y podían
curarlos de su vampirismo^? ¿Importaba,
realmente?
-Necesito
consultar por última vez con mi gabinete,
para informarles de vuestra propuesta final -Mintió el
presidente.- Os ruego que nos deis un poco de tiempo
para decidir.
Tampoco
era como si tuviese dónde elegir. En caso
de que tan solo hubiese estado en la tesitura de decidir
si los Cadrelicios eran realmente capaces de curar a su
pueblo, los habría echado de allí sin dudar; pues, al mar-
gen de los problemas éticos que suponía decidir una
unión con un grupo tan violento e intransigente, Leudo
se le antojaba de muchísima mayor confianza, y había
demostrado estar cerca del descubrimiento en las últi-
mas investigaciones... Pero no. No era tan sencillo. El
poder militar de los Cadrelicios era, ahora, tan poderoso,
sino más, que el del propio ejército real; y su control
sobre la población era ya mayoritario, y con tendencia
a crecer. Todos sabían que el Edwah
estaba negociando
una importante alianza con ellos y, pronto, cualquier
mandato religioso sería equiparable al real. No podían
permitirse, siendo ya parias, estar en contra del mayor
poder bélico de la región; y menos cuando estaba res-
paldado por la legítima autoridad de la familia de los
Ean.
-No
hay nada que elegir.
Con
un respingo, el abatido presidente se dio la
vuelta y descubrió que la mano que ejercía aquella fé-
rrea presa sobre su hombro pertenecía al hombre más
poderoso de cuantos allí se encontraban, y que, al mis-
mo tiempo, resultaba ser quien menos podía hacer.
-Hai...
No... no lo entendéis... ellos...
-Coincido
con el muchacho, Darwen. -Leudo, quien,
completamente erguido, apenas les llegaba al vientre
debido a su escasa estatura, se hizo notar de pronto.- No
me gustan nada los de esa iglesia... no
me gusta mucho
ninguna iglesia en general, lo reconozco, pero las hay
más o menos inofensivas; y esta es de las descarada-
mente peligrosas. Tan vírica en su expansión como vio-
lenta de acción, lucha por el dominio total e ignora el
conocimiento científico tachándolo de "cambiante e
inexacto" y asegurando que todo lo que necesitamos
saber está en sus libros sagrados. Si valoras en algo mi
trabajo, no te unas a ellos; pues, de haberles obedecido,
ninguno de mis ingenios habría salido jamás a la luz.
-No...
no es eso... ellos... ellos... tienen demasiado
poder militar. No podemos vencerlos ni siquiera con los
pocos efectivos que han traído ¿Cómo resistir sus si-
guientes ataques, apoyados por el ejército real?
-Lo
enfocáis desde el punto equivocado, Darwen.
Nadie
ha dicho que podáis vencerlos... Tenéis dos opcio-
nes: Luchar hoy, arriesgándoos a perder, pero pudiendo
huir si ganáis, o luchar hoy, arriesgándoos a perder, y
seguir combatiendo contra sus tropas hasta que la gue-
rra termine. No existe una tercera opción... porque vos
mismo dijisteis, años atrás, que más valía morir que vivir
bajo el yugo de un tirano para el que nada importan las
vidas de quienes rige.
EL
cuerpo de Darwen se tensó de pronto, atormen-
tado por el recuerdo del hombre que había ocupado
anteriormente el trono de lo que ahora era su joven re-
pública democrática.
-No.
Los niños no deben saber... No deben saber lo
que es eso... toda nuestra generación sufre pesadillas
todavía, pero ellos duermen tranquilos, sin tener idea de
lo que se siente, o sin recordarlo en grado suficiente...
Lucharemos, Hai. Por favor, comunicadle mis intencio-
nes al general.
Apenas
se hubo dado la vuelta, el presidente saltó
sobre él y, gracias a la acción del colgante, que ralenti-
zaba los movimientos y reflejos del mercenario, logró
colocarle un parche morado en la cara, tras lo cual, cayó
al suelo como un peso muerto.
-¡Darwen! ¿Pero qué...?
-Lamento
haberte robado esto de tu cuarto, pero
supuse que algo así podía suceder si se enteraba. No te
confundas, amigo. Mi nueva determinación por luchar
sigue siendo la misma^ pero este hombre
ya ha hecho
bastante por nosotros y, en las condiciones en que se
encuentra, es casi seguro que morirá en combate. Ha-
bíais terminado hace ya unas semanas con lo necesario
para poner en marcha el plan "Exilio" ¿Verdad?
El
muchacho ya había sido llevado de nuevo al es-
tudio de Leudo, el cuarto que poseía la mejor cerradura,
para cuando Áshelayd llegó hasta donde el demonio y el
presidente continuaban discutiendo los detalles de la
operación.
-Lo
siento, Darwen, pero no me parece correcto
abandonaros así.
-No
hay otro modo. Debéis iros con mujeres y niños
en el barco, mientras nosotros los entretenemos.
-¿Qué
ocurre? ¿Dónde está Yin?
-Ahora
no hay tiempo, pequeña. Los Cadrelicios es-
tán a la puerta y...
-¡QUÉ!
-La vara de la muchacha había adquirido un
poderoso fulgor, al tiempo que sus ojos comenzaban a
humedecerse a causa de la rabia.- Si los asesinos de mi
maestro están aquí... ¡Más os vale que no sean aliados!
-No.
Calmaos, por favor. -Darwen se había tranquili-
zado y, con voz firme, explicó la situación a la mucha-
cha.- ...y por eso he encargado que se lo lleven. Vosotros
dos saldréis por el pasadizo que lleva al gran puente,
mientras nuestras mujeres y niños escapan en un barco
especial, que hemos construido bajo la supervisión de
Leudo; y que guardábamos para alguna emergencia de
este tipo, o para trasladarnos si fuese necesario.
-¿Y
por qué no nos podemos ir todos ahora, sin de-
jar a nadie atrás?
-Porque
mucho me temo que tardaré, al menos, 72
horas en terminar los preparativos y poner en marcha
los sistemas... Si
logran entrar antes de ese momento,
estaremos todos perdidos...
-Y
por eso el ejército y yo nos quedaremos a hacer-
les frente para retrasarlos cuanto podamos. No hay más
de qué hablar.
-¿Y
si hubiese otro modo?
-¿Alguna
idea?
-Podríamos
clausurar las entradas. Eso los retendría
lo suficiente como para...
-Es
inútil. Existen demasiadas aberturas, y los cadre-
licios poseen unas famosas armas en forma de gas que
envenenan a la gente. Sin la ventilación, nos aniquila-
rían; así que enclaustrarnos sería contraproducente.
-Entonces, solo nos queda una opción... GANAR.
El
ambiente se había vuelto tan denso que casi po-
día verse el aura combativa de la furiosa muchacha,
quien, atormentada por el recuerdo de su anciano maes-
tro, parecía más que decidida a contribuir en la confron-
tación.
-Desde
luego, es una opción magnífica, Darwen... Si
ganáis, aunque sea solo la primera batalla, tendré tiem-
po de sobra para preparar la nave y llevaros a todos a un
lugar seguro. Sé que, contra toda su fuerza militar, no
podríamos hacer nada, pero ¿Qué diablos? Aquí solo hay
un puñado de ellos, están en nuestro terreno y, encima,
tienen que proteger a un importante líder espiritual...
tenemos muchas ventajas a nuestro favor. ¡Aproveché-
moslas y salgamos con el menor número de bajas posi-
ble!
Tras
unos instantes en silencio, la voz de Darwen
adquirió un tono marcial y se dirigió hacia la muchacha y
el anciano.
-Intentaré
conseguir todo el tiempo que pueda para
que preparéis el barco y las tropas se alisten. Por favor,
Áshelayd, bajad para decirle al general
que se prepare...
y que os prepare, si todavía tenéis intención de ayudar.
La
joven hechicera, sin el menor atisbo de duda, se
encaminó a la sala que le habían indicado. Había llegado
el momento de ver para qué habían servido tanto entre-
namiento y estudio del viejo libro.
Con
la improvisada mentira de Darwen, el ejército
había tenido tiempo de prepararse; lo cual incluía a
Áshelayd.
Tan
solo había dos magos más en el grupo y, como
era costumbre, les habían ordenado posicionarse en las
zonas más altas, para poder realizar sus hechizos de
forma relativamente segura para ellos; aunque a la mu-
chacha continuaba sin convencerle el plan.
-Pero,
General, si todos colocan siempre a los ma-
gos en el mismo sitio, ir al frente para llevarnos a mu-
chos por delante al principio los cogerá de improviso y
no solo habremos causado bajas en sus filas, sino que se
desorganizarán y tendremos ventaja.
-¡Y
yo te repito, niña, que si siempre se colocan así
es por una razón! ¡No vas a saber tú
más de lo que nos
han enseñado los más grandes y famosos generales a lo
largo de la historia! Bastante problema tenemos ya con
que la lucha en las cavernas haya sido descartada y
nuestro número de arqueros ascienda a diez... ¡Así que
cállate de una vez y vuelve con tu grupo!
Enfadada,
la muchacha se dio la vuelta y regresó
junto a los demás magos. Sabía muy bien que el General
tenía razón y que lo que la motivaba a proponer aquel
plan era su ansia personal de venganza contra quienes,
como bien sabía, habían hecho tanto daño a todo cuan-
to amaba; pero no dejaba de pensar que, en el fondo, su
idea no había sido tan mala.
Por
encima de su clara túnica de seda con motivos
de llamas y burbujas, llevaba una capa negra similar a la
de los demás, para evitar convertirse en un blanco re-
currente, al poder ser distinguida del resto de figuras
encapuchadas. Ligeros protectores de cuero en brazos y
piernas, además de la mal remendada camisa-armadura
de Yin, quien no tendría la oportunidad de utilizarla,
eran lo único que había logrado encontrar para prote-
gerse; pero no importaba. Tenía agarrada con fuerza la
vara de Raya y, en su memoria, los
hechizos sacados del
libro que había seleccionado para la ocasión. No había
visto en el todavía ninguna de las impresionantes e im-
parables magias que se le atribuían, pero sí muchísima
información acerca del funcionamiento de la naturaleza;
la cual podía ser utilizada, haciendo uso de su ingenio,
para poner la batalla a su favor.
El
imprevisto flujo de figuras cubiertas por tela ne-
gra la hizo despertar de su ensimismamiento y se dispu-
so a seguir a los magos a las plataformas de combate.
Un
repentino respingo de angustia la hizo pararse
en seco ¿Cuáles eran? Todos se habían puesto las capu-
chas antes de salir; imposibilitando el reconocimiento
del grupo al que debería haber seguido.
Una
leve sonrisa acudió a sus labios mientras se los
cubría con la tela de rejilla. Al final tendría que atacar
junto a los soldados, dado que no conocía la situación
del lugar que le habían asignado...
Frente
a la montaña, los cadrelicios habían adopta-
do una posición defensiva. No era la primera vez que
realizaban una propuesta de ese tipo a pueblos bárbaros
y reticentes a aceptar su religión, y sabían como solían
terminar las negociaciones.
Cerca
del momento en que habían previsto que su-
cedería, el ejército de vampiros surgió como de la nada y
comenzó a cargar contra ellos. Dada la orden de con-
traataque, un fuerte relámpago se cernió sobre el ejérci-
to azabache.
De
un modo inexplicable para quienes lo habían
lanzado, éste se había disipado justo antes de llegar a su
objetivo.
-¡Tienen
magos en primera fila!
Apenas
hubieron oído aquel grito femenino prove-
niente de su propio frente, los combatientes kilnianos se
detuvieron en seco, formaron un muro de escudos y
dejaron a su pareja de hechiceros crear protecciones
luminosas a su alrededor.
La
irregularidad del terreno, y carencia de huecos al
nivel adecuado, había impedido atacar desde la protec-
ción de las rocas a los pocos arqueros que tenían entre
sus filas, obligándolos a exponerse para combatir; y su
precario número de magos tan solo podría protegerles
de ataques energéticos dispersos. La desventaja, perdi-
do el primer envite, era clara; así que Áshelayd decidió
poner las cosas un poco más a su favor.
Como
había aprendido en el libro, la luz del sol no
les llegaba con la misma fuerza con que lo habría hecho
de no tener atmósfera. Si mantenía estática y aumenta-
ba el nivel de reflexión de una capa de aire concreta,
quizás podría...
La
muchacha no tuvo que repetir su hechizo. Una
gran cúpula sombría, que se vio refulgente desde la leja-
nía, se cernió sobre el campo de batalla, dificultando la
visión de los cadrelicios y liberando a los vampiros de sus
incómodas prendas protectoras. Con un grito de júbilo,
comprendiendo al momento la ventaja que suponía para
ellos, cargaron de nuevo contra el ejército invasor.
Uno
de los soldados que se encontraba a escasos
metros de Áshelayd era custodiado por dos fornidos
maceros y permanecía mirando al cielo, con las manos
extendidas hacia la cúpula y murmurando siseos ininteli-
gibles. Sin duda era el mago que había lanzado el rayo
que acababa de rechazar. Era cuestión de tiempo que
descubriese el truco utilizado y encontrase el modo de
anularlo; por lo que detenerlo debía convertirse en su
prioridad.
La
bola de fuego fue rápidamente bloqueada por
el hechicero. Ordenó a sus camaradas que lo siguieran a
distancia prudencial y devolvió el saludo.
Antes
de que hubiese llegado hasta ella, Áshelayd
hizo brotar un chorro de tierra que recibió el impacto de
la esfera ardiente. Confiada, comenzó a correr hacia el
enemigo, pero un rayo la lanzó hacia atrás. El hechicero
había lanzado dos ataques seguidos, claro... ¿Cómo no lo
había previsto, después de tanto entrenamiento? Su
experiencia en combate no podía compararse a la de un
mago Cadrelicio... pero había mejores
cosas en que pen-
sar en aquellos momentos.
Después
de intentar detenerse sin éxito, terminó de
rodar al caer sobre unos peñascos, que no por ser relati-
vamente planos amortiguaron mejor la caída, e intentó
levantarse. El silbido de una espada al ser blandida la
alertó a tiempo para apartarse, pero una punzada de
dolor en la espalda, sin duda producto del impacto, la
hizo trastabillar. El siguiente envite logró golpear su cos-
tado, cortando tela y cuero, pero no piel, gracias a la
camisa azul, y un contundente rodillazo la mandó contra
la pared de roca cercana a la pendiente por la que había
caído. Con la espada atrasada, el Cadrelicio la agarró del
cuello y sonrió al ver el dolor en su mirada. Antes de
terminar su estocada, las pupilas de la joven refulgieron
con un brillo azulado y el hombre se dobló sobre sí mis-
mo, dejando caer la espada.
Áshelayd
tosió y se irguió. No le había resultado di-
fícil imaginar un sufrimiento horrible que transmitir al
"Sentido" del adversario,
pues ella misma acababa de
padecerlo... claro que, el suyo, no había sido tan agudo
ni constante.
Al
llegar de nuevo al campo de batalla, la joven se
encontró de frente con el hechicero que la había derro-
tado; ahora custodiado por un solo macero.
Al
verla, soltó un improperio y dirigió su corta vara
blanca de milagrero (pues los Cadrelicios intentaban
diferenciar como fuese posible a sus magos de aquellos
ajenos a la religión) hacia ella. Áshelayd se defendió con
un nuevo muro de tierra, pero esta vez el segundo golpe
del hechicero falló. Antes de que el milagrero o su guar-
dián hubiesen tenido tiempo de percatarse de ello, la
muchacha, quien se había propulsado a sí misma por los
aires con un segundo géiser de polvo oculto por el pri-
mero, dejó caer el orbe de su vara, con todas sus fuer-
zas, sobre el casco del macero; el cual cayó al suelo, san-
grando y, en apariencia, inconsciente.
Con
una rápida finta, la joven esquivó el siguiente
ataque del milagrero y, simplemente, desapareció.
No
había rastro de ella y, cuando finalmente el he-
chicero había comenzado a rezar, temeroso de aquella
magia desconocida, un fuerte golpe en la espalda, unido
a una intensa descarga eléctrica, lo hicieron caer por el
risco.
Cerca
del lugar por el que se había precipitado, el
aire se onduló y reveló, como si de un espejismo se tra-
tase, la presencia de Áshelayd. Utilizar el escudo de tie-
rra para catapultarse había sido genial, pero aumentar la
capacidad reflexiva del aire que la rodeaba de tal modo
que se volviese prácticamente invisible desde el ángulo
deseado, había sido, a todas luces, apoteósico; aunque
su alegría y autoaprobación no durarían mucho.
Un doloroso golpe en el hombro la desequilibró e
hizo caer por el risco; aunque con mayor suerte que el
milagrero, pues logro desviarse hasta un saliente. Aga-
rrándose el brazo afectado, que ya había sufrido una
descarga y el lanzamiento de un mazo, por parte de un
guerrero al que se arrepentía de no haber destrozado
con su magia por miedo a quedarse sin fuerzas en algún
momento clave, se levantó para ver, ante sus narices, a
un grupo de tres lanceros y dos espadachines cadrelicios
que, sin dudarlo, dirigieron sus ataques hacia ella.
-¡SUJYULLA!
El
campo de batalla se había sumido de pronto en
un completo silencio, a causa del fuerte restallido que lo
había inundado.
Una
densa nube de humo negro comenzaba ahora a
disiparse, permitiendo entrever una gigantesca y pode-
rosa cola, terminada en un hacha de acero sujeta a un
arnés, y una gran pata anaranjada con manchas rojas, de
uñas negras, que descansaba sobre el cuerpo aplastado
de uno de los lanceros.
Una
repentina ráfaga de viento terminó de alejar la
humareda, dejando a la vista a un enorme monstruo
acorazado con varias piezas de acero. Sobre su lomo
reposaba una joven de aspecto tan sorprendido como el
de cualquiera de quienes los rodeaban.
-Áshelayd...
-Aquella voz, que se oía tan clara como
si nada se interpusiese entre ella y sus oídos, acompa-
ñada por una conocida sensación de cosquilleo en la
nuca, hizo que la muchacha comprendiese que su de-
sesperado intento había dado buen resultado.-
...Áshelayd ¿Estás bien? Traigo recuerdos de parte de mi
hermanita.
-¡Has
venido!
La
gigantesca salamandra cornuda de montaña ba-
rrió a un grupo cercano de cadrelicios con su hacha.
-La
gobernanta no te mintió. Siempre que nos lla-
mes por una causa honorable, responderemos con pres-
teza... ¿Luchar contra los Cadrelicios?
¡No necesito saber
mucho más para ponerme de tu lado!
Con
renovada confianza, aunque todavía más débil
que antes a causa de la repentina invocación, la mucha-
cha le comunicó la situación a su compañera tan rápido
como la telepatía le permitió; lo cual no era poca veloci-
dad.
-...
así que necesitamos ganar tiempo y, para ello,
debemos derrotarlos en la primera confrontación y obli-
garlos a retirarse hasta mañana.
-Tranquila,
pequeña... tú ahora solo sujétate y no
temas, pues mis habilidades solo dañarán a mis enemi-
gos.
Apenas
hubo dicho esto, la salamandra incendió su
cuerpo y se abalanzó sobre un numeroso grupo de sol-
dados Cadrelicios; que comenzaron a correr, envueltos
en llamas.
Áshelayd
contemplaba, asombrada, cómo el líquido
incendiario la cubría también; pero no le causaba ningún
daño. Sin duda, el poder de la salamandra no era solo
biológico, sino, al menos en parte, también mágico.
El
ejército Cadrelicio se había dispersado, por miedo
a volverse un blanco apetecible para aquella bestia lla-
meante; sin embargo, al enemigo todavía le quedaba un
milagrero con vida. Tal y cómo estaba la situación, reci-
bió permiso del "Hijo Dorado"
para invocar el poder de
los dioses.
Una
vez se hubo quitado el guante, colocó la otra
mano sobre la marca que había descubierto y gritó un
nombre que se vio ahogado por los gritos de los solda-
dos. Tras un gran restallido de fuego y humo negro, un
enorme lobo blanco de dos colas y orejas largas y caídas
saltó sobre el anfibio.
-Ten
cuidado, Áshelayd... ese hombre es un aliado
de los Cannya. ¡Maldito clan sin orgullo...!
se han dejado
domesticar por una organización, en lugar de conceder
favores individuales a los individuos
que los merezcan...
Una
gran ráfaga de aire apagó la mayor parte de las
llamas azules que rodeaban a la salamandra, dejando vía
libre al colosal cánido para atacar.
La
confrontación inicial terminó con la placa protec-
tora del hombro izquierdo del anfibio arrancada y con
un superficial corte de hacha en el costado del cánido.
-¡Un
lobo no puede hacer eso!
-Por
eso te dije que tuvieses cuidado, pequeña... ese
chucho no tiene nada que hacer contra mí en condicio-
nes normales, pero su jinete es un mago experimentado
que se ha estado guardando las fuerzas y se ha tomado
su tiempo para invocarlo... esto es un combate muy de-
sigual...
-¡No!
Yo puedo ayudarte, soy fuerte, he entrenado,
yo...
-Tú
eres una estudiante de magia herida que ha
gastado más de tres cuartas partes de su poder; así que
agárrate bien y déjame hacer... Si ves
que tienes una
buena oportunidad de fulminarlos, sin embargo, no me
vendrá mal la ayuda.
Sin
decir otra palabra, ambos animales se abalanza-
ron de nuevo el uno contra el otro.
El
panorama era sobrecogedor ¿Qué había pasa-
do? Dos ejércitos, uno vestido de azul claro y el otro de
negro, se enfrentaban sobre un terreno tan escaso como
irregular, al que la luz del sol parecía no ser capaz de
acceder con normalidad, mientras dos monstruos com-
batían ajenos al bullicio.
Jahí
tiró de las improvisadas riendas del Wikerno,
pero el miedo impedía al animal realizar cualquier ac-
ción. Viéndose rodeado de repente por un grupo de Ca-
drelicios, el muchacho se bajó de su montura y los des-
pachó antes de que tuviesen tiempo de alzar sus espa-
das.
-¡Vamos,
amiguito! Si te quedas aquí, uno de esos
monstruos se nos podría com^
De
pronto, las ensangrentadas fauces del lobo se
abalanzaron sobre el animal y el joven luchador; cuya
salvación llegó en forma de hacha roma y quebrada, que
lo lanzó lejos de un golpe.
-¿Todavía
seguíais vivos, impuros seguidores del
diablo? ¡Pues pronto lo solucionaré!
Jahí,
con el corazón desbocado a causa del susto,
miró hacia aquellos a los que hablaba el milagrero que
montaba la bestia plateada. El otro animal, alguna clase
de lagarto naranja lleno de heridas sangrantes, jadeaba,
casi incapaz de soportar el peso de su abollada y agrie-
tada armadura mientras, sobre ella, una joven paraba,
como podía, los rayos que el mago enemigo les conti-
nuaba lanzando.
Sus
ojos no le engañaban ¡Era la muchacha! La chica
a la que perseguía para conseguir aquella valiosa vara
acababa de salvarle la vida, a pesar de que, la situación
en que se encontraba, no parecía ser la de alguien en
condiciones de andar ayudando a otros...
Una
profunda rabia inundó de pronto su pecho ¿Por
qué lo había hecho? ¿Cómo se suponía que debía reac-
cionar él ahora?
Cuando
ya se había decidido a intervenir, un desga-
rrador bramido retumbó en la falda de la montaña. El
lobo, gracias a los ataques de su jinete, había logrado
acercarse lo suficiente como para morder el brazo des-
protegido del anfibio y se lo había arrancado.
La
salamandra, luego de dar un último golpe deses-
perado con la cola a su enemigo, que lo obligó a alejarse,
se tambaleó y cayó de costado.
-Áshelayd...
-¡No
hables, te pondrás bien!
-Tranquila,
me recuperaré mejor de lo que crees,
esto es solo un método de defensa... No he podido ven-
cerlos, pero al menos así puedo igualar el combate. El
mago ha gastado mucha energía y, cuando pierdo una
extremidad, el tuétano del hueso que se ha desprendido
de mi cuerpo emana un gas venenoso... el lobo está en-
venenado y no podrá luchar más. Quizás hasta muera.
Suerte contra el hechicero... yo... no puedo seguir...
Y,
con simultáneos vórtices que absorbieron sus
cuerpos hasta hacerlos desaparecer con un sonido de
succión, ambas bestias regresaron al lugar de donde
habían salido.
Aprovechando
el momento de sorpresa que el mi-
lagrero había sufrido al verse de pronto suspendido en el
aire sin apoyo, Áshelayd condensó sus fuerzas restantes
en una bola de fuego que impactó de lleno contra su
pecho; carbonizándolo.
La
falta de energías había hecho mella. La mucha-
cha casi no aguantaba de pié y sostener la vara en alto
quedaba muy lejos de sus posibilidades, por no hablar ya
de utilizarla.
Enfrentarse
a una hechicera que había derrotado a
un enviado de Dios y a su milagrero no era algo que los
soldados deseasen hacer, pero el que estuviese agotada
y, su aspecto, fuese el de una joven muchacha llena de
heridas los animaba.
Jahí,
por su parte, se había visto rodeado por un
numeroso grupo de guerreros del mayor calibre, que no
habían participado en combate, pues se encontraban
protegiendo al tercer "Hijo
Dorado"; por lo que no ha-
bría podido ayudar a nadie más que a sí mismo.
La
visión de la muchacha era borrosa, los sonidos
parecían retumbar en su cabeza con varios segundos de
retraso y su propia respiración resultaba incómoda de
oír y sentir. Incapaz de hacer frente a tantos enemigos,
se dejó caer de rodillas... justo a tiempo para evitar la
lluvia de guijarros que se habían desprendido de una
súbita serie de explosiones.
Ambas
facciones se sorprendieron y prepararon
para la aparición de algún otro monstruo, pero lo único
que ocurrió fue otra tanda de explosiones.
Las
detonaciones eran repentinas y se sucedían
demasiado cerca del tercero como para que a los Cadre-
licios les resultase una situación aceptable.
No
había forma de que los vampiros las estuviesen
lanzando, pues se encontraban todavía lejos de aquel
punto ¿Podían guardar catapultas en aquellas cavernas?
O acaso...
-¡Mirad! ¡Es él!
En
uno de los riscos más altos, reposaba la oscura
figura de un hombre con la cara cubierta por una másca-
ra bucal y un pañuelo en la cabeza. Al cinto, llevaba una
espada de vaina roja esmaltada y, colgando, algunos
cuchillos de lanzador.
Al
ver que todas las miradas se habían dirigido hacia
él, proclamó con una voz serena, pero que retumbó con
una fuerza que volvió el ambiente frío e irrespirable:
-El pueblo de los vampiros goza de los servicios
de
los Yajin'e -una decena de figuras encapuchadas surgió
de pronto de entre las rocas; soltando, cada una, un pe-
queño globo de papel con una vela dentro que, al llegar
a cierta distancia, era consumidos por el fuego y dejaban
caer sus cargas explosivas sobre el ejército enemigo. -
Deseo saber quién es el hombre que manda a este ejér-
cito invasor... Quiero que sepa, antes
de que ocurra, que
es Hai "Obagashy" quien va a
matarlo.
Un
resplandor, que resultó visible a pesar de la fal-
ta de luz, sugirió que el muchacho había comenzado a
desenvainar su espada, y fue entonces cuando los Ca-
drelicios comenzaron a retroceder.
-¡Cobardes! ¡Seguid avanzando! ¡Ya casi los tenía-
mos, malditos herejes; volved a la batalla!
-¿Pero
qué dices? ¡Salgamos de aquí!
-¿Qué?
-El comandante en jefe no daba crédito a lo
que oía.- Pe... Pero, santidad, nosotros...
-¡Sácame
de aquí, Llohír! ¿Acaso no has oído que
ese infiel quiere matarme? ¡No podemos arriesgarnos a
que eso ocurra! ¡Retirémonos!
-Con
mis respetos...
-¡No
quiero tus respetos! ¡QUIERO TUS PIERNAS!
Ponte a correr con los porteadores y sácame de aquí.
Dicho
esto, el hijo santo cerró las cortinas con pulso
tembloroso y se negó a contestar a nada más.
El
comandante había perdido una batalla ganada a
causa de la cobardía de aquel supuesto representante
de un dios invencible... Si en alguna ocasión flaqueó la fe
de Hanrram Llohír, fue en ese momento; y quizás nunca
volvería a ser la que era.
Áshelayd
miraba, llena de orgullo, al lugar en que se
encontraba su guardián. Acababa de demostrar de for-
ma impecable cómo derrotar a un ejército que los supe-
raba utilizando más el ingenio que la fuerza... Se sor-
prendió a si misma al sonreír y gritar: "¡Hemos hecho un
Handschmud!"
Jahí,
agotado y acorralado, vio de pronto cómo
quienes lo cercaban (aquellos que continuaban vivos o
conscientes) se batían en retirada. Un breve vistazo,
bajo el contexto de cuánto sabía, le bastó para recono-
cer la figura y espada de quien los
había hecho huir... El
hombre que acompañaba a la muchacha; ese que logró
derrotarlo sin tocarlo y que volvió las explosiones de
Inowake contra él... Había llegado hasta allí buscando
robarle la vara a aquella chica y, luego de verse envuelto
en el conflicto más extraño que había presenciado ja-
más, había sido salvado dos veces: Una por la propia
muchacha y, la otra, por su guardián.
Estaba
cansado, magullado y lleno de arañazos; pe-
ro si había algo que realmente le dolía era la deuda que
acababa de contraer.
^Muchos habían muerto, pocos
entendían lo que
había sucedido y ninguno podía creer que todo hubiese
acabado con una victoria semejante.
No
podían esperar que se hubiesen retirado para
siempre, pero no cabía duda de que, si volvían, sería
demasiado tarde. La táctica del general les había pareci-
do arriesgada, pues en opinión de muchos lo lógico ha-
bría sido combatir dentro, pero fuesen cuales hubiesen
sido sus razones (se decía que había contrarrestado de
ese modo un gas venenoso, o que intentaba alejarlos de
los túneles para que no atrapasen a mujeres, niños y
ancianos en el barco), su plan había dado resultado.
La
joven, sin embargo, sabía muy bien lo que ha-
bía ocurrido y se odió a sí misma por haber intentado
proteger a su guardián... Él siempre
sabía cómo actuar
en el momento preciso. Había sido un error pensar que
intentaría combatir en el frente estando tan débil
¿Cuándo se le había ocurrido aquella idea? ¿Quién lo
había ayudado? Globos de papel propulsados con una
vela... bastaba con pedir a un mago que la
brisa soplase
de cierto modo, y el ejército enemigo estaba acabado.
Luego
de pararse varias veces a causa del cansan-
cio, la muchacha llegó finalmente al cuarto de Leudo;
donde se encontraba el joven mercenario, sentado so-
bre una silla y deshaciendo las cápsulas de papel que no
había utilizado.
-Yin...
-¡Mi
señora! Me alegro de que no os haya ocurrido
nada grave... Me habría gustado poder evitaros el sufri-
miento al que os habéis visto expuesta; pero mi condi-
ción...
-¡Idiota!
-La joven lo abrazó y enterró su arañada
cara en el pecho.- No se te ocurra pedir disculpas por
ayudarnos a pesar de nuestros intentos por detenerte...
No habría podido sobrevivir sin tu entrenamiento, ni sin
que hubieses aparecido en ese momento... Eres mi
me-
jor amigo, y haces que me sienta segura; porque sé que
siempre estás ahí para salvarme en el momento adecua-
do... ¡Y quería decirte que te quie...!
-¡Loco!
-El pequeño demonio se precipitó en la ha-
bitación con la cara morada de ira.- ¿Cómo te atreves,
maldito? ¡Te mataré! -Áshelayd, sorprendida, se sentó
sobre la mesa mientras veía cómo el alquimista arranca-
ba las hojas de papel de las manos del mercenario. - Mis
grabados... Mis queridos grabados...
Leudo
se había dejado caer de rodillas mientras so-
llozaba, con la inmensa nariz inmersa entre las bolas de
papel arrugado
-Yo...
Tan solo utilicé lo que tenía a mi alcance pa-
ra...
-¿Sabes
lo que valían mis grabados? ¿Lo sabes? Mu-
chas de aquellas mujeres ya ni siquiera viven... sus figu-
ras se han perdido para siempre...
-Esperad
un momento... ¿Estáis hablando de...?
-Mis
preciosas diosas, ninfas, bailarinas y modelos...
Destruidas...
-¿...Estáis hablando de aquellas cochinadas?
-¡Pues
claro! ¿De qué si no?
-¡Tal
y como os comportáis, pensé que Yin había uti-
lizado alguna investigación o algo así!
-¡Ojala!
Las investigaciones están en mi cabeza y
puedo repetirlas... pero los turgentes pech...
-¡Calla
ya y vete a montar el barco ese!
-¡Ya
está "montado"!
-¡Pues
entonces no tengo que hablar contigo nunca
más!
Molesta
más allá de lo que la situación parecía ha-
ber podido ocasionar, la muchacha dio una patada al
anciano en la entrepierna y se fue con los ojos anegados
en lágrimas.
Aquellos
estúpidos hombres... Uno no pensaba más
que en sexo y, el otro, no se había ni figurado todavía lo
que sentía por él a pesar de sus intentos fallidos por con-
fesarse.
Estaba
tan cansada... sin terminar de comprender
cómo, había llegado al lugar en que trataban a los en-
fermos de urgencia. Sin acabar de saber qué la movía, se
tumbó en un camastro y se durmió con un suspiro en-
trecortado. Si tan solo él hubiese dado alguna muestra
de sentir lo mismo...
La
caverna, situada a nivel del mar entre los acan-
tilados, era húmeda, olía a podrido y resbalaba a causa
de las algas; pero todos los presentes agradecían haber
podido llegar hasta ella a tiempo.
El
barco, aún sin bautizar pero conocido por todos
como "Exiliador", permanecía a flote, con algunas esca-
las aún sin recoger, debido a que el presidente no había
subido todavía.
-No
tengo palabras para agradeceros cuanto habéis
hecho... ni para disculparme por...
-Dejadlo
ya, Darwen. La espada que me habéis da-
do, así como la ropa nueva, que es lo que ahora necesi-
taba, es muestra de gratitud más que suficiente... Dicho
lo cual, dad recuerdos de mi parte a vuestra hija y sus
amigas, y agradecedles que se hayan prestado a disfra-
zarse y ayudarme con mi pequeña actuación.
-Algo
me dice que son ellas quienes os agradecen
que les hayáis dejado involucrarse...
De verdad os lo di-
go, amigo mío: Nuestro pueblo está en deuda imperece-
dera con vos y con vuestros descendientes. No sé a dón-
de iremos ahora pero, sea a dónde sea, nunca olvidéis
que tenéis un lugar de honor en la memoria de nuestro
pueblo.
-¿Estaréis
bien en el viaje?
El barco está acorazado y cubierto por
completo...
no me preguntéis cómo se mueve sin velas, porque solo
Leudo lo sabe, pero está bien surtido y es funcional.
Ahora, no os retraséis más y huid por el pasillo que os he
indicado antes de que los Cadrelicios regresen. Tras ha-
beros alejado a una distancia prudencial, os ruego que
detonéis los explosivos. No estaría bien que, luego de lo
que nos habéis ayudado, permitiésemos a los Cadrelicios
seguiros por salvar un par de estructuras... Una vez más,
gracias.
Y,
tras una ligera reverencia, Darwen enganchó el
brazo en la escala y comenzó a subir al barco que acaba-
ba de zarpar.
Áshelayd
y Yin se quedaron mirando hasta que la
nave hubo salido por la inmensa abertura y se pusieron
en camino.
-Creo
que voy a echarlos mucho de menos.
-Os
comprendo, mi señora... los vampiros son un
pueblo que podría haberse vuelto huraño y vil debido a
lo mal que ha sido tratado por otros individuos, o por la
misma fortuna, pero, a pesar de ello, han decidido con-
servar un humor y hospitalidad dignos de elogio...
Les
deseo lo mejor.
-No
puedo dejar de darles gracias por las ropas y
provisiones que nos han proporcionado... incluso se han
molestado en coserme el vestido que me regaló el tri-
tón, a pesar de lo ocupados que estaban.
-Sí.
No puede compararse con Ajinkattai, pero el sa-
ble de un solo filo que me han proporcionado es de lo
mejor que pueden hacer con sus forjas. Para ellos ha
sido un gran esfuerzo proporcionárnosla... pero dejemos
ya de pensar en eso. Ambos grupos hemos salido bene-
ficiados y tenemos nuestro propio destino. Una vez ha-
yamos pasado este túnel, estaremos casi al lado del gran
puente y, finalmente, podremos descubrir a dónde se
llevaron a vuestros amigos y quién es ese "Guardián de
los Secretos" que queréis
encontrar ¿Tenéis todavía las
indicaciones del hostelero?
-Sí.
Las he llevado conmigo todo este tiempo y las
he pasado a limpio en un par de ocasiones, cuando se
han manchado, aunque me las he aprendido de memo-
ria. No me costará encontrar los documentos que me
indicó.
-Es
una gran noticia.
-Sí.
Esto... Hay una cosa que aún no os he pregunta-
do ¿Cómo hicisteis para escapar de la habitación de
Leudo? Me dijeron que os habían encerrado en ella lue-
go de sedaros y que, no solo no despertaríais hasta que
todo hubiese terminado sino que, aunque lo hicieseis,
no podríais salir de ella.
-Ah,
sí, eso... Con el forcejeo del momento
en que
Darwen me sedó, se soltó el colgante inhibidor y parece
que la gran afluencia de energía con la que abastece mi
cuerpo el punto nexo me ayuda a metabolizar los vene-
nos todavía mejor que antes. En cuanto desperté abrí la
puerta sin pensarlo y, solo cuando vi que había arranca-
do el pestillo, me percaté de que el hexágono estaba
separado de mi piel. Todavía no controlo la fuerza, pero
parece que, al menos, ya puedo caminar sin lanzarme
contra las paredes.
-¡Jajaja!
Pobre Leudo. Entre eso y lo de los graba-
dos, no me extraña que no se haya despedido de noso-
tros. Y yo que pensaba que había sido por los preparati-
vos...
-Un
hombre curioso, el alquimista... me pregunto si
volveremos a verlo.
-Para
eso seguramente habría que encontrar la
nueva ciudad de los vampiros, y no me parece... Un
momento ¿Creéis que estamos lo bastante lejos?
-En
eso estaba pensando. Realmente me apena ir-
me así...
Antes
de que la muchacha pudiese añadir nada
más, el joven rompió el sello de la piedra roja que les
habían proporcionado y, en cuanto el brillo de esta se
apagó, una fuerte explosión resonó a lo lejos.
Kilnia,
la ciudad de los vampiros, ahora práctica-
mente incomunicada, y vacía por completo, había muer-
to.
LXXIX - LA TORRE DE LA
CANTERA
Hadí
Permanecía sentado en el antiguo trono la-
brado en piedra del último piso, el único mueble que allí
había, limpiándose la sangre de la frente con una gasa.
¿Qué
había pasado? ¿Cómo podía haber fallado de
tal modo en su misión? No había
excusa... Cierto que un
tercio de las tropas habían sucumbido a la esperada apa-
rición del objetivo principal y que, finalmente, éste había
logrado sonsacar la información que necesitaba, al hom-
bre que ahora yacía muerto a sus pies, antes de que a él
le hubiese dado tiempo de llegar... pero no era disculpa
para su propia incompetencia.
Con
un suspiro, el "Guerrero Santo" arrancó su es-
pada del pecho del cadáver, se levantó y miró al cielo
entre las gruesas columnas de mármol que soportaban
la cúpula que coronaba la torre.
-¿Se
sabe algo?
-N...
no, señor... Hemos descubierto al traidor y re-
cogido los cuerpos de los valientes que murieron por la
causa; pero no sabemos nada de...
-¡Silencio! -El joven guerrero cerró sus saltones ojos
(Lo cual agradecieron los presentes) y suspiró de nuevo.-
¿Acaso crees que puedo informar tan tranquilamente de
esto estando todavía bajo mi periodo de prueba? Al Pa-
dre no le va a gustar nada que hayamos perdido al obje-
tivo... ¿De quién es la culpa? Desde luego, la responsabi-
lidad recae sobre mí, pero ¿Quién es el verdadero cul-
pable?
-Pues...
-El soldado contestó con prudencia; cons-
ciente de que su respuesta decidiría cuanto tiempo de
vida le quedaba.- La culpa es... ¿Del diablo?
-¿Qué?
-Bueno...
el enemigo es un aliado del diablo... sin
duda éste le dio fuerzas para evadirnos y, si nos hemos
salvado los que nos hemos salvado, ha sido tan solo gra-
cias a la bondad de Dios...
El
muchacho se rascó la barbilla con aire meditativo
y se echó hacia delante en el asiento.
-No
te falta razón, soldado... ¡Me pondré en contac-
to con la sede de inmediato! Debemos
llamar a los mila-
greros exorcistas por si quedasen restos del diablo por
aquí que pudiesen poseer a alguno de nosotros. Ahora...
La
frase del "Guerrero Santo"
quedó inacabada de-
bido a la sorpresa que les causó el ver cómo el grueso
pilar central de la torre se abría de pronto, dejando al
descubierto el rostro de una muchacha de aspecto tan
confundido cómo el de ellos mismos.
La
escena se desarrolló a demasiada velocidad
como para que la agotada y sorprendida joven hubiese
tenido tiempo de reaccionar.
Apenas
hubo sacado la cabeza por la salida del pa-
sadizo, un muchacho alto y delgado con ojos de desqui-
ciado había blandido hacia ella una gran espada que se
había detenido repentinamente por un filo proveniente
de detrás de ella.
Sin
darle ocasión de moverse por sus propios me-
dios, Yin la obligó a ocultarse en el pasadizo de un empu-
jón y se lanzó contra el joven del peto azul.
La
fuerza del bloqueo había desestabilizado a Hadí,
pero el golpe que lo sucedió fue colosal. Luego de reco-
rrer por el aire media estancia y de rodar varias veces
sobre sí mismo, el "Guerrero Santo" se levantó y cubrió,
por poco, del siguiente ataque con su escudo.
A
pesar de la gran defensa de la que gozaba, el gol-
pe le hizo crujir el hombro y lo lanzó con fuerza contra
una de las columnas que sujetaban el techo; la cual se
agrietó.
Los
dos subordinados, alterados ante aquella de-
mostración de poder, corrieron para avisar de lo sucedi-
do al resto de los soldados.
-¿Quién
sois y por qué nos habéis atacado?
El
muchacho que acababa de darle aquella paliza
parecía de menor edad que él. Era pelirrojo y vestía una
chaqueta negra de algodón sin mangas bajo la que lle-
vaba una camisa de seda gris. A la cintura, tenía sujeta
una gruesa faja de color oscuro. Sujetaba frente a su
rostro un sable robusto, de guarda ovalada, que, debi-
do al impacto contra su escudo indestructible, había
perdido parte de su filo; lo cual animó a Hadí.
-Los
muertos no necesitan saber nada más que las
alabanzas que le deben a su señor.
Con
gran ímpetu y habilidad, el guerrero blandió su
espada contra el joven pelirrojo; quien lo esquivó sin
esfuerzo y contraatacó. El golpe Lanzó a Hadí hacia arri-
ba, pero éste había previsto la situación y, girándose en
el aire, colocó los pies sobre el techo y se impulsó sobre
el mercenario con la espada en alto.
El
brutal entrechoque de hojas hizo volar por los ai-
res la espada de Hadí; la cual se clavó en el duro suelo
de piedra a unos metros. Rápido de reflejos, el "Guerre-
ro Santo" rodó por el suelo y llegó hasta ella antes de
recibir el siguiente ataque; pero este no se habría pro-
ducido.
El
arma del Yajin'e, incapaz de seguir el ritmo de su
propietario, tenía el filo partido y, su lomo, algo más
flexible, se había doblado de un modo que la volvía inu-
tilizable.
El
joven la hizo a un lado y se sacó un Yonbai
de la
chaqueta.
-Ahora
no puedo seguir entreteniéndoos con la es-
pada. Los cuchillos solo me permiten utilizar técnicas de
apoyo a la esgrima o tácticas asesinas...
Así que respon-
ded a mis preguntas ahora, o no habrá un mañana para
vos.
Recuperado
el aliento y con la espada de nuevo en
sus manos, Hadí respondió, con orgullo:
-Soy
un "Guerrero Santo" a las órdenes de Dios y
defensor de las palabras de Cadrael. Vosotros habéis
irrumpido en un lugar que es solo nuestro y, por ello,
merecéis la muerte, malditos infieles.
-Bien.
Si la muerte es lo que nos deseáis y preten-
déis concedernos, no podéis culparme por lo que voy a...
Una
repentina ráfaga de fuego se cernió sobre el jo-
ven que llevaba el símbolo de la espada dorada en el
pecho. Se cubrió con el escudo mágico y la hizo estallar
contra el muchacho pelirrojo. Yin, incapaz de controlar
todavía sus nuevas fuerzas, se había echado a un lado
para evitar las llamas dispersas pero, perdido el control,
se estrelló contra una de las columnas; quebrándola.
El
golpe había dejado entumecido su brazo izquier-
do y, al intentar levantarse para regresar al combate, se
percató de que el colgante había vuelto a adherirse a su
piel; suprimiendo sus habilidades.
Hadí,
listo para terminar con la amenaza que supo-
nía la hechicera que lo había atacado, se lanzó sobre el
hueco del pasadizo mientras que ésta, ofuscada por el
odio que sentía hacia los Cadrelicios, y viendo en él la
viva imagen de la descripción del muchacho de Árdell,
apuntaba con su vara hacia el "Guerrero Santo" sin la
menor intención de apartarse.
En
una fracción de segundo, una mano desconocida
tiró de Áshelayd hacia atrás, poniéndola lejos del alcan-
ce de la espada enemiga, tras lo cual, una poderosa pa-
tada lanzó al guerrero a varios metros de distancia.
Para
cuando Yin, Áshelayd y Hadí se hubieron levan-
tado, el muchacho que había detenido el combate ya
había tenido tiempo de reajustarse la gorra y los tiran-
tes. Permanecía tranquilo, con las manos en las caderas,
en el centro del triángulo que éstos conformaban y,
mostrando una sonrisa socarrona en la cara, proclamó:
-Ya vale de paridas... ¡Todos
p'a atrás, que aquí es-
tá Jahí, "el dragón centelleante"!
Los
combatientes habían quedado anonadados an-
te la repentina aparición del muchacho de la gorra roja
de duende.
-¡Tú!
-Sí,
yo, monada. La otra vez, yo y mi amigo quería-
mos pillar la recompensa que dan por tu vara... Pero
ahora os debo una y, cuando Jahí "el destructor de ejér-
citos" debe una... la paga en
cuanto puede ¿Qué quiere
el cara-loco de vosotros? -Yin lanzó una suspicaz mirada
al joven luchador; el cual soltó un pequeño suspiro y,
desentumeciendo los hombros, continuó.- Vale, no os
fiais. Lo capto. Es verdad que os he seguido por vuestras
auras desde atrás... pero yo os lo quería contar antes; lo
que pasa es que el túnel por el que os largasteis estaba
tapa'o y me costó lo mío pasar con el Wikernó... por
cierto, lo he deja'o ahí. Pilladlo e iros. Yo me quedo, me
ocupo del ojo-sapo y deudas saldadas, ¿Vale?
Sin
decir una palabra, el Yajin'e se subió al asustado
animal, ayudó a la muchacha a hacer lo propio y lo arreó
hacia una de las múltiples salidas que ofrecía la ausencia
de paredes.
-Gracias.
Jahí,
sonriendo, alzó el pulgar hacia Áshelayd sin
apartar la vista del adversario y respondió:
-De
nada, guapa. A la próxima que me veas, mejor
escapa ¿Eh?
Las
alas del Wikerno hembra, no aptas para
el vue-
lo, pero sí capaces de controlar lo suficiente las corrien-
tes de aire como planear durante un rato, llevaron a los
dos jóvenes hasta el suelo desde la cima de la no muy
alta torre y, apenas hubo puesto pies en tierra, desapa-
reció inmediatamente de la vista gracias a su enorme
velocidad.
-Esa
muchacha... Llevaba la vara que busca el rey
¿Verdad?
-T'has
pispa'o ¿Eh?
-Tenemos
instrucciones de entregar esa vara al rey
si la encontramos... me has robado a
una prisionera muy
valiosa. Capturarla tiene prioridad hasta en hora santa.
-Tú
contra la guapa y el "cerilla" no puedes ni de
coña. Si te pareció que igual aún ganabas, es porque
acaban de luchar en una batalla tope chunga y estaban
cansa'os.
-Jamás
he perdido una batalla. Dios está de mi lado
y me da fuerzas cuando las necesito. Si eran más fuertes
que yo, entonces yo me habría hecho más fuerte que
ellos. Confío plenamente en él.
-¿Dios?
Sí, claro... ¿Cuál dices? Porque hay pila de
ellos...
-Tú...
sucio infiel...
-¿Qué?
¿Infiel yo? ¡Y me lo dice el cara-loco!
El que
va por Cadrael pero pasa de todas las demás religiones
jajaja ¡Si soy infiel a tu religión, tu eres infiel hacia to'as
las demás! Eres casi tan infiel como yo.
-¡Esas
religiones no son de verdad! ¡Solo Cadrael...!
-Sí,
sí... -El joven bostezó exageradamente.- "Tú reli-
gión es mejor que las otras porque es la de verdad"...
qué pena que to'as digan lo mismo ¿Que no?
-¡Maldito
hereje, ateo y descreído!
-Eso
son halagos, no puyas, colega; y has dicho dos
cosas que son lo mis...
De
una voltereta hacia atrás, Jahí esquivó el man-
doble que el guerrero le había lanzado.
-No
merece la pena hablar con alguien como tú...
ensucias mis oídos con tus burdos sinsentidos...
-Por
mí vale. Entonces te ensucio la ropa con tu
"burda" sangre ¿Te hace?
De
un rápido movimiento, el luchador lanzó dos pa-
tadas hacia el espadachín; quien se cubrió con el escudo
y blandió su arma contra el cuerpo del otro joven. Tras
un salto en el aire, el muchacho descubrió, sorprendido,
que tenía un pequeño rasguño en el pecho.
Normalmente,
la corriente de espíritu que mantenía
a su alrededor de forma inconsciente cuando luchaba
era suficiente para detener cualquier golpe que le lanza-
sen, sin embargo, aquella espada tan brillante y de as-
pecto diferente al de cualquier otra que hubiese visto,
parecía tener la capacidad de atravesar el espíritu, al
menos, si no permanecía lo suficientemente concentra-
do.
-¿Ya
no sigues denigrando al Dios verdadero, ateo?
-¿Para
qué rajar de bichos que no existen, pudiendo
rajarte a ti la cara? ¡Tigre!
Una
serie de movimientos mil veces ensayados
obligaron al guerrero a recular ante los múltiples ata-
ques de cuchillas invisibles; pero logró detenerlas con el
escudo y lanzar un fuerte corte hacia el torso del adver-
sario.
El
protector de acero del pectoral de Jahí, mal re-
machado luego de haber sido cortado por Yin, saltó por
los aires; dejando a la vista el tatuaje.
-¡Qué
es eso!
El
muchacho se apartó a distancia prudencial,
adoptó una extraña postura, con las manos entrelazadas
de una forma no menos curiosa, y, luego de respirar
profundamente, contestó a la pregunta.
-Lo
tengo desde crío y no se borra eches lo que le
eches ¿Te importa mucho?
-¿Es
esto alguna clase de chiste, sucio descreído?
-¿Chiste?
Pos yo aquí no veo nada que haga risa
menos tu cara... y tu dios.
-Todos
los infieles sois así ¿Verdad? No sabéis to-
maros las cosas en serio...
-No
te voy a decir que soy un tipo serio... pero la
verdad es que solo t'estaba tomando el pelo para que
me diese tiempo a preparar esto: ¡Dragón!
Una
gran corriente sinuosa de espíritu color azul
brillante rodeó al luchador; quien se movió más rápido
de lo que el ojo podía discernir y se abalanzó sobre su
enemigo.
Los
golpes habían doblado su velocidad y potencia
anterior y Hadí, incapaz de seguir el ritmo, luchaba de-
sesperadamente por parar el máximo número de golpes
posibles mientras se cuidaba de chocar con más colum-
nas, pues ya había roto unas cuantas al salir despedido.
Pasados
unos segundos que al Cadrelicio se le hicie-
ron eternos, pero para Jahí no fueron suficientes, el alu-
vión de ataques cesó.
El
luchador jadeaba al otro lado de la habitación,
con los brazos colgando y las piernas temblorosas; mien-
tras que el "Guerrero Santo" comenzaba a recuperarse.
-Eres
ciertamente un diablo... -El muchacho, con ca-
ra y cuerpo amoratados y llenos de pequeños cortes,
comenzó a desprenderse de los restos chamuscados de
la camisa que habían destrozado los veloces golpes del
adversario.- Y por ello me ofende tanto que pueda haber
alguna relación entre nosotros.
Ya
sin cobertura, pues la cota de malla se había de-
sintegrado también, el guerrero mostró a su oponente el
número que llevaba tatuado en el pecho.
-¿Qué...?
¡Cómo t'has hecho ese...!
-No
caeré de nuevo en tus provocaciones, diablo.
Estás agotado y no pienso darte la oportunidad de recu-
perar fuerzas.
-¡A
mi tú no me achantas, cara-loco! ¡Ahora, o me
dices qué significa el...!
Con
un ímpetu nacido del ansia de venganza y del
odio hacia cuanto el contrincante representaba, el espa-
dachín comenzó a blandir su arma contra el agotado
joven; quien pronto se arrepintió de haber calculado tan
mal el potencial de su adversario. Jamás había luchado
contra alguien capaz de resistir de aquel modo la cata
"lluvia" perteneciente a la
modalidad "Dragón" del
"Kunjichi-ya-jinbae"
y, ahora, ya no tenía fuerzas para
atacar o defenderse. Odiaba reconocerlo, pero su maes-
tro tenía razón cuando le había dicho que...
-¡Arcángel!
El
golpe de espada iluminó la estancia y Jahí sintió
cómo se disipaba su escudo de espíritu y la hoja pene-
traba en su carne.
Luego de rodar por el suelo para alejarse, el
lucha-
dor se levantó, apoyándose sobre una de las columnas, y
se agarró la pierna ensangrentada.
-Tío,
controlas el flujo de espíritu...
-Tonterías.
La luz blanca es el poder divino al que
se me permite acceder por ser un fiel servidor de la igle-
sia verdadera.
-No.
Lo que acabas de hacer es pasar el espíritu a la
espada y convertirlo en filo a su alrededor.
-¡No
aprendes! ¡CELESTE!
Un
tajo de energía salió despedido de su mandoble
y cortó todo a su paso a excepción de Jahí; quien logró
apartarse a tiempo y rodó de nuevo para evitar el si-
guiente ataque.
-¡Es
cierto! "El espíritu fluye por
todos los cuerpos
vivos... -Comenzó a recitar de memoria.- ...y responde a
la voluntad si ésta es lo suficientemente fuerte como
para..."
-¡Cállate!
-Una nueva ráfaga de luz amenazó con
cortarlo en pedazos; pero la volvió a esquivar.- Mi poder
es divino y, el tuyo, diabólico. ¡No te atrevas a decir que
son lo mismo!
-¡Pues
mira bien si lo son! ¡Mono!
Un
aluvión de golpes luminosos de baja intensidad
creó una cortina de humo que no duró mucho; pues el
espadachín lanzó un golpe envolvente de luz que disipó
el polvo y cortó cuanto tocó.
-Trucos
infantiles... Tu poder es grande, pero el
dia-
blo nunca gana la batalla contra los verdaderos servido-
res de...
-Del
dios invisible que puede hacerlo t'o,
pero pide
a sus cria'os que maten por él. Sí. Ese sí que es invenci-
ble...
Jahí,
ignorando el dolor, se había apoyado con la
espalda contra otra columna para mantenerse en pie. El
esfuerzo se hacía patente en su rostro.
-Di
lo que quieras, ya no me afectan tus puyas. Es-
tás acabado y no puedes ni fingir lo contrario. Mírate,
apenas te sostienes de pie.
-Tengo
una pierna chunga, pero la otra está bien.
Con lo fuerte que soy y la habilidad que tengo, puedo
andar de sobras.
El
espadachín frunció el ceño. Tenía razón. Sus heri-
das eran numerosas, pero la única verdaderamente im-
pedidora era la del muslo; que no era razón suficiente
como para verse obligado a apoyarse contra una...
-¡Estás...!
-¡Sastamente!
Con
un último esfuerzo, Jahí hizo que la columna se
desprendiese y la cúpula, sin apenas soporte, pues el
pilar central era hueco, se derrumbase sobre el resto de
la estructura.
LXXXII - EL
EJÉRCITO
DESCABEZADO
Jahí,
en el último momento, se había agarrado a
un saliente tras el derrumbe de la cúpula; sin embargo la
estructura se había dañado demasiado y la placa de
mármol cedió bajo su peso.
La caída Habría acabado con cualquier hombre
normal, pero al muchacho todavía le quedaba algo de
espíritu con el que protegerse. Estaba inconsciente pero,
al menos, vivo.
El
calor era agobiante. No corría el aire y una mezcla
de olor a cuero y sudor humano inundaba el cargado
ambiente cuando despertó.
Se
encontraba dentro de una tienda de campaña de
color blanco, atado a una estructura de madera de as-
pecto improvisado. En condiciones normales, habría
podido romperla sin esfuerzo, pero incluso un incons-
ciente como él era capaz de ver cuándo tenía que que-
darse quieto. Por lo que sabía, fuera podría haber todo
un ejército al que enfrentarse y, no solo estaba con las
energías al mínimo, sino que apenas podía andar con la
pierna herida de aquel modo.
-Veo
que has despertado.
Un hombre maduro, de gran bigote y con galones
de comandante acababa de entrar escoltando a un indi-
viduo bajito, de aspecto débil, vestido con un lujo tal
que parecía escupir a la cara: "más importante que tú"
-Sí... dentro de los
sitios donde tengo despertado,
este es de los chulos.
-Típico
de los infieles... salvajes viciosos y
carentes
de elegancia.
No
cabía duda. Aquel hombre de voz nasal llevaba
mandando desde que había nacido. Era la clase de per-
sona que menos le gustaba al luchador.
-¿Queréis
algo? Quería sobarme otra vez. Igual
cuando me despierte me encuentro con una piara de
cerdos y así se me quita el mal olor que echas.
El
"Hijo Dorado" golpeó la cara del
muchacho con
su cetro, con aire indignado.
-Insolente
perro... Serás ejecutado.
-Excelencia,
lo indicado en este caso sería interro-
gar...
-¡Ejecutado! Se ha burlado de mí. Nada es más im-
portante que limpiar el honor de nuestra iglesia; que es
el mío.
Con
la mirada encendida de ira e impotencia, Han-
rram se inclinó ante su superior e indicó a dos soldados
que llevasen al prisionero afuera.
El
sol estaba bajando, pero los guijarros de la anti-
gua cantera conservaban el calor del ambiente; por lo
que éste no supuso una gran mejora frente al anterior-
mente percibido en la tienda.
Jahí
se encontraba de pié en el centro de un am-
plio círculo de soldados, con los brazos atados a sendas
cuerdas sujetas a dos caballos que se encontraban a
cierta distancia.
Había
tenido muy mala pata ¿Por qué estaba allí el
ejército que había combatido contra la muchacha y el
espadachín el día anterior? Quizás habían ido a pedir
refuerzos a las tropas asentadas en la torre...
-¿Te
arrepientes de tu vida de pecado y Juras vasa-
llaje al único Dios verdadero antes de morir?
-¿Eh?
Perdona, tío, no me he cosca'o; estaba pen-
sando en cosas que no me aburren...
-Que
si te pones al servicio del Dios verdadero.
-Ah...
Cuando me digas cuál de todos es, igual me lo
pienso.
-Sea.
El
comandante se alejó para dar instrucciones a los
jinetes y el "Hijo Dorado" bajó de su palanquín para ver
de cerca el espectáculo.
-Imagino
que, ahora que se acerca el castigo que
corresponde a quienes no aceptan la palabra de Cadrael,
te arrepentirás de lo que has dicho... No te culpo. De
hecho, te perdono por tus ofensas; porque yo soy así de
magnánimo, de puro, de...
-De
falso. Te lo vas a pasar genial viendo cómo me
descuartizan... Bueno, te lo pasarías si
fuese a pasar.
El
líder espiritual dejó escapar una aguda risita que
causó que a Jahí le diesen todavía más
de pegarle "por
pijo".
-Aún
insolente ¿Eh? Pero pronto suplicarás... supli-
carás primero que te dejemos ir, y luego que te mate-
mos y, entonces, te concederemos tu segunda petición;
porque siempre concedemos esa segunda petición...
-A
ver si es verdad.
El
luchador se llevó la mano derecha al hombro iz-
quierdo e hizo lo propio con el otro brazo; dejándolos
cruzados sobre su pecho.
-¿Acaso
piensas que podrás resistir así el tirón? In-
genuo... solo lograrás hacerte más daño... si
es que tal
cosa es posible, claro ¡Adelante! Empiezo a aburrirme.
Los
caballos comenzaron a correr y, a medida que
iban ganando velocidad, las cuerdas se desenrollaban
con cada vez mayor violencia.
-¡Estás
muy cerca!
Justo
antes de que las sogas se tensasen, Jahí saltó
hacia delante y estiró los brazos; dejándolas enroscadas
alrededor del cuello del tercer "Hijo Dorado"
-¡No!
¡Déjame ir!
-Se
siente -Los caballos se frenaron en seco, luego
de haber arrancado de cuajo la cabeza del Cadrelicio, a
causa del fuerte tirón que el muchacho había dado, utili-
zando sus fuerzas restantes; que había acumulado du-
rante la conversación. -Pero solo se te podía conceder la
segunda petición ¿No?...
Uno
de los soldados, poco consternado por la pér-
dida de aquel déspota, aunque sabiendo que era su
obligación el vengarlo, se abalanzó sobre el muchacho;
pero un gran brazo azul lo hizo detenerse de golpe.
-Eres
difícil de encontrar, Jahí "El Versátil"
-¡Que no me llames así...!
Los
guerreros se habían reagrupado a su alrededor,
pero procuraban mantener las distancias, por miedo a la
imponente figura del Indo que acababa de llegar y, por
lo visto, estaba del lado del chico que había frenado a
dos caballos con sus propias fuerzas.
-¡Un
momento! -El comandante Llohír se había
adelantado.- Lo más importante es el honor de la iglesia;
que es el mismo que el de nuestro fallecido líder... Idos
de aquí ahora y no volváis. Nosotros tenemos que re-
coger sus restos y mostrar nuestros respetos.
Con aire confuso, tanto por haberse librado de la
pelea como por la cara del comandante; que parecía
más feliz que molesto, Inowake y Jahí comenzaron a
alejarse con rumbo incierto.
La
extensión de terreno desierto era grande, y no
parecía ir a terminarse pronto.
-¿Sabes?
Por la noche va a hacer mucho frío... Ojala
tuviésemos algo que ponernos sobre el cuerpo.
-Sí...
-El
Indo, moderadamente preocupado, se acercó
más a la cara de su compañero, que llevaba apoyado en
su brazo, casi en volandas, e inquirió:
-¿Has
perdido el sentido del humor por estar tan
cerca de la muerte?
-Palmarla
no es algo que me dé cague... pero hoy he
estado cerca. Lo que me raya no es eso. Es que he per-
dido contra el cabeza-cerilla, casi me matan en una bata-
lla de antes y salí todo chungo de la paliza del ojo-sapo...
No soy fuerte. No tengo la fuerza que hace falta para
pelear a este nivel. Tenemos que volver.
Inowake
colocó su enorme mano sobre el hombro
libre del muchacho y lo apretó en señal de comprensión.
Sabía cómo de destrozado debía estar para haber deci-
dido volver con el maestro; con todo lo que aquello su-
ponía.
El
Wikerno, luego de la caída y tras haber
pasado
varios días atravesando terrenos a los que no estaba
adaptado, se negó a seguir corriendo; por lo que fue
liberado.
El
"Gran Puente" unía la península a la que se diri-
gían con el "Valle de la Gloria", pasando sobre el mar
prohibido, y había sido construido hacía siglos tanto por
razones comerciales como para tener una alternativa a
la navegación por aquellas aguas malditas. Sus cimientos
eran resistentes y estaban construidos con Lavka, sin
embargo la erosión y el paso continuado de viajeros ha-
bían obligado a cambiar varias secciones a lo largo de los
años.
Áshelayd
creía llevar a Yin apoyado sobre su hom-
bro, para liberarlo del dolor causado por el golpe que se
había dado por su culpa pero, en realidad, era éste quien
la sujetaba para que no le doliesen las heridas sufridas
en batalla al caminar. El sol se había ocultado hacía va-
rias horas, y todavía les quedaba otro tanto antes de
llegar al extremo contrario del puente. Sin embargo, no
les molestaba, dado que el viento llegaba del sur y era
cálido, y la noche, con las dos lunas llenas y sin una nu-
be, resultaba agradablemente luminosa.
Cuando
la hechicera y el mercenario alzaron su mi-
rada, se encontraron con el denso sendero de estrellas
concentradas correspondientes a su propia galaxia, y lo
siguieron con la vista; de forma casi inconsciente. Al final
del río de puntos de luz, irguiéndose sobre el horizonte,
pudieron ver, por primera vez, la refulgente cima de la
torre dorada de Ordenayl.
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CAPÍTULOS:
III - EN EL BOSQUE DE SEISRÍOS 19
IV - YIN, EL MISTERIOSO DESCONOCIDO 28
V
- LOS BANDIDOS DE SEISRÍOS 33
VII - ÁNID NID, EL NERVIOSO
HOSTALERO 53
VIII - INTERROGANDO AL ENEMIGO 61
IX
- RÁPIDA TRA VESÍA POR
SEISRÍOS 71
XI - HADÍ, EL GUERRERO SANTO 79
XIII - ALTERCADO EN EL BOSQUE DE ANAFAE 95
XIV - UNA ARMADURA MUY FLEXIBLE 105
XV
- ENDIA, LA CAPITAL DEL REINO 108
XVI - LA LUCHA DEL ESPÍRITU ANIMAL 115
XVII - SIN ESCAPATORIA POSIBLE 120
XVIII - EL DESCUIDO DE
"BRACAMARTE" 124
XIX
- LA FUERZA DEL SOGUHIKÁN 129
XX
- UNA MEDIDA DESESPERADA 137
XXI - BONI, LA SIMPÁTICA HECHICERA 145
XXIII - SISTEMA DE BÚSQUEDA 156
XXIV
- UNA PAUSA POCO DURADERA 162
XXVI - EN DIRECCIÓN A YARIOJIRA 176
XXVII - EN BUSCA Y CAPTURA 182
XXIX
- LUCHA CON VARA 192
XXX
- LA REGIÓN DE LOS INDO 197
XXXI
- UN COMBATE EXPLOSIVO 206
XXXII - UNA HUÍDA INESPERADA 211
XXXIII - CONVIVIENDO CON LOS
RAPTORES 216
XXXIV - LA DEFENSA PERFECTA 221
XXXV
- EL PERSEGUIDOR INCANSABLE 226
XXXVI - UN ENCUENTRO DESAFORTUNADO 229
XXXVII- BATALLA DE TITANES 232
XXXVIII -
LA MANO QUE GOBIERNA UNA REGIÓN 236
XXXIX - NEGRO PORVENIR 242
XL - UNA
EJECUCIÓN PRECIPITADA 248
XLI - EL
BOSQUE DE YARIOJIRA 259
XLII - UNA MARCHA SIN RUMBO 264
XLIV - CAMINO
AL VALLE DE LA GLORIA 278
XLVI - HUYENDO DEL DEPREDADOR 293
XL VII - DEUS
EST MA CHINA 299
XLVIII - UNA NUEVA DIRECCIÓN A
SEGUIR 308
LI - LA MUERTE DE HAI "OBAGASHY" 320
LII - LA
TÉCNICA INCOMPLETA 332
LIII - LA IRA DE UNA JOVEN 338
LV - EL CAMINO DEL ESPÍRITU 346
LVI - FULLRHÉN, DE OFICIO, CRÉDULO 348
LVII - EL CREADOR DE VIENTOS 353
LIX - EL A
VANCE CADRELICIO 359
LXIII - ESPÍRITU IMBA TIBLE 380
LXIV- EL DEMONIO, EL MERCENARIO Y
EL VAMPIRO 383
LXXI - EL QUE
SERÉ A PARTIR DE AHORA 415
LXXII - PACTO CON LOS DIABLOS 419
LXXIX - LA
TORRE DE LA CANTERA 449
LXXX - LA
SALIDA DEL TÚNEL 451
SINOPSIS
En un mundo donde la magia es tan utilizada como la
espada, pocos son los que la
comprenden. "Guardián de
Los Secretos" es el nombre que recibe aquel que desen-
trañó el misterio; aquel a quien la joven Áshelayd busca,
por un país de monstruos y asesinos, en que la guerra
parece inminente.
CONTRAPORTADA
La región de Ean, antaño grande y gloriosa, degenera
bajo el mandato de una estirpe decadente, y no faltan
grupos dispuestos a tomar el control; al precio que sea.
Áshelayd, una joven hechicera,
se ve envuelta en el con-
flicto a causa de su búsqueda; la del
"hombre que com-
prende la magia". Acompañada por Yin, hábil guerrero,
la muchacha recorre el reino en dirección a la Gran Bi-
blioteca de Ordenayl, enfrentándose a
monstruos y sol-
dados, creando alianzas y haciéndose más enemigos.
Una religión emergente se
apodera de las mentes de los
eanos; los vampiros luchan por sus
tierras; la heredera al
trono ha desaparecido...
Una nueva etapa está a punto
de comenzar, pudiendo
ser la más espléndida jamás vivida, o suponiendo la caí-
da definitiva de su cultura. ¿Podrá evitarlo Áshelayd en-
contrando al "Guardián de los
Secretos"?
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